Con la miel en los labios 3 Una avispa en el panal #3
11%

3 Una avispa en el panal #3

—Al menos lleva guantes —dijo Jez’bel, como siempre coreando sus pensamientos—. Creía que se plantaría aquí de punta en rojo, con el pelo suelto y las manos desnudas como cualquier roñoso de Nascente, toqueteándolo todo para contagiarnos a saber qué.

Pero no parecía que la Avispa fuese a contagiarles nada.

Más bien parecía un milagro de conversación distendida, sonrisa hipnótica y dientes rectos.

Se le acercara quien se le acercara, cuando se alejaban ya se les veía ansiosos por volver.

En ese momento, una de las princesas se desligó de su custodio para ofrecerle una mano recatadamente enguantada, la que René se llevó a la frente en un elegante gesto de respeto antes de guiarla hacia el baile. Kara chasqueó la lengua; Jez’bel bufó.

—Cómo no. Si es que a Bal’na le pierde más una cara bonita que a una polilla la lumbre.

No debería mofarse de una princesa, pero la acidez de la heredera se lo ponía difícil. Kara ahogó la sonrisa con un trago de sidra.

—No le creo ni una palabra —continuó Jez’bel; ella manteniendo su sonrisa en el sitio para camuflar el tema de conversación—. Incluso si su historia es cierta, hay nazcarenos fieles a Nascente. Podría ser un doble agente.

— Es un doble agente.

—Ya me entiendes —resopló su princesa—. Doble, triple, lo que sea. Los Gemelos no son idiotas, lo habrían desollado a la primera sospecha, y mírale, ahí coqueteando con mi hermana como si se hubieran tragado la mentira.

Sí, Kara ya la entendía. Ellos dos siempre se entendían. E incluso el propio René había reconocido lo inverosímil que sonaba su versión, allá en la sala del trono.

Nadie escapaba de Nascente; ni siquiera los mismos nascentes.

Era su manera de reinar, de ejercer control sobre cada uno de sus habitantes.

La sola idea de que los Gemelos les enviaran un nazcareno que simulara haberlos traicionado resultaba ridículo.

Más aún cuando, según René, la idea había nacido de él.

Veinte años murmurando al oído de los Gemelos, tejiendo aquel plan como una araña. Supuestamente.

«Me pidieron que os llorase sobre cómo me arrancaron de los brazos de mi madre, sobre cómo aprendí a mentirles y cómo regresé al Panal movido por el odio, pero no caeré tan bajo como para usar mis tragedias como excusa. Mi motivo es único, lógico y simple: Nazcar».

En la sala del trono, el silencio había sido pesado, incómodo.

Fúnebre. Su voz, clara, firme y suave. Manchado del barro del camino, cabello recogido bien alto en la nuca para aguantar las horas a galope.

Kara había sabido justo entonces que se los había ganado a todos con aquella mísera mención a su tierra natal.

Y, sin embargo, el golpe de gracia había venido poco después, como una lanza de oro viejo:

«Jamás traicioné a Nascente porque jamás fui nascente.

Este es mi hogar, y vos mi reina. Fingiré mediar por la paz entre ambas naciones, tal como juré hacer ante los Gemelos, pero la información reportada siempre será previamente aprobada por vos y vuestras hijas.

Hago esto por mi familia, por mi gente y por la princesa de Nazcar, envenenada por la misma mano que me arrancó de mi colmena».

Kara tenía la promesa grabada en el cráneo.

También la reacción de la reina, conmovida por recuperar aunque fuera un único nazcareno de cabellos encarnados.

A fin de cuentas, si bien Nascente deseaba hacerse con Quin’Xa al completo, Nazcar siempre había sido su gran sueño.

Habían conseguido tomarlo dos décadas atrás, robando aquel rojo que tanto adoraban para insertarlo a la fuerza en sus propias dinastías y reduciendo a cenizas todo lo demás.

En ese momento, la canción terminó, y el baile con ella. Las últimas notas de cuerda se perdieron en el revuelo de faldas y mangas y capas, toques de lira según las manos se alejaban, las miradas se encontraban y los sirvientes aprovechaban para ofrecer finas copas de sidra y malamiel.

Era imposible no mirarlo. Pero para cuando Kara consiguió apartar la vista de sus manos para curiosear su rostro él ya le devolvía la mirada.

Se le tensó hasta el último músculo, cazado espiando, y aunque a esa distancia ni siquiera acertaría el color de sus ojos sí distinguió cómo los entornaba, divertido.

La Avispa alzó su copa hacia ellos, brindando en su honor.

Tras las burbujas doradas de la sidra, una sonrisa tan amplia como fugaz.

Kara frunció los labios, pero Jez’bel también sonrió. No era una sonrisa sincera.

—El traidor traicionado —comentó, ensimismada.

—¿En qué estás pensando?

—En la poca hospitalidad que le hemos mostrado a un niño de Nazcar.

Jamás ha presenciado la gloria del Panal, y a saber cuántas tradiciones se ha visto forzado a olvidar.

