Con la miel en los labios 6 Muertos, sangre y flores
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6 Muertos, sangre y flores

P ara cuando René ax Nazcar fue llamado al mortuorio real, el baile ya llevaba horas moribundo y los últimos carruajes abandonaban el Panal entre risotadas y bostezos.

Los rayos de un amanecer perezoso susurraban a voces lo increíblemente provechosa que había resultado la primera velada por la paz entre quinxaínos y nascentes.

Kara preferiría pasarse la mañana durmiendo las varias copas de champán y los chupitos de malamiel que se había metido entre pecho y espalda en la realera de Jez’bel, ambos riéndose como adolescentes (como hienas) mientras apostaban qué princesa o custodio caería rendido primero ante los encantos de la Avispa.

Sin embargo, en cuanto habían sido informados de que René se retiraba del baile, la heredera había cambiado su vestido de gala por uno de diario y requerido su presencia cinco plantas más abajo.

«No podemos permitirnos perder tiempo», había sentenciado allí, y René ax Nazcar se había cernido sobre el cadáver de la princesa nazcarena sin protestar.

Por supuesto, el tanatólogo mayor del Panal ya les había comunicado todo lo que debía saberse de la muerte de Ozara, pero en su audiencia con la reina René se había ofrecido a reexaminar el cuerpo, así que allí estaban.

Si le había molestado tener que hacerlo sin dormir, recién salido de la ducha tras una larguísima noche de bailes y presentaciones, se cuidó de disimularlo.

—¿Comerciáis con miel roja?

Su voz sonaba tan cansada como firme. Custodio y heredera se miraron, sentados en dos incómodas sillas a una esquina del helado cuarto.

—¿La venenosa? —inquirió Jez’bel. Él asintió—. No, ni siquiera la recolectamos. Está terminantemente prohibido.

René frunció el ceño. Llevaba puesta una quijada cautelar de algodón para protegerse a sí mismo y a la difunta de cualquier agente externo durante el examen, y así, con medio rostro oculto, indumentaria desechable y flexibles guantes de tanato, parecía uno de los suyos. Aunque ese era el objetivo, ¿no?

—¿Y la tenéis vigilada?

Jez’bel entornó los ojos.

—Ese es el cometido principal de la colmena de Tesar. Ni sus abejas abandonan las cuevas ni la miel se recolecta. Aquella que los enjambres no consumen es incinerada.

—¿Por qué lo preguntas? —intervino Kara, de brazos cruzados.

El hedor a descomposición se mezclaba con el del frío artificial, revolviéndole los intestinos.

Ah, no debería haber bebido tanto. Ni se imaginaba la pesadilla que debía de ser para René hurgar en las entrañas de un cadáver tras toda una noche de banquete.

O a lo mejor no. A lo mejor estaba acostumbrado a examinar muertos a cualquier hora, en cualquier momento.

—Es evidente —contestó, señalando la gruta escarbada en el vientre de la princesa asesinada—. Tiene el estómago a rebosar de miel roja. Apenas la digirió. Sigue aquí.

Y, para ilustrar sus palabras, hundió la punta del escalpelo de cobre allá dentro y lo alzó poco después, una larga línea de pegajoso rojo precipitándose de regreso al cuerpo. No era sangre. Ya no quedaba sangre en esas venas.

No esperó a que respondieran antes de limpiar el escalpelo en el grueso cobertor que arropaba por entero a la princesa.

Ahora ni siquiera su espesa melena rojiza asomaba por debajo.

De eso se había encargado también René, trenzando con sumo cuidado aquel laberinto de rizos color atardecer, más lustroso que el suyo incluso en la muerte.

Kara no se había atrevido a interrumpirle.

—Sé lo que estáis pensando —añadió René, mientras devolvía el escalpelo a la bandeja broncínea con el resto de instrumentos de tanato—.

Soy conocido por mis venenos y vuestra heredera murió envenenada.

Si he conseguido que el Panal me permita la entrada en estas circunstancias, ¿qué no me habría permitido ella, la única nazcarena que logró huir de Nascente; a mí, uno de sus súbditos perdidos?

¿Cuántas cartas en nuestra lengua materna podríamos haber intercambiado que jamás os detuvisteis a traducir, cuántos regalos podría haberle enviado?

Ninguno contestó, y René plegó la abertura del cobertor y comenzó a desvestirse.

No tenía órdenes para tal proceder, así que Kara abrió la boca para reprenderlo, pero Jez’bel lo detuvo con un gesto casi imperceptible.

En silencio, lo observaron retirarse el turbante (su pelo cayó como una cascada sanguinolenta) y la quijada cautelar.

—Pero —continuó, resuelto—, para que yo hubiera podido administrarle semejante cantidad de miel roja, primero habría de haberla tomado de Tesar.

De haberla robado, su princesa lo sabría.

De haberla comprado, supondría una transacción ilegal.

Cualquiera de las dos opciones implica que la colmena oculta información al Panal.

Esta vez fue Kara quien contuvo a Jez’bel. No les beneficiaba que René la supiera tan astuta como él. Mejor que fuera su custodio quien gruñera:

—¿De verdad creen tus Gemelos que es tan sencillo enfrentarnos? No les haremos el trabajo sucio acusando a una princesa de fratricidio; la trampa se ve a leguas.

