34. Anexo II
Desembalar es un verbo que yo no había usado nunca en mi vida profesional.
En seis años he embalado cuarenta y una casas y no he desembalado ninguna: eso lo hace luego el cliente, o nadie. Yo entro, quito, monto, fotografío y me voy.
Diecisiete cajas. Las abro con las llaves porque he tirado el cúter.
Primero la vajilla. Los ocho platos de La Cartuja vuelven al aparador, de canto en el estante de arriba, y el noveno se queda fuera. El juego de café con el precio en pesetas, las cuatro copas desparejadas, el mantel de hilo con la mancha.
Después la mesa camilla.
La saco del office, le quito la manta, la monto en el suelo del salón con el destornillador que me dejé del juego que compré en la ferretería, y la coloco en su sitio, que es un sitio que se ve porque las patas han hecho cuatro marcas en la tarima en sesenta años.
Encima, el tapete. Encima del tapete, la libreta de los presupuestos.
Después traigo el sillón de orejas del pasillo y lo pongo en el rincón, orientado como estaba: no hacia el balcón, que sería lo bonito, sino hacia el aparador, que es como lo tenía él.
Y luego abro la caja de plátanos que pone PASILLO.
Las cuelgo todas.
Las veintidós, en los mismos clavos, que siguen ahí porque yo no quité ningún clavo: quité los marcos y punto, como se hace, dejando los clavos para el que venga.
La comunión. El banquete de los sesenta con las mujeres a un lado. Fermín con veinte años y la boca abierta en mitad de una frase. Mi padre, joven, delgadísimo, con la gabardina que ya entonces era buenísima.
Y la última, la que está envuelta en dos capas de burbujas en vez de una: una mujer con una rebeca clara y el pelo recogido, apoyada en la barandilla de este balcón, con «Rosario, 1971» escrito a lápiz por detrás.
La cuelgo a la altura de los ojos, en el pasillo, la primera que se ve al entrar.
Y cuando bajo del taburete y me giro, Pelayo está sentado en mitad del pasillo, a dos metros, mirando la pared.
No la foto. La pared entera, las veintidós, de arriba abajo, con esa quietud suya de mueble antiguo.
Lleva tres meses cruzando un pasillo con veintidós clavos desnudos.
Yo eso lo hice el primer día, en cuatro horas, con papel de burbujas y una caja de plátanos, y lo hice bien, y lo hice como se hace, y me pagan cuatrocientos veinte euros de media por hacerlo.
Se levanta, va hasta la de Rosario, la huele por el canto del marco —como hacen los gatos con todo lo que aparece en una casa— y se vuelve al salón.
A media tarde llaman a la puerta, tres golpes, y es Julián con su bolsa de tela.
—Vengo a por el destornillador de estrella, que dice el Manu que lo tienes tú.
No lo tengo. Lo tengo. Está en el cajón del aparador desde que monté la mesa camilla.
Y mientras se lo busco, él se queda en el pasillo, delante de las veintidós fotos, con las manos en la espalda, como se está delante de un cuadro en un museo.
Tarda un rato largo en decir nada.
—Este es el bautizo del hijo de la del cuarto —dice al final, señalando el banquete de los sesenta—. En el Rincón de Goya. Yo estuve.
—¿Usted estuvo en esa comida?
—Yo estuve en esa comida y me senté ahí. —Da con el dedo en un punto de la mesa, en un sitio donde no se ve a nadie, porque la foto está cortada—. Ahí no salgo, pero ahí estaba.
Sigue. Va pasando por delante de las fotos y va poniendo nombres: el del sombrero era el del cuarto B de entonces, que se llamaba Aurelio; la del vaso levantado es una prima de Fermín que vino de Cuenca y se quedó nueve meses; el niño de la comunión es el que luego montó la ferretería de Bravo Murillo.
—Y esta es Rosario —dice, delante de la de la rebeca clara.
—Esa es Rosario.
—En el balcón de esta casa. —Se acerca un poco—. Esta señora bajaba a la calle con un abrigo azul que no lo tenía nadie en el barrio. Nadie. Se lo hacía ella.
Se queda mirándola tres o cuatro segundos más.
