1 Reyes Cisneros #2
—Tampoco me gusta el café y aquí estamos. ¿Te lo repito?
Increíble.
—Si es tan amable…
Dos órdenes kilométricas y casi diecisiete euros después, Gon le preguntaba su nombre y Lucifer en persona respondía con esa sonrisita de comemierda en la cara.
Las 8:10 le pillaron escribiendo «Reyes» en ambos vasos.
Si algo se le encogió en el estómago entonces, lo achacó a las ganas de cambiarle el café por matarratas.
Nadia regresó al punto para verlo tapar el matcha, finiquitando así el pedido y, con suerte, la interacción con su dueño.
Enarcó una ceja, curiosa, y se acercó a cotillear qué o quién le había puesto tan de morros.
Sin ganas de llevarse una regañina, Gon deslizó la bandeja hacia el chaval con más educación de la que se merecía.
—Aquí tiene.
El tal Reyes hizo un ruidito satisfecho mientras abría su pajita y examinaba su bebida de cerca. Luego rio, divertido.
—¿El mío no tiene carita feliz?
—No.
—Oooh…
Pero no le puso ninguna pega, así que, liberado, Gon pasó a fregar el puñado de jarras medidoras acumuladas en la pila. Nadia se apresuró a ayudarlo.
—¿Qué ha pasado? —le susurró mientras, dándole un leve empujoncito de cadera.
—Nada. Un tocahuevos.
—Dios trabaja duro, pero el diablo aún más, ¿eh?
—Ya ves. Oye, ¿qué hora es? ¿Me da tiempo a ir al baño?
Las puertas del Stardust respondieron por ella, acogiendo a la profetizada oleada de clientes. Nadia se rio al ver su cara exasperada:
—Anda, ve.
—¿Seguro?
—Mientras no tardes tanto como yo…
—Capulla.
Pero en cuanto dio un paso hacia el baño, la peor pesadilla de un barista infrapagado dio comienzo.
Empezó con el eco de una náusea, seco y estruendoso, seguido del ruido inconfundible de un líquido siendo escupido y rematado por un acceso de tos tan virulento que daba dentera oírlo.
Al instante, todas las miradas, unas alarmadas, otras molestas, se clavaron en el origen del terremoto, en aquel chaval que, al fondo de la barra, trataba de contener otra arcada con ojos vidriosos de asco.
Mueca oculta tras dedos manchados de café, un reguero goteando por su barbilla, un charco en el suelo.
Gon deseó que el tiempo se detuviese ahí, justo ahí. Que el tal Reyes no se apartara la mano de la boca, tal como estaba haciendo en ese preciso momento, ni dijera:
—Pero ¿¡qué cojones me has puesto!?
A toda velocidad, su mente repasó hasta el último de los ingredientes y pasos necesarios para construir el Jenginatado, pero no encontró nada capaz de provocar semejante reacción. Así que solo se quedó ahí, quieto, pálido, contemplando cómo una ojiplática Nadia se acercaba a toda prisa a Reyes.
—Perdone, ¿cuál es el problema? ¿Necesita la lista de alérgenos?
—No —gruñó este, temblando de arriba abajo—. Esto… esto está mal, está mal hecho. Sabe horrible, sabe a…
Gon frunció el ceño. Los clientes se le amontonaban en la fila, y observaban primero la escena y después a él con una sombra de duda en sus rostros somnolientos. Conocía esa expresión. La conocía muy bien.
—Tú mismo me has dicho que no te gustaba el jengibre —se defendió, la rabia picoteándole las mejillas, la garganta, la yema de los dedos—. ¿A qué esperabas que supiese?
— Gon —siseó Nadia.
—¡Esto no es jengibre! —rugió Reyes, aporreando el vaso sobre la barra—. O, si lo es, está caducado, o contaminado, o… ¡Yo qué sé! Sabe a hierro.
«¿Puede caducarse el sirope de jengibre?», oyó Gon murmurar a la primera mujer de la cola. Su amiga se encogió de hombros: «Hombre, digo yo que mirarán las fechas…»
—De acuerdo —intervino Nadia, con esa sonrisa angelical que lograría apaciguar a un toro bravo—. Lo sentimos muchísimo, ahora mismo le preparamos otra bebida. ¿Prefiere…?
—No —volvió a cortarle Reyes—. Primero quiero saber qué mierdas es esto, porque me lo he tragado.
Los murmullos subían de volumen y Gon no sabía qué hacer.
No había añadido nada raro, no se había saltado ningún paso, había preparado esa bebida mil veces desde principios de noviembre.
Dos pumps de café, tres de sirope, un extra de expreso, la leche desnatada…
Todo correcto. Se les acercó a paso pesado, alucinado.
Reyes agarró de nuevo el vaso y se lo plantó enfrente.
—Bebe —ordenó.
¿Qué cojones?
—Acabas de escupir dentro.
— Bebe.
—No.
—¿Qué pasa, que entonces tendrías que reconocer que me has echado a saber qué?
«El cliente siempre tiene la razón», solía canturrear Nadia cuando un cliente no tenía la razón.
Oyó su voz alta y clara resonando en su cabeza según las ganas de lanzarle el café ardiente a Reyes a la cara le trepaban estómago arriba.
Ni durante el Covid le había mirado un desconocido con tanto asco como él.
