Con la miel en los labios 3 Una avispa en el panal #6
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3 Una avispa en el panal #6

—Pues ponnos, porfa, dos de chocolate caliente y…

ay, hola, Recla —«Ey, Bego»—, y para Titi el especial navideño ese de brownie.

¡Ah, hoy sí que me he acordado de traerme la taza de casa!

—Y rebuscó en su bolso hasta sacar un vaso reutilizable con el logotipo verde bien visible—.

Los suyos de tamaño normal, para llevar o para tomar, lo que os sea más cómodo después para recoger.

Había dos Gonzalos en su interior. Uno quería refunfuñar durante todo el proceso de cobro, el otro no podía evitar ablandarse ante el entusiasmo de su novia. Tanto, que incluso aplicó su descuento de empleado a las tres bebidas.

—¿Y encima invitas tú? —se le escapó aun así, ceñudo.

—Nooo, luego me hacen Bizum.

—¿Les vas a dar tu número ? ¡No los conoces de nada!

Bego arqueó una ceja. Normal.

—Tranquilo, señor agente —contestó con retintín—. ¿Qué van a hacer con mi móvil? ¿Mandarme mensajitos de buenos días?

Esperaba que no. Al final, Gon se resignó a encogerse de hombros mientras ella negaba con la cabeza, divertida.

Una ojeada rápida al reloj le chivó que en cuarenta y cinco minutos podría echarles del Stardust (de su vida), lo que le dio fuerzas para ponerse manos a la obra con el chocolate de Bego.

Recla se encargó de los otros dos sin protestar.

En cuanto Bego partió con la bandeja, los mieleros le hicieron hueco en el sofá y a los dos segundos estaban enfrascados en una conversación muy rápida, muy intensa, en la que unos asentían y otros respondían y todos sacaban sus móviles para enseñarse a saber qué.

—¿Me explicas qué estoy viendo exactamente? —fue lo que preguntó Recla poco después, hipnotizado por el espectáculo.

Siendo sinceros, Gon tampoco podía apartar los ojos.

—¿Te acuerdas de que Titi me regaló una muestra de miel como disculpa por el imbécil de su amigo?

—Oh, no.

—¿Y de que me dijisteis que Reyes es influencer de abejas o como se diga?

—Oh, no.

—¿Y de que mi novia trabaja convirtiendo pequeñas empresas en multinacionales?

—Oh, no.

Oh, sí. Bego era un tiburón y Reyes un enjambre de reluciente dinero ecológico. Blanco y en botella. De pronto, Gon quiso revivir el sueño en el que le partía la boca a puñetazos.

—Déjame adivinar —dijo Recla—. ¿No le contaste que tu reclamación y la miel estaban relacionadas?

Se sentía imbécil.

—¡No caí! ¿Cómo iba a saber que pasaría esto ?

—¿Qué es «esto»? ¿Tu novia pudiendo ganar pasta con tu archienemigo o tu novia confraternizando con un tío cinco veces más guapo que tú?

Gon se quitó a Recla de encima de un codazo y trató de mantenerse ocupado para no vigilar a su novia cual acosador hasta el cierre. Por ejemplo, plantando ya frente a los baños el cartelito de no pasar . No pensaba arriesgarse a que el susodicho quisiera vaciar la vejiga en el crítico segundo.

—Oye, sabes que iba a broma, ¿no? —le murmuró Recla cuando volvió al mostrador—. Bego ni se habrá pispado de que es guapo; estáis prácticamente casados.

—No te preocupes. No hemos tenido problemas con terceros en diez años de relación y no vamos a empezar ahora por el maldito Reyes Cisneros.

—¡Así se habla!

22:25. Reyes soltó una carcajada que resonó por toda la cafetería.

22:30. Gon comenzó a hacer caja para adelantar trabajo.

22:40. Titi dio a probar a Reyes el especial navideño y este emitió un ruidito aprobatorio acompañado de un ademán extraño con la mano.

22:45. Caja finiquitada, suelos limpios, basuras listas para tirarlas al salir. Solo una permanecía abierta, esperando los dos últimos vasos y el mantel.

22:50. Recla se estiró con su parsimonia habitual para bajar la reja de seguridad de la entrada hasta media altura.

22:55. Bego les recitó su número de teléfono.

22:57. Reyes se le acercó bandeja en mano mientras las otras se apresuraban a ponerse los abrigos y Recla pegaba un bayetazo rápido por la mesa.

—¿Te lo vuelco aquí directamente? —le preguntó con una sonrisa resplandeciente, señalando la basura abierta.

—Trae, ya lo hago yo.

—No hace falta —insistió, y usó el mantel de papel para empujar los vasos a su interior—. Ea, toma.

Si esperaba que le diese las gracias, iba listo.

De hecho, Gon se esforzó en permanecer impávido al recoger la bandeja de sus manos.

En la sala, las chicas ayudaban colocando las últimas sillas del revés.

Tras el mostrador, Recla salía del almacén enfundado en su abrigo y con el suyo colgando del brazo.

A las 23:00 exactas, al tiempo que Gon anudaba la última bolsa de basura, Reyes le dijo:

—Menudo partidazo te has agenciado. Lista, guapa y con pelas. ¿Qué milongas le has contado para que salga contigo?

Se enderezó muy, muy despacio. Esa vez no había ni mostradores ni escaleras entre ellos, así que lo estudió de arriba abajo, cara a cara, sin interrupciones.

Para lo mucho que disfrutaba buscándole las cosquillas, Reyes no tendría nada que hacer si algún día llegaban a las manos: no era ni más alto que él, ni más fuerte, ni nada.

Solo era un bocazas. «Perro ladrador, poco mordedor», tal cual lo había descrito Nadia el primer día.

Ni siquiera se atrevía a lanzar la pullita delante de los demás.

—A mí no me hace falta contarle milongas a nadie —contestó al fin, voz neutra—. ¿Es que a ti sí?

Reyes retrocedió como si le hubiera abofeteado.

—¿Chicos?

Se volvieron hacia la entrada, desde donde las chicas gesticulaban para que saliesen de una vez y Recla sujetaba la reja de seguridad. Una hilera de vaho abandonó los labios de Titi al gritar:

—¡Anda, Rey, haz algo y saca una de las bolsas!

Y, para su sorpresa, lo hizo. Reyes agarró la bolsa de basura más cercana y partió sin protestar ni rechistar, así que Gon no tuvo otra que seguirlo hasta la salida.

Allí, Recla le tomó el relevo para acompañar a Reyes hasta los contenedores mientras él terminaba por fin, por fin, de cerrar la cafetería.

A su espalda, las despedidas, risas y promesas eran simple ruido de fondo.

Para cuando el último de los pitidos de la alarma marcó el final de jornada, ya solo quedaban ellos dos. Bego le tendió su abrigo y en cuanto lo tuvo puesto Gon la saludó como Dios manda, envolviéndola entera entre sus brazos.

—¿Cómo andas de cansancio? —le llegó su voz desde allá abajo—. ¿Cogemos el metro o nos damos un paseíto hasta casa?

Un poco más adelante, Reyes, Titi y Recla doblaban la esquina en dirección a la parada. No. No podía arriesgarse a que se liasen a charlar otra vez y acabaran todos apiñados en su salón. Ni de coña.

—Paseíto. Y así me vas contando qué haces juntándote con el iluminado que me puso una reclamación porque no le gustaba el jengibre.

—¿¡Qué! ?