Con la miel en los labios 2 Palabras prohibidas
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2 Palabras prohibidas

Lo hizo con la mente clara de quien se ha tirado cuarenta y ocho horas en pijama.

Sus amigos y novia habían estado liados con sus respectivos trabajos, así que, por primera vez en mucho tiempo, se había permitido un poquito de vaguería y otro poquito de autocompasión.

Y había funcionado: volvía renovado, listo para el aluvión del Black Friday.

Aunque habría estado mejor sin las pesadillas.

Aunque tampoco eran pesadillas, solo… retazos de sueños extraños, borrosos, inconexos.

Pero todos dotados de una larga, larguísima melena roja.

No tenía muchas esperanzas de encontrar nada para Bego.

Sí, quizás le haría ilusión que le regalase un péndulo de amatista, pero lamentablemente la habían criado como la habían criado y bastante tenía con vivir donde vivía.

Gon llevaba meses ahorrando para su regalo de aniversario, y ninguna de esas baratijas los valía.

Le gustaba el olor del cuero procedente de las casetas de marroquinería, con sus bolsos colgantes como lianas, y cómo se entremezclaba con el de las almendras garrapiñadas aún calientes.

Sin embargo, al tercer puesto de fulares jipis apretó el paso, saltándose los puestos de ropa para adentrarse en el pasillito final de la feria, al acecho de pendientes vistosos o anillos de piedras.

No dejó que se le notase en la cara que la mayoría parecían comprados a granel por internet (taparse hasta la nariz con la bufanda ayudó bastante).

Para cuando llegó al último puesto Gon había asumido la derrota, y solo el destello dorado de la miel impidió que diese media vuelta allí mismo.

Como hipnotizado, dejó atrás la joyería «artesana» para mirar de cerca aquel festival de tarros brillantes y etiquetas aún más.

Ya solo la presentación de las diferentes variedades de miel era una maravilla, captando el ojo sutil pero insistentemente con frascos colocados a distintas alturas sobre tela muy, muy blanca y muy, muy limpia.

El sol de media mañana incidía contra el cristal, fragmentando la miel de su interior en miles de rayitos ambarinos que teñían de oro el mantel.

Desperdigadas por el mostrador, herramientas relacionadas con el mundo apícola con su nombre caligrafiado en marbetes convertían la caseta en un museo en miniatura.

Láminas de cera estampada en diminutas celdas hexagonales, cucharillas de madera, cacharros metálicos…

y, al fondo, despuntando por encima del resto, un marco de madera enrejado.

Gon lo contempló durante una eternidad, sin entender por qué le atraía tanto, qué parte de aquella suerte de mosquitera vieja le encogía el estómago.

Lo sentía como un vértigo, como cuando de niño jugaba con sus hermanas a palabras prohibidas y notaba la solución en la punta de la lengua, ahí, justo ahí.

Notaba la silueta de las sílabas, su sonido, su acento, pero no lograba articularlo.

—¿Necesita ayuda?

La voz le sacó del trance. Todavía un tanto descolocado, Gon se volvió hacia la dependienta, que lo había dejado vagabundear sin incordiar.

Era una chica de más o menos su misma edad, de pelo y piel oscurísimos, y le sonreía desde su sillita con cierta cautela, como si no tuviese muy claro cómo abordarlo.

La verdad, Gon tampoco sabría cómo abordarse.

Había algo en aquella caseta… No, no en la caseta, sino en la miel, que le pesaba por dentro.

Si el sentimiento fuera una tarjeta de palabras prohibidas, probaría primero con «melancolía». Pero ¿por qué?

—No —contestó, devolviéndole la sonrisa—. Es que… no sabía que existían tantos tipos de miel.

Ya sin cautela ninguna, la chica se levantó como prendida por pirita y pedernal y extendió los brazos teatralmente, abarcando el puesto entero:

—¡Normal! ¡La mayoría solo conoce la milflores, que es la que venden en los súper porque es la más fácil de conseguir!

Mira —y se lanzó como un halcón a por un frasquito tan diminuto como dorado—, esta es una milflores.

Y, para que veas cómo cambia la cosa… —pescó otro del extremo opuesto—, esta es de castaño. ¿Lo ves?

Lo veía. Esa era prácticamente negra. Parecía brea.

Con cuidado de no tirar nada, Gon se inclinó hacia allí para examinar más en detalle la etiqueta, una mezcla perfecta entre un rotulado de aspecto medieval y la modernidad del siglo XXI.

Suspiró en cuanto se dio cuenta de que Bego le había pegado la mala costumbre de analizar el packaging de cualquier producto.

Sin embargo, la dependienta tomó su silencio como una invitación para seguir hablando, así que eso hizo: le enseñó las demás variedades, explicándole sus propiedades, sabores, texturas, procedencias.

Ahí fue cuando señaló un coqueto podio de madera sobre el que reinaban tres tarritos condecorados con la Denominación de Origen Protegida «Miel de Alcarria» (fuese lo que fuese eso) y, por tanto, engalanados con una banda amarilla que le recordó a las de las concursantes de Miss España.

«No sé si estará rica», casi pudo oír decir a Bego, «pero entra por los ojos». Y: «Se lo han currado». Y: «Esto para regalo de Navidad revienta».

