Con la miel en los labios 5 El cepo #4
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5 El cepo #4

No entendía qué tenía que ver eso con él, que solo era el escolta de turno. Si Jez’bel no fuese heredera, Kara ni siquiera estaría allí. Otro custodio ocuparía su puesto, estudiando cada movimiento de la Avispa, esperando todo tenso a que le dijera qué quería de él.

—Necesito demostrarles que no os fiais de mí.

Kara bufó, irónico.

—No nos fiamos de ti.

—Lo sé —asintió René, muy serio—. Pero necesito pruebas.

—Pruebas —repitió él con desdén—. ¿Y qué quieres?

¿Que lo ponga por escrito? ¿O te amenazo a voces con matarte si nos traicionas para que me oigan desde abajo?

—Se cruzó de brazos, la más pura imagen de la burla, sintiendo que empezaba a pesarle el polvo del camino, el terreno desconocido—.

Aunque dudo que vayan a hacerse tres horas de viaje para interrogar a una posadera.

Normalmente, René ya se estaría riendo. Era de carcajada fácil, brotaba de la nada de entre sus dientes rectísimos; pero esta no llegó. Todo lo contrario, más bien: negó con la cabeza. A Kara no le bastaban medio mes y trece días para predecir sus respuestas.

—En Nascente todo deja marca.

El dicho le hizo fruncir el ceño. Desvió la vista hasta los tatuajes bajo la tela traslúcida de sus guantes, sabiéndolos muestras de confianza, agradecimientos, condecoraciones, castigos.

Nada se olvidaba allí, el historial vital de cada nascente grabado en su piel, a ojos de cualquiera que conociera el código.

Claro que todo dejaba marca en Nascente: marcaban más que hablaban.

¿Qué quería, que le tatuase una advertencia? ¿Cómo? Kara no era nascente ni pensaba rebajarse a hablar su idioma. Si quisiera recordarle para siempre algo así lo haría con los puñ…

—No —se negó, horripilado—. De ninguna manera, no. No soy un animal.

— Por favor —insistió René—. Un preventivo rápido, para que…

—¿Para qué? ¿Para que puedan usar la carta de que torturamos a su embajador como excusa para atacar?

—¡Nascente no necesita ninguna excusa para atacar!

¡Su plan es sentarse a esperar a que os apuñaléis entre vosotros como lleváis haciendo años !

—No estaba gritando, no realmente, pero la furia con la que escupía cada palabra le martilleaba los oídos—.

¡Sois débiles y paranoicos y cobardes y ahora es el momento de darles la razón para jugársela después!

Ciego de rabia, Kara avanzó un paso sin pensar, ardiendo de ganas de rodearle el cuello con las manos y apretar. Luego se detuvo abruptamente, casi en contra de su voluntad.

—No vas a conseguir jalearme —siseó entre dientes.

—Tampoco es mi intención. —René parecía exasperado—.

Escucha, no te estoy pidiendo que me dejes tullido.

Solo… No sé, rómpeme el labio, o la nariz, algo que se vea a simple vista.

—Kara abrió la boca para replicar, pero él se adelantó—: ¡No te hagas el ofendido!

¡Llevas queriendo soltarme un bofetón desde el primer día, así que aprovecha!

¡Seguro que tu princesa lo haría ella misma si pudiera!

Fue eso lo que le hizo callar.

Era cierto. Jez’bel le sacaría los ojos encantada y se lo contaría con todo lujo de detalles después, con la mirada brillante y sangre todavía bajo las uñas.

Ah, por eso René no había querido abordar el tema de las pruebas en el Consejo: sabía que algunas princesas sentían cierta…

debilidad por él. Se habrían negado rotundamente. Lo habrían protegido.

Y eso, a su vez, debilitaba el disfraz.

Mierda.

—Vale —aceptó al fin, incomodísimo. Se sentía acorralado y ni siquiera entendía por qué era a él a quien se le encogía el estómago—. Vale, ven. Acércate.

René sonrió. No era una sonrisa alegre, ni victoriosa.

Más bien una mueca comprensiva, de ánimo.

Kara la odió incluso más que a sus manos bien visibles bajo los guantes y a su larguísimo cabello volcánico recién lavado.

Había subido el primero al dormitorio para darse un baño rápido mientras Kara pagaba la estancia, dispuesto a partir en cuanto terminara de adecentarse.

En contraste con el sudado uniforme del custodio, el blanco de su conjunto ecuestre de repuesto resultaba cegador, deslumbrante. Casi le daba lástima mancharlo.

—Vale —repitió, cuando llegó a su altura—. Romperte la nariz, ¿no?

Por primera vez, la Avispa se encogió. Duró una milésima de segundo, una reacción instintiva, pero enseguida asintió, recuperando el aplomo. También esa sonrisa pícara suya. A Kara le sorprendió ser capaz de leer la verdad bajo la mueca.

—Con que abra herida basta —respondió—. Lo ideal serían tres golpes en la cara y cuatro en el estómago, para que parezca una pérdida de control.

—Eso ya son siete favores.

—Mmm, así le das ritmo.

—¿No vas a intentar protegerte?

