37. Junta extraordinaria (fin de año)
El local del bajo B tiene puesta una guirnalda de las que sobraron del portal, colgada de dos chinchetas encima del calendario de calderas, y alguien ha traído un plato de polvorones que nadie va a tocar hasta que se levante la sesión.
Llego a las siete menos cinco y me siento al lado de la ventana.
Manu está de pie junto a la puerta, con las manos en los bolsillos, porque no es propietario y esa es su silla desde hace veintidós años.
—Maribel —dice la administradora—. Que habíamos quedado en que ese punto iba al final.
—Va el primero. Es el orden del día que he firmado yo.
—Es que este año lo hemos puesto el primero dos veces.
—Y el año que viene lo pondré también —dice Maribel—, porque si va al final se me hacen las diez y media.
Nadie discute eso, porque es verdad.
—Se propone a la Junta —lee— nombrar al animal del 3.º izquierda supervisor de felpudos honorario de esta comunidad, sin remuneración, sin funciones ejecutivas y sin derecho a voto.
—¿Y eso qué significa exactamente? —dice la del cuarto A.
—Que se puede sentar donde le dé la gana —dice el del quinto A.
—Que su permanencia en zonas comunes queda expresamente autorizada —corrige Maribel—, y que no se abrirá expediente por ello ni a la propietaria actual ni a las que vengan.
—Eso último no lo habías dicho —digo.
—Eso último lo he añadido yo esta mañana —dice Maribel, sin levantar la vista de la carpeta—. Por si acaso.
Se somete a votación.
Y sale por unanimidad, once a cero, con la única abstención del cuarto B, que sigue sin aparecer y del que a estas alturas ya nadie sabe si existe.
El del quinto A pide que conste el título completo en el acta y que se le mande una copia. Doña Reme pide que conste también que el animal lleva doce años haciendo lo mismo y que ahora resulta que es un cargo.
—Consta —dice la administradora, tecleando.
—Y una cosa más —dice Maribel, y saca del separador azul una hoja plastificada—. He mandado hacer esto.
Es un cartelito. Un cartel de plástico rígido de esos de las papelerías, con letras negras sobre fondo blanco, del tamaño de una cuartilla:
COMUNIDAD DE PROPIETARIOS PONZANO 41
SE RUEGA LIMPIARSE EL CALZADO
Supervisión: PELAYO (3.º izq.)
—Es para el portal —dice—. Debajo de los buzones.
Y lo pone encima de la mesa camilla, apoyado contra la carpeta, para que se vea desde las doce sillas.
Y desde el umbral del local, donde lleva sentado desde que hemos empezado, Pelayo mira el cartel.
Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.
—Otra vez —dice el del quinto A, encantado—. ¡Con su propio cartel!
—Es la letra —digo yo, que a estas alturas ya soy la intérprete oficial—. Es una letra de imprenta.
—Pues se cuelga igual —dice Maribel.
Y se cuelga igual.
Punto 2.º: adjudicación de la obra de fachada.
Se adjudica a la segunda empresa, no a la más barata, por trescientos euros de diferencia y porque la más barata no incluía la retirada de escombro, cosa que descubrió Manu leyendo los tres presupuestos en la puerta con las manos en los bolsillos y que dijo en voz alta cuando Maribel le preguntó.
Empieza el 12 de enero. Cuatro meses. Andamio en toda la fachada, lonas verdes y, a partir de febrero, los tres balcones del tercero izquierda tapados.
—Vas a estar cuatro meses sin ver la calle —me dice el del quinto A.
—Ya.
—Con lo bonito que es tu piso.
—Ya.
Punto 3.º: giro del primer plazo de la derrama.
Y aquí se lía.
—El recibo de diciembre ha venido con quinientos veintidós euros de más —dice Julián, que lleva el recibo en la mano y lo ha traído doblado en la bolsa de tela—. Y quedamos en enero.
—Se ha girado en diciembre por cierre de ejercicio —dice la administradora.
—¿Por cierre de qué?
—Por cierre de ejercicio contable. Es más limpio que la derrama entre entera en el año en que se aprueba.
—¿Más limpio para quién? —dice el del quinto B.
—Para la contabilidad.
—Ah, para la contabilidad —dice Julián, y dobla el recibo otra vez—. Pues yo el 22 de diciembre me lo gasto en otras cosas.
Se levanta un murmullo de esos que en una junta duran cuatro minutos y no llevan a ninguna parte, y en mitad de ese murmullo yo hago una cosa que no tenía ninguna intención de hacer al salir de casa.
—A mí me lo han devuelto —digo.
Se callan.
Once caras se giran, exactamente igual que en septiembre, cuando Maribel dio la bienvenida a la sobrina de Fermín.
—El recibo de diciembre —digo—. Me ha venido devuelto por falta de saldo. Lo vi ayer.
Nadie dice nada durante dos segundos larguísimos.
Y yo me quedo ahí sentada, en una silla plegable, al lado de la ventana, sin sonrisa de tres cuartos, sin hombros bajos, sin frase de venta, y esto es lo más difícil que he hecho en tres meses, incluida la palmada del baño.
