4 A salvo y latiente #4
Se quedó rígido. Eso último se desviaba del bucle habitual. Eso sonaba a… a… Empalideció de puro pánico y abrió la boca para protestar (para defenderse), pero no consiguió escupir ni una mísera palabra, aún dándole vueltas a las suyas. ¿Había dicho lo que creía que había dicho?
Sin embargo, fue la propia Bego quien volvió a hablar:
—Perdona. No quería que sonase así. Es solo que… —hundió los hombros, derrotada— me duele verte así, tan desmotivado y al límite todo el rato. Parece que te has rendido.
—No lo he hecho —prometió él. Sin querer, recordó a la madre de Begoña entrando al piso, a la educación venenosa con la que había preferido guardarse su opinión.
En ese momento a Gon no le había importado lo más mínimo.
Ahora, en cambio…—. Estoy en una mala época, ya está.
Cuando acabe la campaña de Navidad volveré a buscar a ver si hay suerte, ¿vale?
—¿Y si no la hay?
No contestó. No quería enfrentarse a la posibilidad de que nunca hubiera suerte.
Y, al parecer, Bego tampoco, porque tomó aire largamente y entrelazó los dedos con los suyos.
Se quedaron así, quietos, dejando correr el silencio sin mirarse.
Gon la entendía. Tres años viviendo juntos, tres años de Stardust, tres años sin equipos que entrenar.
En vez de mejorar, empeoraban; y de nada les servía regresar con la cola entre las piernas a casa de sus padres porque todo cuanto ahorraran allí lo perderían al próximo intento de independizarse.
Aunque, bueno, eso era problema de Gon. A ella su trabajo le daba para vivir cómodamente, con o sin él.
Al menos esa vez no le había propuesto dejar de trabajar del todo.
—Hagamos una cosa —propuso entonces Bego, recostándose de costado contra el respaldo del sofá.
Gon la imitó, mejilla hundida en la rasposa tela vieja—: Nochebuena con mi familia.
Como es más pronto te pillará menos cansado y así te la quitas de encima, que sé que te estresa mucho.
Nochevieja con la tuya, y luego Reyes los dos solos aquí, chocolate y roscón y nadie más. —Sonrió—. ¿Qué te parece?
Él cerró los ojos, sin poder evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa.
—Lo estás haciendo otra vez.
—¿El qué?
—Solucionarme la vida.
La oyó reír por lo bajo.
—Deformación profesional. Pero no te apures, que esta te la cobro.
Gon sonrió aún más, y cuando abrió los ojos Bego estaba muy cerca, con la naricilla arrugada en una mueca burlona.
—¿Sí? ¿Qué te debo?
—Para empezar, no más excusas. —Gon tragó saliva, conteniendo el impulso de apartar la mirada—. Si le dices a tus amigos que hemos quedado para cenar, me sacas a cenar.
—De acuerdo. Mañana vamos donde quieras. —Satisfecha, Bego asintió, pero él no había terminado—: Y, a la próxima vez que me inviten, te vienes tú también.
—No hace falt…
—Lo ha dicho Titi, y los demás quieren también. Nos has ayudado a cerrar tantas veces que casi eres de la plantilla.
Tras unos segundos, ella murmuró un «vale» casi inaudible, aunque, como Gon la notaba seguir dándole vueltas a algo más, cuando por fin lo soltó estaba preparado:
—Sabes que estoy planteándome presentar su marca de miel como nuevo proyecto a mi agencia, ¿verdad?
—Lo miró a los ojos—. Si me dan el ok , serán mis clientes, y tendremos que vernos a menudo.
Me gustaría poder hablarlo contigo en lugar de fingir que Reyes Cisneros no existe porque una vez tonta te puso una reclamación.
Era mucho más complicado que eso, pero asintió igualmente.
—Claro. No iba a inmiscuirme. Sé que andabas buscando algo para demostrarle a tu jefa que puedes trabajar sola.
Era verdad. A pesar del rechazo que le causaba la invasión de miel, la forma en la que su novia estudiaba cada tarrito merecía la pena, por primera vez en mucho tiempo aporreando el teclado con ilusión en lugar de rencor.
Bego se merecía ese reconocimiento, sobre todo si le ganaba el ascenso que llevaba pendiente de un hilo ya unos meses.
No sería Gon quien le amargase la experiencia, ni siquiera aunque un aumento de sueldo desnivelase aún más su relación.
Pero ya se preocuparía por eso llegado el momento.
—Pues todo aclarado —resolvió Bego, sonriente, dejándole un breve beso en los labios—. Ahora sé un buen novio y recaliéntanos la cena otra vez mientras yo me encargo de tu coartada.
Mitad aliviado mitad abochornado, Gon se puso en marcha, viendo de pasada cómo Bego rebuscaba en su galería algún festín que no hubiera compartido ya en Instagram.
Había órdenes más fáciles y más difíciles de cumplir.
Por ejemplo, por mucho que Kara rezongase cuando Jez’bel asomaba la naricilla por la realera a las tres de la madrugada para mandarle a por un dulce de las cocinas, el encargo en sí no suponía riesgo alguno.
