5 El cepo #5
Y, siendo sinceros, durante el día le pasaba un poco igual.
Con Reyes, claro. Seguía odiándole ciegamente, pero, al mismo tiempo, también quería contestarle que sí, que él también soñaba.
Quería preguntarle si estaban viviendo la misma historia, si al mirarse en los espejos de aquel mundo era René quien le devolvía la mirada, si había conseguido averiguar algo por su lado.
Solo para saber que no se estaba volviendo loco.
A lo mejor debería hacerlo.
A lo mejor debería abrirle la puerta, tal como Kara había hecho con René.
Si el 1 de diciembre alguien le hubiera dicho que el 19 invertiría su preciado descanso en prepararle un especial navideño al maldito Reyes Cisneros por voluntad propia, Gon se le habría reído en la cara.
Pero ahí estaba, montando el chocolate caliente bajo la supervisión de Nadia.
El día había amanecido congelado, y cada vez que las puertas correderas se abrían (lo cual ocurría a menudo, que el sensor de movimiento saltaba a la mínima), una ráfaga de seco aire frío se les colaba dentro.
En la sala, Recla voceaba villancicos a destiempo mientras recogía bandejas, poseído por el espíritu de la Navidad, mientras Carol le gritaba que parase de espantar a los clientes con sus berridos.
Gonzalo todavía tenía puesto el delantal y seguía la receta con una minuciosidad digna de plato estrella Michelin.
Llevaba desde primera hora lanzando miraditas involuntarias al mercado allá en la plaza, aquel impulso por saber que lo había asaltado en la ducha tirando de él como un anzuelo.
Cuando terminó, le tendió el vaso a Nadia.
—¿Lo pruebas, porfa?
Con un suspiro, ella se sacó del bolsillo del delantal su inseparable pajita reutilizable y sorbió un mísero milímetro de café chocolatado.
—Delicioso —gruñó, mientras se estiraba para enjuagar la pajita bajo el grifo. Gon sonrió, satisfecho—. ¿Es para quien creo que es?
—Sí.
—¿No teníais un pacto de No Agresión o algo así?
—Sí.
—Pues esto parece justo lo contrario.
Ignorándola, Gon añadió la nata montada exclusiva del especial navideño, de un intenso color pardo, y luego dudó antes de ponerle la tapa que chafaría el acabado final, pero prefirió no arriesgarse a fastidiar su humeante (y carísima) ofrenda de paz.
A Bego le había parecido buena idea. Aunque, claro, Bego no sabía nada de los sueños.
No es que quisiera ocultárselos. La pobre estaba demasiado liada cerrando el calendario de su jefa para pasar las Navidades tranquila como para que Gon la incordiara con sus paranoias. Paranoias protagonizadas encima por su (posible) futuro cliente.
«Llévale un especial navideño, el de brownie ese», le había sugerido por WhatsApp tras confesarle Gon que no se le ocurría cómo hacer las paces. «La otra noche probó del de Titi y le gustó mucho».
Y eso había hecho.
—Vale, pues esto ya está, ahora vengo.
—No hay prisa.
Y no lo decía por decir: para ser lunes, la tarde avanzaba bastante sosegada; lo suficiente para que Gon se atreviera a abandonarlos durante su descanso. Sin embargo, para sentirse un poquito mejor (bien sabía Dios todo lo que podía pasar en solo diez minutos), aprovechó y sacó la basura al salir.
El Mercado de Navidad parecía haber absorbido la clientela desaparecida del Stardust, y mientras protegía el vaso de empujones y codazos iba preparándose el discursito.
En los sueños, era René quien llevaba el peso de la conversación, facilitando el proceso, pero en la vida real (¿en el presente?) habían comenzado con tan mal pie que incluso saludar sonaba a cuerno de guerra.
Le parecía irónico el concepto de que se tolerasen peor que un soldado y un espía enemigo .
Era ridículo. Aunque tampoco podía comparar situaciones.
Ni personalidades, dado que no eran ellos.
Después de todo, Kara y René no existían. Seguro que al final solo sería una alucinación conjunta provocada por un malentendido agravado con estrés, cansancio y frustración. ¿Qué si no?
La noche prematura de los inviernos convertía la tarde en madrugada, pero la intensa iluminación navideña (junto a la contaminación) impedía ver las estrellas.
