Con la miel en los labios 2 Palabras prohibidas #4
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2 Palabras prohibidas #4

—Da igual, si hoy he aparecido a la una de la tarde… —Con un enorme bostezo, se puso en pie—. Venga, te acompaño mientras cenas. A lo mejor hasta me hago una tostadita… Mmm…

Ah, ¡la miel! Ya sonriente, Gon se palmeó los bolsillos en busca del tarrito de muestra, sintiendo los ojos de su novia atentos a cada uno de sus movimientos.

—¿Qué pasa, has perdido algo?

—No. Te he traído una cosa.

—¿¡En serio!?

La vio rodear el sofá en dos saltitos perezosos, pijama arrugado y pies descalzos, y rio por lo bajo cuando aterrizó enfrente con las manos en cuenco, seguramente esperando alguna galleta que Gon habría salvado de la muerte (la basura).

Quizá por eso cuando dejó la muestra en sus manos ella enarcó una ceja, intentando encontrarle sentido a esa cosa sin logo de Stardust. La pinzó con dos dedos para examinarla al trasluz, la más pura imagen de la confusión.

Fantasmas ambarinos decoraban sus mejillas cuando soltó un gritito de emoción.

—¿¡Me has traído miel!? ¿¡Ahora vendéis miel!?

Gon sonrió mientras procedía a recalentarse la pizza.

Tras seguirle por pura inercia, Bego se aupó a su silla de la isleta que separaba salón de cocina y abrió el tarrito para olfatearlo como si de un perfume carísimo se tratara.

Cerró los ojos enseguida con un suspiro de deleite.

Bueno, al menos parecía gustarle. «No hay mal que por bien no venga», habría dicho Nadia.

—Es del Mercado de Navidad, que ya lo han montado —explicó—. ¿Te hago la tostada?

—Ay, sí, porfa.

También le sacó una cucharilla, que la veía peligrosamente capaz de meter la lengua directa en el bote. Llegó tarde, porque al volverse Bego ya se rechupeteaba el meñique.

—Gracias —pio ella, intercambiando dedo por cubierto—. Dios, está riquísima… ¿De qué es el puesto? ¿Qué más tienen?

La bestia había despertado y ni siquiera había visto todavía el verdadero embalaje.

Gon trasteó por la cocina al tiempo que intentaba satisfacer la curiosidad de su novia, con lo cual consiguió fallar en ambas tareas: la pizza se le quedó templada, el vaso de agua del grifo se le desparramó por la encimera, la tostada se le quemó un poco…

Pero luego se sentaron frente a frente en esa isleta tan pequeña que parecía de juguete, en mitad de esa cocina que parecía de su abuela, y enseguida se le olvidó todo lo demás.

Reyes y su paladar mágico, llegar tarde al trabajo por pelearse con el susodicho, su antiguo equipo de baloncesto, la mueca dolida de Recla.

Todo fuera. En ese momento (por fin), solo estaban su novia, la pizza recalentada, la tostada renegrida, la muestra de miel y él.

Hasta el último de sus músculos se relajó, amoldándose al incómodo respaldo de la silla y desterrando el ajetreo del cierre, que normalmente lo acompañaba hasta bien entrada la noche.

—Es una caseta solo de miel —respondió mientras masticaba. Si a Bego no le molestaba hablar con la boca llena, a él tampoco—. ¿Tú sabías que había diferentes tipos?

—Mmm —comenzó, concentradísima en volcar una cucharada enorme del tarro al pan sin incidencias—, sí. Mi abuela nos traía miel de bosque todas las Navidades antes de aficionarse a la de la Ópera de París.

Por supuesto. Por supuesto que la matriarca de los Lesmes les regalaba miel de la maldita Ópera de París.

Intentó no desinflarse comparando una muestra de feria de artesanía aleatoria con una variedad que costaría medio pulmón el gramo.

Al final, Gon siempre tenía que esforzarse por ser más original, más detallista, más listo, porque en materia de regalos la familia de Begoña siempre le daría mil vueltas.

No lo hacían a propósito; simplemente estaban acostumbrados a cierto nivel económico que Gonzalo no podría permitirse ni ahorrando tres años.

Bueno, no. Su suegra sí que lo hacía a propósito. Su suegra se encargaba de recordarle lo que opinaba de él incluso sin estar presente.

Bego debió de malinterpretar su silencio (o quizá ni lo había notado), porque entonces se aplastó teatralmente el tarrito contra la mejilla y soltó un larguísimo suspiro enamorado que le sacó una sonrisa al instante.

—Cuando me muera —dijo, aún paladeando el primer bocado— quiero que me embalsaméis con esta miel.

—No creo que eso sea viable, cariño.

—Nunca me dejas hacer nada.

—Porque todas tus ideas son imposibles o ilegales.

—¿Y?

Y entreabrió un ojo para fulminarlo un segundo con la mirada.

Cenaron (o recenaron, en el caso de algunas) en silencio, él demasiado cansado como para articular nada coherente y ella demasiado absorta en su nuevo descubrimiento.

En la quietud de la medianoche, solo el eco de los restaurantes recogiendo sus terrazas conseguía atravesar el ventanal del balcón.

La sinfonía de cadenas y rejas se mezclaba con el murmullo de la tele del vecino de al lado, con el taconeo furioso de la de arriba y con los mordiscos de Bego a su crujiente tostada.

