Con la miel en los labios 2 Palabras prohibidas #3
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2 Palabras prohibidas #3

Durante un instante de debilidad, estuvo a punto de buscar a Reyes.

Comprobar si su nuevo archienemigo era tan interesante como decía Recla o si solo era otro cantamañanas venido a más.

Llegó a teclear «Rey» en Google antes de chasquear la lengua y detenerse.

No. No iba a ser tan hipócrita de lanzarse al cuello de Recla para luego chismear a sus espaldas.

Pasó sus últimos cinco minutos de descanso con la cara hundida entre las manos, procurando no contar las horas que le quedaban para volver a casa.

—Buenas tardes, titi.

Gon se giró, horrorizado, a tiempo para ver cómo Recla remataba el canturreo con una sonrisa pícara.

Se tensó entero, ya acercándose a toda prisa con la disculpa en la boca para evitar la tragedia…

Y, sin embargo, en lugar de un grito ahogado, un insulto o una demanda, lo que surgió desde detrás de la cafetera fue un animado:

—¡Ey! ¿Cómo va la tarde?

—Pues lo normal, hija, qué te voy a contar. Ahora más ajetreado porque nos vienen los universitarios, pero bueno… —Recla se encogió de hombros—. ¿Hoy de qué tamaño el matcha?

Oh.

—El más grande, porfa. Y calentito, que nos estamos congelando.

—Claro, titi. Calentito y con todos los extras de coco habidos y por haber.

¿Podía por favor parar de llamarla titi?

Con el ceño fruncido, Gon se asomó al mostrador para asegurarse de que la clienta estaba cómoda con el trato.

Se la encontró acodada frente a Recla, tratando de esconder un bostezo tras la bufanda.

Se irguió enseguida en cuanto lo cazó mirando, como si Gon fuera a regañarla por cabecear en la barra.

—Uy —dijo, con una sonrisita culpable—, hola.

—Hola —contestó él, incómodo.

—¿Algo más? —los interrumpió Recla (si es que había algo que interrumpir).

—Ah, sí. Pues… —La chica bajó la vista hacia su móvil y—: Me pregunta Reyes que si el Vitality puede ser sin melón, que es alérgico.

«Por supuesto», pensó automáticamente Gon. Un muy confuso Recla se giró para preguntarle con la mirada, y cuando Gon negó con la cabeza la compañera de Reyes torció el gesto, fastidiada, mientras consultaba de nuevo el móvil.

—Para los smoothies usamos los vasitos de fruta envasada de ahí —añadió Gonzalo, por si pensaba que se negaba por venganza.

Señaló la nevera al inicio de la línea de cola, donde tenían también otras bebidas embotelladas—.

Así que, técnicamente, podría hacerse, pero el melón ha estado en contacto con las demás frutas y pueden haberse contaminado.

Ella asintió; Recla lo miró boquiabierto.

—¡Hala, yo eso no lo sabía!

—Pues entonces es un milagro que no hayas matado a nadie aún.

En vez de angustiarse, el muy inconsciente rio con ganas. Increíble. Algún día iban a tener un susto y de los gordos.

—Vale, pues… ¿Me ponéis entonces un Energy? Mini, porfa.

—Quiere probarse la carta entera antes de irse, ¿eh? —sonrió Recla mientras lo apuntaba.

—Más bien quiere encontrar algo que le guste. —resopló ella en lo que sacaba la tarjeta—. Como tiene el paladar de un crío de dos años… En fin, ¿cuánto te debo?

—Once con veinte.

—Por Dios, me estoy dejando el sueldo en té.

—No quería ser yo quien te lo dijera, por eso de que trabajo aquí, pero… ¿Tarjeta, por lo que veo?

—Sí, gracias. Me da que voy a mandaros siempre a Rey, que parece que a él le duele menos gastar.

—Buena idea.

Fue al pasarle Recla los dos vasos que Gon se preguntó si debía preparar él las bebidas. Se sintió estúpido ahí plantado, esperando a que terminaran el baile de ofrecer copia del recibo, rechazarla y agradecer el servicio para intervenir. Por lo menos no había cola.

—¿Qué pasa? —preguntó Recla.

—Ah. —Ella entendió el problema al instante, lo que Gon agradeció infinitamente. También agradeció que pusiera los ojos en blanco, risueña, y le diera vía libre con un gesto vago—: Si tú no te chivas, yo tampoco.

—No pasa nada —insistió él de todos modos—, no hay más clientes. Si quieres que se encargue Recla…

—¿Yo por qué?

—Nah, déjalo. Cuando lleve la mitad le daré la gran sorpresa y tendré entretenimiento hasta la hora de cerrar.

Se sonrieron el uno al otro. Así, sí. Le alegraba que al menos uno de los dos mieleros fuese una persona normal; le daría menos rabia si al final les compraba algo para Bego. Eso si le gustaba la muestra, claro.

Mientras preparaba el pedido, Recla consiguió sonsacarle a la chica el quid de la cuestión, lo cual desembocó en que el tío se pegara a sus talones como un soldadito de plomo para supervisar cada mínimo ingrediente que añadía al vaso.

Y, como Gon seguía sintiéndose culpable por el rapapolvo de antes, no protestó.

—¡Todo correcto! —coreó Recla al final, quitándole el zumo de las manos para posarlo pomposamente en la barra. La chica se rio con ganas—. ¡Este ejemplar de Energy cumple todas las expectativas de calidad de Stardust marca registrada, puede usted estar tranquila!

—Y aquí el matcha de siempre —añadió Gon, dejando el otro vaso al lado.

—¡Y aquí el matcha de siempre! —repitió Recla, sonriente.

