Con la miel en los labios 3 Una avispa en el panal
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3 Una avispa en el panal

S olo había una explicación: Reyes Cisneros le había drogado.

Había adivinado de alguna manera que su buena amiga Titi acabaría regalándole una muestra del podio y se había cobrado su venganza. Se le escapaba cómo había sabido que Gon se pasaría por el puesto, o qué miel escogería Titi, pero…

Todavía notaba el tacto de los guantes de cuero en las manos, el leve aroma a sábanas limpias en el aire, hasta la pronunciación en la lengua de esos nombres tan extraños que no había sabido transcribir en Google para averiguar si existían o si todo formaba parte de alguna película que había olvidado.

Había sido tan real… Había sido él. Otra versión de sí mismo, y no como las versiones borrosas y ridículas de los sueños, sino una versión independiente, con su propio nombre y recuerdos.

Y la mujer… ¿Jezabel? ¿Jezebel? Su cara no le sonaba, y Gon tampoco tenía tanta imaginación como para inventársela con tanto detalle.

¿Qué mierdas le había echado Reyes en la miel?

¿Setas alucinógenas? ¿Y por qué solo le había afectado a él?

¿Cómo lo había conseguido? ¿Y cuánto iba a durar el efecto?

Para alguien sin reparos en envenenar a sus enemigos, se le daba de lujo fingir hastío (desaliento) en cuanto se le plantaban enfrente a pedir explicaciones.

—¿Qué quieres ahora? —espetó por todo saludo, con los hombros caídos.

—¿¡A qué coño venía echarle nada a la miel!? ¡Que era para mi novia! ¡Podría haber pasado algo grave!

Reyes pestañeó muy, muy despacio, como si le costara comprenderle. «¡Reacciona!», estuvo a punto de gritarle Gon, pero se contuvo. No iba a morder el anzuelo dos veces.

—Tío —resopló Reyes al fin—, ¿tú me has visto? Literalmente no tengo fuerzas para intrigas palaciegas.

—Esto fue ayer.

—¿Eh?

—Digo que lo de la miel lo hiciste ayer —repitió Gon, rechinando los dientes.

¿Se estaba riendo de él? Sí, se estaba riendo de él. No había otra explicación a cómo lo miró entonces, como si le provocara rechazo y vergüenza al mismo tiempo. Y Gon nunca había sido una persona violenta, pero Reyes tenía todas las papeletas para ganarse una host…

—Lo siento, pero si me hablas entre dientes no te entiendo una mierda.

—¿Me estás vacilando?

—¿Eh?

—Mira, tío, hacerte el sordo no te va a l…

Reyes Cisneros le cerró la boca con solo girar la cara y señalarse el oído izquierdo.

Gon se quedó lívido, y no pudo más que cerrar los ojos, sobrepasado por una oleada de vergüenza tan potente que casi le dio vértigo.

El audífono seguía allí cuando los abrió, bien visible encima, ni siquiera oculto tras un mechón de pelo.

Al menos el chaval no metió cizaña, sino que lo dejó pasar por todas las fases del bochorno en silencio.

—Perdona —carraspeó Gon después, incómodo—, no lo había visto.

Él se encogió de hombros.

—Si vas a seguir acusándome de intoxicarte con algo que ni toqué, vocaliza para que pueda leerte los labios o levanta un poquito más la voz. —Lo dijo en tono monocorde, robótico—. Pero sin gritar, que tampoco soy tu abuela.

Lo único que Reyes consiguió con eso fue que Gon chirriase aún más los dientes. Vale, había sido un capullo, pero ¿era necesario que lo humillara hasta explicándole su propia sordera? Que si estaba allí era por su culpa, joder.

—Solo quiero que me dejes en paz —resumió, vibrando de rabia.

—Eres tú quien insiste en echar a saber qué en todas mis bebidas.

—¡Pero ¿no ves que no?!

—He dicho que sin gritar.

—Gritaré si me da la puta gana.

— ¿Otra vez?

Se volvieron hacia la recién llegada Titi de un brinco, pillados como dos críos pegándose en el recreo.

Déjà vu del día anterior, ya empezaba a ser rutina: ir al trabajo, pelearse con Reyes, enfadar a Titi, seguramente portarse mal con Recla porque era incapaz de gestionar sus propias emociones, soñar con matar a Reyes…

Bego le había dicho una vez que bastaba con repetir una acción veinte días seguidos para que el cuerpo la convirtiese en hábito, como lavarse los dientes o acordarse de echar la llave al salir, pero ese desgraciado había tenido de sobra con cuatro.

Lo odiaba.

—Tu nuevo amiguito dice que la muestra que le diste estaba contaminada.

Titi lo miró, desorientada. Genial. Encima manipulador.

—No he dicho eso —protestó Gon—. He dicho que tú le echaste algo.

—Sí, con mis poderes mentales.

Con un largo suspiro de fastidio, Titi le tendió a Reyes la bolsa de supermercado que traía consigo y este la tomó sin siquiera mirarla con la coordinación natural de quienes se conocen de toda la vida.

—Hagamos una cosa —dijo ella, mientras reclamaba la otra silla junto al radiador portátil—, tú nos dices en qué turno estás cada semana y nosotros compramos en el otro, ¿te parece bien?

