Con la miel en los labios 4 A salvo y latiente #3
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4 A salvo y latiente #3

Mientras ayudaba a Nadia con el cierre, muerto de frío y de ganas por volver a casa, oyó a sus compañeros saludar a alguien.

Por la efusividad, creyó que sería algún exbarista, pero al darse la vuelta allí estaban Reyes y Titi, exhalando vaho frío con cada risita.

Gon frunció los labios. Aunque el Mercado de Navidad llevaba ya una hora cerrado, ninguno de sus compañeros parecía sorprendido de verlos.

—Hemos quedado a cenar —le aclaró Carol—. ¿Te vienes?

—Nadie me ha avisado de ninguna cena.

Procuró que no sonase acusatorio. El pitido de la alarma consiguió disimularlo.

—Bueno, tú tampoco nos avisaste del cambio de horario y hemos tenido que andar viniendo en tus descansos como a escondidas.

Reyes sí que sonaba acusatorio, pero Carol intervino de nuevo antes de que Gon pudiera replicar:

—No te lo hemos dicho porque ibas a pasarte el día refunfuñando.

—Tras ella, Recla asintió, aunque al menos tuvo la decencia de parecer culpable—.

Venga, Gon, que ahora con las navidades los restaurantes abren hasta tarde y Reyes ha reservado en el japonés de ahí abajo que te gusta tanto.

¿Cuándo fue la última vez que saliste a cenar con nosotros?

«Ni con vosotros ni con nadie», pensó amargamente.

Una punzada rabiosa se le clavó en el pecho al verlos formar equipo en su contra, por mucho que fuera para sacarlo a cenar.

No le gustaba. No le gustaba cómo esos dos estaban intentando parasitar hasta el último rincón de su vida.

Su trabajo, su relación, sus noches. No iba a darles también su tiempo libre.

—Lo siento —se disculpó, recolocándose la bufanda—. Pero ya he quedado con Bego a cenar fuera. Si me lo hubierais dicho antes, la habría avisado.

Era mentira, claro, y como mínimo Nadia lo sabía. Era la que mejor lo conocía de los tres. Titi hizo un mohín de pena y exclamó «¡Pues a la próxima os venís los dos!» mientras Reyes resoplaba por la nariz.

Sus compañeros lo abuchearon entre carcajadas y lograron arrancarle una sonrisa al tiempo que echaban a andar hacia Leganitos, en la misma dirección que la estación de metro.

En cualquier otra ocasión, Gon se hubiera vuelto a pie solo por ahorrarse los dos minutos de trayecto junto a Reyes Cisneros y sus secuaces, pero hacía demasiado frío como para justificar semejante gilipollez.

—Buen trabajo hoy. —Nadia se despidió la última.

Se la veía cansada, como todo el equipo, aunque también entusiasmada con sus nuevos amigos—.

No te ofusques, ¿vale? Es buen chaval, de verdad.

—«Oh, no»—. Dale una oportunidad. Ha estado trayéndonos la comida del DIA para que no perdiésemos tiempo del descanso yendo a comprar.

—Seguro que solo lo hace para darse un paseíto.

—Pero lo hace.

El resto charlaba un poco más allá, una mezcolanza de claroscuros anaranjados. Por el rabillo del ojo Gon captó el reflejo cobrizo del pelo de Reyes, aunque giró la cara en cuanto lo cazó volviéndose a mirarlo también.

—Perfe —resolvió Nadia, tomándose su silencio como una victoria—, ¡pues hasta mañana! Pásatelo bien con Bego, y descansa.

—Lo mismo digo.

—¡Chao!

—Chao.

Esa noche su piso olía a bayas de enebro, incienso y rosas.

Lo sabía no gracias a su olfato infalible (no lo era), sino por la velita aromática que titilaba en un rincón.

Perfumaba más que alumbraba, aunque con la gigantesca televisión de plasma encendida bastaba para iluminar la estancia entera, tiñendo las paredes de colores fantasma a cada cambio de plano.

Había sido un regalo de mudanza de sus suegros. La tele, claro; no la vela.

Bego estaría dormitando en el sofá, así que Gon se quitó muy sigiloso el abrigo y marchó directo a recalentar las sobras de la cena del día anterior. En cuanto el microondas empezó a zumbar, la lámpara de pie del salón se encendió.

—Buenas noches —saludó él, a lo cual su novia respondió con un murmullo ininteligible.

Poco a poco, el olor a comida fue ganándole terreno al sutil aroma del enebro, y para cuando Gon volcó el contenido del tupper en dos platos ya nada quedaba de él.

Normalmente Bego no le esperaba para cenar los turnos de noche entre semana, pero estaba haciendo un esfuerzo enorme en mantenerle cuerdo, y eso incluía comer juntos.

—¿Qué tal hoy?

—Como siempre.

—¿Ya sabes si han encontrado a alguien? ¿A uno, aunque sea?

—No. Carol cree que hasta enero nada.

—Joder —gruñó—. ¿Y eso?

—Porque los que solo quieren trabajar durante la campaña navideña ya están contratados y al resto le da miedo pringar en festivo por si luego les dan la patada en dos semanas.

—¿Y es que no tienen puesto en la oferta que no es solo para Navidades?

Gon se encogió de hombros mientras llevaba los platos y el rollo de cocina que usaban como servilletero a la mesita del salón.