—Muchísimas gracias —canturreó ella, en un tono que le recordó peligrosamente a su compañero de caseta—. ¡Dios os lo pague con un buen sueldo!

—Ojalá —contestaron ambos al unísono, aunque con muy distintos grados de emoción.

En cuanto la perdieron de vista, Gon se volvió para fulminar a Recla con la mirada.

—¿Qué? —gimoteó este, ya encogido—. ¿Qué he hecho?

—¿¡Cómo se te ocurre llamarla titi !? ¿Qué estás, en la ESO? ¿En los dosmiles?

—Anda, ¿y cómo quieres que la llame?

—¿Qué cóm…? —Gon casi se atragantó, incrédulo—. ¡Pues por su nombre, que para algo lo pedimos!

Silencio. El rostro de Recla pasó primero del miedo a la confusión, y luego de la confusión a la más absoluta expresión de agravio infantil jamás vista en un hombre adulto.

—¡Pero que se llama así! —chirrió, tan agudo que algunos clientes se giraron a cotillear.

—¿Así cómo?

— ¡Así! ¡Titi! ¿No lo has visto escrito en el vaso?

Ah. Pues no, no lo había visto. Sintiéndose increíblemente avergonzado por echarle dos veces la bronca al pobre por razones equivocadas, Gon empezó a balbucear un perdón entrecortado, pero Recla no parecía necesitar disculpas, solo reírse a gusto de él, así que le dejó hacer sin rechistar.

Recla seguía con los ojos vidriosos de risa cuando Titi volvió al Stardust.

A Gon las puertas le pillaban de frente, de modo que tuvo una panorámica perfecta tanto del nerviosismo con el que las atravesó como del zumo aún a rebosar que traía consigo.

«No puede ser», pensó, notando cómo la sangre le huía del rostro. A su lado, Recla hizo el mismo ruidito que un perrete al pisarle la cola. Pero ninguno dijo nada hasta que la chica dejó el vaso sobre la barra con cara de circunstancias.

—¿No le ha gustado? —aventuró Recla, siempre optimista.

Titi ladeó la cabeza. Incluso sin conocerla de nada, Gonzalo comprendió que no sabía ni qué responder.

—Da igual —se adelantó él—. Recla, hazle otro. No se lo cobres.

—Pero…

—Venga.

Al final, Recla se puso a ello mientras Gon se llevaba la prueba del delito. Ella le dio las gracias y un perdón; él le restó importancia con un gesto.

No entendía nada. Tenía la misma pinta que cualquier otro zumo que hubiera preparado. Tenía la misma pinta que el que Recla ahora le tendía a Titi. Pero esa vez Gon no estaba enfadado, ni siquiera ofendido. Estaba preocupado.

Justo cuando iba a vaciarlo en el fregadero, ya de nuevo a solas, Recla lo detuvo:

—Espera, espera, deja que lo pruebe.

—Alguien quiere pillarse una mononucleosis…

—Asumiré el riesgo. No quiero verte en la cárcel por intento de envenenamiento.

Y, con un tirón, Recla le arrebató el zumo y se pimpló la mitad de un trago. A Gon le dio tiempo de desear que Reyes no tuviera nada contagioso antes de que su compañero arrugara la nariz. Se le aceleró el corazón.

—Lamentablemente, odio la piña —anunció—. Pero no me sabe a matarratas, así que tú tranquilo. Ya has oído a la Titi, es un exquisito.

—Pero ¿cómo ha sabido que lo había hecho yo?

Recla se encogió de hombros.

—Te habrá visto antes por la feria y se ha sugestionado, a mí me pasa mucho. Cuando mi ex se enfadaba conmigo siempre creía que me había escupido en la cena.

Gon suspiró.

—Eso es porque lo hacía, Recla.

—Ya, bueno —se rio él, mordisqueando la pajita—. Detalles sin importancia. En fin, ¿quieres probarlo para quedarte tranquilo o me lo acabo yo?

Lo consideró. Pero luego se recordó a sí mismo amenazando con llamar a la policía si no le sacaban la hoja de reclamaciones y se dio una dentera terrible. A lo mejor Recla tenía razón. Total, Reyes no tenía forma de saber quién le había preparado el zumo.

—No, gracias —respondió al final—. Tampoco me gusta la piña.

—¡Pero es gratis! Y, oye, ya que ya no doy noventa céntimos al día lo mínimo que puedo hacer es no tirar comida.

Eso le sacó una sonrisa; le hizo ver que no era tan grave. Sí, un friki le había puesto una reclamación y ahora se negaba a que le sirviese, ¿y qué? Mejor para él. Menos trabajo.

Y lo mejor de todo era que ya estaban en la recta final de la jornada.

Por mucha prisa que se diera en cerrar y por muy veloz que fuera el metro, Gon nunca lograba llegar a casa antes de las 23:20.

Bego lo esperaba viendo una serie en el sofá, peleando contra el sueño tras cuatro días durmiendo apenas cuatro horas para entregar el proyecto de su jefa a tiempo. Como siempre, al oírlo entrar asomó la cabecita por el respaldo.

—Buenas noches —saludó, y señaló hacia la cocina con la barbilla—. No sé si has visto mi wasap, pero he pedido pizza para celebrar que ayer me liberé de mis cadenas y te he guardado la mitad. Con suerte sigue caliente.

Hablaba con la voz pastosa de quien se ha echado una cabezadita accidental.

—Muchas gracias. —Gon se acercó para darle un beso en el pelo, un tanto aplastado del rato en el sillón—. No tenías por qué esperarme despierta, que ayer trasnochaste un montón…