Con la miel en los labios 5 El cepo #3
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5 El cepo #3

Lógicamente, Gon no contestó. En su línea habitual, optó por fingir que no lo había visto, que entrar en el directo había sido un accidente (porque lo había sido) y que no le hacía falta buscar quién coño era Joe Goldberg porque ni había visto el mensaje ni le importaba.

Aquella noche, Bego le dijo de empezar una serie norteamericana sobre un acosador en serie. Llevaban posponiéndola siglos, y se suponía que era graciosa, así que Gon aceptó y se arrebujaron bajo la mantita de los días más fríos.

«Por supuesto», pensó, en cuanto dijeron el nombre del protagonista.

—¿No es raro que os depiléis enteros cuando las abejas son peluditas?

Kara entornó los ojos. La Avispa de Nascente cumplía ya dos semanas de estancia en el Panal y pronto partiría a la primera negociación con los Gemelos, ya que el Consejo por fin había finiquitado la lista de datos que podían arriesgarse a cederle para que simulase habérselos sonsacado.

Sin embargo, hasta dicha partida Kara debía seguir tratándolo con el mayor de los respetos, como un invitado y no como una amenaza. Lo cual, por desgracia, incluía hacerle de guía turístico.

—Peluditas —repitió Kara, pétreo, sin reflejar su asombro.

Aquel día le mostraba las ruinas de la antigua capital, una mina de metros y metros de profundidad que revelaba suelos de colorido mosaico y columnas copiosamente talladas. Una breve exposición de artículos polvorientos completaba el conjunto, entre ellos algunas vasijas todavía repletas de miel.

Incluso antes de la Pandemia, Quin’Xa había apreciado el trabajo de las abejas, pero había necesitado perder a más de la mitad de su gente para aprender a imitarlas en vez de robarlas.

El mejor ejemplo de esto se veía en la sólida estructura circular de sus ciudades actuales, viviendas hexagonales apiladas en torres, radicalmente opuesta al ensortijado laberinto de ruinas a sus pies.

Kara no entendía cómo sus antepasados habían sobrevivido en un mundo tan caótico.

—¡Que sí! Tienen el culo así, acolchado, como la cola de un conejo.

El tosco parrón frente a ellos había contenido en su día la cera de abeja con la que los primeros quinxaínos se retiraban el vello. Tal tradición continuaba vigente, más o menos férrea según la casta, y al parecer a la Avispa de Nascente le costaba encontrarle sentido.

—Acolchado —coreó Kara de nuevo, tratando de no sonreír.

—Deja de repetir todo lo que digo —se quejó René—. Son blanditas, te guste o no.

—No has visto una abeja en tu vida.

René contestó con un ruidito evasivo mientras reanudaba su paseo por aquel museo accidental, pero Kara no se movió, descolocado.

—¿¡Nunca has visto una abeja!?

Desde muy pequeños, a los niños del Panal se les habituaba a la presencia de su mayor aliado, crecían con su zumbido como nana y con su miel como leche, cada colmena una hermana de sangre.

Pero, claro, Nazcar no había destacado por su apicultura, sino por sus perfumes, así que era muy probable que René jamás…

—Solo ilustradas —admitió este al fin, avergonzado, rehuyendo su mirada—. Y en vuestros sellos.

—¿Es que no hay flores en Nascente?

Se encogió de hombros.

—Tenemos otros polinizadores. Pájaros, avispas, murciélagos… ¿Por qué escogerían las abejas a Nascente por encima de los Bosques de Miel? —Rio, un tanto ácido—. Yo, desde luego, preferiría los Bosques. Y eso que nunca he estado.

Kara no respondió. A fin de cuentas, René ya sabía que los Bosques le estaban vetados.

Nadie ajeno al Panal ponía pie allí. Era un lugar propio, casi sagrado.

Si los quinxaínos le rezasen a algún dios, los Bosques de Miel serían su templo.

Un traidor no merecía siquiera soñar con recorrerlos, y, por tanto, René tampoco lo había pedido.

Y, aun así, no pudo evitar sentir lástima por él, quien contemplaba melancólicamente la huella de unos antepasados cuyos descendientes ya no lo consideraban como tal.

Nascente también le había quitado eso: la posibilidad de regresar al enjambre.

La posibilidad de regresar a los Bosques de Miel.

El Panal jamás confiaría en la Avispa lo suficiente, no hasta que de sus captores no quedasen ni las cenizas.

En el mercado, Kara le había prometido mantenerlo a salvo hasta el final.

Allí, en las ruinas, se prometió a sí mismo que, si seguían vivos cuando todo aquello acabase (si René no mentía, si su nostalgia era real, si no lo apuñalaba por la espalda, si no moría a sus manos), lo llevaría a los Bosques.

Lo llevaría de vuelta al hogar.

El 18 de diciembre, Gon se desplomó en el único asiento libre del vagón, mitad agradecido porque el 26 empezaría un chico nuevo en el Stardust y mitad angustiado porque primero debía sobrevivir a la Nochebuena con su familia política.

