6 Muertos, sangre y flores #2
Él no contestó. De hecho, ni siquiera le hizo caso, ceño fruncido y ojos clavados en la pantalla.
Tenía las mejillas rojas y los dedos aún más.
¿Tan concentrado estaba? Ah, no, espera, que no oía por el lado izquierdo.
Sintiéndose tontísimo, acortó la distancia entre ellos y se aseguró de aclararse bien la voz antes de:
—Ey.
Al instante, Reyes lo miró, tan brusco que le recordó a cuando sus padres pillaban a alguna de sus hermanas con las manos en la masa.
Luego sonrió ampliamente y la sensación, en lugar de desvanecerse, aumentó.
Sí, Reyes tenía energía de hermano pequeño.
De hermano pequeño tocahuevos. Lo lamentó por la existencia imaginaria o real del pobre desgraciado que hubiera nacido primero.
—Llegas tarde —dijo, aunque no sonaba a acusación; más bien a punto perdido en un juego. No le dejó disculparse—: Bueno, ¿dónde me vas a llevar?
—¿Yo?
—Tú eres el madrileño.
Oh, no. Decidir no se le daba bien. Decidir no se le daba nada bien.
Siempre dejaba que los demás eligiesen el plan.
Miró en rededor, aprensivo de pronto, escaneando la plaza y lo que recordaba de sus callejuelas.
Eso le pasaba por no ir preparado. Por supuesto que Reyes iba a ponerle el peso encima, le tenía fichado, sabía lo que le angustiaba y lo que no, era experto en diseccionar a la gente, como la Avispa, como…
—¿Te gusta el Taco? —le interrumpió el propio Reyes—. Tengo un vale de dos menús por diez euros.
Habría sido perfecto si no fuese por:
—Pero hoy es martes.
—¿Cómo?
—Que hoy es martes —repitió Gon—. Taco y caña por dos euros, va a estar petado.
Un destello de pánico cruzó sus ojos claros, y Gonzalo entendió (o quizá recordó) que Reyes era el típico chaval que fingía dejarse llevar por la corriente pero que bajo el agua sujetaba las riendas con fuerza titánica.
—Pues…
—Vale, espera —se le adelantó Gon, pensando a toda prisa.
Pasaba de sentirse nervioso por la conversación, por el trabajo y ahora encima también por comer—.
Va a sonar raro, pero aquí abajo hay una taberna gallega en la que sirven pollo coreano; está rico y es barato.
Siempre hay sitio porque no la conoce mucha gente y son muy rápidos, ¿te parece?
Reyes pestañeó.
—Taberna gallega —coreó, muy despacio—. Pollo coreano. —Gon soltó un bufido, pero entonces Reyes volvió a sonreír y—: ¿Dónde?
En lugar de contestar, echó a andar hacia la calle de las Veneras. En la acera opuesta, un grupillo de asiáticos que hacían cola para entrar a un hot pot lo miraron de arriba abajo, curiosos, pero él se refugió pronto en el calor del bar.
Como temiendo que fueran a robarles el sitio, Reyes salió disparado hacia la mesa junto al ventanal.
Gon le siguió con la batería social ya medio vacía, dejándose caer en la silla con la elegancia de un elefante.
Mientras se desabrigaba, espió de reojo cómo Reyes examinaba (juzgaba) la decoración inigualablemente castiza de la taberna.
—Arriesgada elección para una primera cita.
—Ibas a llevarme al Taco Bell —se limitó a recordarle, impasible.
—La comida basura nunca falla.
A Gon la risa se le escapó por la nariz, burlona, pero no tuvo tiempo de replicar antes de que un señor bien entrado en años viniera a tomarles nota.
Encajaba con la taberna al igual que lo hacía la decoración, implicando que llevaba manejando el cotarro allí más años de los que ellos llevaban cumplidos.
Reyes pidió una Fanta de naranja sin dudar, a diferencia del apuro con el que miraba la carta.
—¿Qué tal aguantas el picante? —quiso ayudarlo Gon.
—Depende.
No tenía tiempo para eso, así que pidió directamente la media ración que compartía con Recla en los maravillosos momentos en que sus turnos coincidían.
Vale, habían tardado quince minutos en asentarse, así que le quedaban otros treinta para comer y aclarar asuntos pendientes antes de tener que salir por patas de vuelta al Stardust.
Si a Reyes le molestó que decidiese por él, no lo dijo.
De hecho, no dijo nada en absoluto ni antes ni después de que el camarero (claro dueño de la tasca) se marchara.
Incomodísimo, Gon carraspeó. Venga, que no era tan difícil.
Solo tenían que hablar. La taberna estaba vacía salvo por un par de señores en la barra y como hilo musical tenían el noticiero de la tele.
Olía a servilletas de papel, palillos y a cerveza con limón.
Sí, quedar había sido malísima idea. Deberían haber seguido por WhatsApp, donde todo sonaba impersonal y le daría menos vergüenza soltar algo rollo «llevo soñando contigo desde que te conocí».
¿Por qué no arrancaba Reyes? ¿Por qué no empezaba a parlotear como siempre?
¿Grabarse en directo para cincuenta mil personas sí pero charlar con él a solas no?
No habían dicho una sola palabra todavía cuando el dueño les trajo sus refrescos, esos que usaron como excusa para escurrir aún más el bulto.
