4 A salvo y latiente #5
—Debería —asintió, muy a su pesar, mientras lo acompañaba hasta un puesto de relucientes anillos—. Pero estos tres gremios atraen a las abejas de los Bosques de Miel, así que los emplazamos en conjunto para no distraerlas muy a menudo.
—Pues yo no veo ninguna abeja.
—Tampoco te has fijado.
René aceptó la pulla con una risita breve.
La tendera fulminó con la mirada primero a Kara por traérselo y luego a la Avispa, aunque entre las arrugas de su rostro pudo discernir cómo el desagrado daba paso a la exasperación mientras René se probaba todos y cada uno de los anillos.
Aquel día llevaba unos guantes ligeramente más opacos, ajustados y elegantes, pero aun así el intenso color rojo de su manicura y grabados nascentes se veía a través.
—En Nascente no hay joyas, solo tatuajes —le dijo René mientras se deslizaba un fino aro en el anular.
—Lo sé.
—Si quieres un anillo, es para siempre.
—Lo sé.
—Aunque necesitas que un superior apruebe el diseño primero. Y el color.
Eso no lo había sabido. Tras el mostrador, la tendera tenía los labios torcidos en una mueca de disgusto, aunque la animosidad no pasaría de ahí.
A ningún quinxaíno se le ocurriría ofender a un nascente, y menos aún mientras vistiera el fajín blanco que señalaba su neutralidad.
A fin de cuentas, de cara a la galería René ax Nazcar venía a negociar la paz en nombre de los Gemelos, y así se le había engalanado.
Solo sus tatuajes rojos traicionaban a qué reino representaba.
Y, sin embargo, a la Avispa no le hizo falta que hablase para replicar:
—Señora, dejad de mirarme las manos, que vos también tenéis. Dos, de hecho.
Ah, por favor.
—René…
—Han pasado tres siglos desde la pandemia, por mi difunta madre os aseguro que no la vais a palmar por ver media muñeca —insistió él, apuñalando las palabras entre dientes—. En Nascente llevan cinco generaciones sin un solo caso y no les ha hecho falta crear toda una secta alrededor de la limpieza.
Ahí estaba, el primer desliz. ¿Había confiado Nascente su plan de falsa paz a un embajador que no soportaba ni dos minutos de escrutinio vecinal? ¿O eso también era una farsa? Respirando hondo, Kara se adelantó para llevárselo, pero el aguijón de la tendera no se hizo esperar:
—No es por las manos —escupió, vibrante de afrenta—. Es por… —Apretó los labios un segundo—. ¿¡Cómo se te ocurre!? ¡Ni los perros despeluchan tanto en primavera! ¿Eso es lo que eres? ¿Un perro?
—Santina —la advirtió Kara.
A su lado, René se había quedado mudo, una mano instintivamente enroscada en un mechón de su lustroso cabello leonado, tan largo que le rozaba la cintura. Trató de contestar una, dos veces, y cuando por fin lo consiguió su voz salió en un hilo abochornado:
—Perdón. No me acordaba de lo del pelo.
—Pues vaya emisario —refunfuñó Santina, aceptando sus disculpas con la pomposidad de cualquier abuela—. Espera, no te me escapes todavía. Toma esto, y sujétatelo bien arriba, que no se caiga.
Kara disuadió el corrillo de cotillas acumulados a su espalda con la mirada.
La mayoría regresó a sus asuntos sin demora, mientras que otros se acercaron a los puestos colindantes para comentar la jugada con el tendero de turno.
No les culpaba. Hacía años que ningún nascente cruzaba la frontera, y nunca con buenas intenciones.
Que además proviniera de la antigua colmena de Nazcar solo aumentaba el hambre por saber.
Por mucho que Kara los espantara, seguirían estudiándolo de arriba abajo, más lejos o más cerca, con mayor o menor inquina.
Cuando se volvió de nuevo hacia René, ya había terminado de anudarse el cabello en un alto cometa rojo, y agradecía a Santina tanto la cinta como su comprensión. Por su parte, ella sonreía, complacida por la atención recibida y tranquila ahora que lo veía bien recatadito.
—Ea, ea —decía, agitando las manos—, no pierdas tiempo con la vieja, niño, que te queda zoco por cubrir.
La Avispa se inclinó en una última reverencia antes de retroceder al paseo principal, donde se pegó a él casi de tobillo a hombro y siseó:
—¿¡Por qué no me has avisado!?
Kara se encogió de hombros mientras retomaba su camino. Gracias a Santina, ya ninguna de las miraditas que René seguía atrayendo mostraba ese reborde escandalizado de un tabú presenciado a plena luz del día.
—Mis órdenes abarcan enseñarte el Panal, no nuestras costumbres. Se supone que eso lo traes aprendido de casa.
—¡Ya te he dicho que hay cosas que no recuerdo!
Lamentablemente, la situación le hacía gracia.
—¿Y no caíste en que algo fallaba cuando viste que eras el único con el pelo largo?
—¡Pensé que era la moda! —protestó René, aún mirándolo con los ojos muy abiertos—. ¡Allí nadie se lo corta! ¡Nunca!
—Pero ya no estás allí. —Y, sin pensar, añadió—: Aquí el cabello debe llevarse corto o cubierto, es una muestra básica de respeto al prójimo e higiene personal. Poco de quinxaíno debe de quedar en ti si no te sale natural algo tan simple.
Tardó un par de segundos en darse cuenta de que René se había detenido.
Un tanto confuso, Kara se volvió hacia él, y se lo encontró con los párpados entornados y los hombros rígidos.
