5 El cepo
S usana lo pilló pensando en René.
Lo cual, en realidad, no fue ninguna coincidencia, porque Gon llevaba pensando en él toda la mañana (y parte también de la tarde).
No tenía mucha información sobre la Avispa de Nascente, si lo pensaba bien.
Solo que poseía su propio campo gravitatorio, que era un desastre natural en potencia y que Kara era incapaz de verlo.
Sí, el tío sabía que era un peligro, hasta cierto punto, pero no contaba con la ventajosa neutralidad de Gon, que al presenciarlo todo desde fuera se olía a leguas la puñalada trapera.
Tenía sueños (recuerdos) en los que el custodio le destrozaba la cara a la Avispa y lo disfrutaba, sueños en los que se arrepentía, sueños en los que lo perseguía con la mirada allá donde fuera.
Interrogaba a otros An’Ser sobre él, lo diseccionaba con Jez’bel, removía sus palabras como la lengua que empuja un diente suelto, obsesivamente, buscando el fallo, la mentira, cualquier pieza que encajase en el puzle.
Kara era concienzudo, certero e inteligente.
Pero en otros sueños Kara lo observaba sin decir nada, durante horas, mientras atravesaban a caballo un prado eterno los dos solos, y cuando René le devolvía la mirada lo hacía con una sonrisita sarcástica, como si supiese lo que estaba pensando aunque ni siquiera el propio Kara lo sabía.
En aquellos recuerdos el calor era sofocante, las cigarras ensordecedoras y la piel de la Avispa brillaba de sudor, una gota siguiendo la línea increíblemente roja de uno de sus tatuajes nuca abajo.
—Vaya careto. ¿A quién quieres matar ahora?
Gon volvió al mundo real como abofeteado y su hermana rio mientras saludaba a alguien tras él, probablemente Nadia o Carol.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, desorientado, sin parar de limpiar la mesa de turno.
Ella arqueó una ceja.
—¿Pasarme a por los regalos, como me pediste que hiciera?
—Ay, sí, sí… Perdona, estoy tan hasta arriba que ni me acordaba.
—Me lo pediste ayer.
—Ya, bueno. Voy a por ellos.
Gon serpenteó entre clientela y compañeros hasta el almacén, donde se encontró a Recla atiborrándose de arroz con pollo asado («del envasado del Mercadona, Gon, una delicia, te viene especiado ya y todo»), y agarró la bolsa de cartón en la que había metido a presión todos sus regalos de Navidad.
—¿Al final qué le has comprado a Bego? —preguntó Recla, todavía con la boca llena.
—Aún nada.
—¿Tu hermana sigue soltera?
—Ya te he dicho que no eres su tipo.
— Bro, yo soy el tipo de todo el mundo. Algún día tendrás que aceptar que Susana y yo estamos destinados a casarnos. —Gon lo ignoró, reorganizando las cajas para comprobar que estaba todo—. Ya estoy eligiendo nombre chino y todo, a ver si me echas una mano con eso…
—Que aproveche, salgo ya, que he dejado a Susana esperando y a las otras solas con el lío que hay.
—¿¡Que Susana está fuera!?
Al segundo siguiente Susana echaba un vistazo al interior de la bolsa y Gon le apartaba la mano de un bofetón leve al verla ir directa a por el paquetito con su nombre.
—Ni se te ocurra —la advirtió, todo ceñudo.
—Jamás te enterarás si lo envuelvo otra vez.
—Sí que me enteraré —bufó—. Serías incapaz de envolverlo tan mal como yo ni aunque te fuese la vida en ello.
Con un largo suspiro derrotado, Susana dejó la bolsa en la silla más cercana.
—Es cierto… Tantos años saliendo con Bego y nada se te ha pegado de ella, es increíble. Ah, por cierto, toma. —Y hurgó en su enorme bolso durante un minuto entero—. Ay, aquí está. Rehice tus tristes bocetos, mira a ver si los entendí bien.
Susana tenía magia en las manos. Era lo primero que Gon había apreciado de ella, incluso cuando aún quería devolverla a China por correo, porque podía sonsacarle un par de dibujos de sus superhéroes favoritos.
«¡Tenemos una artista en la familia!», recordaba a su madre diciendo, orgullosísima, y aunque todos habrían apostado por la academia de arte el verdadero amor de Susana estaba en las pasarelas.
Gon todavía la acompañaba en ocasiones a Pontejos, pasillos y pasillos de rollos de telas de colores y cuentas y broches.
—Es él —susurró sin pensar cuando se encontró cara a cara con una traducción perfecta de lo que veía cada noche.
Los rostros sin rasgos suponían el único elemento extraño, pues ahí estaba el pelo largo y ondulado de René sobre su elegante xamar de gala blanco, los abalorios ambarinos imitando gotitas de miel cosidos a los hombros de Jez’bel como una lluvia dorada, la armadura de placas de Kara, la capa traslúcida de la reina como dos alas de abeja…
Todo allí, en sus manos, una evidencia casi tangible de que aquello era real. Aunque no lo era, claro.
Contuvo el impulso de llevarse el folio al pecho, ridículamente conmovido por un puñado de garabatos.
—¿Supongo que lo he clavado? —sonrió Susana.
A Gon no se le pasó por alto la incertidumbre tras su sonrisa, así que carraspeó y trató de recomponerse a toda prisa.