—No te he echado nada que no me hayas pedido. —Cruzó miradas con Nadia. Necesitaba que lo creyera—. ¿Por qué iba a hacer eso?
—Ah, pues por la misma razón por la que has sido un maleducado al atenderme.
Se quedó sin aire.
—¿Que yo qué? —balbuceó, incrédulo.
Esa vez, cuando se volvió hacia su supervisora en busca de ayuda, ella exhalaba un largo suspiro rendido.
Se encogió entero, acordándose de las incontables veces que Nadia le había suplicado que al menos sonriese.
Que fuese solo un poquito menos cortante, que se guardase el tonito condescendiente, que algún día iban a tener un disgusto.
El día del disgusto había llegado y Gon ni siquiera tenía la culpa.
—Mi compañero debe de haberse equivocado con su pedido —resolvió Nadia, alargando una mano para que Reyes le devolviese el café. Funcionó—. Lo siento mucho, es nuevo.
A Gon no le hizo falta ni mirar para ver cómo la clientela habitual de la cola alzaba las cejas.
Odiaba que Nadia mintiese por él. Odiaba que Nadia se estuviese comiendo semejante papeleta por él.
Así que, cuando Reyes lo miró con el ceño fruncido, Gon se obligó a asentir y agachar la cabeza, avergonzado por las razones equivocadas. Le temblaban los puños.
—Ya… —dijo al fin Reyes, todavía tenso—. Yo también lo siento, pero creo que voy a poner una reclamación, si no le importa.
Hijo de puta.
Nadia esbozó una sonrisa dolida.
—Para nada. Deje que vaya a por la hoja mientras mi compañero le prepara otro Jenginatado.
—Prefiero que me lo prepare usted.
—Pues entonces espere un momentito. —Y se volvió hacia él—: Vete a atender. Luego hablamos.
Con un asentimiento rígido, Gon obedeció. Antes de irse, sin embargo, echó una última ojeada al chaval mientras este se limpiaba con un puñado de servilletas. Tenía las mejillas encendidas y los hombros en guardia, como si no fuese el culpable de todo aquel espectáculo. Como si fuese la víctima.
—Buenos días —saludó a las dos mujeres trajeadas. Eran las 8:20 y la cola, una vez más, llegaba hasta la entrada. Y de nuevo tendría que comérsela sin ayuda hasta que Nadia terminara con la puñetera reclamación—. ¿Qué les pongo?
Ellas se miraron.
—Pues fíjate que hoy iba a pedirme un Jengi, pero visto lo visto…
Gon chirrió los dientes.
Esa noche soñó con él.
No era la primera vez que un cliente se colaba en sus sueños; solía desvelarse de madrugada con el «¿Qué le pongo?
» ya en la boca, o tratando de tenderle un mocha inexistente a la butaca de su cuarto (que, en su cabeza, era la secretaria de la autoescuela de enfrente).
La mayoría de las veces simplemente volvía a acostarse.
Las demás, Bego se incorporaba, le daba un breve achuchón y le decía: «A dormir, cariño, que estas horas no te las pagan».
Pero esa noche el sueño fue muy distinto. Seguramente porque seguía afectado por lo desagradable de la escena, las mil miradas puestas en él, el veneno en la voz del chaval. La bronca de Nadia después.
En el sueño, Gon cerraba las manos alrededor de su garganta y apretaba con la fuerza visceral del odio, de la traición.
Reyes, o una versión adaptada al guion nocturno, ni siquiera se movía, ni siquiera se defendía, solo le sostenía la mirada mientras intentaba acunarle la cara entre sus manos.
Parecía mayor, más regio. Parecía peligroso, y por eso debía matarlo.
Cuando despertó, la lengua le sabía amarga y el reloj daba las 5:55. En otros cinco minutos saltaría la alarma. Él se encogió al instante, recordando la mueca decepcionada de su supervisora. Bego no tardó en abrazarlo desde atrás.
—¿Todo bien? —le murmuró esta al oído, con voz pastosa de sueño.
Gon primero asintió. Luego cerró los ojos, entrelazó los dedos con los suyos y acompasó su respiración a la suya.
—Solo ha sido un mal día —añadió ella—. No tiene por qué repetirse.
—No —concedió él, aunque la palabra se le quedó atrancada en la garganta. Carraspeó.
—¿Cuándo libras?
—Jueves y viernes. Y luego me toca turno de tarde.
Su gruñido le reverberó en la nuca.
—El viernes por la tarde tengo la entrega del proyecto…
—No pasa nada, ya haremos algo a la próxima.
—Mmm…
Poco a poco, su novia volvió a rendirse al sueño, y ni siquiera la alarma de Gon logró despertarla.
Como el malestar le había arrancado el sueño de cuajo, Gonzalo adelantó toda su rutina mañanera quince minutos enteros.
Con eso sacó tiempo de ir al trabajo a pie en lugar de en metro, un pequeño placer que solo se permitía los días soleados, para aplazar cualquier contacto humano lo máximo posible.
A las siete de la mañana poco sol ofrecía Madrid, pero Bego tenía razón: solo había sido un mal día.
Lo típico de trabajar en atención al cliente, y ni siquiera había sido tan horrible.
Al payaso ese jamás volvería a verlo y a Nadia los disgustos se le pasaban volando.
Hoy Gon se limitaría a sonreír como buen barista explotado de franquicia multinacional y punto.