3 Una avispa en el panal #2
—Perdone —le cortó Carol, jefa de equipo al rescate—.
Ya que la preservación del medioambiente es el mayor compromiso de Stardust, trasladaremos su sugerencia sobre ofrecer edulcorantes naturales, pero ya le adelantamos que no encontrará miel en ninguno de nuestros establecimientos.
—La sola mención a la palabra tabú le dio dentera—.
Stardust se posiciona en contra de la industria apícola a gran escala, pues forzar a las abejas a producir constantemente grandes cantidades de miel está acelerando su propia extinción.
Entiendo que sea difícil de asumir, pero seguro que usted comprende que prefiramos prescindir de ciertos productos en favor de aquellos que no supongan abuso animal alguno.
Ellos dos permanecieron callados, superados por la catarata de información. Al final, el cliente sonrió, adoptando una pose más relajada, casi amigable:
—Yo ya sabía todo eso. —«Ya, claro»—. Pero no que Stardust tenía una postura tan rígida sobre el tema, ¡qué bien! —Y señaló hacia el armarito de autoservicio—. El azúcar, allí, ¿no?
—Eso es —sonrió Carol, falsísima—. Y los sobres son de papel reciclado, así que no se preocupe tampoco por eso.
En cuanto el Vengador del Medioambiente dio media vuelta, más contento que unas castañuelas, Carol recuperó su habitual expresión de odio visceral.
A veces Gon se preguntaba cómo lograba no apuñalar a diecinueve clientes diarios, con la mala leche que se gastaba en la vida real (en la que no cobraba por sonreír, vaya).
—Guau —consiguió decir Gon al fin—. ¿Te estabas tirando un farol?
Ella rio, socarrona.
—Mitad. A los jefes les importa una mierda la explotación animal, pero yo solo quiero tener la fiesta en paz y con esta peña la mejor defensa es un buen ataque. «¿Qué me estás llamando, poco ecologista? ¿A mí?». —A Gon se le escapó la risa por la nariz—. ¡Pues toma perorata sobre abejas!
Debería aprender un poquito más de ella. Se libraría de más de un friki con ganas de bronca.
—Gracias —suspiró, pasándose las manos por la cara—. Me noto súper lento últimamente… ¿Y por qué tengo que saber hasta sobre la explotación de las abejas para servir cafés ?
—Por si te consuela, ha sido conocimiento adquirido contra mi voluntad. Nadia y Recla están que no cagan con la cuenta esa del apicultor y al final me acabo enterando de mil gilipolleces.
Oh, no.
— Et tu, Brute? —rezongó miserablemente Gon para hacerla reír (para ocultar que de verdad se sentía traicionado). A cambio, Carol le dio un par de palmaditas en la espalda con una sonrisa mitad comprensiva mitad sardónica.
—No puedes luchar contra el destino, Gonzalo. Ríndete y únete al club de fans de Reyes Pineros.
«Cisneros», estuvo a punto de corregirla, pero se mordió la lengua a tiempo.
A las 23:00 de ese martes, Gon se cruzó con Reyes a la entrada de la parada del metro.
Se detuvieron bruscamente, cada uno en un extremo de las escaleras, estudiándose con cautela.
Era la primera vez que lo veía de noche y las luces ambarinas de Callao no lograban disimular la mala pinta que traía.
Si eso, resaltaban sus ojeras oscuras, sus párpados hinchados, sus hombros hundidos.
Gon no consideró aquel encontronazo una ruptura del acuerdo porque había sido puramente accidental, y quizá también porque Reyes lo fulminó con la mirada, diciéndole sin palabras que ni se le ocurriera hablarle.
Eso sí, el vívido rencor que asomaba a sus ojos lo ofendió de sobremanera.
¡Pero si era él quien aparecía en sus puñeteras pesadillas!
¡Él, quien lo había empezado todo! No tenía derecho a mirarlo así.
Y, sin embargo, fue el propio Gon quien dio media vuelta, dispuesto a volver a casa andando a pesar del frío. Ni de coña pensaba compartir siquiera andén con ese imbécil.
—No estás de servicio, Kara. Sonríe un poco.
Contestó con un gruñido. Frente a ellos, la música, la comida y las conversaciones se entremezclaban hasta crear un ruido ambiental que le abrumaba los tímpanos.
—No puedo relajarme con una avispa en el panal.
Jez’bel suspiró mientras seguía la dirección de su mirada.
No eran los únicos que lo observaban, estudiaban, admiraban, vigilaban: cientos de pares de ojos cruzaban el titánico salón de bailes de palacio, entre cuerpos girando al son de la música y sirvientes con bandejas, entre faldas de vuelo y guantes perlados, para posarse inequívocamente en la atracción de feria más peligrosa que jamás había pisado Quin’Xa.
—Parece uno de los nuestros —murmuró ella, con un tono fascinado que le erizó el vello de la nuca—. Habla igual, viste igual, se mueve igual.
Kara siseó.
—Es una trampa. La envenenó él, estoy seguro.
—No soy idiota, zángano.
