4 A salvo y latiente
E scupió sangre en el barro teñido de rojo.
El atardecer era un tornado de fuego lejano, nubes ambarinas reflejadas en las armaduras de sus enemigos, de sus amigos.
Por la mañana, el chaparrón había limpiado la sangre del rostro de los muertos, pero a cambio había convertido el campo de batalla en una resbaladiza trampa mortal.
Le dolía todo. Un pitido agudo acuchillaba sus oídos, ensordeciendo los gritos y el eco metálico del entrechocar de espadas, y sus músculos aullaban por un instante de descanso mientras se desangraba, se desangraba, se desangraba.
Le ardía el cráneo, le borboteaba la garganta, le picoteaba el lugar donde antes tenía un brazo izquierdo.
Ya no estaba. Lo había perdido entre el barrizal tras el hachazo que había derribado también a su caballo.
A su alrededor, su ejército seguía luchando, pero no ganando.
Continuó arrastrándose por puro orgullo y porque no le quedaba otra cosa que hacer antes de que su cuerpo terminara de vaciarse.
Si iba a morir allí, lo haría matando. Se llevaría consigo hasta el último nascente posible.
Sus uniformes rojos disimulaban las heridas y resaltaban sus muecas victoriosas, pero Kara tenía menos que perder.
Ya lo había perdido todo. Su brazo, su princesa, su Avispa; todo.
Tardó en darse cuenta de que caminaba sobre un cementerio.
A cada segundo los alaridos disminuían, reemplazados por súplicas y gruñidos seguidos de golpes sordos contra el suelo.
No, contra el suelo no: contra la alfombra metálica de un millar de soldados caídos.
Y, después, solo quietud. La cabeza le daba vueltas.
La visión se le emborronaba en los bordes.
Se sentía ligero y pesado a la vez, como si estuviera deshaciéndose en burbujas de sidra.
¿Así acababa todo? ¿Con una colina pintada de crepúsculo, nubarrones negros y dorados, con un silencio atronador?
¿Sin venganza ni alivio, solo dolor y desaliento?
A sus pies, unos ojos abiertos incapaces de devolverle la mirada.
A su alrededor, el fin del mundo. El principio de otro.
—Pero mira quién se ha reservado para nosotros, hermano.
Lentamente, Kara consiguió alzar la vista hacia la voz.
Los remanentes de las tropas nascentes, muy superiores a las quinxaínas, se desplegaban como un abanico reluciente por la ladera.
Ejecutaban a los supervivientes metódica, rítmicamente, con la soltura del jardinero arrancando malas hierbas.
Se le encogió el estómago (si es que le quedaba algo entero en las entrañas apuñaladas) al reconocer la silueta a caballo de los Gemelos.
Purasangres blancos, patas empapadas de rojo; armaduras negras, capas borgoña. Dos rostros idénticos, hambrientos.
—El postre perfecto.
No logró distinguir cuál había hablado. Para él eran el mismo monstruo partido en dos mitades. Abrumado y medio muerto, fue el instinto quien lo impulsó a tomar su posición defensiva, espada frente al pecho y su brazo fantasma en guardia. Ellos rieron.
—Descansa, custodio. La guerra ha acabado.
El atardecer los prendía en llamas. Ojalá ardiesen todos, todos. Ojalá le quedasen fuerzas para matarlos.
—Tú; redúcelo. Nos lo llevamos a Nazcar. Este se merece un buen final.
—Uno muy largo.
Kara no vio venir al soldado, no con esas pestañas suyas grumosas de barro ni ese cerebro a punto de derretirse en papilla, pero sí que lo oyó, así que su instinto reaccionó acorde. O su rabia. Fuera como fuese, el soldado no se lo esperaba. Una serpiente menos.
Desde sus altas monturas, los Gemelos sonreían, divertidos. Y cuanto más enseñaban los dientes, más se le clavaba a Kara el recuerdo de la traición. ¿Cómo había podido hacerle eso…? ¿A su gente, a su reino? ¿A él? Con todo lo que habían vivido juntos… ¿Cómo había podido estar tan ciego ?
Más soldados rasos se acercaban, deseosos de atrapar a la última abeja.
Hienas que pelearían entre sí por alzarse con la sucia gloria de ponerlo de rodillas.
Ofrecerlo en bandeja a sus Gemelos, esos que disfrutaban del espectáculo con placidez palaciega.
Kara no aguantaría consciente mucho más tiempo y ese tiempo tampoco sería suficiente para acabar con todos ellos.
Estaba atrapado (acabado).
Así que solo tenía dos opciones: morir luchando o rendirse y dejar que lo arrastraran a Nazcar, donde sería ejecutado públicamente para servir de ejemplo a las colmenas.
Un final largo, como había dicho uno de los Gemelos.
Le quitarían los guantes y luego la piel.