Y quiso haberse mordido la lengua, porque, cuando la Avispa contestó, lo hizo con palabras afiladas, sanguinolentas, en carne viva:
—Antes incluso que quinxaíno, soy nazcareno. El rojo de mis raíces es mi orgullo y no lo esconderé ni segaré por nadie. Ni siquiera cuando Nazcar era colmena y no cementerio nos adscribíamos a esa práctica, y no seré yo el primero en pos de un mísero gramo más de confianza.
Sabía qué respuesta merecía tal recordatorio, así que Kara inclinó la mandíbula en una reverencia cautelosa.
—Mis disculpas, no quería implicar que debías hacerlo. Yo tampoco recordaba que los nazcarenos tenían sus propias tradiciones.
Sí que lo sentía. Para cuando Kara había empezado a servir a la princesa Jez’bel, Nazcar ya había sido conquistada (arrasada) por Nascente, por lo que su conocimiento de cultura nazcarena se limitaba a leyendas y habladurías.
En ellas se decía que tenían el cabello del color de la sangre y los ojos de la esmeralda o el topacio, que una constelación de estrellas ambarinas les moteaba la piel, que eran más sensibles al frío y al dolor.
Que solo uno de cada seis nazcarenos reunía todas las características de su raza y que ni siquiera la unión de dos purasangre garantizaba el nacimiento de un tercero.
Con esa descripción, a Kara le habían parecido criaturas mágicas hasta conocer a la princesa de la muerta Nazcar, la única residente permanente del Panal aparte de la propia abeja reina.
Por supuesto que había sido elegida heredera.
¿Qué habría sido de ella si no, sin una colmena a la que volver, a la que cuidar?
¿Cómo conservar si no un linaje que Nascente había robado para sí?
Pero Ozara había muerto y ahora otro nazcareno regresaba al hogar.
¿Cómo no sospechar?
—Disculpado quedas —dijo René, resuelto, y retomó su paseo con naturalidad. Kara alzó las cejas, aunque no dijo nada, limitándose a acompasar sus pasos a los suyos.
Tras unos tensos segundos en silencio, la Avispa volvió a hablar:
—Ambos desconocemos parte de la cultura del otro, es normal cometer errores.
Pero es así como se aprende. —No se molestaba en mirarlo, por lo que Kara tampoco lo hizo—.
Yo recordaré mi hogar a través de ti, tú recordarás a los muertos a través de mí; y todo cuanto necesite saber tu princesa para demoler Nascente, se lo daré.
Dioses, lengua, dialectos, prácticas, tabúes; todo.
Silencio.
Sin querer, Kara desvió la vista hacia el entramado de tatuajes decorando su piel.
Finas estrías de un brillante rojo rodeaban sus brazos como hiedra trepadora; seguidos de una miríada de anillos grabados y flores geométricas que asomaban por el cuello alto de esa ceñidísima prenda sin mangas, que serpenteaban bajo la tela traslúcida de sus guantes.
Hasta el último trazo encarnado tenía su significado y Kara se preguntó si también estaría dispuesto a confesar cómo se había ganado cada uno.
La lengua sólida que le trepaba por la nuca, las olas que le cruzaban los nudillos. Aquellos ocultos bajo la ropa.
—Nunca dijiste qué querías a cambio.
Sorprendido, René lo miró. La verdad, Kara también lo estaba. Ni siquiera había sido consciente de que había abierto la boca antes de que las palabras cayesen.
—¿A cambio?
Kara asintió.
—Nos brindas la derrota de nuestro enemigo. Querrás una recompensa.
—No. —René frunció el ceño—. Nascente también es mi enemigo, me…
—Eso lo sé —le cortó—. Pero tú eres uno solo y ellos todo un reino. Si te descubren —«si esto es verdad»—, te desollarán, y los cuervos te comerán vivo.
Con una risita tan falsa que parecía real, la Avispa se le colgó del brazo y señaló un puesto un par de metros por delante, sorteando así las miradas de soslayo de tenderos y clientela.
Ah, joder. A Kara hasta se le había olvidado dónde estaban, qué estaban haciendo, cuál era el cuento.
Por un momento solo habían existido ellos dos y la mentira.
—Estabas presente cuando lo dije, en la sala del trono —respondió René, muy bajito, fingiendo engatusarle para que le comprara algún capricho.
Su voz del mismo rojo ensangrentado que sus tatuajes de traidor—.
Quiero ver arder Nascente como ardieron mis padres.
Quiero ver muertos a los Gemelos. Quiero volver a llamar hogar a Nazcar, y usar mi lengua materna con mis vecinos.
No espero salir entero de esto, pero si hay algo que quiero pedir a cambio de mi inestimable ayuda es que os aseguréis que llego vivo a todo ello.
Y, con la misma naturalidad artificial, le soltó, sonriente. Kara le sostuvo la mirada, impávido por fuera pero agitado por dentro.
—¿Crees que podrás hacer eso por mí, An’Ser Kara?
Le hubiese gustado decir la verdad. Le hubiese gustado decirle que no creía que fuera a sobrevivir más de dos informes, que los Gemelos eran más listos que él, que no tardarían en recibir sus dedos conservados en vasijas de miel, que más le valía huir para siempre si quería seguir respirando, pero René ax Nazcar era una pieza demasiado valiosa como para responder cualquier otra cosa que no fuese:
—Te prometo, Avispa, que te mantendré a salvo y latiente hasta el día en que Nascente caiga a nuestros pies .