Bego, en cambio, apagó la vela de un soplo hastiado y trasteó con el mando para poner la serie designada para ver juntos.

(Por supuesto, Gon fingió no darse cuenta de que había pulsado en «Reempezar».

No podía culparla por impaciente, primero porque él se pasaba el día fuera y segundo porque ella se esforzaba en parecer tan sorprendida con los giros argumentales como cuando los había visto a escondidas).

Era una rutina cómoda, reconfortante. Además, esa misma tarde había envuelto el último regalo de Navidad en el Stardust, así que se sentía ligerísimo.

Allí todos usaban el almacén como base de operaciones navideñas, pero aquel año estaban tan hasta arriba que hasta compartían el mismo rollo de papel de regalo para ahorrar tiempo.

Ya solo quedaba traérselos al piso, lo que haría en cuanto Bego saliera alguna tarde con amigas.

A mitad de episodio Bego soltó un dramatiquísimo grito ahogado, y Gon se giró como pinchado para encontrársela tecleando furiosamente en su móvil. Bueno, todo lo furiosamente que podía teclear alguien mientras sonreía, claro.

—¿Qué te aflige? —le preguntó él, sonriente también.

—¡Esto! —aulló, mitad ofendida mitad divertida. Le plantó el móvil en la cara, tan cerca que no vio un pijo—. ¿¡Cenando juntitos con mis clientes potenciales sin avisar!? ¡Competencia desleal! ¡Se lo voy a decir!

—¡No!

Demasiado tarde. Bego lo miró, desconcertada, el mensaje ya enviado reluciente en su pantalla. Ah, joder. En la vida se había puesto tan rojo de vergüenza tan rápido.

—¿Qué pasa? Está feo que queden a tus espaldas, por mucho que sea con gente que te cae mal.

—¿Qué les has puesto?

Y ella debió de verle algo en la cara, algo más allá del nerviosismo impregnando su voz, porque frunció el ceño y, en lugar de protestar, recitó:

—Y yo aquí comiendo sobras en pijama, os parecerá bonito, carita llorando.

«Mierda».

—¿Qué pasa? —repitió, esta vez más dura.

—Les había dicho que hoy cenaba fuera contigo. —Gon desvió la vista—. No quería salir con ellos.

Silencio. Por el rabillo del ojo la vio apartar el móvil.

—¿Me has usado de excusa para no salir con tus amigos?

Gon suspiró. Lo último que quería era discutir, no por culpa del de siempre. Dejó el plato en la mesita antes de volverse hacia ella, que lo miraba tan perpleja como dolida.

—Estoy muy cansado.

—¡Ellos también! No puedes tirarte todo el mes encerrado en casa, Gon, también tienes que desconectar, tiene que darte el aire, que…

—Solo va a ser un mes —le cortó él, más brusco de lo que pretendía—, en nada volveremos a la normalidad.

—Bueno, no es que la normalidad sea muy diferente.

Dolió. Había sabido, como se sabe que hace frío en invierno y calor en verano, que en algún momento esa conversación acabaría volviendo.

Simplemente, había esperado que no fuese justo en mitad del horario infernal, después de que sus colegas escogiesen a Reyes Cisneros por encima de él y después de que su novia lo pescase mintiendo.

—Bego —comenzó—. No he encontrado nada mejor.

Ella alzó las cejas.

—¿Es que estás echando currículums?

—¿Para qué? —resopló, incrédulo—. ¡De lo mío no habrá por lo menos hasta el curso que viene!

—¡Pero de cualquier otra cosa sí! ¡De barista, por ejemplo! ¿Es que no hay más cafeterías en Madrid que tienes que quedarte en la que no nos vemos nunca?

La serpiente que se muerde la cola, esa discusión.

A veces la tenían de pasada y Gon conseguía zanjarla en un par de frases, pero, según iban corriendo los años, cada vez que surgía sangraba más que la anterior.

Era frustrante. Era frustrante que Bego no entendiese que daban igual los CV que echase, las entrevistas que hiciese, porque nada le garantizaba que un contrato por menos horas y más sueldo no escondiese el doble de horas en negro.

O llamadas a medianoche para que acudiese a toda prisa al local.

O peores compañeros, peores jefes, peores condiciones por sorpresa.

—Ahora todos los trabajos son así —decidió responder, lo más calmado posible—.

Ya sea en tienda o en hostelería, me va a tocar rotar y trabajar fines de semana.

Sobre todo si soy nuevo. Al menos en el Stardust cotizo todas mis horas, hasta las extras.

En el restaurante me las pagaban en sobre, ¿te acuerdas?

Supo lo que iba Bego a contestar antes incluso de oírlo. Antes incluso de que rumiase primero las palabras en la boca para que no sonasen tan condescendientes como ambos sabían que sonarían:

—Mi padre…

—Que no quiero que tus padres me enchufen en nada.

Y, como diez años eran muchos años, también supo la que se le venía encima.

—Ah, ¿o sea que prefieres que te exploten en un trabajo de mierda y verme solo media hora al día a tener una vida normal ?

¿Por qué? ¿Por orgullo? —Bego enseñaba los dientes como una alimaña, tan atrapada en su propia frustración como él—.

Pues ya ves de lo que te ha servido, así que valora qué te importa más, si tu orgullo o yo.