Con gato incluido 35. Silencio administrativo
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35. Silencio administrativo

Lo digo en el sentido literal y administrativo del término: no hay respuesta, no hay acuse de recibo, no hay comunicación alguna de la otra parte. Los papeles entraron por debajo de una puerta el jueves a las ocho y doce de la tarde y desde entonces no ha ocurrido absolutamente nada.

Yo tengo un piso de noventa y seis metros, ciento ochenta y cuatro euros y todo el día por delante.

Así que hago cosas.

Le escribo a Nacho, el fotógrafo, y le pregunto si puede pasarme el contacto de alguna de las cinco agencias con las que trabaja. Me contesta en once minutos con dos nombres y un «¿te has ido de Lares?», y yo le contesto «me han ido», y él me pone un emoji de una carita que no significa nada.

Llamo al timbre del cuarto D. La vecina interiorista se llama Sara, tiene un niño de siete años, un patinete en el recibidor y una mesa de trabajo llena de muestrarios, y me dice, literalmente:

—¿Tú eres la del tercero? ¿La del gato?

—Soy la del gato.

Estamos hablando cuarenta minutos. Cuando bajo tengo un café pendiente para enero y una posibilidad concreta de subcontratarle a ella el montaje de dos proyectos de reforma en primavera.

Vuelvo a casa a las siete y media y hago la única cuenta del día: dos mil ochocientos posibles, dos contactos y un café. Cero seguros.

Es la primera vez desde 2019 que muevo algo yo sola.

Y por debajo de todo eso, todo el día, cada veinte minutos, el móvil boca arriba encima de la mesa camilla.

A la una de la madrugada del sábado, que en Bali son las ocho de la mañana, le mando a mi tío un mensaje de cuatro líneas contándole lo que he hecho: que he desistido, que he devuelto doce mil, que he perdido a Lares, que me quedo.

Contesta con un audio de once segundos.

Audio de Fermín, 8:04

[una cuchara] [alguien barriendo]

«Hija, que estoy desayunando y no me sale la voz todavía. Solo una cosa: ¿se lo has dicho al chico?

[silencio]

Vale. Pues ya está.»

[corte]

Se lo he dicho, tío. Se lo he dicho en dos folios, a mano, escritos cinco veces, metidos por debajo de una puerta un jueves a las ocho y doce de la tarde.

Que es exactamente la manera que tengo yo de decir las cosas, y eso también hay que mirárselo algún día.

El sábado 20 la finca se pone de Navidad.

Esto en Ponzano 41 es un procedimiento con historia y con jerarquías.

Maribel baja a las diez con dos cajas de cartón que llevan escrito NAVIDAD 1 y NAVIDAD 2 con rotulador de hace veinte años.

El del quinto A saca la escalera del cuarto de contadores.

Doña Reme trae un termo de café con leche y vasos de plástico, que es su función y no le corresponde discutirla a nadie.

Se cuelga la guirnalda de luces de pilas en el pasamanos desde el primero hasta el tercero, que es hasta donde llega.

Se pone el belén encima del mueble de los buzones: un misterio de escayola de los sesenta, con el Niño pegado con silicona porque se cayó en 2011, y quince figuras más que se colocan siempre en el mismo orden.

Y una pastora sin cabeza que se pone igual, detrás, «porque siempre ha estado».

Yo bajo a ayudar porque llevo dos días sin hablar con nadie que no sea por teléfono.

Pelayo baja detrás de mí y se sienta en el tercer escalón, que es su sitio para las operaciones de la finca, y se queda mirando el despliegue: la escalera de aluminio, el termo de café con leche, los vasos de plástico, dos cajas de cartón con NAVIDAD escrito a rotulador.

El del quinto A saca de la caja NAVIDAD 2 lo último que queda dentro: un Papá Noel de tela de un metro que se cuelga del pasamanos con dos bridas, con la barba de guata y una campanita cosida en el gorro.

—Este lo compré yo en 2016 —dice, orgulloso.

Pelayo lo mira desde el tercer escalón.

Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

—¿Ha sido por mi Papá Noel? —dice el del quinto A.

—Ha sido por tu Papá Noel.

—Pues lo siento mucho por él —dice, y lo cuelga con las dos bridas.

Y ahí se queda el muñeco, con su campanita cosida en el gorro, colgado de un pasamanos de 1927 que ha visto cosas peores.

—Toma —me dice Maribel, y me da el musgo.

Y así es como acabo un sábado por la mañana, a las once, poniendo musgo alrededor de un misterio de escayola con la presidenta de mi comunidad de propietarios, que lleva una carpeta de anillas incluso para esto.

—Se te ha ido lo de la venta —dice, sin mirarme, colocando una oveja.

—Se me ha ido.

—Ya me lo dijo la administradora. Que el arquitecto ese ha llamado para anular la consulta del bajante. —Coloca otra oveja—. Muy educado, eso sí. Todos son muy educados.