Muy a su pesar, a Gon le parecía bien, así que asintió. Titi le sonrió, resuelta, aunque había algo en su postura que le encogió el estómago, como si se estuviera protegiendo de una amenaza. Como si estuviera protegiendo a Reyes de él.

—A mi novia le encantó la miel —ofreció para compensar—. Muchas gracias.

Reyes no necesitó acusarle de mentiroso, pues la mirada que le echó ya lo decía claro: «Ah, ¿o sea que solo te supo mal a ti?

». Luego arqueó una ceja, su sonrisa alargándose en una mueca tan incrédula como sarcástica.

«Tú mismo dijiste que no te gustaba la miel», decía en cambio esa sonrisa, devolviéndole sus mismas palabras del primer día.

—¡Me alegro! —contestó Titi, ajena al mudo cruce de acusaciones—. La que te di es esta de espliego, apúntatelo para cuando se acabe la muestra.

Gon la sonrió.

—Que, al paso que va, será mañana.

—Esperemos que no.

Ambos lo ignoraron.

—Esta semana estaré de tres a once hasta el viernes.

—Uf, ¿siete días seguidos?

—Sí, porque como nos pueden poner el finde en cualquier punto de la semana…

—Suena terrorífico.

—Un poco, sí —rio Gon por lo bajo—. Pero a veces se solapan los de dos semanas y tenemos cuatro días libres juntos.

—Recuerdo lo que se sentía al librar un puente —suspiró Reyes, mitad atento a la conversación mitad a la bolsa del supermercado, de la que no paraba de sacar guarrerías.

—Pero si no llevamos ni una semana entera aquí…

—No me lo recuerdes, que me pongo malo.

La alarma lo salvó de tener que interrumpirles. La había programado quince minutos antes de su hora a propósito, por si acaso volvía a perder los estribos. Por si acaso volvía a olvidar que existía mundo más allá de Reyes Cisneros. Se sintió orgulloso de sí mismo.

—¿Trato hecho, entonces? —preguntó Titi.

—Trato hecho —asintió él—. Y si mi novia quiere más miel vendrá ella misma a buscarla, así que quedaos tranquilos.

—¡Genial! Aquí estaremos esperándola. Todos los días de la semana, de diez a diez, sin pausa para comer y hasta el 8 de enero.

—Eso sí que suena terrorífico.

Ella le dio la razón con una risita antes de hacer intercambio de despedidas. Para su sorpresa, Reyes también se despidió:

—Pues encantado de no volver a verte, Rodrigo.

—Es Gonzalo —corrigió él, ya retrocediendo—. Pero, sí, lo mismo digo. Hasta nunca.

—¡Hasta nunca!

Esta vez, la risita de Titi sonó tensa. Comprensible, en realidad. Total, Gon también quería desentenderse cuanto antes, por lo que se despidió una vez más y procedió a olvidar todo aquel capítulo de su vida para siempre.

Y, durante unos días, el acuerdo funcionó, aunque los sueños ya no se fueron.

Cada vez que cerraba los ojos, cada vez que encontraba una gota minúscula, dorada, al borde de un plato de desayuno, incluso cada vez que servía sirope de caramelo (el chorro oscuro y pesado tan parecido a la miel de bosque del puesto), parte de él regresaba violentamente al sueño.

A aquel sueño que no era un sueño y a aquel Gon que no era Gon.

Las noches se le hacían larguísimas, desvelándose de madrugada con otro puñado de escenas desmembradas en un lenguaje que no era capaz de replicar pero sí de comprender, en países y ciudades que no aparecían en internet.

—Tronco —gruñó Carol esa tarde, como personalmente ofendida de verlo tan agotado—, ¿quieres que te pille algo de mi herbolario? Una valeriana o unas gotitas de aceite de lavanda… Uy, se nos está gastando el açai, ¿lo apuntas en la lista? No me suena que haya más en almacén.

—Sí hay. Recla lo había colocado con la leche.

—Dios santo.

—Perdón —les llamó un cliente desde el mostrador, y Gon se volvió hacia allí—, ¿tenéis algún edulcorante natural? Que no sea procesado. Panela, por ejemplo.

—¿Canela?

No le gustó cómo lo miró.

—Panela —repitió el cliente, de mala gana—. ¿Es que no sabes lo que es? Es el azúcar tal cual sale de la caña.

«Estás en un Stardust», quiso contestar Gon. «Aquí nada es natural». Aunque, en vez de eso, puso su mejor voz de Reclamaciones Récords y dijo:

—¡Ay, pues no, no lo sabía! Suena muy interesante, pero no tenemos, lo siento. Puedo ofrecerle azúcar blanco o moreno.

—¿Ni siquiera miel?

Otro fan de la miel. Cómo no.

—Tampoco, lo siento mucho.

El señor se hinchó como un pavo y Gon supo la que se le venía encima incluso antes de que empezara a hablar:

—Mucho presumís de ecológicos y luego no tenéis ni miel.

—«Señor, que yo solo soy un currito», rezongó mentalmente—.

¿De qué sirve que yo me traiga mi propio termo para ahorrar plástico si luego tengo que gastar un sobre de azúcar cada día?

Encima, con esos precios que tenéis —«Ni que los pusiera yo! »—, qué mínimo qu…