Con la miel en los labios 1 Reyes Cisneros
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Con la miel en los labios

Con la miel en los labios

Por Irene Morales

© inepub.com

1 Reyes Cisneros

Vamos, que los únicos momentos en que podía ver a su novia sin querer morirse eran esos cinco minutillos mañaneros durante los cuales ella ni siquiera estaba consciente.

Y eso solo si trabajaba de mañana, claro.

Los lunes eran el mejor y el peor día de la semana.

El mejor porque algunos clientes se tomaban con filosofía el retomar la rutina, saludándolos con un canturreo animado o incluso bromeando si Nadia escribía mal su nombre.

El peor porque el resto aún rumiaba el fin del finde, odiando cada segundo del proceso de espabilarse.

Gonzalo los entendía, aunque como sus dos días libres cambiaban de orden cada semana siempre lo pillaban por sorpresa.

De pronto abría los ojos un martes y no tenía que salir corriendo al metro.

Gon trabajaba mecánicamente, tomando comandas, apuntando nombres, dibujando caritas felices a regañadientes en los vasos para después pasárselos a su supervisora, que los rellenaba sin siquiera prestar atención.

Era fácil desconectar allá atrás, entre el traqueteo de las máquinas y el tintineo de las tazas, donde la única preocupación real eran los alérgenos y la correcta pronunciación del nombre garabateado.

Durante cualquier otro turno, sería él quien preparase los pedidos (por eso de que la atención al cliente no era su fuerte), pero Nadia se había levantado con una de sus «monstruaciones», como las llamaba ella, y Gon tenía demasiado buen corazón para lanzarla a los lobos tan de mañana.

La rutina iba tal que así:

—Buenos días, ¿qué le pongo?

—Un capuchino, por favor. —Si tenía suerte y el cliente se conocía su orden, seguía así—: Corto, sin tapa, para llevar.

Si no:

—¿Qué tamaño? —Y Gon señalaba los vasitos de cartón expuestos en el mostrador—.

¿ Mini, nice o full ? —El pobre cliente elegía uno al azar—.

¿Para tomar aquí o para llevar? —Aquí respondían con más confianza—.

Perfecto, serían cuatro con noventa, ¿efectivo o tarjeta? —Solía ser tarjeta—. ¿Su nombre?

Y así durante mínimo ocho horas al día, cinco días a la semana.

La monotonía convertía mañanas y tardes en una misma plasta indistinguible en sus recuerdos, meses enteros de su vida ahogados en granizados, siropes de sabores extraños, descuentos y tarjetitas de fidelización selladas una y mil veces.

No sonreía, concentrado únicamente en cobrar otro frapé más, otro mocha más; aunque su cortesía suplía cuanto le faltaba de risueño.

—Gon… —gimió entonces Nadia.

Esperaba encontrarse café derramado por toda la encimera al volverse, pero solo se topó con el rostro sudoroso de su supervisora. Sudoroso y suplicante.

—No —gruñó él, ya oliéndose la traición.

—Solo un momentito —insistió ella, medio encorvada de dolor—. Por favor, que ya no quedan muchos, mira.

Apuntó hacia la sala, donde la cola se había visto reducida como por arte de magia (es decir, a base de currar) a tres míseros clientes.

Volvería a llenarse en veinte minutos, lo sabía de sobra, en cuanto diesen las 8:15 y los trabajadores que fichaban a las 8:30 emergieran del metro desesperados por un chute de cafeína.

Al menos habían sorteado la primera oleada sin altercados ni hojas de reclamaciones, más frecuentes los lunes que cualquier otro día de la semana (festivos incluidos).

El señor trajeado que aguardaba su turno tamborileó con los dedos sobre el mostrador, acuchillándolos con la mirada, y Gon suspiró.

—Vale. Pero date prisa.

—¡Sí, sí! ¡Me cambio y vuelvo!

En cuanto Gon reocupó su puesto, de la boca del señor trajeado salió una algarabía de palabras memorizada al detalle: su pedido diario.

Se preguntó si sería consciente siquiera de haber hablado.

Aunque él tampoco fue consciente de haberle cobrado cuando ya estaba vertiendo la leche en un vaso para llevar.

—Hola, perdón, ¿me das otra cucharilla? Esta está sucia.

Cumplió.

—Oye, perdona, se os ha acabado el azúcar, ¿me…?

Cumplió. Caras sin nombre ni personalidad, solo voz.

—¿¡Alberto!?

—Gracias. Buen día.

—A usted. —Y tras recorrerse toda la barra de regreso a la caja vuelta a empezar—: Buenos días, ¿qué le pongo?

Esta vez, una adolescente que ni se molestó en mirarle a la cara (lo cual agradeció) ordenó un té matcha.

Gon lo sintió por sus papilas gustativas, pero cumplió.

El último cliente pidió cuatro cafés radicalmente opuestos entre sí y él chirrió los dientes.

De Nadia ni rastro, por supuesto. Ya curtido de años trabajando allí, preparó las cuatro bebidas a la vez sin perder de vista la puerta del local.

Si no entraba nadie más, tendría hasta tiempo de ir al baño antes de la oleada de las 8:15.

Y tuvo suerte, porque para cuando terminó con ellas ningún otro cliente lo esperaba en caja.

Por fin. Ya ni siquiera le importaba que Nadia siguiera desaparecida en combate.

Al menos hasta que la puerta se abrió una vez más y por ella entrase Reyes Cisneros.

Aunque por entonces Gonzalo no sabía su nombre.