La palabra «regalo» eclipsó al instante todos sus pensamientos, ensordeciendo incluso el parloteo animado de la dependienta.

Gon miró disimuladamente la lista de precios.

Mmm… Un poco caros, pero a su novia le flipaba la miel y el añadido del envase la tendría horas tratando de averiguar qué elemento exacto provocaba que quisiese coleccionar hasta el último tarro, justo como le estaba pasand…

De pronto, la portezuela trasera de la caseta se abrió y el hechizo estalló en pedazos.

Reyes Cisneros lo miró directamente a los ojos, todo su cuerpo tensándose de golpe mientras sus labios se fruncían en una fina línea. En una mano dos bolsas del Burger King y en la otra un vaso de cartón tan inflado que el refresco rebosaba por las hendiduras de la tapa.

Genial. Maravilloso. Para un regalo bueno que se le ocurría y resulta que venía del puñetero Cliente del Año. Gon chirrió los dientes y adoptó por puro instinto su pose cautelosa de barista explotado; Reyes cerró la puerta con un bufido y sonrió (torció la mueca):

—¡Hombre! ¡Dichosos los ojos!

Su compañera se giró hacia él, confusa.

—¿Qué pasa?

—Que el mismísimo envenenador del Stardust nos ha honrado con su presencia.

Eso le hizo recordar que no estaba en el Stardust. Allí fuera nadie podría despedirle por soltarle cuatro cosas a Reyes porque en ese momento no era su cliente, y eso hizo:

—No sé qué cojones te ha picado conmigo, pero ni le hice nada a tu café ni te insulté, así que para de tocarme la moral y tengamos la fiesta en paz.

Reyes dejó las bolsas a un lado, y solo entonces reparó Gon en las profundísimas ojeras que subrayaban sus ojos.

En parte, se alegró de no ser el único con problemas para dormir.

Ojalá tuviera pesadillas. Ojalá Reyes también soñara con estrangularlo, para así poder sentirse un poquito menos culpable por saltarle mil dientes cada noche.

—Deberías darme las gracias —respondió él, encogiéndose de hombros—. Si le hubieras puesto esa mierda a mi madre en vez de a mí os habría denunciado a Consumidor y tú ahora estarías en el paro.

—¡Reyes! —le riñó la chica, boquiabierta—. ¿¡Qué coj…!?

—¿Y si te pongo una reclamación yo a ti? —la cortó Gon sin pensar.

Para más inri, Reyes se echó a reír. Y era una risa falsa, teatral, de abeja reina de instituto, pero se le clavó más hondo incluso que si fuera auténtica. Se estaba burlando de él. En su cara, con la pajita del refresco entre los labios, a salvo tras el mostrador.

—¡No puedes! ¡Soy el dueño!

—Como si eres el puto CEO de Coca-Cola.

—Que no voy a darte una hoja de reclamaciones, tío.

—¿Ah, no? ¿Llamo a la poli entonces?

—PARAD.

Automático, Gon se encogió. Algo avergonzado, se volvió hacia la chica, que fulminaba con los ojos a su compañero (¿a su jefe?

¿socio?). Sabía que debería sentirse ofendido porque una desconocida le mandara callar como una madre, pero, siendo sinceros, agradecía que alguien le hubiese parado los pies.

Él no era así, no tenía la mecha tan corta; él era de los que tragaba y tragaba.

Le echó la culpa al cóctel molotov que suponía la suma del cansancio con el causante del mismo vacilándole.

Al menos pudo regodearse al verlo obedecer a su amiga justo como él había obedecido a Nadia el lunes: con los dientes apretados y sin rechistar.

Como no pensaba disculparse, Gon dio media vuelta, decidido a no volver a pisar el Mercado de Navidad.

—¡Espera!

Accedió solo porque la chica sonaba urgente. Mientras la contemplaba sacar un frasquito vacío, Reyes se dejó caer en otra silla, enfurruñado, y se acercó un pequeño radiador portátil. Gon se cuidó de no mirarle ni de reojo al preguntar:

—¿Qué pasa?

Cordial, cortés. Total, la pobre no tenía culpa de trabajar con semejante imbécil.

—Es que te he visto muy interesado —respondió sin detenerse, abriendo uno de los tarros del podio—, y no me gustaría que por este imbécil —ah, justo. Reyes emitió un sonidito ofendido— empezásemos con mal pie.

Oh, no.

—¡No hace falta, de verdad! —se apresuró a decir—.Tampoco me gusta mucho la miel…

—Si ya lo dijo el refranero español —canturreó el imbécil como para sí—, la miel, la boca del asno…

—¡Shh!

Y callaron de nuevo. La miel pasó de un tarro a otro con la lentitud de una vida, tres pares de ojos fijos en el mechón dorado, traslúcido, pesado.

Con un carraspeo incómodo, Gon consultó su móvil.

Las 14:56. Si no fichaba en tres minutos estaría llegando tarde por primera vez en meses. Y por culpa de Reyes Cisneros, cómo no.

Por suerte, la dependienta tardó poco en tenderle la muestra, en su rostro moreno dos hoyuelos sujetando una sonrisa de circunstancias.

—Gracias.

—¿Entras ahora? —preguntó ella.

—Sí, esta semana me toca de tarde.