Con la miel en los labios 2 Palabras prohibidas #2
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2 Palabras prohibidas #2

«Con lo a gusto que estábamos estos días», masculló Reyes a traición, pero lo dijo tan, tan bajito, que ni su compañera lo oyó ni a Gon le mereció la pena replicar. A fin de cuentas, en eso estaban de acuerdo.

—¡Pues que sea leve! —le deseó la chica como despedida—. ¡Luego me pasaré a por mi matcha de las seis!

Ah, claro. ¿Para quién iba a ser el matcha si no? Gon le devolvió una sonrisa tirante y por fin pudo perder de vista a la sombra rojiza que sorbía ruidosamente de su pajita.

De camino, la miel del frasco le caldeaba la palma, impulsándolo a apretarlo con fuerza, como si quisiera romperlo. Como si quisiera crujirlo entre los dedos y que cada esquirla se le clavase hasta cortar músculo, tendón y hueso.

Se contuvo, claro.

—Llegas tarde.

En lugar de responder, sorteó la fila de clientes bajo la mirada acusatoria de Carolina y entró al almacén para fichar.

Allí, metió todo lo prescindible (llaves, cartera, móvil…) en la bandolera vieja que usaba como taquilla e intercambió abrigo por delantal.

Mientras se lo anudaba, Carolina entró también, ella arrancándose la gorra de un tirón.

—Por fin —masculló.

—Lo siento.

—Nada. Venga, sal, que no me fío ni un pelo de dejar a Recla solo.

Gon tampoco se fiaba, así que se incorporó a tiempo de quitarle los vasos de las manos. Recla le dedicó un parpadeo muy lento, como sorprendido de verlo allí, aunque luego le sonrió a la misma velocidad de hormiga.

—Ey —saludó.

—Ey.

—¿Me cobra, por favor?

—Marchando una sangradita de diez euros por dos simples cafés. ¿Efectivo o tarjeta?

La clienta dudó, quizá tratando de autoconvencerse de que había oído mal.

Gon respiró hondo y se puso manos a la obra.

Ese tío era un peligro nacional tomando nota, pero con los meses la plantilla al completo del Stardust había asumido que Recla iba a cagarla de un modo u otro, así que cuando andaban con mucho lío lo ponían en caja y ya durante los tramos tranquilos lo desterraban a preparar bebidas.

Recla no era mal tío. Simplemente le daba igual todo.

Somnoliento y blandito en los turnos de mañana; hiperactivo y escandaloso por las tardes.

Tenía los párpados siempre entrecerrados cual fumeta noventero (lo que era), las orejas profusamente agujereadas, los dedos con marcas de anillos escondidos en los bolsillos y una afición insana por gastarse el 80% del sueldo en tonterías…

, pero era buen tío. Quizá por eso seguía trabajando allí pese a su kilométrico historial de reclamaciones.

Quizá le había ablandado el corazón a los jefazos tal como se lo había ablandado a sus compañeros. Nadia incluida.

(Nadia y Recla se llevaban como el perro y el gato si el gato pudiera despedir al perro en cualquier momento. A Gon le hacía gracia verla echarle la bronca mientras el famoso Reclamaciones Récords la miraba sin entender qué tenía de grave quedarse dormido a mitad de comanda.)

—Has llegado tarde —comentó el propio Recla cuando el ritmo relajó, acodándose sobre el mostrador con un bostezo—. Nunca llegas tarde. ¿Estás bien?

Gon asintió mientras limpiaba acuclillado los estantes.

—Me he entretenido con los puestecitos, perdona.

—Nah, si a mí hoy me toca doblar. Carol estaba que trinaba, eso sí.

—Solo han sido dos minutos.

—Aquí dentro dos minutos son dos siglos.

En eso tenía que darle la razón. Y debió de poner alguna mueca, porque entonces Recla alzó las cejas hasta que se perdieron bajo su flequillo rubio oxigenado y cambió de tema:

—Nadia me ha contado lo de tu recla del lunes. Si quieres cambiamos tu nombre por el mío y p’alante. No me importa, ya sabes.

Por eso todo el mundo lo quería. A Gon se le encogió el pecho, todavía sensible por la discusión en la caseta, y, con una sonrisa genuina, negó con la cabeza.

—No hace falta, gracias.

—¿Seguro? —Otro bostezo—. Mira que sé lo que jode que un influencer de pacotilla te joda una trayectoria modélica, ¿eh? Ya me pasó cuando curraba en el CBD.

Gon bufó por la nariz por toda respuesta, divertido. Recla no sabría lo que era una trayectoria modélica ni aunque… Espera.

—¿Influencer?

Una vez más, Recla parpadeó lentamente.

—Uh. ¿Sí…? —Entornó los ojos, con toda probabilidad rebuscando recuerdos en el trastero que era su memoria a corto plazo—.

El de la miel, ¿no? El apicultor tiktoker.

Nadia nos dijo que anduviéramos con ojo, así que Carol y yo le cotilleamos…

—Se encogió de hombros—. I don’t know, man, a mí me parece buena peña.

Nadie que quiera salvar a las abejas puede tener mal fondo.

No pudo evitarlo:

—Lo mismo dijiste de la captadora de ONG esa y luego mira.

Recla pegó un bote como pinchado.

—Macho —exhaló, dolido—. Eso ha sido un golpe bajo.

—Has empezado tú.

