Con la miel en los labios 4 A salvo y latiente #2
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4 A salvo y latiente #2

En la práctica, la sobreexplotación medioambiental y la humana apenas se diferenciaban.

Uniformes de trabajo deforestaban toda individualidad, promesas de construir una vida propia tan falsas como ácida la lluvia y sueldos que empequeñecían al mismo ritmo que la población marina.

Sonreír a los clientes, llamarles por su nombre, asumir la culpa hasta de las quejas infundadas el carburante con el que las petroleras laborales se llenaban los bolsillos.

Sacrificar descanso, familia y bienestar por el de la empresa que se dignaba a pagarles el alquiler.

Aguantar la mala educación de quien entrara al local desde la salida del sol hasta su puesta, espalda contracturada de atender de pie porque hacerlo sentado al parecer quedaba feo.

Las horas fuera del trabajo se pasaban durmiendo o temiendo el momento de volver, serrando poco a poco todos y cada uno de los hilos que los conectaba al mundo real para que, algún día, no les quedase nada a lo que regresar. Ni amigos, ni pasiones, ni pareja.

Cuando tenían dieciocho años, Bego le había confesado que quería tener tres niños y dos perros.

Tenían veintiocho y apenas se veían tres horas al día. El lavavajillas llevaba roto cuatro meses. ¿De dónde iban a sacar el tiempo o el ahorro como para formar una familia si no les llegaba ni para el primer perro?

«No pongas excusas», le dijo una vocecilla dolorosamente parecida a la de su suegra. «Si de verdad quisieras esa vida te tragarías el orgullo y nos pedirías ayuda».

Y se la darían. Los padres de Bego harían lo que fuera por ella.

Le pondrían un chalet con jardín junto al suyo, le prestarían uno de sus tres coches mientras ahorraba para el propio y a él le conseguirían un puesto de profesor de educación física en el mismo colegio privado al que inscribirían a sus nietos sin pedirle ningún título.

Y, sin embargo, a Gonzalo ya le habían solucionado la vida una vez, no iba a permitir que otra familia más lo rescatase de la mierda. Ya no era ningún bebé en un orfanato. Podía apañárselas solo.

Con el nuevo horario, los días se hacían eternos. Entraba cuando aún no había amanecido y salía ya de noche, y, aunque la sabía una situación temporal, la miseria a la que pagaban las horas extra no compensaba no ver la luz del sol. Al final, acabaría por pasarle factura.

A sus compañeros tampoco les estaba yendo muy bien.

Carol echaba humo por las orejas, Recla acumulaba quejas como papeletas de lotería y Nadia sorteaba la marabunta de turistas navideños con la resignación de la experiencia.

Ellos eran lo único que impedía que Gon tirase el delantal a la basura para siempre.

De hecho, ahora que los cuatro compartían el mismo turno infinito, los veía más que a su propia familia.

Más que a Bego, y eso que vivía con ella.

No sabía qué haría si se llevase mal con alguno.

—Gon, al almacén.

Se volvió hacia Nadia. Preparaba las comandas a la velocidad de la luz mientras Carol atendía clientes y Recla limpiaba el rastro de la primera. Él regresaba de limpiar los baños (su peor pesadilla) y pensaba encargarse de aquella hilera de mesas que necesitaban un bayetazo ya.

—¿Al almacén? —repitió, perdido.

—Tu turno de descanso.

Elocuente, Gon apuntó con la barbilla a la cola perpetua, las mesas sucias, el suelo cubierto de papeles y manchas de chocolate. ¿Cómo iba a marcharse ahora?

—Tío —insistió Recla sin siquiera mirarlo, peleándose con el tapón de un brick de leche rebelde—, venga, que te tocaba hace hora y media.

—Pero todo está…

— Nadie se va a morir porque desaparezcas media hora. Si quieren sentarse que pongan la mierda en otra mesa y punto.

Todavía reacio, Gon asintió y se retiró al almacén, donde los fluorescentes asépticos le daban pinta de quirófano. En cuanto cerró la puerta, el barullo quedó atrapado afuera, y la súbita quietud le martilleó los oídos. Solo entonces fue consciente de lo al límite que había estado.

Sin fuerzas para cambiar la rutina, se derrumbó en su silla de plástico, móvil en mano. En el chat de sus amigos descubrió que habían quedado para cenar, en el familiar que Esther había sacado matrícula de honor en nosequé. «¿Con mis padres Nochebuena o Nochevieja?», le preguntaba Bego por privado.

Cuando terminó de disculparse por no poder unirse a la cena, felicitar la matrícula y contestar que se lo pensaría, Gon descansó la frente sobre la minúscula mesita de cortesía y respiró muy, muy hondo. Si al menos lograse dormir una noche entera…

Los sueños fluctuaban de las escenas más mundanas a las más cruentas, pero todos y cada uno de ellos acababan despertándolo en plena madrugada con el corazón acelerado y la lengua oxidada.

Si eran de los buenos conseguía volver a dormirse enseguida; si eran de los malos la ansiedad no le dejaba ni cerrar los ojos.

