Con la miel en los labios 3 Una avispa en el panal #4
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3 Una avispa en el panal #4

Abrió el tarrito sin pensar, mirando sin ver la espesa miel de su interior.

Si la probaba, ¿sabría igual de mal que la otra noche?

No es que le sedujese la idea de potar otra vez en el fregadero, pero sí la de salir de dudas.

Lo último que quería era pasarse las Navidades volviendo a casa andando tras cien horas de curro solo por haber coincidido con Reyes en el metro. Sería ridículo.

—Pues allá vamos…

Hundió el meñique ya con el gesto torcido, notando la miel adherirse a su yema como una pegatina gomosa, y se lo metió enseguida en la boca para no echarse atrás. Delante de la pila, eso sí, porque hombre precavido vale por dos.

No sabía a sangre.

Tampoco sabía a miel.

Ni siquiera sabía a una mezcla de las dos.

Era un tercer sabor, uno que ya había probado anteriormente pero al que no conseguía poner nombre.

Al final, reconoció el deje burbujeante de la manzana ácida segundos antes de que el irremediable regusto a herrumbre lo obligase a escupir en el fregadero.

Acodado sobre la encimera, Gon cerró los ojos y suspiró largamente.

Claro que conocía ese sabor. Lo había tenido en la boca hacía apenas media hora.

Sidra.

La misma sidra con la que René ax Nazcar había brindado en su honor, sonriente.

—Empiezo a pensar que te gusta este sitio.

—Tú solo tienes una hora de comida y yo entro a las tres, es literalmente el único bar en el que podemos coincidir.

Su hermana suspiró. En realidad no estaba enfurruñada, simplemente le gustaba quejarse.

Gon sonrió, acomodándose contra el sillón de agrietada polipiel roja mientras la contemplaba diseccionar la carta del restaurante con el gesto torcido.

Cuando el camarero acudió a su llamada, les atendió vocalizando muy claro y muy despacio, cosa que a Gon solo le ocurría en compañía de sus hermanas.

—Un dieciséis y un trece, por favor —pidió Susana—. Y, para beber, Coca-Cola y Nestea. ¡Gracias!

El camarero tomó nota con rapidez, visiblemente agradecido por no tener que pelearse con las barreras idiomáticas entre el chino y el castellano. En cuanto se fue, Susana comprobó en la carcasa espejada de su móvil que su pintalabios siguiera en su sitio.

—Bueno —atajó ella, sin siquiera mirarle—, ¿qué es eso de unos trajes regionales?

—No son… Mira, espera.

Algo avergonzado, Gonzalo se sacó del bolsillo trasero del pantalón el papel doblado una y mil veces lleno de los garabatos de sus sueños.

Como el custodio se fijaba más en las manos y movimientos de quienes lo rodeaban que en sus rostros, la inmensa mayoría de sus recuerdos parecían un desfile de moda.

Alisó la hoja entre ambos, ya del todo rojo. No es que fuese Picasso, precisamente, así que sus monigotes a bolígrafo poca justicia hacían a la realidad. Por eso había necesitado quedar con ella cara a cara, para explicarse, para poder decirle:

—A ver, no te rías. Solo quiero que me digas si esto te suena de… de algo, no sé.

Susana sonreía, inclinada sobre el folio. Sonreía mucho.

—¿Se supone que los que tienen pinchos en la cabeza son señores y los que tienen rayas para abajo son señoras?

—No. —Chasqueó la lengua, ya frustrado—. Todos tienen el pelo corto, hombres y mujeres. Solo hay uno con el pelo largo.

—El de las rayas para abajo.

—Sí.

Divertida, su hermana se acercó más la hoja, y la apartó del camino del camarero cuando les trajo sus refrescos.

Al otro lado del ventanal, los puestecillos del Mercado de Navidad combatían el frío de principios de diciembre a duras penas.

El vaho de sus alientos al respirar se distinguía incluso desde allí.

—¿Este tiene varicela o…?

—No. Son guantes con perlas cosidas.

—¿Y qué se supone que es esto?

Se lo explicó.

—¿Y esto?

También se lo explicó.

Gon detectó el momento exacto en que Susana dejó de tomárselo a risa, pues pasó de sonreír a fruncir ceño y labios hasta límites insospechados.

No le había dicho que se trataba de un sueño (no quería sonar como un trastornado), solo que le rondaban algunas imágenes por la cabeza y sentía curiosidad por saber si venían de las películas antiguas que la Susana adolescente había obligado a ver a toda la familia.

Técnicamente, Susana no era su hermana. Esther tampoco.

Los tres habían sido adoptados por una de las tantas parejas españolas que en los noventa se habían traído a media China consigo, conmovidas por un documental sobre orfanatos chinos que causó furor en todo el mundo.

Él había llegado a Madrid con cinco años y a los ocho le habían encasquetado una hermanita de cuatro.

Aunque la perspectiva de compartir a sus padres con otra niña china le había revuelto toda clase de dudas por dentro, el Gonzalo de ocho años prefirió rumiar antes que preguntar.

Y, cuanto más se le pegaba Susana, cuanto más lo buscaba, más rumiaba él.

