Con gato incluido 38. Con gato incluido
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38. Con gato incluido

Sube a las nueve con dos bolsas y una caja de cartón.

En las bolsas hay langostinos, jamón, un cabrito que ha encargado en la carnicería de Bravo Murillo, dos botellas de vino de once euros y un turrón de yema tostada. En la caja hay una fuente de horno.

—¿Esto de dónde ha salido?

—Es de mi madre.

Es la primera vez que menciona a su madre. La fuente es de porcelana blanca con dos asas y tiene una raja fina en el borde que alguien reparó por dentro con grapas, de esas de metal que se usaban antes para no tirar las cosas.

—Se me murió en el noventa y ocho —dice, sacando el cabrito—. Yo tenía diez.

—Manu.

—Que no lo digo por nada. —Enciende el horno—. Que es una fuente y funciona.

Cenamos a las diez y media en la mesa camilla, que está montada en sus cuatro marcas de sesenta años.

Y esta casa, esta noche, está a medio arreglar.

Está literalmente a medio arreglar y voy a describirla como es, porque llevo tres meses describiendo casas como no son.

El salón tiene la tarima acuchillada y sellada y no tiene un solo cojín que no sea del sofá.

El baño tiene la pared pintada de una pintura transpirable que quedó seca el martes y que es de un blanco distinto del resto de la pared, y se nota, y va a notarse hasta que se pinte el baño entero, que será en marzo o en abril o cuando se pueda.

La cocina tiene el azulejo marrón picado hasta la altura de la encimera y, en la esquina de al lado de la ventana, veinte centímetros de baldosín blanco con cenefa verde de dos rayas que llevaban cuarenta años debajo y que no hemos vuelto a tapar porque hay que mirarlos un rato.

La galería sigue siendo una galería. El tabique sigue en pie. Y va a seguir en pie por lo menos un año, porque las casas hay que habitarlas antes de reformarlas.

En el pasillo hay veintidós fotografías colgadas de sus clavos de siempre.

Y en el office, apiladas contra la pared, hay tres cajas de las diecisiete que no he vuelto a abrir, porque hay cosas de esta casa que todavía no sé dónde van y no me corre ninguna prisa saberlo.

Esta casa no vale más que en septiembre. Vale exactamente lo mismo, y en las fotos saldría peor.

—Está muy bueno el cabrito —digo.

—Es de la carnicería del cuarenta y dos.

—Ya lo sé, si lo has dicho tres veces.

—Es que está muy bueno —dice Manu.

Y luego, con el tenedor en la mano y sin levantar la vista del plato:

—Me han llamado los de la promotora de Guzmán el Bueno.

—¿Qué?

—Que me han llamado. Que si les hago los baños de los tres pisos piloto. —Corta un trozo—. Dicen que les ha dado mi teléfono la de los cojines.

—Yo no soy la de los cojines.

—Eso les he dicho yo.

Le he pasado su nombre a esa promotora el viernes 19, en la misma llamada en que les mandé mi presupuesto de dos mil ochocientos, y no se lo dije, porque me daba vergüenza que pareciera un pago.

—¿Y les vas a hacer los baños?

—Les voy a hacer los baños de dos. El tercero no, que está en la otra punta y no me da la vida. —Se sirve vino—. Y les he dicho que si el montaje lo haces tú, mejor, porque así no me tengo que pelear con nadie por los enchufes.

—Manu, eso no se dice a un cliente.

—Se lo he dicho igual.

Y así es como, a las once menos veinte de la noche de Nochebuena, me entero de que mi primer trabajo del año lo he cerrado a medias con el manitas de mi finca y de que en enero vamos a discutir la altura de los enchufes de tres pisos piloto en Tetuán.

—¿Y lo del bajo? —digo.

—En la ordinaria de mayo lo propongo. —Se encoge de hombros—. Tengo ocho síes seguros.

—¿Ocho?

—Nueve contigo. —Bebe—. Faltan Maribel, Julián y el cuarto B, que no existe.

—Julián lo tienes.

—Julián me dijo en octubre que una portería es una portería.

—Julián dijo el martes «era peor» —digo—. Delante de doce personas. Ese hombre está en obras.

Manu se queda pensándolo un momento, con esa cara suya de estar sumando, y luego asiente una vez y sigue comiendo, y no dice nada más, porque para él eso ya ha sido una conversación entera.

Mi tío abuelo llama a las once y cuarto de la noche, que en Bali son las seis y cuarto de la mañana del veinticinco.

Contesto en el móvil y lo apoyo contra la sopera, inclinado, para que se nos vea a los dos.

Fermín aparece a contraluz, con una camisa de flores abierta hasta el tercer botón, la cara quemada por el sol y una corona de flores blancas en la cabeza, un poco torcida.

—¡Claudita!

—Tío. ¿Qué llevas puesto?

—Esto me lo han hecho las chicas de la cocina. Es de una ceremonia. —Se la toca—. Yo creo que me la han puesto para reírse, pero a mí me gusta.

Detrás de él se ve una barandilla de madera y, más allá, algo gris y enorme que es el mar antes de que amanezca.

