Con la miel en los labios 5 El cepo #2
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5 El cepo #2

En lugar de protestar, Gon aplicó su modus operandi específico para Reyes Cisneros y procedió a fingir que dicho intercambio jamás había existido.

—¿Qué haces?

Bego lo mandó callar con un gesto pomposo, así que Gon marchó de puntillas al dormitorio para ponerse el chándal viejo que usaba como pijama y guardar a buen recaudo el dibujo de Susana.

Al regresar al salón, su novia seguía tal cual la había dejado: sentada en mariposa sobre el sofá, con la hilera de diferentes muestras de mieles en la mesita de en frente.

Uno de sus vídeos ambientales (esa vez, la «chimenea acogedora (10h)» con grabación de fogata incluida) llenaba la estancia con su falso crepitar, a juego, cómo no, con una vela aromática de abeto y leña.

Cuando Gon se acomodó junto a Bego casi se sintió teletransportado a una diminuta cabaña de bosque.

—¿Estás con la presentación para tu jefa? —preguntó, muy bajito, para no molestarla.

Ella asintió, tecleando algo rápido en el portátil sobre sus piernas.

Después lo apartó un poco, se estiró hacia la mesa y hundió el meñique en el tarrito número tres antes de metérselo en la boca y saborearlo muy concentrada.

Repitió el proceso dos veces antes de que Gon se atreviera a interrumpirla de nuevo:

—¿Quieres que te traiga una cuchara?

—No, gracias. El metal cambia el sabor.

—Ya veo. Y seguro que la cucharilla olvidada en la encimera no tiene nada que ver.

La sonrisita culpable con la que Bego respondió fue suficiente, así que se levantó para recuperarla.

«Bieeeen», coreó ella al verlo regresar, y ni esperó a que terminara de asentarse antes de ponerle las piernas sobre el regazo.

A Gon no le importó, claro. Necesitaba un poquito de eso.

De recostarse hacia atrás, cerrar los ojos y dejar que el olor a Navidad de la vela se mezclase con el eco de la chimenea en 2D mientras acariciaba distraídamente las piernas de su novia.

La calefacción central convertía el pisito en un horno en miniatura y todo estaba bien.

—Te preguntaría si quieres de alguna, pero es que acabo de limpiar la cocina.

Gon sonrió sin abrir los ojos.

—No, gracias. Ya las he probado todas.

Un grito ahogado.

—¿Y?

Y nada. Todas le sabían igual, y no precisamente dulces. Solo con la más oscura, la de castaño, había conseguido rescatar un único ramalazo meloso antes de que el óxido lo parasitara por entero. Se encogió de hombros y Bego hizo un ruidito lastimero.

Después, silencio. Silencio natural, orgánico, hogareño. Su preferido.

—¿No vas a cenar? —le preguntó ella unos minutos después.

—Luego. Me he traído cosillas del Stardust. —Sonrió—. Y un pretzel de chocolate para ti.

—Mi héroe.

—Lo sé.

Bego tecleó algo más.

—¿Quieres que te despierte a alguna hora?

—No. Solo si te vas a la cama.

—Vale.

—Gracias.

—A ti.

—¿¡Qué ha pasado!?

René lo miró con los ojos muy abiertos, descolocado.

Por la ventana abierta de par en par se colaba el rumor de la noche veraniega; el estridular de los grillos, el chapoteo de alguna rana junto al río, el ulular de una insistente lechuza.

En el patio, la posadera se despedía de los últimos clientes mientras sus hijos recolocaban las sillas y apilaban las jarras y barrían el suelo y toda esa lánguida sintonía contrastaba violentamente contra el labio partido de la Avispa.

Una sombra purpúrea le trepaba el pómulo izquierdo, entrecerrándole el ojo, y otra brecha en carne viva cruzaba el arco cobrizo de su ceja.

—Ah, ¿esto? —Sonrió de lado, toqueteándose la comisura del labio con las yemas. Tenía sangre reseca en la camisa y en los guantes—. Es lo normal, no te preocupes.

—Dijiste que si te hacía daño desconfiarían menos de ti.

La risa que abandonó su garganta, corta y gutural, sonaba igual de dolorida que el resto.

—Y es cierto. Los Gemelos no se creerían que hubiera logrado convenceros sin levantar ninguna sospecha, pero esas eran mis órdenes. El castigo era de esperar.

Kara frunció el ceño. Por su parte, René cerró la puerta del dormitorio y procedió a rebuscar a saber qué en su macuto con una serenidad lejos de ser cierta. O quizá sí lo era. Quizá sí que estaba acostumbrado a recibir tal trato de sus superiores («de sus dueños», corrigió una vocecilla).

—¿Y cómo piensan excusar ante nosotros el castigo?

—¿Perdón? —volvió a reír. Cuanto más sonreía, más se le abría el corte del labio, y Kara quería que parase. De sonreír y de fingir. René pausó su búsqueda un segundo para mirarlo con una ceja enarcada—. No pensé que te importara mi bienestar físico.

—No me importa. Pero deberían saber que maltratar a su supuesto embajador no favorecerá las negociaciones. Más bien lo contrario.

—Les da igual, Kara —respondió, firme—. Fue idea mía.

Enviarme al Panal bajo el pretexto de negociar la paz no les cuesta nada.

