Con gato incluido 36. Recepción de obra
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36. Recepción de obra

No lo veo entrar. Estoy en la cocina con la aria puesta y la cafetera, y cuando salgo al recibidor está en el suelo, delante del felpudo, doblado por la mitad.

Es un folio de los suyos, de la libreta de obra, con el borde rasgado por donde se arranca.

Y es un formulario.

Está hecho a mano con regla, con las líneas trazadas a bolígrafo y las casillas dibujadas una por una, cuadradas, con esa letra de mayúsculas rectas que tienen los que escriben en obras.

ACEPTACIÓN DE PRESUPUESTO

ENCARGO DE ObrA N.º 2 — PONZANO 41, 3.º IZQ

Cliente: Claudia Soto. Contratista: Manuel Prada.

PUNTO 1 — Pintura pared saneada baño.

☒ ACEPTADO ☐ RECHAZADO ☐ CON MODIFICACIONES

Importe: 320 € → 0 €. La pintura la pone el contratista. La mano de obra son dos horas.

PUNTO 2 — Herraje inferior ventana office.

☐ ACEPTADO ☐ RECHAZADO ☒ CON MODIFICACIONES

Importe: 90 € → 22 €. He encontrado uno de origen en una casa de la calle Modesto Lafuente que están vaciando. Es la pieza, no la mano de obra.

PUNTO 3 — Apertura tabique galería con ventana a sur.

☐ ACEPTADO ☐ RECHAZADO ☒ CON MODIFICACIONES

Importe: 7.000 €. Sin cambios.

Calendario: rechazado. No se empieza en marzo. Se empieza cuando el cliente lleve un año viviendo en la casa y sepa por dónde anda y qué usa. Antes no.

Forma de pago: la que pueda. Sin intereses. Si hay un mes malo, se salta el mes. Esto no es un favor: es como se hacen las obras en las casas de verdad, y en esta calle se ha hecho así desde antes de que existiera esa agencia.

ANTICIPO: ☒ 0 € CONFORME.

El contratista tiene ciento cuarenta y dos mil euros ahorrados y no le hace ninguna falta el anticipo del cliente.

PLAZO DE EJECUCIÓN: el que decida el contratista.

OBSERVACIONES:

La cláusula tres la firmo.

Manuel Prada. 22 de diciembre.

Lo leo tres veces de pie en el recibidor, con la cafetera pitando en la cocina.

A la tercera me tengo que sentar en el suelo, con la espalda contra la puerta, y me río con esa risa fea de nariz que me sale cuando algo me hace gracia de verdad y no hay nadie delante, y la risa se me convierte en otra cosa a mitad de camino, y me estoy un rato ahí, en el suelo del recibidor, con un formulario hecho a regla en las manos.

Porque hay que ver lo que es este papel.

Este papel es un hombre de treinta y siete años que ha cogido una regla y ha dibujado dieciocho casillas a bolígrafo para no tener que escribir «te quiero», ni «te perdono», ni «vale», ni ninguna de las cosas que se escriben en estos casos y que él no sabe escribir.

En el punto 1 me pone la pintura gratis.

En el punto 2 ha tachado noventa y ha escrito veintidós, porque ha ido a una casa que están vaciando en Modesto Lafuente, en diciembre, a buscar un herraje de una ventana de 1927 para el office de una mujer que le mintió tres meses.

En el punto 3 me rechaza el calendario y me dice que espere un año a vivir aquí antes de tocar nada.

En el anticipo me dice, con una precisión de albarán, que él tiene ciento cuarenta y dos mil euros ahorrados. Que es su manera de decirme que sabe que yo sé lo del bajo, y que sigue en pie, y que eso no ha cambiado.

Y en observaciones hay una sola línea.

La cláusula tres la firmo.

Que es «entro en tu casa después de las diez de la noche» dicho por un tío que no dice nunca nada de más.

Sube a las nueve.

Dos golpes con el nudillo, a la misma altura de siempre. Ese ruido lleva cuatro semanas sin sonar en esta puerta y lo reconozco antes de terminar de oírlo.

Abro.

Lleva el mono, la caja de plástico gris con asa y una bolsa de la ferretería de Bravo Murillo. Tiene cara de haber dormido regular y de haberse afeitado esta mañana, que son dos informaciones contradictorias y las dos me interesan mucho.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

Se limpia los zapatos en el felpudo. Pelayo, sentado a un metro exacto del umbral, lo mira hacerlo.

Y entra.

Y en cuanto entra, se para.

Porque el pasillo tiene veintidós fotografías colgadas de sus clavos, y la primera que se ve al entrar, a la altura de los ojos, es una mujer con una rebeca clara apoyada en la barandilla de este balcón en 1971.

No dice nada. Recorre la casa despacio, con la caja todavía en la mano, y yo me quedo en el recibidor porque esto no es una visita guiada.

Le oigo pararse en el salón.

Ahí está la mesa camilla montada en sus cuatro marcas de sesenta años, con el tapete y la libreta encima.

Está el sillón de orejas orientado hacia el aparador, que es como estaba, y no hacia el balcón, que es como lo pondría cualquiera con dos dedos de gusto.

