3 Una avispa en el panal #5
—Que jamás se nos habría ocurrido inventarnos ropa como inocentada, Susana. Ninguno tenemos tanta imaginación.
—No —concedió ella, con una sonrisita—. Ni imaginación ni comprensión espacial. Me acuerdo de cuando Esther confundió mis patrones con sus deberes de dibujo técnico y me la encontré con un ataque de ansiedad porque no entendía «dónde estaba la base».
Era cruel burlarse de su hermana pequeña a sus espaldas, sobre todo con algo que le traía tantos disgustos como los estudios, pero se rio igualmente porque Esther siempre lo torturaba por no haber ido a la universidad.
Como si hubiera sido fácil dejar a un lado todas las expectativas que se le colgaban a un primogénito adoptado chino y apostar por el FP, por los partidos y por el gimnasio.
«¿Y para qué?», pensó con amargura. «Para acabar pudriéndome en un Stardust, justo como dijo Esther que pasaría».
Susana debió de leerle algo en la cara, porque cuando volvió a hablar su voz sonó suave, casi maternal:
—¿Te parece que le enseñe esto a mis compañeros de Corte? A lo mejor alguno ha visto esta peli, sé que el trabajo final de Adrián va sobre moda ficticia… —Gon asintió y ella comenzó a doblar la hoja—. Yo es que ya sabes que voy a especializarme en histórica asiática.
Claro que lo sabía. Susana llevaba años trabajando como guía en las exposiciones de trajes tradicionales organizadas por la Casa Asia.
—Gracias. No es que me muera por saberlo, pero supuse que te entretendría el misterio.
—Supusiste bien. Ahora, cambiemos de tema. ¿Qué tal Bego?
Ah, Bego. La niña de los ojos de todos y cada uno de los miembros de su familia.
A veces llegaba incluso a pensar que, de cortar algún día, sus padres seguirían invitándola a cenar independientemente de lo que Gon opinase al respecto.
Tampoco le preocupaba. Total, Bego y él estaban más cerca de casarse que de dejarlo. El pensamiento le dio vértigo.
—Bien —carraspeó al fin, obligándose a seguir comiendo—. Trabajando mucho, como siempre, pero bien.
—¿Ya habéis arreglado el lavavajillas?
—Qué va. Estamos ahorrando.
—¿Por qué no se lo pedís a sus padres?
Gonzalo bufó.
—No quiero deberles nada a sus padres.
Susana hizo un ruidito vago. Lo había heredado de su madre, quien lo utilizaba para ahorrarse el drama de soltar un «vaya gilipollez».
Aun así, Gon agradeció que se lo callase, no quería tener la misma conversación en bucle también con ella.
Ya, ya sabía que los Lesmes no lo consideraban ningún cazafortunas, y que estarían encantados de hacerles la vida más cómoda, pero eso no le impedía al menos intentarlo.
Tener una vida normal por sí mismos, sin depender de nadie.
—¿Y el regalo de aniversario? ¿Ya se te ha ocurrido algo?
Fue instintivo, el gemido de angustia que brotó de entre sus labios. Susana le dio un par de palmaditas de ánimo cuando Gon se pasó las manos por la cara, agobiadísimo de pronto.
—Veo que no —rio ella, mientras alzaba el brazo para llamar al camarero—. Bueno, tú no te estreses, tod… ¡Unas tortitas, por favor! Tú quieres, ¿no? Es lo único bueno de aqu… Vale, ¡dos! ¡Unas de fresa y otras de chocolate! —Volvió a mirarlo—. A ver, era en marzo, ¿no? Tienes tres meses todavía.
—Ya, pero es que no me da para todo, y menos para tantos seguidos. Navidades, Reyes, cumpleaños y aniversario. —Gruñó—. Y tampoco quiero… hacerle uno grande y punto, ¿sabes? Son diez años.
—Bueno, ya te vendrá la inspiración. Al final siempre aciertas.
—Algún año tendré que cagarla.
Ella puso los ojos en blanco.
—Pero no pienses eso, hombre. ¿Y si fuese al revés? ¿A que no te sentirías traicionadísimo porque su regalo no fuese… yo qué sé, lo que sea que te gustaría que te regalase?
Oh. Ni siquiera se había parado a pensar que él también iba a tener regalo.
—No es lo mismo. Yo no tengo detrás a mamá juzgando sus regalos.
De pronto, los ojos de Susana se afilaron. Su sonrisa también: algo había descubierto.
—Ahí está el problema, Gon.
—¿Eh? ¿Qué problema?
—Que no estás pensando en lo que quiere Bego. Estás pensando en lo que quiere su madre.
En ese momento les trajeron las tortitas.
René ax Nazcar tenía los ojos amarillos.
No había otra manera de describirlos, otro color que encajase mejor.
Lo hacían parecer una rapaz, o una serpiente, o un zorro.
O quizá las tres cosas a la vez. Eran del mismo tono que la miel que en ese instante dejaba a los pies del trono, conservada en un frasquito tan redondo como una luna llena.
—Mi madre una vez me contó que los invitados al Panal debían ofrecer miel a la reina como símbolo de buena fe —dijo, y su voz sonaba justo como se la había imaginado, espesa y dulce—.