Si fallo y me matáis, es culpa mía. Si fallo y me matan ellos, es culpa mía.

—Frunció los labios, lo que le arrancó un siseo de dolor—.

Les da igual perderme. Tienen todas mis recetas transcritas, así que ni siquiera perderán los venenos.

René se presionó el corte con una palma para frenar el sangrado. Lo habían golpeado en el mismo lugar que Kara, como si hubieran querido imitarlo. Como si lo hubieran usado de diana. Necesitaría puntos.

—Excusar el castigo… —prosiguió René, con un resoplido sarcástico—. A ver qué te parece: Los Gemelos extienden sus disculpas al custodio de la princesa heredera en nombre de su Avispa por cualquier ofensa que le haya merecido el correctivo de esta mañana.

—¿Así se disculpan los nascentes? ¿Con sangre?

—No, Kara. Así aprenden los nascentes.

Era injusto. No se lo dijo, para no sonar débil o escandalizado o incómodo, pero lo era.

Que René se viera obligado a sangrar a manos de ambos bandos en pos de una mentira; injusto.

Y más todavía si de verdad había sido idea suya.

La falsa paz, la doble puñalada, la violencia…

Todo teatro. Todo cuidadosamente tejido por la araña de hilo rojo.

—¿Qué pasará al próximo encuentro?

Él retorció esa venenosa sonrisa suya.

—Que volveré a pedirte que me rompas algo y ellos volverán a castigarme por mi falta de profesionalidad.

—Kara empezó a replicar, pero René habló por encima—: Y así será hasta que considere que me creerán cuando les diga que por fin me he ganado tu confianza también.

Hasta entonces, un par de golpes es poco precio a cambio de mi propia vida.

—Pero…

— Déjalo. —Y, ahora sí, su voz sonó ronca, cansada, frustrada. A Kara la protesta se le murió en los labios, cauterizada por el hierro al rojo vivo que eran las heridas supurantes de la Avispa—. ¿Quieres el informe ahora o puedo curarme primero?

En sus manos, recién pescada de su macuto, una cajita de costura. Venía bien preparado para el dolor, y eso lo enfureció aún más. ¿Quería ser un mártir? Pues que fuese un puñetero mártir.

—Ahora —escupió.

Y René asintió.

De acuerdo, lo confesaba, era asiduo al Instagram de TheKingBee.

Sus descansos habían mejorado considerablemente desde que se permitía desconectar de su propia desgracia, y a veces incluso los disfrutaba, aunque eso último sí que no lo reconocería ni ante un tribunal.

En Instagram, Reyes subía contenido más casual que en TikTok, más…

normal. Cotidiano. Fotos con Titi por diferentes rincones de Madrid («Provincianos», había bufado Gon al verlos posando frente al templo de Debod), stories puntuales de comidas, terrazas, cervezas, Nadia poniendo los ojos en blanco, Recla saliendo del Stardust con los brazos alzados en victoria, regalos que sus seguidores les traían al puestecillo.

Cada día, Gon se retiraba al almacén, se ponía los cascos y fingía tragarse alguna serie.

A una semana de Nochebuena y con los músculos agarrotados de servir cafés de jengibre y caramelo, Gonzalo clicó por error en uno de sus directos.

Fue un desliz, un dedazo accidental, y aun así en vez de salirse a toda prisa se quedó mirando, camuflado entre los cientos de espectadores.

Pronto, el susto dio paso a la curiosidad.

Reyes estaba retransmitiendo desde la caseta, sentado a la vera del calefactor y tapado hasta el pecho con una manta.

Solo su naricilla asomaba por encima de la bufanda, así que Gon no se explicaba cómo podía entendérsele con tanta claridad si ni siquiera tenía el móvil en la mano, sino reclinado contra el podio de las tres mieles Denominación de Origen.

Lamentablemente, eso le hizo gracia. (Lamentablemente, le hacían gracia la mayoría de ocurrencias y chistes malos de Reyes).

Al fondo se oía a Titi atender a un cliente.

«Hemos conocido a una chica que trabaja en publi y está muy interesada en representarnos», andaba diciendo el susodicho.

«Nosotros encantados, oye. Cuantos más medios, mejor, ¿no?

». La respuesta fue un géiser de corazones en los comentarios.

«Nos ha sugerido dar visitas guiadas al colmenar, así podríamos enseñaros en persona lo que hacemos en casa, ¿os gustaría?

». Ni siquiera la bufanda consiguió ocultar la sonrisa resplandeciente que se adivinaba debajo cuando se arrimó para cotillear reacciones y resolver dudas.

«Si ya sabía yo… Un día con Reyes Cisneros, ¿a quién no le va a gustar?

Es como si a mí de crío me hubiesen ofrecido un tour con, yo qué sé, David Bisbal».

A Gon la risa se le escapó por la nariz, burlona e inevitable. Negando con la cabeza, se adelantó a la alarma y guardó el móvil, lo suficientemente animado para enfrentarse a otra ronda de villancicos y cafés.

Pero, como tenía la peor suerte del mundo, al acabar el turno Instagram le notificó que había recibido un mensaje privado de la única cuenta capaz de darle un vuelco al corazón.

«¿Vigilando a ver qué digo de tu novia, Joe Goldberg?», seguido de un emoticono de angelito.