—Como siempre —asintió, pasando el pulgar por la trenza profusamente decorada de la Avispa—. ¿Has encontrado en qué estaba basado, entonces?
—Nop, y mira que cuando ya lo tuve todo lo rulé por el grupo de clase…
—Señaló el vestido de baile de Jez’bel y Gon tuvo que morderse la sonrisa al verlo ahí, ahí, justo ahí—.
Este me tiene especialmente confusa, porque con las mangas abiertas y la falda hinchada se parece a los vestidos de las princesas zarinas, pero me dijiste que a veces también lleva cuello traslapado, como este señor de aquí…
—Sí. Es que viven en un reino muy amplio y se han mezclado muchos estilos con los años.
—Pues no me suena ninguna cultura en la que ambos géneros lleven el pelo siempre corto o tapado, y lo mismo con los guantes…
—Es por la pandemia —se lanzó a explicar enseguida—.
Hubo una bien gorda hace tiempo que diezmó el continente entero, así que incorporaron la higiene a la moda.
No se toca nada con las manos desnudas, solo en casa, con la familia; es de mala educación hasta enseñarlas…
y lo del pelo es para que no se les caiga en la comida o algo así.
Silencio.
Su hermana lo miraba fijamente, con el ceño fruncido.
De pronto, Gon fue consciente de lo estúpido que sonaba.
De la locura que acababa de soltar. Claro que no existía nada así, Google ya se lo hubiese dicho en alguna de sus mil búsquedas del nombre del reino, o del idioma, o de sus tradiciones apícolas.
Pero no había obtenido ningún resultado y ahora Susana preguntaba, muy suave:
—¿Estás durmiendo lo suficiente?
Lo que le faltaba, que creyese que estaba alucinando.
—Sí —gruñó—, si de hecho es de mis sueños de donde saco todo esto.
Uh, no debería haber dicho eso.
—¿Has soñado con esto ? —repitió su hermana, volviendo a señalar el vestido de Jez’bel con las cejas alzadísimas.
—Sí. ¿Qué pasa?
Susana frunció el ceño.
—Nada —dijo al final. No parecía «nada»—.
Es solo que hay mucho nivel de detalle como para tratarse de un sueño, pero bueno.
Supongo que lo habrás sacado de alguno de tus videojuegos.
—Se encogió de hombros—. ¿No decías que tenían medicina avanzada pero que obligaban a la reina a parir hasta la muerte?
—«¡Hasta la muerte no! ¡Solo hasta que cada colmena tenga una regente!
», quiso protestar Gon, inexplicablemente ofendido.
Se contuvo a tiempo—. No sé, me suena chunguísimo…
, como a Final Fantasy o así, ¿por qué no buscas por ahí?
Disimulando la decepción (el malestar), Gon murmuró una afirmativa ininteligible. No, no lo había sacado de ningún Final Fantasy; se acordaría. Así que tal vez Susana tenía razón. Tal vez estaba durmiendo demasiado poco, tal vez el estrés le estaba pasando factura…
En ese momento, Reyes Cisneros entró en el Stardust con dos bolsas del McDonald’s.
Carol y Nadia lo recibieron con vítores gemelos y él les dedicó una sonrisa de estrella fugaz, nariz roja de frío y bien envuelto en una chaqueta que no tenía pinta de abrigar mucho.
Pasó a su lado sin verlos, lo que Gon agradeció.
—En fin. ¿Quieres llevarte algo de comer? —le preguntó a su hermana—. Es lo único que puedo darte a cambio de esto.
—Oye, pues…
Un sándwich de huevo, beicon y trufa con descuento de empleado después, Susana marchaba más contenta que unas castañuelas y Gon sonreía distraídamente. Su hermana podría parecer la mujer más elegante de España, pero en el fondo seguía siendo la misma alimaña ávida de comida gratis.
—¿Esa es la hermana de la que Recla no para de hablar?
Muy, muy lentamente, Gon se volvió hacia el final de la barra. Reyes no lo miraba, más concentrado en echarse otro sobre de azúcar al chocolate. No le habían dado bandeja. Tampoco ticket. Ah, vale. Así que eso era lo que sacaba a cambio de hacerles de chico de los recados…
—Tiene nombre —contestó, seco.
—Sí, Susana —sonrió él, todavía sin mirarlo.
Parecía más joven que la Avispa. O quizá más a salvo, menos vapuleado por su realidad. Aunque sus ojeras eran mucho, mucho más profundas. Cuando por fin le devolvió la mirada, Reyes tenía los ojos entornados, pensativo.
—Al veros juntos, por un momento he creído que era…
No terminó la frase.
—¿Que era quién?
—Nada, olvídalo. Chao .
—Adiós.
Gon lo vigiló hasta que abandonó la cafetería, así que no pudo evitar fijarse en que llevaba el pelo recogido por detrás en una hilera de horquillas.
Le recordó, de una forma burda y casi ofensiva, a los elaborados peinados del propio René, aunque empalidecía en comparación.
No, Reyes Cisneros no le llegaba ni a la suela a la Avispa de Nascente, significase lo que significase eso.
René era mucho más elegante, divertido y encantador.
Y, a diferencia de Reyes, no había puesto en peligro el puesto de trabajo de Kara.
Todavía.
—Progresa adecuadamente —se burló Nadia al tiempo que entregaba unas vueltas—. Primera vez que no acabáis de uñas.