Como cada año, Bego le había asegurado que no tenía nada por lo que preocuparse, nada que aparentar, pero luego le había comprado un nuevo par de gemelos y elegido la ropa.

Estaba tan, tan cansado, que apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos, dejando que el metro lo arrastrase hasta casa.

Tan, tan cansado, que cuando los abrió y se topó de frente con Reyes Cisneros ni siquiera reaccionó.

Solo le sostuvo la mirada, ambos derrotados en asientos esquineros y las manos hundidas en los bolsillos.

Le pareció extraño que no le sonriese, ni le gruñese, ni nada.

Al parecer, el agotamiento también empezaba a pasarle factura.

No se veía en los vídeos, pero sí allí. Allí, a las once de la noche, mientras un puñado de turistas bamboleaba el metro con gorritos de Papá Noel, gafas de árbol de Navidad y matasuegras.

¿Debería decir algo? ¿Aprovechar para aclarar lo del directo?

¿Saludar, al menos? Ahora que lo tenía tan cerca, bajo la luz dura y aséptica del vagón, se fijó en sus mejillas hundidas, en esos pómulos dolorosamente afilados.

Lejos de la vivacidad del puestecillo y apartado del candor de su amiga, Reyes parecía un muerto viviente.

Hasta sus ojos ambarinos resultaban antinaturales, amarillos como los de un depredador nocturno; hasta su pelo parecía más castaño que rojizo, quebradizo, revuelto.

El metro anunció su parada.

Se levantaron a la vez.

Gonzalo fingió no darse cuenta, vuelto ya hacia las puertas, pero al bajar la vista allí estaba su mano, aferrada a la barra metálica.

No llevaba guantes a pesar del frío, y tenía las yemas rojas, congeladas.

Su propio reflejo en la ventana bloqueaba el de Reyes, justo a su espalda. Se sintió incómodo.

—Tú también los tienes, ¿verdad?

Se le tensó hasta el último músculo del cuerpo. Pero, aunque le sería insultantemente fácil hacer oídos sordos, volvió un mínimo el rostro y preguntó:

—¿El qué?

—Los sueños.

—No sé de qué me estás hablando.

El tren se detuvo; las puertas se abrieron.

Gon salió al andén, todavía sintiendo su presencia detrás como una herida abierta.

¿Le estaba persiguiendo o compartían parada además de línea?

O quizá había quedado con alguien… Aunque Lavapiés a esas horas no es que fuera destino típico.

Allá afuera, los bares retrasaban el cierre lo máximo posible y el ir y venir de cuentas y datáfonos acallaba el eco cercano de las deportivas de Reyes.

Joder, le estaba siguiendo. Le estaba siguiendo y no quería, no quería que supiera dónde vivía (dónde vivía Bego ).

Pero, justo cuando iba a plantarle cara, Gon escuchó un repiqueteo de llaves.

Todavía con los nervios a flor de piel, se giró a tiempo para ver la endeble silueta de Reyes hundirse entre las sombras de un portal tan viejo como el suyo.

De un portal enfrente del suyo. Se quedó ahí plantado, oyéndolo pelearse con la cerradura hasta que la luz del recibidor le llovió encima como una revelación bíblica, conectando ambos portales en un caminito dorado.

Para cuando Gon comprendió lo que eso significaba, la calle volvía a estar a oscuras.

Trece días a caballo separaban al Panal del último pueblo previo a la frontera con la antigua Nazcar. Luego dos horas del pueblo a la frontera y otra más de la frontera al primer asentamiento militar nascente.

El plan era sencillo. Como todo embajador extranjero, René ax Nazcar gozaría de escolta personal mientras atravesara los dominios quinxaínos, pero continuaría a solas desde el último pueblo hasta el cuartel.

Allí reportaría sus avances a los propios Gemelos, ambos (supuestamente) desconocedores de que toda información proporcionada contaba con la aprobación expresa del Consejo.

Después, René atravesaría de nuevo la frontera con otro puñado de falsas condiciones para la paz.

El primer borrador por parte del Panal reunía semejantes ventajas para ambas naciones (parecía tan real ) que Kara había guardado la pequeña esperanza de que Nascente contemplara la oferta. Había querido creer que ni siquiera los sanguinarios Gemelos rechazarían algo así.

Al menos hasta que la Avispa de Nascente cerró con llave la puerta de su dormitorio en la última posada quinxaína y dijo:

—Tengo que pedirte un favor.

—No —gruñó Kara, casi por acto reflejo.

René frunció los labios, aunque no parecía sorprendido. Quizá tras medio mes de vigilancia constante y trece días de viaje había aprendido a predecir sus respuestas. A Kara no le gustaba mucho ese pensamiento.

—Os lo habría comunicado antes, en el Panal, pero supuse que algunas princesas tratarían de impedirlo.

—Hablaba muy despacio, como si Kara fuese un zorro atrapado en un cepo y necesitara apaciguarlo para liberarlo.

Se preguntó qué sería el cepo—. Los Gemelos sospecharán de los motivos de la reina para abrazar sin reservas un acercamiento así de repentino, en pleno duelo por su hija, además.

—¿Y?