Tampoco se veía ni una sola nube. Una pena, porque aquel mercado pedía a gritos un poquito de nieve.
Copos cayendo lentamente aquí y allá, arropando de blanco al mundo mientras los bebés gorjeaban emocionados.
La nieve siempre lo mejoraba todo. Lo suavizaba, lo dotaba de magia.
Reyes Cisneros atendía a un matrimonio de mediana edad con el entusiasmo de quien se dedica a su pasión, sonrisa brillante a pesar de las ojeras y risa fácil, amable, contagiosa.
Sus labios exhalaban vaho a cada frase y el rojo de sus mejillas no era sangre derramada sino rubor de frío.
«¡De regalo!», lo oyó decir desde allí mientras añadía un catador de madera a la bolsa.
Para cuando Gon alcanzó la caseta, la pareja se despedía con un «Feliz Navidad» y Reyes ya se echaba su mantita por encima con una sonrisa distraída.
La que desapareció de golpe en cuanto lo vio.
O, mejor dicho, la que flaqueó medio segundo antes de cristalizarse en otra sonrisa exacta a la original.
A Gon no se le escapó cómo cuadró los hombros, ni cómo guardó las manos en los bolsillos de su rompevientos, como queriendo ocultárselas.
Titi, por supuesto, desaparecida en combate.
Tragó saliva, incómodo. Como no podía ser de otra manera, se había quedado en blanco, así que simplemente le tendió el café y esperó.
Los abuelos de Bego tenían un gato. Les había costado un ojo de la cara, pura raza rusa, tan gris que parecía azul y tan suave que parecía tejido a mano.
Siempre espiaba a los invitados agazapado tras el sillón, con las pupilas estrechadas e inmóvil pero expectante, listo para atacar en cualquier momento.
Reyes lo miró justo así. Primero a él, estudiando su expresión; luego al vaso de cartón estampado de papel de regalo.
—¿Qué es esto? —preguntó al fin, sin siquiera moverse.
—Una ofrenda de paz.
—¿Por qué?
—Porque tiene pinta de que lo necesitas.
Su bufido no sonó desdeñoso, como esperaba.
De hecho, vino seguido de un suspiro derrotado y, para su sorpresa, Reyes se estiró para aceptar el vaso con una mano tan fría que quemaba.
Quiso pensar que fue por eso que apartó la suya así de brusco, aunque para el impulso de limpiársela contra el pantalón no encontró excusa.
Se quedó muy quieto mientras Reyes lo destapaba y echaba una ojeada desconfiada a la nata.
No se lo tomó en cuenta: él miraba igual cada tarrito de miel que Bego traía a casa.
—Dime la verdad —resopló Reyes—, ¿está envenenado? Porque en dos horas salgo para Guada y te juro que si me fastidias el cumpleaños de mi madre te la devuelvo doblada.
Por alguna razón, eso le sacó una sonrisa. Se encogió de hombros.
—Espero que no.
Tras fulminarlo un instante con esos ojos amarillos (más intensos incluso bajo la luz naranja de la estufa eléctrica), Reyes pasó por fin a desenvolver la pajita y tomar el primer sorbito.
Pasaron uno, dos, tres segundos. Cuatro.
Y luego se reapalancó en su sillita con un larguísimo suspiro de alivio idéntico al que exhaló Gon, toda tensión en sus hombros derretida de pronto. Reyes no se dignó ni a mirarlo hasta dos tragos después, satisfecho y sonriente.
—¿Lo has hecho tú?
Él asintió.
—¿Todo bien? —preguntó aun así, sintiéndose extrañamente optimista.
—Todo bien.
Y ya estaría, ¿no? Ya podía irse. Y, sin embargo, se quedó ahí, de pie, mirando cómo Reyes empezaba a columpiar las piernas adelante y atrás mientras pescaba dados de brownie con la pajita como un pajarito; visiblemente alegre.
Mejor. Gon había temido que lo acusara de haberle preparado bien el café a propósito, pero suponía que ya tenían claro que ninguno pretendía joder vivo al otro. Sería tonto seguir gruñéndose por eso.
Pero Gon no quería enterrar el hacha de guerra sin más. Gon quería saber qué estaba pasando, por lo que, al final, dijo:
—Toda vuestra miel me sabe a sangre.
Reyes torció el gesto, cazado con la pajita a medio camino.
—Si te estás montando una película para hundirnos el acuerdo con Bego…
—Sabes que no.