—Sus ojos rasgados seguían fijos en la pista, donde el custodio de Bal’na tomaba el lugar de su princesa—.

Sería una heredera horrible si no protegiera a la valiente pero indefensa obrera que arriesgó la vida para regresar al hogar, ¿verdad?

—El duro cuero negro de los guantes del custodio contrastaba vivamente sobre la delicada translucencia de los de la Avispa—.

Está en peligro. Cualquier nascente podría ejecutarlo por traición.

Kara bufó.

—Pero si nos ha dicho que han acordado esa traición.

—Pero se supone que eso nosotros no lo sabemos, Kara.

René ax Nazcar absorbía toda la atención del salón de baile, un rojo agujero negro.

Encajaba como la última pieza del puzle y desentonaba como un vaso roto.

Princesa y custodio lo contemplaron en silencio mientras se mezclaba entre aquellos con quienes debería hacer crecido. Al final, Kara preguntó:

—¿Qué quieres que haga?

—Ya lo sabes.

Él suspiró. Claro que lo sabía.

Gonzalo se miró al espejo.

El cuarteto de cuerda aún resonaba en el diminuto cuarto de baño de su piso de Lavapiés, en su cabeza, y si supiese de música apuntaría las notas como apuntaba todo lo demás, solo para comprobar que no se estaba volviendo loco (se estaba volviendo loco).

Terminó de despabilarse lavándose la cara con agua bien fría. Con el pasar de los días había aprendido que únicamente así conseguía cortar el sueño de raíz, asegurarse de que las horas restantes de cama las pasaba en negro y no allí. Donde fuera que fuese allí.

El Gonzalo del espejo le devolvió la mirada, agotado hasta la médula y con un deje a desesperación que no le veía desde Selectividad.

Tenía la nariz roja del frío, lo que la hacía parecer aún más enorme, y el pelo corto muy revuelto, de dar mil vueltas entre sábanas.

Incapaz de controlar los movimientos del custodio, hasta esa misma noche no había conseguido Gon cazar su reflejo en el otro mundo (el tal Kara no perdía el tiempo en tonterías), un golpe de suerte en forma de vistazo rápido al espejo de sus aposentos antes de marchar al baile.

Era él. No había duda. Una copia perfecta desde el triángulo de lunares conectando tabique, párpado y pómulo hasta el característico tamaño de su nariz; nada fuera de lugar salvo la corpulencia de su alter ego, quizá por aquella espada siempre colgada al cinto.

Le costaba reconocer que le daba bastante envidia.

Gon también estaba en forma, de años y años jugando al baloncesto, pero mientras sus músculos se habían desarrollado para correr y saltar, repartidos por todo su cuerpo; los del custodio prometían defensa y ataque.

Tenía sentido, en realidad: Kara era un soldado y él un mísero barista del Stardust. Exentrenador, exjugador, extodo.

«A lo mejor debería hablar con Esther», pensó mientras salía del baño en busca de algo para quitarse el regusto a hierro.

«O con Susana… Sí, primero con Susana. Mucho más fácil empezar por la ropa».

Ella le diría si las prendas que había ido garabateando esos días existían, ya que algunas tenían pinta de kimono, o de hanfu, y, de los tres hermanos, Susana era la que más empeño había puesto en conectar con su cultura de origen.

A Esther, en cambio, le flipaba todo ese rollo esotérico de las reencarnaciones, así que mejor dejarla como última opción.

Por eso y porque era incapaz de no irle con el cotilleo a su madre.

Por supuesto, el tarrito de miel lo esperaba a plena vista en la cocina.

René ax Nazcar.

Le sentaba bien, el nombre. Sonaba regio. Sonaba a «Reyes».

¿Por qué estaba tan obsesionado con él, que lo incluía en sus sueños como una especie de Mata Hari a dos bandas? Ya que (sí, lo reconocía) su teoría de la miel envenenada no tenía mucho sentido. No, lo suyo era autosugestión pura y dura.

Puede que tuviera relación con que Nadia le había dado la peor noticia posible: la muy impresentable de Nerea y el novato que no llevaba ni un mes se piraban del Stardust. Él sin preaviso por periodo de prueba y ella habiendo avisado solo a los jefazos, lo cual les dejaría con el culo al aire en cuanto cumpliera sus dos semanas.

Cosa que normalmente a Gon tampoco le afectaría demasiado, doblaría un par de días hasta que el Stardust contratase sustitutos y punto, pero ya tan entrada la campaña navideña Nadia dudaba de que lograran encontrar a alguien a tiempo.

Vaya, que no les quedaba otra más que doblar hasta nuevo aviso, los turnos rotativos convertidos en una única jornada pesadillesca de 7:00 a 23:00.

Sin fines de semana, sin días libres. Y, aunque los de arriba les habían prometido librar varios días consecutivos en enero, la perspectiva de no volver a ver la luz del sol mínimo hasta Año Nuevo le daba urticaria.