El título le sonó a bofetada, y la miró con los dientes apretados, más herido que ofendido. Kara no era un zángano, era un custodio. Él protegía princesas, no cambiaba sábanas. Y, sin embargo, a ojos de la realeza un sirviente era un sirviente, independientemente de su rango. Incluso para Jez’bel.
—Lo siento —se disculpó ella de todos modos—, no quería decir eso.
—Ahora eres heredera. Tienes que controlar tus salidas de tono.
Para su sorpresa, Jez’bel aceptó la regañina sin replicar.
Era algo que le costaba desde niña, desde que se le había asignado la futura regencia de Rea y, por tanto, fue puesta bajo tutela de la familia de custodios de dicha colmena.
Con el padre de Kara aún guardando a la anterior princesa de Rea, fue su abuelo quien tomó la responsabilidad tanto de custodiar a Jez’bel como de preparar para el puesto al propio Kara, pero para cuando este cumplió los trece ya se turnaban la vigilancia, así que apenas cuatro años después tomó relevo de pleno derecho.
Y ahí estaban ellos dos desde entonces, Jez’bel discutiendo cada mínima orden de su custodio y Kara obedeciendo diligentemente las suyas.
Se habían instalado en palacio tras la abdicación de la princesa de Rea, a sus veinte añitos dispuestos a comerse la capital entera, pero se habían encontrado con que el resto de princesas venía con la misma idea en la cabeza: reinar.
Y en Quin’Xa no se reinaba en el trono, se reinaba en el Consejo.
Tomando decisiones, defendiendo las colmenas de los continuos ataques de Nascente, administrando tropas y arcas y miel.
—Tiene el pelo del mismo color que ella…
Jez’bel lo dijo en un susurro triste, melancólico.
Kara la miró de reojo un segundo, aunque no se atrevió a responder, y pronto volvió su atención a la rebosante sala.
Como en una danza instintiva, las demás princesas también se habían alejado del barullo del baile para cuchichear con sus custodios, unas preocupadas, otras encantadas, otras asqueadas, pero todas ellas vigilando el corazón de aquel universo de techos recargados y suelos marmóreos. Al final, Kara las imitó.
La Avispa de Nascente se hacía llamar René, y había solicitado audiencia con la abeja reina a espaldas de los Gemelos.
O eso decía. Su petición les había llegado apenas dos días después de la muerte de la princesa heredera Ozara, escrita en nazcareno.
Un movimiento arriesgado, puesto que solo ella, como regente de la perdida colmena Nazcar, conocía su lengua.
Ella y su custodio, claro, quien había traducido la misiva al Consejo.
—¿Crees que es cierto que creció en Nazcar capital? —preguntó Kara, todavía rígido. A su lado, Jez’bel le dio un largo trago a su copa mientras rumiaba la respuesta.
—Los tiempos encajan. Nascente arrasó la colmena hace veinte años y él tendrá unos treinta y ¿cinco…? Vivió lo suficiente como para recordar nuestras costumbres.
—O le han entrenado muy bien.
—O le han entrenado muy bien —concedió ella.
Contemplaron en silencio cómo la Avispa se movía entre sus iguales, tan distinto pero tan parecido.
Siendo Quin’Xa un reino tan extenso, poblado por cientos de etnias diferentes, sus ojos almendrados no resultaban poco comunes.
No, lo que realmente llamaba la atención de René ax Nazcar era su larguísimo cabello del color de la miel venenosa de las montañas, rojizo y espeso y leonado como la crin de un pura sangre.
Trenzado y entrelazado con abalorios irisados e hilo de cobre, el titilar de los candelabros lo convertía en un cometa de lava volcánica resbalando sobre un hombro, prendiendo sin llama sus prendas blancas como la nieve.
Blancas porque no había sido invitado, sino acogido.
Blancas porque no venía en nombre de Nascente sino en son de paz, y ni siquiera la pesadez del suntuoso xamar de gala entorpecía sus movimientos.
De hecho, parecía haber sido tejido para él, las mangas amplias abiertas desde los hombros oscilando a su paso, el cuello rígido que revelaba un forro de seda negra antes de cruzarse sobre el pecho, la breve cola a sus pies.
También negros el ceñido fajín a la cintura y las prendas que asomaban bajo el xamar , ya más cercanas al patrón de camisa y pantalón de uso diario.
Vestido así, casi podría pasar por uno de ellos. Si no fuese por los dos únicos detalles que traicionaban su procedencia: la propia largura del cabello y la manicura de un rojo intenso.
Kara no podía apartar la vista. Era morbosa, la manera en la que podía hasta distinguir el brillo del esmalte bajo la tela tan, tan transparente, casi etérea, de sus oscuros guantes largos.
Quienes se acercaban a charlar con la Avispa echaban una ojeada de vez en cuando, mitad turbados y mitad atraídos por su descaro.
A Kara le daba tal rechazo que no hacía más que abrir y cerrar los puños, asegurándose inconscientemente de que se hallaban bien protegidos de miradas ajenas bajo grueso cuero negro.
Qué asco, enseñarlas así. Ninguna abeja permitiría jamás que nadie externo a su círculo familiar le mirase las manos.