Con la miel en los labios 2 Palabras prohibidas #5
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2 Palabras prohibidas #5

Esta vez su risa sonó justo en su hombro, seguida de un beso tras la oreja. Con un larguísimo suspiro, Gon se irguió y encendió el grifo para limpiar los restos. Qué asco. No entendía cómo podía Bego tragarse esa miel, si sabía a…

«Sabe a hierro», le vino de pronto la voz de Reyes Cisneros, lívido y con la mano pegada a los labios para no escupir el café de nuevo.

Se quedó rígido.

—¿Quieres que te haga una manzanilla?

—Sabe a hierro —repitió Gon por lo bajo, incapaz de apartar la vista del plato aún pegajoso de miel.

—¿La manzanilla?

—No. La miel.

Se volvió para mirarla. Bego tenía el ceño fruncido, pero no se apartó.

—Como a… —¿cómo lo había descrito Reyes?— contaminado, no sé. A sangre.

Le consoló verla tomárselo en serio, intentando comparar ambos sabores con los ojos entornados, aunque no tardó mucho en decir:

—Lo siento, amor. A mí solo me sabe a miel.

—No, no, perdón yo.

—Uy, ¿y eso por qué? Vomitar es parte de nuestro lenguaje privado.

Eso le hizo gracia, así que el regusto ácido empezó a disiparse, sustituido por la calidez de una intimidad compartida durante años.

Recordó el cénit de su rivalidad adolescente, allá en bachillerato, el test de Course Navette pitando en sus oídos y su cuerpo a punto de reventar porque lo único que quería era ganar a la nueva.

Solo quedaban ellos dos corriendo en el polideportivo y ya superaban en tres pitidos el récord del instituto entero.

Perdió él, por supuesto.

Ella había parado de correr (o, más bien, había dejado que la pared la frenase) un único pitido después, pero antes de desplomarse había echado hasta la primera papilla.

Aquel día, Gon había aprendido que Bego siempre sería la última en rendirse, y ahora tenía diez años de pruebas para corroborarlo. La más importante de ellas era que seguían juntos, que vivían juntos. En ese piso zarrapastroso y no en un ático de la calle Fuencarral.

—Venga, ve metiéndote en la cama, que ahora voy yo. La manzanilla, sin anís, ¿no?

—Por favor.

—Perfe. Vamos, tira, anda.

No sabía qué hacer.

Jez’bel ahogaba sus gritos en la almohada, aullaba con tanta fuerza, con tanta desesperación, que él notaba en su propia garganta el dolor de la suya a cada chirrido, a cada sollozo, a cada náusea de pánico y rabia y callejón sin salida.

Las lágrimas le habían derretido el maquillaje, ahora esparcido por toda la colcha, convirtiendo su rostro en el de una desconocida, hinchado y rojo del llanto.

No había nada que Kara pudiera hacer, nada que pudiera decir.

Su única utilidad en esos momentos consistía en asegurarse de que nadie entrara en los aposentos de la princesa mientras ella se partía en dos, asegurarse de que nadie, nadie la oyera llorar.

Se lo tomarían como un insulto; peor que si Jez’bel hubiera escupido a los pies del cadáver de su hermana.

No, Kara jamás la expondría así. Bastante tenía ella con intentar respirar por entre los sollozos.

Se ahogaba, se atragantaba con su propia saliva. Dolía verlo.

—¡No…! —gimió Jez’bel otra vez, sin fuelle—. Llevo años… años estudiando, trabajando, dejándome la piel para ganarme mi puesto, mi futuro… No puedo, no puedo hacerlo, no p…

—Shh… —la arrulló él, acariciándole el pelo—. Todo irá bien.

Como un cepo humano, su princesa cerró las fauces de un chasquido antes de rugirle con esos dientes blancos tan rectos:

—¡NO, NADA IRÁ BIEN! ¡NO HARÉ NADA SALVO PARIR EL RESTO DE MI VIDA! ¡NADA!

A Kara la blasfemia le quemó como aceite prendido y se apartó por puro instinto.

Jez’bel aulló incluso más fuerte al verlo huir, consciente de lo que acababa de decir.

Y, aun así, cualquier cosa que soltase por la boca no sería peor de lo que le rondaría por la cabeza.

Eso Kara lo sabía. No estaba seguro de haberlo sabido antes, cuando Ozara aún respiraba y Jez’bel solo era otra princesa más del Panal.

Suponía que había cosas que solo se entendían cuando ocurrían.

Por primera vez, lo que siempre le había parecido un honor se le presentaba como el horror que realmente era.

Muerta la princesa heredera, la abeja reina había elegido a su siguiente favorita para sucederla: Jez’bel era preciosa, lista, luchadora; había brillado con luz propia entre sus veintinueve hermanas, ganándose así el mayor rango en el Consejo.

Jamás había temido destacar porque se había sabido segura a la sombra de Ozara.

Pero, en cuanto su madre muriese, Jez’bel de Rea sería coronada.

Y con la corona venía la responsabilidad de darle al Panal una nueva camada de princesas.

Cuantas más, mejor. A fin de cuentas, Quin’Xa suponía un reino amplísimo, titánico, y cada colmena que lo componía debía poseer una princesa para representarla en el Consejo.

Era la única manera de salvaguardar todas las lenguas, todas las culturas.

La única manera de conseguir un Consejo justo, que velase por hasta el último de sus súbditos.

—Somos treinta hermanas… —sollozó Jez’bel, abrazándose a sí misma—. Podría haber elegido a cualquiera, a cualquiera… ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí…?

Kara no contestó. Solo trepó a la cama y le abrió las manos con la mayor delicadeza posible para que dejara de clavarse las uñas en los brazos.

Ella no opuso resistencia, aunque sí exhaló un largo gemido de angustia que lo erizó entero.