—Lo que me salga. —Se encogió de hombros—. No quiero darle muchas vueltas y que quede artificial. —Y entonces su sonrisa se suavizó, regresando al arrullo tranquilizador junto al cepo. Le erizó el vello de la nuca—. Venga, Kara. Cuanto antes empieces, antes me iré.

Silencio.

En la quietud que precedió al primer golpe, el verano se asomó por la ventana, trayendo consigo el cimbrear de las espadañas, el chapoteo de los pájaros al lanzarse en picado a por algún moscardón a la rivera, el canto de las cigarras.

Las risas de la posadera encajaban con el piar mañanero del mismo modo en que desencajaba la mirada inquisitiva de René.

Kara lo oyó respirar hondo para luego exhalar trémulamente; una plegaria muda por que empezara de una vez. Así que eso hizo.

Al siguiente parpadeo, la Avispa de Nascente tenía los dientes manchados de sangre y escupía a un lado un gargajo muy, muy rojo.

Ah, joder. La sonrisa que esbozó fue de alacrán, provocativa y sucia y algo más.

Se limpió con el dorso de una mano sin prisa, sus guantes tan finos que la sangre caló hasta la piel de debajo. Kara no podía apartar la vista de allí.

—Demasiado flojo —dijo, aunque el dolor sonaba casi tangible.

—¿Es que quieres que te salte un diente?

—Dímelo tú.

Sí, le estaba provocando. Kara dudó. ¿Tres como ese? Demasiado. Acabaría con alguna fractura irreparable. Sus propios nudillos eran prueba de ello, doloridos del impacto.

—Venga —ronroneó René, venenoso. Sus ojos le taladraban hasta el tuétano de los huesos—. ¿Así os las gastáis en Quin’Xa? ¿Un labio partido y adiós? No me extrañaría que perdierais otra colmena este año, peores azotes me arreaba mi madre si me pescaba en el patio sin guantes.

—René…

—Por eso perdisteis Nazcar. Porque ni siquiera cuando pegáis lo hacéis con ganas. ¿Te duele la manita? —escupió—. Más le va a doler a tu princesa cuando la despellejen en la plaza.

El segundo puñetazo fue más fuerte. Y el tercero, y el cuarto.

Al quinto, René cayó al suelo con un gemido y se cubrió la cabeza con los brazos, así que Kara, o la rabia de Kara, cambió sus puños por patadas.

Nadie iba a tocar el Panal. Nadie iba a tocar a Jez’bel.

Por encima de su cadáver. Por encima del cadáver de la Avispa.

Por encima de la sexta patada y el gruñido que le puso punto final al favor.

Afuera, un abejorro zumbó por delante de la ventana abierta. El calor tenía sonido propio. Los pájaros seguían trinando y el sol arrojando sombras.

Kara plantó la rodilla en el suelo y le agarró del pelo para obligarle a mirarlo a los ojos. Le habría gustado sentir algo más aparte de esa amargura que le ardía en la garganta. Lo que fuese.

—¿Suficiente? —gañó.

Con movimientos emborronados de dolor, René le rodeó la muñeca con una mano temblorosa y firme a un tiempo, pero no trató de apartarlo. Solo asintió.

Se derrumbó en cuanto Kara lo soltó. Y, durante unos segundos, ahí se quedó.

Luego comenzó a ponerse en pie, aspirando entre dientes en lugar de gemir o maldecir.

Refinado incluso para eso. Poco a poco, la amargura dentro de Kara dio paso a un remordimiento hueco, avergonzado, mientras lo observaba acercarse al espejo del cuarto para evaluar el resultado con ojo crítico.

—Perfecto —susurró, y cuando sus miradas se encontraron en el reflejo su sonrisa se ensanchó en una mueca tan salvaje como encarnada—. Gracias por no romperme los dientes.

—De nada.

No lo había hecho a propósito, pero ni Kara quería reconocerlo ni René esperaba que lo hiciese. A fin de cuentas, ya lo sabía. Ya sabía qué era lo que le hacía perder el control, lo que le volvía ciego y sordo a la violencia, al sufrimiento, a todo.

Y le habían bastado medio mes y trece días para averiguarlo.

Con cuidado de no despertar a su novia, Gonzalo salió de la cama, ignorando el ya habitual regusto herrumbroso mientras renqueaba hacia el diminuto cuarto de baño. Allí, la igualmente diminuta ventana solo ofrecía oscuridad, demasiado temprano hasta para el sol.

Como cada mañana, nada más meterse en la ducha se escupió en la palma para comprobar que no tenía sangre en la boca, pero esa vez se examinó también los nudillos.

Inmaculados. Salvo el sabor a sangre, nada de los sueños permanecía.

Al menos nada tangible, pues las emociones de su otro yo siempre tardaban más en disiparse, como resistiéndose a aceptar que no le pertenecían.

Ya había ido notando que los recuerdos («Sueños», se corrigió) no venían en orden.

Saltaban adelante y atrás, retorciendo la línea temporal, sin dejarle respirar.

Le era imposible seguirle el ritmo a la información desmembrada, a los nombres, a las contradicciones.

Dependiendo de la noche se moría por estrangular a René ax Nazcar o se contenía hasta el vértigo por no vendarle las heridas.