Porque yo soy de una familia que compraba el pan en la panadería cara y pagaba la luz tarde. En mi casa esto no se decía. En mi casa esto era lo único que no se decía.
—Yo firmo un préstamo el 8 de enero —añado—. Y en cuanto me entre, lo pago con el recargo que sea.
Maribel cierra la carpeta.
—No hay recargo —dice.
—Maribel, si el reglamento...
—El reglamento dice que se aplican intereses de demora a partir de los tres meses, y estamos en el primero. —Se recoloca las gafas—. Se apunta como pendiente y se regulariza en enero. Que conste en acta.
—Consta —dice la administradora.
—Y otra cosa que conste —dice Maribel, y aquí levanta la barbilla—. Que a mí este mes también me ha venido justo, y que si a alguien más le ha venido justo, esto se dice aquí y no se pasa el año escondiéndose en el portal.
Se hace un silencio.
Y entonces la del cuarto A levanta la mano, muy despacio, como en el colegio.
—A mí también —dice.
Y el del segundo D dice que él lo ha pagado pero que ha tenido que mover un dinero que era para otra cosa. Y doña Reme dice que ella lo tiene, que a ella no le pasa nada, pero que lo dice para que quede claro que aquí no pasa nada por decirlo.
Cinco minutos. Cinco minutos de gente diciendo cuánto le duele un recibo en un local que fue carbonería hasta el sesenta y ocho.
Yo llevo toda la vida montando salones para que esto no se vea.
Y desde la puerta, con las manos en los bolsillos, Manu no dice absolutamente nada y no me mira ni una vez, que es exactamente lo que necesito y que él sabe perfectamente que es exactamente lo que necesito.
Doña Reme, en cambio, me alarga por debajo de la silla media pastilla de turrón envuelta en una servilleta, como si estuviéramos en misa.
Ruegos y preguntas.
Duran veintiséis minutos y en ellos se tratan: las bicicletas del portal, otra vez; el cuarto de basuras; la bolsa de escombros del patio, que sigue ahí desde julio y de la que ya nadie se hace responsable con orgullo; y el ascensor, que la empresa conservadora ajustó el 4 de diciembre y que ahora, según Julián, «hace un ruido nuevo».
—Es el mismo ruido —dice Manu, desde la puerta.
—Es un ruido nuevo.
—Es el contacto de la puerta, que ahora ajusta. Antes no sonaba porque no ajustaba.
—Pues suena distinto.
—Suena bien —dice Manu.
Y Julián se calla, que es la primera vez que le veo callarse por un argumento técnico.
Y entonces el del quinto A, que lleva toda la junta con el móvil en la mano, dice, así, sin levantarse:
—Manu, ¿te metemos en el grupo?
Silencio.
—¿En qué grupo? —dice Manu.
—En el bueno.
—Yo trabajo aquí.
—Ya. Pero es que llevamos dos meses mandándonos fotos de un gato y tú eres el único de esta finca que sabe por qué se sienta donde se sienta. —Levanta el móvil—. ¿Te meto o no te meto?
Manu se mira los zapatos. Tarda lo suyo.
—Vale —dice.
Y el del quinto A teclea, y a los cuatro segundos, en el bolsillo de doce personas a la vez, suena una notificación en el local del bajo B, y todo el mundo se ríe menos Maribel, que se ríe también pero mirando la carpeta para que no se le note.
Se levanta la sesión a las nueve y veinte.
La gente se pone los abrigos y ataca por fin el plato de polvorones, y Julián recoge su bolsa de tela, y desde la puerta, con el recibo doblado todavía en la mano, mira el local, y la guirnalda, y las doce sillas plegables, y a doce vecinos discutiendo en pie sobre andamios.
—Antes no era así —dice.
Y esta vez, por primera vez desde septiembre, no contesta nadie. No le llevan la contraria, no le hacen un chiste, no le dicen que sí para que se calle. Se quedan todos esperando, porque llevamos tres meses esperando.
Julián se cambia la bolsa de mano.
—Era peor —dice.
Y se va.
Y detrás de él salen once personas al portal de Ponzano 41, con la guirnalda de pilas encendida en el pasamanos y un belén de escayola en el mueble de los buzones, y en el tercer escalón de la escalera, sentado con las cuatro patas juntas, hay un supervisor de felpudos honorario mirando bajar a todo el mundo.
Maribel se queda la última, apagando la luz del local.
—Claudia.
—Dime.
—Lo del recibo. —Se cuelga el bolso—. Gracias por decirlo.
—Ha sido bastante horrible.
—Ya. —Cierra con llave y comprueba el picaporte dos veces, que es una cosa que hace siempre—. Yo llevo catorce años presidiendo esta comunidad y esta noche es la primera junta en la que no me he sentido la única gilipollas del edificio.
Y sube las escaleras con su carpeta de anillas, y en el primer descansillo se para y me dice, sin girarse del todo:
—Feliz Navidad, hija.
Que en catorce años tampoco se lo había oído decir a nadie.