Con los años he olvidado el lenguaje de las abejas, pero espero que la cosechada en las minas de oro azul refleje mi más profundo agradecimiento por acceder a recibirme.
El quinxere sonaba extraño en su lengua.
Oxidado, lento. A Kara le recordó a la forma en la que batallaba su padre con el idioma oficial del reino después de pasar largas temporadas en casa, hablando únicamente el dialecto rural.
La falta de uso desterraba la tonalidad natural del quinxere, el ritmo, las frases hechas, y, en el caso de la Avispa, todos esos huecos habían sido rellenados con el burdo soniquete del nascente.
De su propio dialecto natal, en cambio, no le quedaban ni las cenizas.
—Tu madre hizo bien en avisarte —respondió la reina, arrugada y frágil y pálida pero curiosa—. An’Ser, por favor.
Su custodio se adelantó para recoger el frasco del suelo al tiempo que René se incorporaba, su capa embarrando aún más la exquisita alfombra del salón del trono.
A ambos lados de la sala, casi con la espalda pegada a la pared, las treinta princesas y sus An’Ser observaban sin intervenir.
Kara se fijó en que los ojos de la Avispa no paraban de desviarse hacia el espacio vacío que habría debido ocupar la difunta heredera, junto al que aún se erguía su custodio. Custodio que no le devolvió la mirada.
—Sin embargo —continuó la abeja reina, tras mostrarle su An’Ser el frasco—, la miel de espliego es demasiado común, independientemente de su calidad.
No es adecuada para el Panal, y menos aún para nos.
—Hasta Kara tragó saliva, incómodo. La Avispa solo ladeó la cabeza, escuchando con atención—.
¿Somos acaso un simple concejal de frontera, fácil de encandilar con sobornos?
—No, mi reina —contestó él, aunque sonaba tranquilo. Libre de culpa.
—No —concedió ella—. Pero al menos no nos has traído una milflores, ni te has presentado con las manos vacías. Es más de lo que esperábamos de la Avispa de Nascente.
Solo entonces se dio cuenta Kara de que la reina se refería a René ax Nazcar con el singular, mientras que para sí misma empleaba el plural.
Normalmente era al revés: singular para sí y plural para sus súbditos, pues cada uno de ellos representaba la colmena al conjunto.
Pero René ax Nazcar…, él era de fuera. Y, por tanto, la reina hablaba con la voz del Panal, recordándole muy sutilmente que él no era uno más.
—Siento haberos insultado —optó por disculparse la Avispa, cada palabra cautelosa pero llena—. No debí olvidar nuestras tradiciones.
—Dudo que te dejasen otra opción.
A su lado, Jez’bel bufó. Sí, Kara también sentía que la reina estaba siendo demasiado blanda. Otras princesas cruzaron miradas rápidas con sus custodios.
—Y bien —zanjó la abeja reina, reclinándose en su trono de ámbar tallado—, ¿qué es lo que te ha arrancado de Nascente, Avispa? Y sé breve, tenemos una hija que melificar.
Con una reverencia, René ax Nazcar tomó aire y comenzó a hablar:
Quedaba una hora para cerrar cuando su novia cruzó las puertas del Stardust.
La sonrisa le salió sola al reconocerla, la cafetería lo suficientemente vacía como para poder pasarse el último ratito charlando en la barra.
No era extraño que Bego se acercara un poco antes, sobre todo si le oía muy cansado en algún audio enviado durante el descanso o si habían quedado para cenar, y él que lo agradecía: su sola presencia aceleraba el paso del tiempo.
Pero entonces dos personas más entraron tras ella, con ella, y Gon no supo si reír o llorar.
Era una broma, ¿verdad? Tenía que ser una broma.
—Hola, amor —saludó Bego, poniéndose de puntillas para darle un beso por encima del mostrador—. ¿Llegamos a tiempo de pedir o ya habéis empezado a limpiar? Prometo que te lo dejamos todo recogidito.
Todavía algo perdido, Gon desvió la vista hacia la mesa en la que ahora se sentaban el mismísimo Reyes Cisneros y su eterna compinche, Titi la del Matcha.
Hablaban muy bajito, como si no quisieran estorbar, o como si se hubieran infiltrado en territorio enemigo (que, teniendo en cuenta su pacto, era justo el caso).
Titi notó su mirada y lo saludó con una sonrisa de circunstancias, pero Reyes ni se molestó en girarse. Mejor.
—¿Qué haces con ellos?
La sonrisa de Bego se alargó.
—Como mañana empiezas el horario infernal quería venir a recogerte, y como me había acabado la muestrita, pues ya de paso… —Rio entre dientes—. ¿Por qué no me habías dicho que el dueño tenía un millón de seguidores en dos redes sociales diferentes?
«Porque pensaba regalarte un puñetero surtido de su puñetera miel mágica por Navidad», le quemó en la lengua, pero se limitó a encogerse de hombros y:
—No me ha dado por buscarlos en internet.
—Bueno, para eso estoy yo —canturreó, emocionadísima—. ¿Podemos pedir, entonces? Si os viene muy mal nos vamos a otro sitio y te unes luego, no pasa nada.
—No, no. Está bien. ¿Qué queréis?
Recla se le pegó como una calcomanía, contemplando el panorama con ojos desorbitados, tan confuso como él.