—Feliz Navidad, tío.

—Feliz Navidad, hija. —Se acerca al móvil, entrecerrando los ojos—. A ver, que no os veo. Que la cámara esta...

Manu asoma por el borde de la pantalla.

—Buenas, Fermín.

Y a mi tío abuelo, que tiene setenta y nueve años y una corona de flores blancas en la cabeza, le pasa algo por la cara que dura dos segundos y que yo no le había visto nunca.

—Anda —dice—. Anda, mira.

—¿Qué?

—Nada, nada. —Se aparta el pelo—. Que la fachada, ¿qué? Que me ha dicho la Reme que empieza el doce.

Y se pasan once minutos hablando de la fachada. Once. De la lona, del andamio, de si van a picar el vuelo del segundo derecha entero o solo el canto, de que el ascensor ya ajusta, de la bolsa de escombros del patio que sigue ahí desde julio.

Yo me quedo callada, con la copa en la mano, mirando a un señor en Bali y a un hombre en mi salón hablando de un edificio en Madrid a las once y media de la noche del veinticuatro de diciembre.

Y en algún momento Fermín mueve el móvil y enfoca mal, y se le ve el techo de un porche, y su voz dice:

—Oye, Claudia.

—Dime.

—Que se ve muy bien el pasillo.

Se me para la copa a mitad de camino.

—¿El pasillo?

—Que se ven las fotos. Desde aquí, por detrás de vosotros. —Una pausa—. Están todas.

—Están todas.

—Y la de Rosario, la primera.

—La primera.

Se hace un silencio en el que se oyen unas olas a doce mil kilómetros.

—Bueno —dice, con otra voz—. Pues eso. Que ya lo veo, hija.

—¿Qué ves?

—Que el piso ya tiene gente —dice Fermín—. Eso es todo lo que hace falta saber de un piso.

Y luego, como si nada, sin transición ninguna:

—¿Y el gato, dónde anda?

El gato anda en el sillón de orejas, que es donde anda desde hace tres meses a partir de las diez de la noche.

—Sacadle una foto —dice Fermín—. Que quiero una de los tres.

—Tío, que somos dos y un gato.

—Pues eso he dicho.

Y así es como acabamos, a las doce menos veinte de la noche de Nochebuena, intentando hacer una foto de felicitación.

Manu pone el móvil apoyado en la sopera, con temporizador.

Yo cojo a Pelayo del sillón —que se deja coger con la dignidad de un señor al que llevan en volandas a la salida de un restaurante— y me siento en el suelo, delante de la mesa camilla, con siete kilos de gato en el regazo. Manu se sienta a mi lado.

Primer intento: el temporizador salta antes de tiempo y salgo con la mano en el pelo.

Segundo: Manu mira al móvil como quien mira un cuadro eléctrico.

Tercero: sale bien, los dos, sonriendo, y Pelayo con la cabeza girada exactos cuarenta y cinco grados y los ojos cerrados.

Cuarto: le doy la vuelta al gato para que mire a cámara. Cuarenta y cinco grados.

Quinto: Manu chasquea los dedos, que es lo primero que le he visto hacer para llamar la atención de este animal en tres meses. Cuarenta y cinco grados.

Sexto: le pongo la lata abierta detrás del móvil. Cuarenta y cinco grados.

Séptimo, y último, porque nos da la risa y ya no se puede: cuarenta y cinco grados, los ojos cerrados, la barbilla alta y la pechera blanca perfectamente centrada en el encuadre, y la medalla, que en la foto sale movida porque acaba de dar su única campanada.

—Mándame esa —dice Fermín, desde la sopera.

—Sale girado.

—Ya lo sé que sale girado, hija. Sale girado en todas desde el dos mil doce. —Se ríe—. Mándame esa.

Se la mando.

Y a los veinte segundos, desde Bali, llega su respuesta, que es lo último que dice esta noche antes de que se le vaya la cobertura:

«Esa es la buena.»

A las doce y media pongo la aria.

La pongo yo, con el móvil de la pantalla rajada, que sigue en el aparador con el cable puesto y que no ha vuelto a ningún cajón.

Empieza el fagot. Después el arpa. Después la voz.

Pelayo entra antes del segundo compás y se sube al sillón de orejas, y se acomoda con las patas debajo del pecho, y mira la nada exactamente igual que la miraba mi tío abuelo con las manos encima de esta misma mesa.

Y Manu se levanta, sin decir nada, y me da la mano.

—Yo bailo como un armario —dice.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Porque lo he oído desde el patio cuarenta años —dice—. Bailaban aquí.

Y bailamos ahí, entre la mesa camilla y el aparador, donde no cabe nadie, dos personas y media como mucho.

Cuatro minutos y tres segundos.

Y baila fatal, además. Baila francamente mal, con los hombros rígidos y contando por dentro, y a mí me da igual, porque a las doce y media de la noche del veinticuatro de diciembre, en un salón a medio arreglar de un tercero izquierda de la calle Ponzano, se ha acabado el día y todavía nos ha dado para esto.