Con la miel en los labios 1 Reyes Cisneros #3
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1 Reyes Cisneros #3

Pasear le sentó bien. Aunque el invierno siempre llegaba tarde a la capital, un viento frío recorría ya sus calles, confirmando la bajada de temperaturas vaticinada en las noticias.

Dejó que le revolviese el pelo, que le enrojeciese las mejillas, que le llenase los pulmones. Hasta el aire parecía más limpio.

Solo había sido un mal día.

Al llegar a la Plaza de Santo Domingo, vio que un laberinto de casetas blancas había brotado como setas en su centro.

Gon las observó con curiosidad mientras cruzaba hacia el Stardust. Qué rápido habían montado el Mercado de Navidad ese año, ¿no?

Quizá podría pillarle algo a Bego por su aniversario, cuando abrieran.

Un detallito nada más, que diez años no se aplacaban con una pulserita de corcho. Sí, se pasaría al salir.

—Pero mira quién viene dándose un paseíto… Claro, como algunos viven a tiro de piedra…

Allí estaba ya Nadia, peleándose con la llave de entrada.

Para ser supervisora, lo de abrir puertas se le daba fatal, así que al final Gon la apartó amablemente y se encargó él mismo de toda la apertura mientras ella salía disparada a apagar la alarma de seguridad.

Después de fichar encendieron el horno, prepararon la cafetera, rellenaron los botes a medias…

Se movían en tándem, una cadena humana de montaje, cuerpos habituados a la rutina.

Nadia cotorreaba sobre su desastrosa cita del día anterior («¡Me llevó al templo de Debod!

¡A mí, madrileña de pura cepa! ¡A Debod!

») y nada indicaba que la reclamación del tal Reyes hubiera afectado su dinámica.

Gon respiró hondo mientras picaba hielos, aliviado.

Iba a ser un buen día.

No fue un buen día.

Lo achacó a la pesadilla que le había restado cinco preciosos minutos de descanso, tan decisivos como la última copita en una noche de borrachera.

Se notaba más lento, y arisco, aunque por suerte los clientes lo trataban con la neutralidad propia de un martes laboral.

Eso sí, Nadia seguía con la regla, de modo que Gon se veía solo frente al peligro más veces que ninguna.

Tampoco le importaba: todavía recordaba lo comprensiva que había sido aquel domingo de resaca que Gon se había pasado corriendo al baño cada diez minutos, y eso que se lo había ganado a pulso.

La regla, en cambio, era un tipo de resaca involuntaria que duraba días y con la cual estaba más que familiarizado: madre, hermanas, novia, compañeras de trabajo…

Incluso el equipillo de baloncesto al que entrenaba durante la época más feliz de su vida había sido femenino.

Al menos estaba presente cuando Reyes Cisneros regresó a media mañana.

Les pescó en un descansillo breve, mientras apostaban las peores tareas a si los tortolitos de la esquina darían por fin el primer paso o si esperarían otra semana más. Nadia insistía que de aquel día no pasaba; Gon los veía aún muy verdes.

—Joder —masculló ella, y él se giró enseguida, ya acojonado por si el encargado de tienda había decidido pasarse a saludar solo para encontrárselos de brazos cruzados. No estaba seguro de poder soportar otra bronca.

Aunque verle la jeta a Reyes fue incluso peor.

Con lo insufriblemente soberbio que había sido el día anterior, la mueca insegura que formaron sus labios al reconocerlo le pareció pura fachada.

A Gon se le tensó hasta el último músculo, listo para una segunda ronda de acusaciones, pero cuando Reyes alcanzó el mostrador se limitó a saludarles cordialmente y a esperar ser atendido.

Sin poder evitarlo, Gon miró de reojo a Nadia, quien lo animó con un ademán de barbilla.

«Los clientes malos son como un caballo encabritado —le había dicho durante el período de prueba—.

Tienes que volver a montarte enseguida, para demostrar que no les tienes miedo».

«¿Aunque se lo tengas?», había preguntado él. «Precisamente porque se lo tienes».

—Buenos días —arrancó Gon, con su tono más sereno—. ¿Qué le pongo?

No se le escapó cómo Reyes se inclinaba hacia un lado, buscando a Nadia con la mirada. Cuando la tuvo localizada, resopló por la nariz y:

—Dos mini para llevar. Un Matchaleche con coco tostado y bebida de coco, azúcar moreno y nata. —Educado, aguardó a que Gon lo apuntara antes de continuar—: Y un americano.

Silencio.

Gon esperó uno, dos, tres segundos más, pero ninguna especificación llegó.

Ni extras de expreso, ni leche desnatada, nada.

Odió darse cuenta de que se había aprendido la orden al detalle, de las veces que la había repasado mentalmente para encontrar el supuesto fallo.

Reyes lo miró, expectante. Nadia también.

—¿Lo quiere con hielo?

Cada palabra le salió raspada. «Amable», se dijo.

«Sé amable. Te dijo que solía pedirlo todo con hielo, así que le ofreces hielo porque tu trabajo consiste en memorizar estas cosas.

En estar atento, ser útil. Evitar que te pongan otra hoja de reclamaciones».

Reyes alzó la vista hacia el menú de la pared, dudoso, de modo que Gon se adelantó:

—Cuesta lo mismo.

—Mmm… No, mejor no. Solo tomo café porque lo necesito, cuanto antes se me acabe, mejor.