Cuando se la terminó, su novia le robó los bordes de pizza desechados para cubrirlos con más miel.

Luego se arrepentiría, seguro, pero Gon era incapaz de negarle un capricho y Bego se aprovechaba de ello.

Cada gotita que caía al plato lo llevaba de vuelta al puesto, al cajón enrejado, a la palabra en la punta de la lengua y a la sensación de que le faltaban respuestas a pesar de no haberle preguntado nada a la tal Titi. Menos aún a Reyes.

—¿Te gusta, entonces? —preguntó para distraerse.

—Me encanta —le corrigió ella, con un ímpetu en la voz que hacía mucho que no le oía—. Está riquísima. ¡Vamos, ni la de la Ópera de París está al nivel! ¿De dónde has dicho que era?

Gonzalo 1; yaya Lesmes 0. La sonrisa se le ensanchó.

—De Guadalajara…, creo. La dependienta hablaba muy rápido.

—Ah, claro, de la Alcarria. ¿Denominación de Origen?

Trató de hacer memoria. Era de la muestra del podio, ¿no?

—Juraría que sí, pero puedo preguntarle mañana. Tienen miles.

—¡Miles! —repitió Bego, jocosa—. Pues mira a ver si me consigues una muestrita de cada…

—Pero qué cara más dura tienes.

—Y a ti que te gusta.

A Gon se le escapó una carcajada agotada pero feliz, floja pero sincera.

—Y a mí que me gusta —coreó, antes de reunir fuerzas para levantarse a recoger la cena—. Si quieres más, te acercas tú a por ella, yo paso de pasar vergüenza otra vez.

Por suerte, Bego no preguntó por qué. En cambio, le tendió su plato para que le buscase hueco en la pila cada vez más engorrosa del fregadero. Uff, iba a tener que adelantar el despertador un poquito…

—¿No vas ni a probarla? Está menos dulce que las de supermercado, más suave. A lo mejor te gusta.

Con el gesto ya torcido, Gon se volvió a mirarla. Bego había arrasado con sus bordes de pizza y ahora atacaba el tarrito directamente a cucharadas.

Le dio pena decirle que no era por el sabor, era por la textura.

Siempre tenía la desagradable impresión de que se le solidificaría en la boca, pegándole los dientes unos con otros como cemento dorado.

Si la tomaba, era con leche calentita, para los días en que se le agrietaba la voz tras horas y horas de preguntarle al resto del mundo qué deseaba.

Pero es que tenía tan buena pinta…

—Bueno, vale. Pero solo un poco.

Cómo no, Bego hundió la cucharilla hasta el fondo.

—¡Menos! ¡Bego!

—Shh, tú confía en mí.

—Si confiase en ti viviríamos debajo de un puente.

—Curiosa manera de llamar al ático de la calle Fuencarral que nos ofrecieron mis padres —contraatacó ella, sin siquiera mirarle. Ah, golpe bajo—. Menos llorar y más comer, ya verás.

Gon puso los ojos en blanco, pero dejó que le arrimara la cucharilla a la boca mientras canturreaba «el avióooon». Al menos no iba muy llena, apenas una lámina tiñendo su acero de ámbar.

Esperó el tacto viscoso y pesado de la miel, intenso de esa forma característica que compartía todo lo naturalmente azucarado, como los dátiles.

Esperó que le supiese tan dulzón que hasta lo sintiera caliente, pero también esperó que le sorprendiera.

Bego y él llevaban demasiados años juntos como para equivocarse con los gustos del otro, así que si su novia creía que algo podría gustarle Gon asentía y lo probaba.

Y, sin embargo, la cosa que le tocó la lengua fue horrible.

Tanto que sus hombros se cuadraron al instante, reaccionando como ante una amenaza interna.

Tanto que llegó incluso a pensar que se había mordido sin querer, que se le había inundado la boca de sangre, porque a eso sabía.

A herrumbre, a óxido, a rojo. Sabía a coágulo gelatinoso y no pudo siquiera tragárselo, no pudo siquiera correr al baño.

Antes de darse cuenta, estaba vomitando la cena entera en el fregadero.

—¡Gon! —A su espalda, el chirrido de una silla arrastrada—. ¡Gon, ¿estás bien?!

Una nueva náusea le cerró primero el estómago y luego la garganta, pero nada la siguió porque la miel de mierda esa ya se había encargado de vaciarle las tripas.

Sintió la mano de Bego en su nuca mientras escupía un largo gargajo dorado, un sarcástico punto final al estropicio que había montado sobre la torre de platos sucios.

Joder, era asqueroso. Era tan asqueroso y le sabía tan mal la lengua (más a hierro que a ácido) que se le saltaron las lágrimas.

—Aparta —consiguió decir, empujándola un poquito con el codo—, lo he puesto todo perdido.

—No pasa nada. Eh, tranquilo…

Bego lo arrulló, hundiéndole los dedos en su corto cabello negro en una caricia sosegada, y él agachó la cabeza por instinto para dejarse mimar. Luego la oyó reírse entre dientes, señal de que se avecinaba justo la pullita que Gon necesitaba para normalizar semejante espectáculo.

—Y luego la dramática soy yo. ¿Si tanto asco te da, para qué me pides?

—Me la has ofrecido tú —protestó en un hilo de voz.

—Pero tú has dicho que sí.

—Siempre te digo que sí a todo.