Con un suspiro derrotado, la Avispa tiró a la cesta de deshechos el batín de tanato, al parecer inmune a que lo vieran únicamente vestido con su sencilla camisola de cama. Kara no le había dado opción a adecentarse antes de guiarlo hasta allí.

Cuando se hizo patente que no contestaría a la acusación, Jez’bel tomó el relevo:

—¿Algo más que añadir?

René negó con la cabeza.

—No, princesa. Dudo haberles revelado nada nuevo, y tampoco espero ganarme vuestra confianza en la primera noche. Como le dije a la reina, llevo años preparando esto; comprendo que cada proceso exige su tiempo. Probaré mi inocencia y mi lealtad con actos, no con pataletas.

Valiente declaración de intenciones en labios de un traidor.

—Retiraos, Avispa —se limitó a ordenar Jez’bel—. Un zángano lo escoltará hasta sus dependencias.

En cuanto se quedaron a solas, ella se frotó los brazos, tratando de entrar en calor, y Kara se apresuró a envolverla con los suyos.

El tanatólogo real aún aguardaba en el corredor su turno con la difunta heredera; aunque, en esa ocasión, se encargaría de prepararla por fin para su despedida.

Ya llevaba demasiado tiempo fría, demasiado tiempo abierta. Era hora de dejarla descansar.

—Habla con Ivám. —En la quietud del mortuorio, la voz de Jez’bel sonó atronadora—. Quiero reunirme inmediatamente con Her’nan.

—Son las seis y media de la mañana.

—Voy a pedirle los registros de miel roja.

—Lo sé, pero primero debes dormir. No sería sabio sacar de la cama a una princesa y su custodio a estas horas, y menos para insinuar su participación en el asesinato de Ozara.

—¿Y qué tiene de sabio esperar ?

—Ya has oído a la Avispa —dijo con suavidad—, cada proceso exige su tiempo. Si realmente esperó veinte años de servidumbre hasta encontrar el momento perfecto para vengarse, bien puedes tú esperar unas horas tumbada en la cama.

Ella rio por lo bajo.

—Tesar hace frontera con Nascente, Kara.

—Todo el este hace frontera con Nascente.

Si sospechamos de ellos, deberíamos sospechar de todos.

Así que de uno en uno, Jez’bel. —Respirando hondo, Kara se puso en pie y alargó las manos para que su princesa las usase de ancla—.

Considéralo la oportunidad perfecta para ir estudiando cuál de todas tus hermanas es la más adecuada para sucederte.

Eso la hizo desviar la mirada hacia la mesa de tanato. Kara se volvió también, en silencio. Sabía en lo que estaba pensando. Incluso reducida a un montículo de tela blanca, Ozara ax Nazcar seguía siendo la hermana más adecuada. Quizá por eso Jez’bel susurró:

—René le ha trenzado el pelo.

Él asintió, pero siguió callado.

—Era una tradición funeraria nazcarena. Se me había olvidado. Los hijos les trenzan el pelo a sus padres, los padres a los hijos y los hermanos entre sí.

No supo qué hacer con esa información. Cuando la miró, tenía los ojos húmedos.

—Sabía que no nos acordaríamos —gimió Jez’bel—. Sabía que nadie más lo haría.

Por alguna razón, Kara también se sintió culpable. No por no haberse acordado, de lo cual era inocente, sino por no haber sabido. Por no haber entendido la despedida, la pérdida, en las manos de la Avispa mientras cruzaba mechón sobre mechón.

O la disculpa.

—Anda, ¿hoy comes fuera?

—Sí, he quedado.

Jamás lo diría en voz alta, pero estaba nervioso.

Estaba terriblemente nervioso y se sentía ridículo por estarlo.

Solo era Reyes Cisneros. Solo era un chaval con quien compartía pesadillas y rencillas.

Lo recogería en la caseta, comerían en algún sitio barato plagado de turistas, aclararían las cosas y luego vuelta al trabajo. Sin más.

Y, sin embargo, mientras se abrochaba el abrigo tuvo que recordarse varias veces relajar la mandíbula. Carol contemplaba todo el proceso con una sonrisa complacida, la muy capulla.

—Luego vuelvo —gruñó, y ella rio en lugar de despedirse.

El cielo estaba tan blanco que dolía mirarlo.

Al parecer llevaban anunciando nieve toda la mañana, cosa de la que se había enterado solo porque Recla se lo había gritado como un crío de parvulario con sobredosis de azúcar.

Por dentro, Gon estaba igual de emocionado, aunque, ya que no solía nevar en Madrid, habría preferido que tocara en finde, para poder acurrucarse en el balconcito de su piso con Bego a disfrutar del espectáculo.

Ojalá cuajase. Ojalá cayese otra Filomena y se quedasen allí encerrados todas las navidades.

Estaba intentando autodistraerse, ¿verdad?

Reyes lo esperaba frente al Mercado de Navidad tecleando despreocupadamente con una sola mano. Al contrario que el 99,9 % del mundo, no llevaba bufanda, así que escondía la cara bajo el cuello de su llamativa cortavientos amarilla como si eso fuera a servirle de algo.

—¿No tienes frío? —preguntó Gon por todo saludo, cuando estuvo lo suficiente cerca.