—¿No prefiere un té, entonces? Hay algunos muy dulces, seguro que…

El largo suspiro que salió de entre sus labios lo calló de golpe. Reyes cerró los ojos, como derrotado, y se pasó una mano por ese pelo que no era ni castaño ni rojo, ni largo ni corto, ese que en su sueño había sido largo, larguísimo, espeso y lustroso como la melena de un león.

—Oye, mira… —comenzó, el cansancio bien presente en su voz—, no hace falta que intentes arreglar lo de ayer. Yo también he querido escupirle en la comida a un cliente alguna vez, ya está. Ya me gustaría tener el valor de hacerlo. —¿Qué cojones?—. Tú ponme el café y punto, que me están esperando.

Gon se envaró. ¿Qué estaba insinuando? ¿Que le había escupido en el café?

Abrió la boca para replicar, notando la lengua caldeada, pero Nadia se aclaró elocuentemente la garganta a su espalda y él cerró la boca con la virulencia de un cepo.

Vale. ¡Vale! Sería amable con el puto criajo que le insultaba a la cara por segundo día consecutivo.

—¿Tostado o rubio?

Supo que Reyes eligió al azar mitad por la seguridad de su respuesta y mitad por lo errado de esta. El nombre llevaba a confusión: el tostado era dulce; el rubio, amargo. Pero el chaval ya le había dejado claro que ni quería consejitos ni se los merecía, así que marchando un rubio.

—¿Leche?

—No.

—¿Edulcorante?

—Tampoco, tenemos miel en la caseta.

Como si le importara. Rígido robótico, Gon rotuló cada pedido en su vaso mientras Reyes pagaba, y hasta ahí duró la tregua, porque en cuanto quiso llevárselos…

—No.

Cuando se giró, Reyes estaba asomado al mostrador lo justo para hacer contacto visual con Nadia.

—¿Por favor? —solo dijo (suplicó), y Gon jamás, jamás, había sentido tal vergüenza incendiaria, tal desprecio incisivo.

Era la primera vez que alguien lo rechazaba de forma tan abierta en algo completamente ajeno a su aspecto y dolía el doble, porque no podía esconder sus ojos rasgados, pero sí hacer su puñetero trabajo.

—¡Claro! —pio Nadia, adelantándose para tomarle el relevo.

El chaval ni siquiera lo miró antes de irse a esperar al final de la barra.

Todavía enfadado (dolido), Gon se mantuvo ocupado, limpiando cada máquina o jarra tras su supervisora.

Estaba demasiado cansado para plantar pelea.

Y, cuando Nadia terminó y Reyes tomó un sorbito de su americano, la tensión era tan palpable que hasta los tortolitos de la esquina espiaban la escena con las cabezas muy juntas, como lechuzas asomadas a su agujero del árbol.

—Puaj —dictaminó, con una sonrisa modélica—. Está malísimo.

A Gon no le dio tiempo ni a rugir antes de que añadiera:

—Pero malo normal, como cualquier otro café. Gracias.

—¡No hay de qué! —respondió Nadia—. Espero que te sirva.

—Yo también —rio Reyes mientras le ponía a cada bebida su tapa—, que he dormido como la mierda… —«¿ Tú has dormido como la mierda? ¿Tú?»—. En fin, me voy yendo. ¡Hasta mañana!

Espera, ¿cómo que «hasta mañana»? ¿Qué mañana? De pronto horrorizado, Gon lo contempló despedirse de los demás clientes como si fueran sus vecinos del pueblo, quienes respondieron con unos segundos de retardo, cazados tan de sorpresa como él.

—¿Ves? —oyó decir a Nadia por detrás—. ¿A que no ha sido tan malvado? Perro ladrador… —Y una risita—. Aunque, bueno, bien que te plantó la hoj…

—¿Cómo que «hasta mañana»? —le cortó Gon, ese único pensamiento en bucle—. ¿Va a volver mañana?

Ella pestañeó, confusa.

—Pues… ¿supongo que sí?

—¿Por qué? ¿Es que ahora trabaja por aquí?

Para su desgracia, Nadia tuvo la desfachatez de reírse. En su cara, a todo volumen. A Gon no solía importarle que se burlara de sus penas (Bego también lo hacía), pero ese caso… ese caso le afectaba más de lo normal y ni siquiera sabía por qué. Se removió, incómodo.

—¿No le has oído? Está en una de las casetas.

Ah, joder.

—¿Y cuánto tiempo van a estar ahí las casetas?

—¿¡Y yo qué sé!? —protestó Nadia, poniendo los ojos en blanco—. Ni que fuese el Ayuntamiento, chico, qué angustias. Pásate al salir y preguntas.

Fuese lo que fuese a replicar, se le olvidó en cuanto un grupillo de adolescentes entró pegando gritos.

Por supuesto que no se pasó al salir.

Lo que hizo fue disociar durante la mísera parada de metro que había hasta su casa, respirando más y más hondo a cada segundo que se alejaba de Santo Domingo.

Un día más y luego podría pasarse los dos siguientes acurrucado en la cama.

Y no porque quisiera, sino porque debía ahorrar energías para la estampida del Black Friday (que duraba el finde entero).

Tampoco es que tuviera otros planes: Bego estaría hasta las tantas haciéndole el trabajo sucio a una jefa que la trataba como si fuera becaria.