Está el aparador con la sopera y el frutero de cristal.

Y encima del aparador, enchufado con el cable que ya no fabrica nadie, un móvil con la pantalla rajada sonando bajito, porque son las nueve y diez y hasta las diez en esta casa solo puede sonar una cosa.

Y no está el plaid, ni los cojines, ni el cuenco vacío, ni el jarrón, ni la lámpara de latón envejecido de ciento cuarenta euros.

Sale al pasillo. Se para delante de la puerta del salón, deja la caja en el suelo y levanta la mano.

Toca el marco de castaño con dos dedos, muy suave, como quien comprueba la fiebre de alguien que duerme.

—Esto es de origen —dice.

Y me está mirando a mí.

Me está mirando a mí, con los dos dedos en la madera, en un pasillo con veintidós fotos y un aria del cincuenta y nueve sonando de fondo, y esta vez no está hablando de la puerta.

—Manu.

—Espera. —Baja la mano—. Déjame decir una cosa, que me la he preparado y si no la digo ahora no la digo.

—Vale.

—Yo el jueves leí los papeles a las ocho y cuarto —dice—. Y hasta ayer por la noche no supe qué contestar, porque lo que me salía era subir aquí y ya está, y eso no me servía.

—¿Por qué no?

—Porque yo lo que necesitaba saber no era si te arrepentías. —Se apoya en el marco—. Era si lo habías hecho por ti.

—Lo hice por mí.

—Ya lo sé. Lo pone en el papel. —Se pasa la mano por la nuca—. Pone que has perdido la mitad de tu facturación y que tienes ciento ochenta y cuatro euros y que firmas un préstamo de doce mil el 8 de enero. Eso no lo escribe nadie para quedar bien con nadie.

—No.

—Y pone también «el que decida el contratista». —Y aquí le pasa algo por la cara, por primera vez desde noviembre—. Eso es lo que me tuvo hasta las tres de la mañana.

—¿Por qué?

—Porque en tres meses eres la primera persona de esta finca que me deja decidir a mí algo.

Y ahí ya no hay ningún sitio a donde ir con las manos.

—Yo te tengo que decir muchas cosas —digo—. Tengo como cuarenta.

—Ya.

—Y todas empiezan por «lo siento».

—Ya.

—Y las voy a decir, ¿eh? No hoy. Pero las voy a decir.

—Vale —dice Manu—. Pero hoy no, que he traído la pintura.

Y da un paso.

Da él el paso, que después de todo lo que ha pasado en esta casa me parece lo más generoso que ha hecho nadie por mí en treinta y tres años, y me pone una mano en la cara, y tiene las manos frías de la calle y ásperas de siempre, y yo le cojo la muñeca con las dos manos y no se la suelto.

Nos besamos en el pasillo, debajo de veintidós fotografías, con la caja de herramientas en el suelo y el aria terminando su cuarto minuto.

Sabe a café que no se ha tomado. Huele a frío y a serrín.

Y en algún momento, contra su boca, me sale la risa otra vez, y él pregunta que qué, y yo le digo que veintidós euros, y él dice que es lo que vale el herraje, y yo digo que ya lo sé, y nos volvemos a besar.

La caja se ha quedado abierta en el suelo del pasillo, con la bandeja de arriba sacada.

Y a los diez minutos, cuando nos separamos porque hay que separarse en algún momento y porque la cafetera lleva media hora apagada, Pelayo cruza el pasillo, se mete dentro del hueco grande de abajo, encima de una lija a medio usar, se hace una rosca y apoya la barbilla en el borde de plástico.

Se queda mirándonos desde ahí, con la pechera blanca contra el gris.

Y no hace absolutamente nada.

No gira la cabeza. No cierra los ojos. La medalla no suena.

—Tu gato se ha metido en mi caja —dice Manu.

—No es mi gato.

—Ya lo sé —dice—. Es del piso.

Y se va a por la pintura.

Pinta la pared del baño esa misma mañana, en dos horas, con la ventana abierta y el radiador apagado, y me explica mientras lo hace que la pintura tiene que ser transpirable y por qué, y yo lo escucho apoyada en el marco con una taza en la mano y no entiendo ni la mitad.

A las once y diez tomamos el café.

Lo hace él, porque yo lleno demasiado la italiana.

Se lo toma de pie, apoyado en el marco de la puerta del baño, mirando lo que lleva hecho, en cuatro minutos exactos, y devuelve la taza enjuagada.

Y a las dos menos cuarto, cuando ya está recogiendo, dice, sin darse la vuelta:

—El jueves es Nochebuena.

—Ya.

—Yo la paso solo. Desde el dos mil once.

Lo dice como quien informa de una medida, y sigue enrollando el plástico del suelo.

—Yo también —digo—. Bueno. Iba a ir a casa de mi madre a Talavera y le he dicho que no.

—¿Por qué?

—Porque son cuatro horas de coche para que me pregunten si he vendido el piso.

Termina de enrollar el plástico. Lo mete en la caja. Cierra la caja.

—A las nueve —dice.

—A las nueve.

—Y traigo yo la cena.

Y baja a por el herraje de veintidós euros.