1 Reyes Cisneros #4
Lavapiés seguía tan abarrotado como siempre, callejuelas empinadas, mil olores de comidas entremezclados que le hacían rugir las tripas y camareros de restaurantes indios intentando cazarlo como captadores de ONG en la calle Fuencarral.
Los edificios estrechos apoyados unos contra otros en una dentadura malcrecida hecha de yeso, los balcones de forja, las banderas de colores, el barullo.
Bego y él se habían mudado allí hacía ya tres años, a un piso barato para el barrio pero caro para su ruinoso estado.
«Un zulo de amor», había suspirado Begoña su primera noche juntos, mientras encendía una de sus mil velas aromáticas.
La misma que en ese momento perfumaba el diminuto estudio que aunaba cocina, comedor y balcón a un tiempo. Sus hombros se destensaron enseguida, el hambre dejó de ser tan acuciante, su novia asomó la cabecita por encima del sofá.
—¡Hola!
—Buenas —contestó, arrastrando los pies hasta allí—. No sabía que hoy trabajabas desde casa.
—Me he dado un capricho. ¿Tu día qué tal?
Él dejó un beso entre sus rizos castaños y ella le tironeó del brazo para sentarlo a su vera. Se dejó hacer, cómo no, incluso aunque había avistado media lasaña casera allá en el horno.
—Ha vuelto el tío de la reclamación.
—Oh, no… —Bego le pasó un brazo por los hombros—. ¿Y qué ha pasado?
—Ha pedido que le atendiera Nadia después de sugerir que ayer escupí en su café.
No necesitaba ni mirarla para saber que estaba arrugando el gesto.
La televisión apagada le devolvía su reflejo: ella diminuta y en pijama, un moño suelto conteniendo a duras penas toda esa mata ensortijada y el portátil sobre el regazo; él grande, desgarbado, un trasto en forma humana ocupando medio sofá, casi derretido como la vela de hinojo y azahar encendida en la mesita.
Cerró los ojos, simplemente disfrutando de la quietud.
Desde el ventanal del balconcillo goteaba un milagroso pero débil rayo de sol y el eco de las calles llegaba amortiguado, sordo. Lejano.
—Estamos a finales —dijo Gon, sin molestarse siquiera en vocalizar—. ¿Vas a querer algún paquete de algo?
—Mmm… —Bego volvió a su portátil, tecleando furiosamente a saber qué, así que él aprovechó para reposicionarse con la cabeza en su hombro. Estaba súper mullidito. Gracias, bata de peluche de Bego—. ¿Podrías traerme un Verano para mi madre? Creo que se le está acabando.
—Claro.
La señora Lesmes podría comprarse todas las existencias de Verano de Europa sin notarlo en el bolsillo, por lo que jamás salía de ella ahorrarse un paquete con el beneficio mensual de empleado de su yerno, pero a él no le importaba: era literalmente lo único que podía ofrecerle para apaciguarla.
Si por esa mujer fuera, Bego seguiría viviendo en su chalet de cinco plantas y no en ese «nido de ratas», como lo había llamado la primera (y última) vez que había puesto pie allí.
Poco a poco, la respiración pausada de su novia, el tecleo rítmico de sus dedos y el bullicio embotellado del exterior fueron hundiéndole en una semiinconsciencia cómoda, acogedora. «Los cinco minutitos de esta mañana y me levanto a comer», se prometió, antes de tomar aire largamente.
En el sueño, Reyes Cisneros tenía los dientes manchados de sangre y escupía a sus pies un gargajo muy, muy rojo. Se limpió con una mano enguantada, torciendo los labios en una sonrisa de alacrán.
«Demasiado flojo», dijo, aunque el dolor sonaba casi tangible.
«¿Es que quieres que te salte un diente?», replicó otra voz, y Gon tardó en reconocerla como propia. Rasposa, grave, tensa. Trató de controlar su cuerpo, echar un vistazo alrededor, pero el Gonzalo que no era él insistía en vigilar al Reyes que no era Reyes, aquel que enarcó una ceja y:
«Dímelo tú».