—Ya —suspiró—. Ya sé que no.
A Gon le hacía gracia cómo entornaba los ojos, mitad pensativo mitad frustrado, como resistiéndose a aceptar que no había escondido ninguna puñalada trapera en el batido.
Dicho todo lo importante, dio un paso atrás, y hasta empezó a despedirse, pero entonces el marco de madera enrejado atrajo de nuevo su atención como un imán.
Se preguntó si aquel sentimiento era suyo o si lo había heredado de Kara.
Cuando volvió en sí, se encontró con Reyes examinándolo de arriba abajo, muy serio.
—¿Estás en tu descanso? —le preguntó, en un tono que sugería que habría preferido preguntar otra cosa.
—Sí. Solo he salido para traerte eso.
Reyes asintió.
—¿Y el horario intensivo…?
—Hasta el 25. Pero seguimos teniendo una hora para comer.
—Qué mínimo —resopló él, burlón.
Silencio. Gon sabía lo que venía después, pero no cómo expresarlo. Suponía que a Reyes le pasaba lo mismo.
—¿Te parece que quedemos un día de estos a comer? —arrancó el propio Reyes, más resuelto de lo que seguramente se sentiría—. Creo que tenemos bastante de lo que hablar.
«Bastante» le sonaba exagerado, aunque asintió, aliviado por haberse ahorrado el trauma de tomar la iniciativa. Así que Reyes dio otro trago a su chocolate, Gon dio otro paso atrás, y trató de quitarse de encima la incomodidad (la extrañeza) de toda esa escenita mientras regresaba al Stardust.
Aquella noche Gon la durmió del tirón, sin muertes ni palizas ni bailes.
Sí que soñó, claro, pero el recuerdo solo le mostró otro de los trayectos a caballo entre fronteras, horas y horas de paso tranquilo, pajarillos piando y René ax Nazcar disfrutando del sol, rostro vuelto al limpísimo cielo azul y cabello alzado en un recogido vago.
No conversaban, ni discutían. Se limitaban a recorrer el sendero el uno junto al otro, saboreando el silencio.
Jamás había dormido tan plácidamente.
Incluso ahora, ya en su hora para comer, cada vez que respiraba hondo le parecía que el aroma dulzón del chocolate caliente se transformaba en el de las flores silvestres del sueño.
Era un buen cambio. El chocolate siempre le había resultado muy pesado.
O quizá dormir bien hacía que todo oliese mil veces mejor.
Perezosamente, Gon procedió a cotillear sus redes sociales mientras se zampaba un sándwich caducado del Stardust, pero no fue hasta que abrió Instagram que vio la notificación de nuevo mensaje privado.
De una cuenta a la que no seguía, además.
Aunque supo de cuál incluso antes de leer el temido «comida mañana? ».
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Por pura curiosidad (por hacer tiempo), se metió en su perfil: 0 publicaciones nuevas, 1 story reciente.
Era de hacía dos horas y la cámara frontal apuntaba a un Reyes aún enrollado en un edredón gordísimo.
De alguna ventana cercana caían los primeros rayos de sol (¿quién coño dormía con las persianas subidas en invierno?), iluminando una maraña de pelo revuelto y unas pestañas que no terminaban de abrirse del todo.
«¡He dormido como un muerto!», exclamaba en el vídeo, tan sonriente como satisfecho.
«Hacía semanas que…», y, aunque un enorme bostezo deformó el resto hasta hacerlo indescifrable, luego continuó hablando como si nada: «Algunos me habíais dicho que tenía mala cara…
Será por el agua de Madrid, no sé». Sofocó una risita contra el edredón.
«Pero, vamos, ya veis, una sola noche en mi pueblito y comida de mi madre y como nuevo…
De hecho, ¿sabéis qué? Que no me pienso levantar todavía.
Si necesitáis algo urgente, Titi sigue en nuestra caseta de Santo Domingo.
Yo me vuelto a dormir otro rato, ¡chao!»
Gon no pudo evitar sonreír. Ahora que ya no eran enemigos mortales (no lo eran, ¿no?) podía permitirse, al menos en la intimidad, reconocer que Reyes le hacía gracia. Pero eso el susodicho no tenía por qué saberlo todavía, así que cuando aceptó su solicitud respondió con un seco «ok».
Y luego abrió WhatsApp para darle la buena nueva a su novia .