Se preguntó si a Reyes Cisneros le estaría pasando lo mismo. Si por eso lo había visto más y más débil a cada vez, ojeras negruzcas y gesto torcido. Gon casi podía oler su huella en las mil muestras de miel que Bego traía a casa día sí, día también.

Cinco minutos. Eso fue lo que tardó en rendirse.

Se sintió sucio al teclear su nombre en Google, como si estuviera espiándolo por una mirilla y no clicando en el primer resultado, una cuenta pública de TikTok que…

—Joder —se le escapó.

¿En serio? Ya le habían dicho que el tío era famosete, pero ¿¡tanto!

? No, tenía que ser un error, eso sería el número de visualizaciones o algo así.

Si ni siquiera era capaz de concebir cuántas personas suponían millón y medio de seguidores…

¿Cuántos habitantes tenía España? ¿Cuántos Madrid?

Unos tres millones, ¿no? ¡Pero ¿cómo iba a seguirle a este tipejo más de un tercio de Madrid? !

—Vale, poco a poco —se dijo, centrándose en una sola cosa cada vez.

TheKingBee tenía 1,5M seguidores, veintisiete años y un primer plano de una abeja de avatar. Por supuesto.

En el primer vídeo que pulsó ( hashtag #echodemenosamisabejitas), alguien le preguntaba dónde andaban sus abejas y Reyes, haciendo un puchero digno de dibujo animado, respondía «Ahora mismo estarán muriéndose de frío, literalmente.

Un poco como yo» seguido por un zoom a su naricilla roja. Lamentablemente, eso le hizo gracia.

Según descendía por su perfil, alejándose de los vídeos del puesto navideño (con apariciones estelares de Titi explicando cada cacharro), las miniaturas iban volviéndose más y más soleadas, teñidas de cielos azules y mares amarillos, blancos, verdes.

Gon se sorprendió saltando de un vídeo a otro sin pausa, primero por puro cotilleo y luego por curiosidad genuina.

Eran cortos, divertidos y ligeros, como un día en el campo condensado en quince segundos, y Reyes nadaba como pez en el agua entre tecnicismos apícolas y expresiones alcarreñas.

Tardó en darse cuenta de que era un canal divulgativo.

Y quizá no había sido la intención de su dueño, que simplemente parloteaba de lo que le apasionaba, cazando in franganti a su madre mientras preparaba un envío o acompañando a su padre a «rescatar» un enjambre apiñado en el jardín de un vecino («Tiene uno agarrando abejas a puñaos como si fuesen chuches», había dicho Recla, y Gon no habría podido describirlo mejor), pero eso era justo en lo que se había convertido.

Tampoco sabía qué había esperado. ¿Su cara como reclamo publicitario?

¿Marketing subliminal? Cualquier cosa menos esa galería costumbrista que seguía el día a día de un chaval que jamás se había planteado abandonar el negocio familiar.

«Maestros artesanos desde 1860. Sexta generación, baby », cita textual.

Vale, se lo concedía: era hipnótico (adictivo). Los vídeos más antiguos tenían ya seis años y la cara de Reyes aún conservaba la redondez de la adolescencia. En estos se trababa un poco al hablar, aunque lo hacía con entusiasmo, y se oía la risa de Titi al otro lado.

Así que eso era lo que el resto del mundo veía de él, ¿eh? Lo que había visto su novia, sus compañeros de trabajo, millón y medio de personas. Le resultaba tan, tan difícil conciliar aquel activista accidental con el espía traidor que protagonizaba sus sueños…

Pero sí que tenían algo en común. Ellas. Tan solo oír su zumbido le cortaba el aliento, conmovido en contra de su voluntad.

—¿Gon?

Carol lo miraba desde la puerta. No la había oído abrir, y eso que los villancicos a todo volumen dejarían sordo a cualquiera.

—¿Qué pasa?

—¿Estás bien? —Parecía preocupada—. Como no volvías, pensé que te había dado un chungo o algo…

Gon pestañeó, confuso. Luego vio la hora. Mierda. Se le había pasado poner la alarma y llevaba diez minutazos de más ahí dentro. Había estado tan absorto en los malditos vídeos de Reyes Cisneros que… Ese criajo conseguía meterle en líos hasta sin estar presente.

—Perdón —balbuceó, ya en pie—, se me ha ido la hora. Ya estoy.

¿Lo peor? Que, pese a la jarra de agua fría que venía con que un compañero lo pescara vagueando en el almacén, Gon se sentía extrañamente renovado, como si se hubiera roncado una buena siesta.

Y, cuando sustituyó a Nadia tras el TPV, su primer pensamiento no fue para las horas que faltaban hasta cierre, sino para los frasquitos de miel esparcidos por su cocina.

Se preguntó, mientras apuntaba otro especial navideño más, si diferentes variedades le traerían diferentes sueños (¿sueños?), o si todas sabrían a sangre o a sidra o a muerte.

A pesar del pánico que aún le arañaba los huesos cada vez que pensaba en aquel campo de batalla crepuscular, Gon quería saber más. Quería saber quién era Kara, cómo había acabado allí, cuánto se parecía a él.

Y por qué había muerto con el guante de René ax Nazcar contra los labios.