Notó que algo en su interior vacilaba.
«Venga», lo retó Reyes, con un ronroneo. «¿Así os las gastáis en Quin’Xa? ¿Un labio partido y adiós? No me extrañaría que perdierais otra colmena este año, peores azotes me arreaba mi madre si me pescaba en el patio sin guantes».
El segundo puñetazo fue más fuerte. Y el tercero, y el cuarto.
Esta vez, el Gonzalo del sueño no dejó de remacharle a puños hasta que Reyes cayó al suelo, donde cambió los mazazos por patadas.
Cuando despertó, lo hizo con el estómago revuelto y con un regusto herrumbroso en la boca, como si la paliza se la hubieran pegado a él.
Su pecho subía y bajaba en estampida, y fue por instinto que se tanteó con la lengua los dientes, comprobando que ninguno bailaba.
Vale, todo correcto. Tampoco tenía sangre en los nudillos, ni le dolía la mano de golpear una y otra vez una mandíbula firme, afilada.
Joder, sí que le tenía alterado la dichosa reclamación, ¿eh? Casi sentía pena por el Reyes del sueño. Casi.
—¿Gon?
Se giró de un brinco, volviendo abruptamente al mundo real. Allá afuera era noche cerrada; allá dentro la vela de hinojo ya llevaba tiempo apagada, quizá desde que Bego se había trasladado a su diminuto escritorio, dejándole el sofá entero para él.
—Dime —carraspeó, todavía taquicárdico.
Bego frunció el ceño por encima del portátil.
—¿Estás bien? Justo iba a despertarte, te… te estabas revolviendo mucho.
—He tenido una pesadilla. Creo.
¿Lo había sido? Se observó las manos. Las abrió, las cerró en un puño, las abrió otra vez.
—¿Qué tal si pedimos cena?
—¿Ya? Si no son ni las…
Sintiéndose pesado, borroso, se sacó el móvil del bolsillo. 21:22. Hostia. Seis horazas de siesta.
—¿Cómo no me has despertado antes? Dios, esta noche no voy a pegar ojo…
—Es que te veía tan a gustito… Bueno, ¿qué te pide el cuerpo? ¿Pizza? Es miércoles.
—¿Y qué hacemos con la lasaña?
—Pues te la comes mañana.
—Me da pena recalentarla, con lo que te habrá costado. Perdón.
Ella se encogió de hombros, restándole importancia.
—¿Qué más da? Ni que fuese Masterchef.
—A mí todo lo que cocinas me sabe a Masterchef.
Su carcajada resonó clara y potente en el estudio, y Gon sonrió ampliamente.
Perezoso, terminó de incorporarse y apoyó la barbilla en el respaldo del sofá.
Le había sentado bien la siesta. Le había sentado de maravilla, pesadillas aparte.
Si se paraba a pensarlo, hasta diría que la había disfrutado, pero aplastó el pensamiento para centrarse en la luz naranja que teñía el rostro de su novia mientras consultaba los restaurantes de comida a domicilio.
A veces le costaba conciliar la imagen de esa mujer extra eficiente con la de aquella nueva alumna de su curso de bachillerato.
Incluso sus rasgos eran diferentes, más estilizados, elegantes, como si el tiempo hubiera erosionado su carcasa hasta descubrir la reliquia debajo.
Cuando trabajaba de tardes la veía marchar por las mañanas de punta en blanco, tacones de charol y americana suelta, y entendía por qué su suegra se había opuesto a la mudanza.
Pero en momentos como ese, con los rizos chafados suplicando un buen lavado y mascando chicle con la boca abierta, le era muy muy fácil distinguir en ella a la adolescente malhumorada contra la que había competido estúpidamente en gimnasia hasta casi desmayarse.
—Te estás durmiendo otra vez —rio Bego, sin siquiera dejar de mirar la pantalla.
—Que no.
Otra risita. Le encantaba.
—Oye, ¿si vuelvo a verte así de agitado quieres que te despierte?
Apenas se lo pensó:
—Mejor no .