O cuando lo arrastraba hasta el distrito del color, dispuesta a hacerle elegir entre dos pinturas exactamente iguales para sustituir las otras ochenta similares con las que trazarse las cejas rasuradas.
Pero esa era difícil.
Esa era, quizá, la orden más difícil que había cumplido jamás.
—No sé cómo os las apañáis con guantes —parloteaba en ese momento René ax Nazcar, la Avispa de Nascente—, yo me siento muy torpe. Siempre creo que se me va a caer algo.
El día había amanecido brillante y caluroso, profetizando que el verano no sería nada amable; y de igual forma lo había recibido René, encantado ante la perspectiva de pasar la mañana paseando por la capital de mano del An’Ser de la mismísima princesa heredera.
«Por desgracia», Jez’bel se hallaba «extremadamente ocupada con asuntos relativos a su reciente nombramiento», por lo que le había encomendado a su leal custodio que guiase a su «ilustrísimo invitado» a los lugares de interés que este considerase oportuno. Durante toda su estancia en el Panal.
Vamos, que se lo había encasquetado para que lo vigilara y, al mismo tiempo, intentara cazarlo en algún desliz.
Como si la Avispa fuera a ser tan estúpido.
—Dijiste haber compartido nuestras costumbres hasta los quince años.
René bufó, divertido.
—Sí. Y han pasado mínimo otros quince desde entonces, zángano.
—An’Ser Kara —corrigió él, con voz áspera—. O Kara a secas.
—Oh. —René lo miró con esos grandes ojos áureos. El destello de preocupación que los cruzó pareció tan genuino que casi lo convenció—. ¿No eres un zángano?
—Los custodios tenemos nuestra propia ralea.
—Mis disculpas, entonces. Eso tampoco lo sabía.
—Aceptadas.
La trampa radicaba en lo extraordinariamente sencillo que era encajar con la Avispa.
En los pocos días que llevaba allí hospedado ya se había ganado a todo el servicio con un par de sonrisas y charletas, y por lo menos a la mitad de las princesas (custodios incluidos).
Kara lo entendía ahora, tras apenas dos horas de paseo: René era un hombre amable, jovial, curioso, educado, escuchaba con atención y sus preguntas resultaban astutas, coherentes.
Lo que, en realidad, lo hacía incluso más sospechoso.
¿Es que nadie se daba cuenta de que tenían un cuco en el nido? Era tan obvio que sangraba.
Evitando los Bosques de Miel y la academia militar, Kara había aceptado su papel de perfecto anfitrión y lo había sacado de los muros del Panal, tomando la misma ruta que su propio padre le enseñara en su primera visita oficial.
A caballo, le había mostrado los trigales de las afueras, las ruinas remanentes de la primera capital, como huesos rebañados hasta la saciedad pero nunca olvidados; las famosas pilas de cobre donde se amontonaban guantes desechados para aquellos sin medios para vestirse un par propio.
Contemplaron cómo un vagabundo sin dientes ni zapatos se deshacía de los últimos andrajos revistiendo sus dedos y se lavaba las manos en la diminuta fuente contigua antes de lanzarse a rebuscar en la pila.
René ax Nazcar lo observaba todo con una mezcla de respeto, maravilla y nostalgia que a Kara le recordó a sí mismo.
Tras años escuchando de boca de su padre la grandiosidad del Panal, verlo con sus propios ojos había sido como reencontrarse con un viejo conocido; y suponía que la Avispa, ya fuese traidor o leal, no era inmune a las historias de su tierra natal.
—Parece sacado de un cuento.
En silencio, Kara asintió. En su día, él había pensado exactamente lo mismo.
Enfrente, la plaza principal de la capital se abría en un hexágono inmenso, y los azulejos amarillos de la fuente en su centro competían en luminosidad con el sol de media mañana.
El rumor del agua fluyendo de alberca en alberca a ras de suelo tentaba a refrescarse los pies en lugar de seguir los caminos divisorios, donde aquí y allá naranjos y limoneros se alzaban en glorietas internas, sus copas cuidadosamente recortadas para no entorpecer el paisaje: a lo lejos, los altísimos Bosques de Miel junto al Panal; en rededor, los puestecillos bordeando la plaza.
Solo cuando Kara reparó en estos últimos se planteó que, quizá, llevarlo al Zoco no había sido muy buena idea.
Al menos no ese día, a esa hora, el grueso de la capital allí reunido en su intercambio mensual de frutas, flores y bisutería.
Pero habían dejado a los caballos en manos de un solícito adolescente dos barrios atrás, allá donde las calles se estrechaban, así que René se lanzó de cabeza hacia el mercado sin siquiera esperarlo.
Kara lo siguió de cerca, resolviendo sus dudas lo más escuetamente posible mientras trataba de ignorar los cuchicheos y miraditas a su paso.
—¿Por qué solo hay flores?
—También hay fruta y orfebrería. —Kara señaló un par de coloridas casetas—.
Dividimos los mercadillos por oferta para abarcar al mayor número de comerciantes especializados y evitar así que los más pequeños no puedan costearse un hueco.
Cada seis días un gremio ocupa el Zoco; a saber el cárnico, marítimo, agricultor o artístico.
—¿No debería estar todo esto con el agricultor o el artístico, entonces?