—Retiré yo el piso, Maribel. No se cayó la venta.

Se para con la tercera oveja en la mano.

—¿Lo retiraste tú?

—Sí.

—¿Y por qué?

Y aquí, en un portal, con las manos llenas de musgo, no tengo ninguna respuesta corta que no suene a discurso, así que doy la que tengo.

—Porque no me apetecía vender.

Maribel deja la oveja. Se limpia las manos en un pañuelo de tela que saca del bolsillo, cosa que hace la gente de su generación y nadie de la mía.

—Yo llevo desde octubre pensando en vender el mío —dice.

Lo dice mirando el belén.

—Nueve mil trescientos euros, Claudia. Con una pensión de mil ciento veinte, y esta finca a la que llevo catorce años dedicándole las tardes porque no se presenta nadie. Y en enero, quinientos veintidós al mes durante dieciocho meses. Sáquenme ustedes la cuenta.

—Maribel...

—Mi hija dice que lo venda y que me vaya con ella a Getafe, que tienen un cuarto. —Coge la oveja otra vez—. Y yo llevo cuarenta y un años en el primero D.

No sé qué se dice ahí.

Sé perfectamente lo que se dice cuando una vendedora tiene dudas, sé lo que se dice para cerrar una visita, y sé lo que se dice en una junta cuando alguien se pone nervioso con una derrama. Y de todo eso no me sirve absolutamente nada.

—¿Y usted qué quiere hacer? —digo.

—Yo quiero quedarme —dice Maribel—. Pero eso no es una respuesta.

—Es la única que hay.

Coloca la oveja. La mueve dos centímetros. La deja.

—Bueno, pues no lo vendo —dice—. Y me quito la peluquería y el seguro del coche.

—Maribel.

—Y quiero que conste que yo esto no lo he hablado con nadie.

—No consta.

Y se queda callada un rato largo poniendo figuras, y luego, sin cambiar el tono, dice:

—Ese chico ha estado tres días sin salir del bajo.

Doña Reme sube a las siete de la tarde con dos tuppers.

Uno es de lentejas. El otro es de albóndigas y es más grande.

—Toma. Este es de lentejas y este es de albóndigas.

—Doña Reme, no hace falta que...

—El de las albóndigas no es para ti —dice, y me lo pone en las manos igual.

Nos quedamos las dos en el recibidor, con los dos tuppers y la puerta abierta.

—Se lo bajas tú —dice.

—Reme, si él quiere hablar conmigo, sabe dónde vivo.

—Ya. —Se ajusta la rebeca—. Y tú sabes dónde vive él, y llevas dos días sin bajar, así que estamos igual.

—Le dejé un papel el jueves.

—¿Un papel?

—Dos.

Doña Reme me mira con una paciencia infinita, de las que se tienen a los setenta y ocho años.

—Hija —dice—. Yo he visto a ese hombre desde que era así de chico. Y a su padre. Y esa familia lo que hace con los papeles es leerlos, y luego pensarlos, y luego contestarlos. Pero contestarlos como se contestan los papeles, no como se contestan las personas.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que no esperes que llame a la puerta y te diga cosas. —Se da la vuelta hacia la escalera—. Que eso lo hacemos los que hablamos mucho.

Baja tres escalones y se para.

—El de las albóndigas no se lo bajes hoy. Bájaselo el lunes, que hoy es sábado y el sábado se pone la radio.

Y se va.

A las ocho y doce de la tarde del sábado 20 de diciembre se cumplen cuarenta y ocho horas exactas desde que dos folios doblados por la mitad desaparecieron por debajo de una puerta.

No hay respuesta.

Lo miro con la parte de mí que sabe de plazos: en administración, cuando pasa el plazo y la Administración no contesta, eso tiene un nombre y tiene dos formas.

Puede ser silencio positivo, y entonces se entiende concedido lo que pediste.

O puede ser negativo, y entonces se entiende desestimado, y a ti te queda recurrir.

Yo no he pedido nada. Ese es el asunto.

En el Anexo II, cláusula tercera, el derecho de paso después de las diez se reconoce y se dice expresamente que no depende de que se acepte lo que sigue.

Y en el encargo de obra, en el plazo de ejecución, pone: «el que decida el contratista».

Yo lo escribí. Yo escribí «el que decida el contratista» a mano, cinco veces, hasta que salió sin una sola palabra de las mías.

Así que a las ocho y doce de la tarde del sábado, en el salón, con la mesa camilla en su sitio y veintidós fotos colgadas en el pasillo y un tupper de albóndigas en la nevera que no es para mí, hago lo único que se puede hacer con un plazo que no ha terminado, que es esperar a que termine.

Le pongo la lata a las ocho y media.

Y me voy a la cocina a contar hasta veinte.