—¿¡Cómo iba a saber que noventa céntimos al día son treinta pavos al mes !?

«Leyendo lo que estás firmando», quiso contestar Gon. En cambio, dijo:

—¿Y qué hice yo?

—Ayudarme a darme de baja —refunfuñó.

—Exacto. No me puse de su parte porque trabajara salvando niños, ¿verdad?

Ahí Recla hizo un puchero tan ridículo que Gon no pudo sino sonreír. Continuó callado mientras él aclaraba el trapo en el fregadero, y mientras comprobaba el stock por puro aburrimiento. Pero, cuando estaba a punto de irse a recoger bandejas, Recla volvió a la carga:

—Pues con nosotros ha sido muy majo. Y sus vídeos son muy chulos.

—No voy a verme sus vídeos.

—Tiene uno agarrando abejas a puñaos como si fuesen chuches —siguió, sin dar muestras de haberle oído, mirada perdida a lo lejos—. Y las enchufla con una minichimenea que…

—Recla —le cortó, más seco de lo que pretendía, y este se volvió de un latigazo alarmado—. No quiero saber nada del puto Reyes Cisneros, ¿vale? Bastante tengo con comérmelo todas las Navidades.

Esta vez, su parpadeo fue algo más rápido, indicación de que no solo lo había ofendido, sino que además le había herido. Gon se arrepintió enseguida. Jamás le había hablado así, ni a él ni a nadie.

—Vale, tío, perdona… —se disculpó Recla, con voz pequeñita. Eso le hizo sentir aún peor—. Ya me callo. Añadimos al abejero a la lista de palabras prohibidas.

Suspiró.

—No, perdona yo. Salgo a limpiar mesas, ¿vale?

Recla solo asintió, así que Gon solo se marchó.

Cuando llegó su descansillo estaba más agotado mental que físicamente.

Total, los principios de tarde nunca daban mucho trabajo y Gon se había pasado dos días tirado en el sofá…

No, lo que le había destruido aquel jueves-sábado era su propia cabeza.

Y ni siquiera podía echarle la culpa a Reyes Cisneros, porque no había sido él quien se había portado como un capullo con Recla.

Se desplomó en una de las sillas del almacén, sintiendo todos los huesos a punto de partirse como patatas de bolsa.

Cerró los ojos, respiró hondo, intentó escapar del barullo exterior en aquel búnker de durísima luz blanca.

No lo consiguió. Nunca lo conseguía, así que suspiró y probó a distraerse con el móvil.

Ahí tenía un puñado de juegos a los que nunca jugaba, conversaciones a medias que nunca retomaba y redes sociales en las que nunca socializaba.

Era más bien un usuario pasivo, más vago que tímido a la hora de subir fotos a Instagram, donde aun así formaba parte de todas las listas de «mejores amigos» habidas y por haber.

Así, en esos veinte minutillos de descanso que tan piadosamente le concedía Stardust en su jornada de ocho horas de pie, Gon se limitó a ver las stories de sus amigos, darle like a la nueva selfie de Bego (cada una era mejor que la anterior) y participar en un sorteo en el que esta le había mencionado.

Se le dibujó una sonrisa al toparse con una story del antiguo equipillo de baloncesto al que entrenaba: las crías celebraban una victoria revolcándose por el suelo como puercos.

Al fondo, su entrenador actual apuntaba algo en una libreta, ajeno a la felicidad de sus jugadoras, por lo que Gon tomó el relevo y les dio el casito que se merecían con un like y un comentario.

Al instante recibió una cascada de corazones y respuestas.

Fue entonces cuando se dio cuenta de lo aburrida que era su vida. De lo aburrido que era él, siempre fuera de cámara, observando en silencio cómo brillaban los demás.

No siempre había sido así. Antes del Covid entrenaba a tres equipos de baloncesto en diferentes institutos y un cuarto de la Federación, a la espera de un contrato fijo en cualquiera de ellos.

Un padre incluso había insinuado haberle encontrado algo más interesante, un puesto de asistente en la Liga, desde donde podría ascender a equipos oficiales, adultos.

Aunque tampoco es que Gon detestase tratar con niños.

Más bien lo contrario. Le gustaba. Le gustaba amasar toda esa energía y frustración crudas de la adolescencia y convertirlas en una piña de amigos que se apoyaban y mejoraban mutuamente dentro y fuera de la cancha.

Pero entonces 2020 había cerrado escuelas y vaciado bolsillos, y a la vuelta del confinamiento Gon había sobrevivido durante un par de años con aquel equipillo y un trabajo a media jornada, confiando en que las aguas regresaran a su cauce.

No pasó. Acababa de empezar en el Stardust cuando se enteró de que habían contratado a otro, a alguien que ofrecía más horas por el mismo sueldo.

Gon no lo culpaba. Mirando atrás, debería haber igualado la oferta en vez de creer que algún instituto tendría hueco disponible, que todo iría a mejor, que era cuestión de tiempo.

Tres años después, allí seguía, preparándose para su tercera campaña de Navidad.

Y las que le quedaban.

Cuando terminó con las stories, Instagram lo devolvió a la publicación más reciente; la de Bego.

Como solía compartir cosillas de sus encargos como publicista, tenía más seguidores de lo común, pero sobre todo subía fotos del día a día.

En muchas salía él. Eran básicamente la única prueba de que seguía vivo.