Lo dejarían pudrirse en la plaza, con los brazos desollados pero vestidos de miel para que los insectos se lo comieran poco a poco.
No. No lo permitiría. No se rebajaría por unos segundos más de vida.
Kara arrojó la espada ante los Gemelos. Sus hienas argentas estrechaban el círculo a su alrededor, cautelosas, el cadáver de su compañero aún caliente. Ya no se oían más alaridos. Estaba solo, estaba muerto. Cuando el sol terminara de ponerse, el Panal ya no existiría. Y él tampoco.
Con los dedos hormigueantes de un moribundo, Kara rebuscó entre los pliegues de su fajín militar hasta dar con su secreto mejor guardado.
Tiró del rico terciopelo negro, sacándolo a la luz.
Así, bajo el crepúsculo, el guante relucía como lava volcánica, como el cabello de su dueño en sus recuerdos.
Se lo llevó a los labios con los ojos cerrados. Una despedida, una promesa.
—Atrapadlo.
Y luego Kara extrajo la daga escondida en su bota izquierda y se la hundió hasta la empuñadura en la tráquea.
Esta vez, Gonzalo despertó llorando.
El dolor de la cuchillada era real, era abrasador, pero aún peor era el otro, enraizado tan adentro que lo sentía como un peso titánico sobre el pecho, asfixiándolo, aplastándolo contra el colchón.
Tragó aire a bocanadas, las manos en la garganta, luchando por despertar, despertar, despertar.
Hacía frío y ardía, no podía respirar, oía su propio estertor de muerte resonando entre paredes.
Un largo gemido le rasgó la lengua al morir.
No, al morir no. Al abrir los ojos y reconocer por fin las siluetas de su cuarto.
El armario que no cerraba bien, el edredón barato del IKEA, la bata de Bego hecha un gurruño al pie de la cama.
Ah, Bego. Bego acariciándole la nuca y los hombros, Bego susurrándole al oído palabras de manzanilla con anís.
Sin pensar, Gon la rodeó fuertemente con los brazos (dos, tenía dos brazos) y refugió el rostro en su cuello.
—Shh, ya está, ya está… Solo ha sido un mal sueño.
Gon contuvo el sollozo a duras penas. No solo había sido un mal sueño. Había sido el peor, una pesadilla tan real que había creído… había creído…
La boca le sabía a sangre.
—Perdona —consiguió decir, aflojando el abrazo—. Te he despertado.
Ella se echó atrás para mirarlo, aunque en la oscuridad del cuarto poco podía ver.
—No pasa nada. ¿Tan malo ha sido?
—Me moría. En una guerra. Me… me mataba para que no me atrapasen con vida.
—Joder —siseó Bego, y le dio un besito en la sien—. ¿No puedes soñar con ir desnudo al trabajo, como todo el mundo?
La broma le destensó los hombros, y Gon vació los pulmones en un largo, larguísimo suspiro. Cerró los ojos mientras volvía a echarse de espaldas. Todavía podía sentir el tacto del terciopelo en sus labios, suave y lustroso. Cuando los abrió, Begoña seguía incorporada, alerta.
—¿Estás bien? ¿Te preparo algo?
—No, no. No hace falta.
—¿Quieres hablarlo?
—No.
No quería ni volver a pensar en ese atardecer jamás. Jamás.
—Últimamente sueñas mucho —susurró ella, al tiempo que lo rodeaba con brazos y piernas, un cepo cálido que Gon agradeció sin palabras.
—Estrés, supongo. El nuevo horario… No sé cómo voy a hacerlo.
Uno, dos, tres segundos de silencio.
—Siempre puedes dejarlo, ya sabes. —Él resopló—. ¡No ahora! Digo en enero, cuando ya hayan entrado los nuevos. Podemos apañarnos con mi sueldo hasta que encuentres otra cosa, y así…
—No —la cortó—. No voy a dejar el trabajo.
Bego no insistió, pero aún tardó un poquito en asentir.
Volvió a acariciarle la espalda enseguida, eso sí, quizá porque notaba contra la mejilla cómo le bombeaba el corazón.
Desbocado, horrorizado por el pánico a morir y ahora también por el pánico a la que se le venía encima en el Stardust. Gon se sintió ridículo por tenerle el mismo miedo a trabajar que a esos dos.
A los Gemelos. Ni rastro de sorpresa en sus rostros al verlo apuñalarse, más bien lo contrario.
Habían sabido que lo haría, que elegiría su propia mano antes que la suya.
Uno de ellos había torcido los labios en un mohín decepcionado, casi triste.
«Habría quedado precioso en Nazcar», había dicho.
« Quedará precioso en Nazcar», había contestado el otro.
Y Gon no sabía cómo lo sabía, si había despertado antes siquiera de oírlos, pero lo sabía, lo sabía.
No logró volver a dormirse.
Ya estaba harto de doblar y no llevaba ni una semana haciéndolo.