Joder, estaban siendo ridículos.
—Vale —resopló Gon por milésima vez aquel día—, vamos a ello. Los sueños. Me preguntaste en el metro si soñaba. Pues sí, sueño cosas raras. ¿Y tú qué?
Reyes levantó la mirada de su Fanta, visiblemente aliviado.
Ahora que lo tenía cerca, bien iluminado entre las luces del bar y el cielo blanquísimo, sí que parecía que la noche en el pueblo le había sentado bien.
Se movía de otra forma, menos oxidado, más líquido, hasta su pelo había recuperado color.
O quizá el amarillo fosforito de la cazadora que ni se molestaba en quitarse acentuaba todo lo demás.
—René ax Nazcar y An’Ser Kara.
Esa fue su respuesta. Así, sin preámbulos. Se le cortó la respiración. Los dos nombres sonaban extraños en voz alta, aunque también familiares, como si llevara siglos sin oírlos. Ah, mierda, era real. Era real. Ahí moría la esperanza de que sus «sueños» no coincidieran.
—An’Ser Kara… —se le escapó, saboreando cada sílaba. Enfrente, Reyes sonrió, más suave de lo que jamás le había visto—. El custodio de la princesa heredera.
—Jez’bel.
Mierda.
Se quedaron mirando. ¿Qué se suponía que debían hacer a partir de ahí?
—No sé tú —lo rescató Reyes—, pero yo he estado indagando por mi cuenta.
René habla cuatro idiomas y ninguno existe ni ha existido en nuestro mundo.
Tampoco he encontrado registros de un reino tan enorme como Quin’Xa, aparte de Rusia, y menos aún cuya economía se base en el comercio apícola.
—Su voz era idéntica a la de la Avispa, flexible, ni grave ni aguda, pero la ausencia de acento le resultaba ajena—.
Y Nascente, con lo peleones que son, deberían haber dejado huella…
Después ladeó la cabeza, animándolo sin palabras a compartir su propia información. Gon se sintió culpable al no poder añadir nada salvo los bocetos de Susana.
—Solo tengo esto —dijo, mientras se los sacaba del bolsillo trasero—. Mi hermana estudia moda.
En cuanto alisó el folio sobre la mesa, Reyes se cernió sobre él, sus ojos recorriendo cada trazo con hambre.
Gon lo vio abrir la boca para decir algo, cerrarla, volver a abrirla…
Al final, un sonidito quedo mitad atónito mitad sobrecogido logró abandonar su garganta.
No le sorprendió reconocer su propia reacción en la suya.
Fue casi melancólica, la manera en la que delineó la larga trenza de la Avispa con el índice. Por alguna razón, sus manos le llamaron la atención. Sin guantes, sin manicura, sin adornos. Sin tatuajes. Casi parecían desnudas.
—Cuidado, chicos. —Les arrancó del trance el camarero, y Reyes se apresuró a apartar el dibujo—. Aquí os lo dejo. Cualquier cosa, me decís, ¿de acuerdo?
—Gracias.
—Gracias.
Silencio de nuevo. La bandeja tenía una pinta increíble, pero Gon sentía el estómago cerrado. No parecía ser el único.
—Titi dice que son recuerdos de una vida pasada —dijo Reyes, aún contemplando los bocetos como una reliquia religiosa.
Él resopló.
—¿Se lo has contado a Titi? —Y, acto seguido—: ¿Vidas pasadas?
Aunque Reyes alzó las cejas, mantuvo el semblante neutro. Lo que, en realidad, le daba cierto aire desdeñoso que lo picoteó entero.
—¿Por qué iba a callármelo? —replicó, voz tensa—. Ni que fuera un secreto. —Una vez más, no le dejó contestar—: Bueno, da igual. Di tú qué crees que son entonces, Sherlock.
Uh, ahí le había pillado. Sin embargo, Gon frunció el ceño y blandió la opción más (aparentemente) científica de entre todas las que llevaba barajando desde el 30 de noviembre:
—Está claro —aunque no estaba claro— que es una alucinación colectiva.
—Dos son compañía, Gon, no multitud.
—Mira, nos afectó empezar con mal pie. Yo estaba agobiado con el trabajo, tú con la caseta, me pusiste la reclamación y…
—Te puse la reclamación por algo —siseó, airado—.
El café sabía a sangre. No, no solo a sangre —rectificó con una sacudida de cabeza, los labios retorcidos de asco—, sabía a podrido.
A tragarme un puto muerto caliente. Y esa misma noche soñé que me intentabas estrangular y…
—Se llevó una mano al cuello, pero a medio camino disimuló el gesto toqueteándose el audífono—.
¿Me desperté ahogándome y tú lo llamas alucinación ?
—Pues yo no empecé a soñar hasta que probé tu miel de mierda, así que no me eches a mí la culpa —replicó Gon.
Su Kara aún no había intentado asfixiar a la Avispa, pero tampoco le escandalizaba.
Le había hecho cosas peores. Reyes arrugó la nariz—.
¿Y qué tal contaminación cruzada? ¿Eso te suena mejor?
—Me suena a excusa.
—¡Ah, perdón por pensar con la cabeza en lugar de hacerle caso a la bruja Lola!
—Cuidado —chirrió Reyes, fulminándolo con la mirada—. Estás hablando de Titi.