A sus ojos solo era uno de esos clientes ocasionales que aparecían a deshora para no volver jamás.

O, si volvían, desde luego él no se acordaba.

Fastidiado, simuló recoger algo del suelo para darle un trago a su café de las 7:00. Se le había quedado frío.

—Buenos días, ¿qué le pongo?

Supo enseguida, por la forma en que el chaval pasaba los ojos de su móvil al menú de la pared, que no se trataba de un cliente ocasional, no: ese era un primerizo. Qué cruz. Ya podía despedirse de su escapadita al baño.

Lo miró acodarse en el mostrador con toda la confianza de un habitual, lo cual discrepaba con la duda bien patente en su sonrisa.

«Di que no sabes qué pedir y punto», estuvo a punto de ladrarle, pero se obligó a ser amable y dejarle repasar la carta a su ritmo.

Para eso le tocó esperar uno, dos, tres segundos. Cuatro. Al final, el primerizo arrancó:

—Buenos días.

Y ya.

Gon se mordió la mejilla por dentro para armarse de paciencia y repetir:

—¿Qué le pongo?

—Pues… —rio—, es que no lo encuentro.

La confusión debió de vérsele en la cara, pues el primerizo volvió a reírse antes de enseñarle su móvil.

En la pantalla, la foto saturada de una bebida increíblemente naranja.

Gon se desinfló y se envaró al mismo tiempo mientras el otro lo observaba con un aire esperanzado más propio de un niño celebrando su cumpleaños que de un veinteañero pidiendo café.

—Lo siento —se disculpó, y de verdad que no estaba intentando sonar condescendiente—, pero el Cafélabaza es una bebida estacional, no la tendremos ya hasta otoño del año que viene.

El chaval frunció el ceño.

—O sea que… ¿se os ha agotado?

—No. No la tenemos.

—¿En este Stardust o…?

¿Estaba sordo o qué?

—En ninguno —respondió, tenso—. Como le decía, es una bebida exclusiva de otoño y, por tanto, no la tendremos hasta el próximo otoño. —Y, sin poder evitarlo, añadió—: Estamos en pleno invierno.

—Oh.

Sí, oh. Eso era lo que repetía su mente a cada minuto que pasaba frente al primerizo en lugar de estar limpiando, meando o simplemente recobrando fuerzas para la siguiente oleada.

—Y… ¿qué es lo más parecido? Así como dulce y… raro. Porque venía solo por eso.

Genial. Las ocho en puntito de un lunes y un tocahuevos le pedía recomendaciones.

Solo por permitirse rechinar los dientes a gusto, Gon se giró a mirar también la carta.

Ni idea de qué decirle, la verdad. Al contrario que sus compañeros, quienes se la habían probado entera, él apenas salía de su triste y vulgar expreso.

—¿Pensaba tomarlo frío o caliente? —preguntó igualmente, centrándose en hacer su puto trabajo.

—¿Perdón? No te he oído.

Se limitó a repetírselo más alto. Oyó otra risita tras él.

—Pues de normal pido hielo con todo, pero, ya sabes… Estamos en pleno invierno —respondió con un retintín sarcástico que a Gon no le gustó una mierda.

Le gustó aún menos al reconocer sus propias palabras. ¿Dónde cojones se había metido Nadia? No tenía energías para esto. Se mordió con mayor ahínco el carrillo.

—¿Y lo querría con o sin café?

—Bueno —lo notó inclinarse aún más sobre el mostrador—, lo famoso del Stardust es el café, ¿no?

En favor a su salud mental y por el bienestar físico del chaval, decidió ignorarlo.

—Entonces —dijo entre dientes— quizá le interesaría un Jenginatado, lleva jengibre y trocitos de gofre encima de la nata. Es dulce también, exclusivo de Navidad.

—Mmm… Suena bien, pero es que no me gusta el jengibre.

Vaya por Dios.

—Pues entonces el de tofe.

—¿Caramelo? —tanteó el chico.

—Caramelo —asintió él.

Al girarse por fin a mirarlo se lo encontró torciendo el gesto. Las 8:04, según la pantalla del móvil entre sus manos. Y luego las 8:05. Y luego…

Durante los minutos que tardó el cliente más exasperante del mes (del año ) en decidirse, Gon se dedicó a memorizar su cara al detalle para poder encasquetárselo a otro barista si alguna vez se le ocurría volver por allí.

No le fue sencillo, porque, cuanto más lo miraba, más contradicciones le sacaba.

Pelo ni rojizo ni castaño y ni muy largo ni muy corto, ojos quizá marrones quizá verdes, rasgos de crío y de adulto, pecas o manchas de sol, hombros estrechos o caídos, ropa gastada o diseñada para parecerlo.

—Vale, pues…

«Aleluya», gruñó por dentro mientras abría comanda en el terminal.

—Quiero un nice Matchaleche con coco tostado y bebida de coco, con azúcar moreno y nata; y un full Jenginatado con leche desnatada y extra de café, que hoy es mi primer día y va para largo. Ambos para llevar. ¡Ah, y el Jengi sin nata!

Muy, muy despacito, Gon alzó la vista hacia él. El muy capullo sonreía, radiante, como si supiese perfectamente que tendría que repetírselo todo desde cero porque Gon había perdido el hilo ya en los extras del maldito té.

—Creía que no te gustaba el jengibre —masculló, una impertinencia leve a cambio de no estrangularlo.

El otro se encogió de hombros, resuelto.