Sus padres ni se olieron lo que pasaba hasta que se encontraron una caja de cartón envuelta en kilómetros de celofán en el pasillo con un «DEVOLVER A CHINA / FRÁGIL» escrito en rotulador rojo.

Una conversación larguísima, dos semanas sin Game Boy y trescientas lágrimas después, Gon se había resignado a su nueva vida.

Y no estaba tan mal, una vez sus padres le habían explicado que las familias crecían tal como crecían los niños: por naturaleza, no por necesidad.

Así, sin miedo a que fueran a regalarlo a otro matrimonio porque Susana era muchísimo más mona, pudo Gon comenzar a apreciar las ventajas de tener una hermana menor, como echarle la culpa de sus trastadas o usarla de minisirviente (lo cual le duró dos telediarios).

Pero al cumplir diez años había llegado otra niña a casa, y esta era el triple de cuca y el triple de pequeña, tres añitos como tres soles y los mofletes más redondos que Gon había visto jamás. Susana había montado en cólera.

Al menos hasta que había descubierto que podía utilizarla de maniquí personal para sus modelitos de papel higiénico y collares de macarrones.

Y, a su vez, Esther había ido aprendiendo con los años que podía manipular a sus hermanos mayores con solo poner morritos.

El círculo se había cerrado; simbiosis. Todo encajaba.

A Gon le salía solo ayudarlas con los deberes, con las coletas bien altas, con las mochilas pesadas.

Le salía solo jugar con ellas, montarles el establo de Playmobil para sus ponis, ponerle voz al villano (el caballo de Mulán del Happy Meal, considerablemente más feo que el resto de juguetes).

Incluso le salía solo defenderlas en el colegio, pelear por ellas como no peleaba por sí mismo.

Porque podrían tener nombre español, padres españoles, castellano como lengua materna, pero lo primero que se veía de ellos (y, a veces, lo único) eran sus ojos.

A los catorce años, Susana se cansó de intentar encajar, y puso patas arriba la plácida rutina familiar con dos únicas peticiones: buscar a sus padres biológicos y aprender chino. Esther, como siempre, la había seguido poco después.

Gonzalo no. Gonzalo las había visto sufrir lo suficiente como para no querer el mismo destino para sí mismo.

No importaba la información que pudiera darle el Programa de Búsqueda de Orígenes ni importaban las veces que prometiera a sus hermanas viajar a China con ellas porque ya la primera y única vez que fueron en familia no le importó nada de lo que vio en esas calles en las que no había crecido.

No le importaba desconocer su propia cultura, ni le importaban las preguntas sin respuesta.

Ni siquiera le importaba el nombre que le habían dado en el orfanato.

O, mejor dicho, a Gon no le interesaba nada que no formara parte de su vida, y todas esas cosas contaban como tal. Así de simple.

—Un dieciséis y un trece —lo sacó abruptamente de sus pensamientos el camarero—, ¿para quién es qué?

—El trece es mío —contestó Gon, algo perdido todavía.

Por supuesto, Susana no contestó, demasiado concentrada en los dibujos.

Con la otra mano tecleaba de tanto en tanto en su móvil y comparaba fotografías y patrones, bocetos y artículos de los quinientos pdf sobre moda que tendría almacenados.

Al final, el olor de la comida pareció romper el hechizo, porque de pronto reparó en su plato combinado.

—¿Alguna conclusión? —se atrevió a preguntar Gon entonces.

Ella suspiró, ya empezando a comer.

—No definitiva —reconoció con la boca llena, quizá la única falta de decoro que se permitía mostrar (y solo ante sus hermanos)—.

Es que es… No tiene sentido, es como si hubieran mezclado estilos de diferentes épocas y países.

¿Esto? —Y señaló un monigote con una uña perfectamente manicurada—.

Un corsé, europeo. Pero esto… —señaló otra figura— parece un furisode.

Son excluyentes, no… Y, ¿qué me pones aquí?

¿Blanco? —Él asintió, sin molestarse en disculpar su caligrafía—.

¿Cómo va a ser blanco? ¿Qué están, de funeral?

Mira, sea de donde sea esto ya te aseguro yo que de mis pelis no es, porque se pasa el rigor histórico por el forro.

Gon masticó lentamente mientras Susana seguía parloteando, ofendidísima.

Tan ofendida que se terminó su plato en apenas diez minutos, masticando como si la pobre vaca tuviera la culpa del sinsentido.

Tuvo ganas de sonreír, pero se contuvo. Sabía lo mucho que a su hermana le frustraba la incomprensión.

—Y… ¿no puede ser que vengan de un sitio fronterizo, con influencias de occidente y oriente? —sugirió él—. Como… ¿Rusia? ¿La parte que toca con Asia?

Susana le sostuvo la mirada, pétrea.

—Rusia.

—Sí…

—¿¡Tú sabes el frío que hace en Rusia!? —acusó, agitando el papelito—. ¡Esta gente va con el cuello al aire!

—A lo mejor es verano.

—Gon, los Santos Inocentes no son hasta el 28, así que si te has compinchado con Esther para volverme loca…

Eso le hizo reír, y Susana lo fulminó con los ojos.

— Qué.