Lo habían entrenado para protegerla de toda amenaza, y así había cumplido durante dos décadas, pero jamás había pensado que llegaría el día en que debería protegerla de sí misma.

Manejándola como una muñeca hueca, Kara la recolocó contra la red de mimbre que sostenía en vilo el lecho.

La realera se balanceó con el movimiento, agitando los rayos de sol que se filtraban entre las hebras.

Podía contar con los dedos de una mano las veces que había acomodado a Jez’bel en su propia cama (de eso se ocupaban los zánganos), pero en aquel momento Kara preferiría cortarse esos mismos dedos antes de confiársela a otro.

—Jez’bel, mírame.

Ella obedeció. No recordaba haberla visto nunca tan solícita (tan derrotada). Quizás era la primera vez.

—Todavía tienes tiempo —le susurró, aprovechando la intimidad que les cedía la cuna de mimbre—. Tu madre es anciana, sí, y no puede cuidarse por sí misma, pero está sana. ¿Hacía cuántas generaciones una reina no vivía lo suficiente para elegir a su sucesora? ¡Es prácticamente un milagro!

Jez’bel resopló, mirada aún hueca.

—Porque mueren pariendo, Kara.

—No pienses en eso. —«¿¡Cómo no voy a pensar en eso!

?», significaba ese pestañeo suyo, pero Jez’bel no se atrevió a decirlo a viva voz.

La tormenta había pasado; Kara ya no le perdonaría más blasfemias.

Y menos cuando él le estaba susurrando otra, allí escondidos—.

Piensa en que hay tiempo para hacerla cambiar de opinión.

La mayoría de tus hermanas mataría por subir al trono, encontraremos algún modo de ponérselo en bandeja. Nadie tiene por qué enterarse.

Sus ojos rasgados se abrieron, una inmensidad de color negro. Contrastaban vivamente contra su piel pálida incluso ahora, manchada de sudor, lágrimas y maquillaje. Kara la vio ojear fugazmente la puerta antes de devolverle la mirada. Parecía asustada. Parecía desesperada. Lo estaba (lo estaban).

—¿Y si se muere antes?

Lo dijo en un susurro tan tenue que a Kara le costó descifrarlo.

Un escalofrío le bajó escalón a escalón por la columna al oírla hablar así de la reina, llena de miedo no por perder a su madre, sino por su propio destino.

De haber sabido Jez’bel que sería la próxima heredera, habría llorado aún más amargamente la muerte de Ozara.

—Entonces serás la mejor reina que Quin’Xa haya tenido —le respondió, eligiendo cada palabra con cuidado—.

Sobrevivirás a todos los partos y volverás al Consejo, como hizo tu madre antes que tú.

Reinarás sobre tus hermanas y progenie y lo harás durante muchos, muchos años.

Durante tantos, que tus hijas conspirarán en tu contra y yo habré de convertirlas en jalea con mis propias manos.

Ella rio, aunque la risa se agrietó en un sollozo a mitad de camino.

—Has visto a mi madre en el Consejo estos años, Kara. La has visto hoy al nombrarme. Si a eso lo llamas sobrevivir, prefiero morir dando a luz.

Silencio.

Se sostuvieron la mirada. Jez’bel con una intensidad regia, amenazante; Kara sin saber qué quería de él.

—Prefiero morir dando a luz—repitió entre dientes, sin pestañear, sin sollozar y sin dudar—. Si por entonces ya no soy yo, si ya no queda nada de mí… Prométemelo. Prométeme que moriré en el último parto.

Comprender dolió. Dolió incluso más que rememorar el instante en que la abeja reina, despojada ya hacía décadas de toda autonomía, había señalado a Jez’bel con un dedo huesudo y tembloroso, ajena incluso a lo que significaba tal gesto.

Jez’bel no tenía miedo a morir. Jez’bel tenía miedo a dejar de ser Jez’bel.

Kara abrió la boca para protestar, para decir que jamás podría prometerle algo así, pero en ese momento alguien llamó a la puerta.

La futura reina tomó su silencio como confirmación y acto seguido se irguió muy recta, ignorando la nueva riada de lágrimas agolpada en sus pestañas.

—¡Adelante!

Un zángano abrió las puertas de par en par. Ni siquiera las soltó para regalarles una reverencia tan severa que Kara pudo ver el resto de los aposentos de Jez’bel a su espalda.

—Perdónenos por molestaros, princesa.

—Quedáis perdonados —resopló ella, mientras trataba de adecentarse el corto cabello negro—. ¿Qué ocurre? —Y añadió, esperanzada—: ¿Es la reina? ¿Ha dicho algo más?

Ahora sí, el zángano alzó la vista hacia su señora, un tanto confuso.

—N-no… Si no recordamos mal, vos nos encomendasteis informarla en cuanto llegase.

—¿Que me informarais en cuanto llegase quién ?

Kara supo la respuesta antes incluso de que el zángano dijera:

—La Avispa de Nascente, princesa.

Eran las 4:00 y Gon estaba empapado en sudor.

Aún tardó cinco eternos minutos en conseguir abrir y cerrar las manos, retomando poco a poco el control de su cuerpo.

Un zumbido le picoteaba la piel de arriba abajo, como cuando se le dormía un pie, incapaz hasta de sentir el suelo debajo, pero lo que no sentía ahora era su propia presencia.

El pánico amenazó con ahogarlo, así que se obligó a recordar: se llamaba Gonzalo Ruiz, tenía veintisiete años, eran las 4:05 y la respiración tranquila a su lado era de su novia Begoña.

Todo bien, todo correcto. Se llamaba Gonzalo, tenía veintisiete años y la boca le sabía a sangre. Y a miel, también a miel.

Y aquello no había sido un sueño .