—Esto llevaba mucho en una caja, ¿no?
—Tres meses.
—Ah. Tres meses no es nada.
Le doy el destornillador. Se lo guarda en la bolsa y se va sin despedirse, que en esta finca es un rasgo de familia.
Y en el descansillo, cuando ya está bajando, le oigo decir, para nadie:
—El abrigo azul.
Después deshago lo mío, que se tarda mucho menos.
Doce cojines en fundas neutras, dos plaids, tres jarrones, la bandeja de madera, el cuenco de cerámica vacío. Todo a la maleta de trabajo. La maleta al maletero del coche.
El eucalipto lo tiro, que lleva tres semanas y ya está seco.
La lámpara de latón envejecido de ciento cuarenta euros la desenchufo, la envuelvo y la meto en su caja, y me estoy un rato con la caja en las manos en mitad del salón.
No la puedo devolver: la compré en octubre.
La bajo al portal y la dejo encima del cuarto de contadores, que es donde en esta finca se deja lo que uno ya no quiere y todavía sirve, con un pósit: «Funciona. Está nueva. Quien la quiera.»
A la mañana siguiente no está.
Y el jueves 18 restituyo el Protocolo, con la funda de plástico de Lore abierta encima de la mesa camilla, cláusula por cláusula, como quien repasa un inventario.
Primera. Lata y pienso de supermercado, jamás gourmet, en el plato de La Cartuja del aparador. — Cumplida desde septiembre, con dos infracciones en noviembre por retraso y una en diciembre por sustitución de plato.
Segunda. Música. — La pongo a las nueve, con el móvil de la pantalla rajada enchufado al altavoz. Ese móvil no vuelve a un cajón: se queda en el aparador, con el cable puesto.
Tercera. Visitas: ninguna pasada las diez.
Cuarta. Diminutivos: la infracción no se sanciona. Se ignora.
Quinta. Felpudo, con supervisión presencial. — Sigue en su sitio, gastado en el centro con la forma exacta de los pies de mi tío abuelo. Esta mañana me he limpiado los zapatos con Pelayo delante, como todos los días desde septiembre.
Sexta. Don Manuel Prada, del bajo A, conserva juego de llaves y potestad alimentaria. — Vigente. Nadie ha devuelto ninguna llave. Yo no se la he pedido.
Séptima. La medalla no se quita. El collar se cepilla los domingos.
Octava. Pelayo duerme donde Pelayo decida.
Novena. Pelayo no se vende, no se dona y no se traslada: se queda. Quien compre el piso, compra con gato.
Al lado de la novena, en el margen, escribo con el bolígrafo bueno: «Cumplida el 15 de diciembre».
El anexo lo escribo esa tarde.
Lo escribo a mano, en un folio blanco, porque en la impresión hay algo que no me sirve, y lo escribo cinco veces hasta que sale sin una sola palabra de las mías.
Sin «un poquito». Sin «una cosita». Sin «si te apetece». Sin «no hace falta que». Sin nada de eso.
El primero empezaba con «Manu, sé que no quieres saber nada», y lo tiré porque eso es decirle a alguien lo que quiere.
El segundo decía «no te lo cuento para que hagas nada», que es verdad, y lo tiré igual, porque quien escribe eso está haciendo lo contrario.
El tercero era una carta con la palabra «perdón» dos veces: sonaba a mí en septiembre.
El cuarto no tenía cifras y por eso no valía.
El quinto es este.
ANEXO II AL PROTOCOLO PELAYO
Ponzano 41, 3.º izquierda. Madrid, 18 de diciembre.
La propietaria, en pleno uso de sus facultades y con ciento ochenta y cuatro euros en la cuenta corriente, hace constar:
Primera. El piso no se vende. El contrato de reserva de 20 de noviembre quedó resuelto el día 15 por desistimiento de esta parte, con devolución de doce mil euros. La hoja de encargo está extinguida. No hay compradores, ni visitas, ni calendarios.
Segunda. La propietaria aprende. Despacio y con retraso, tres meses tarde y por el procedimiento más caro que existe: el de que se lo enseñe otro sin querer.
Tercera. Se reconoce a don Manuel Prada, del bajo A, derecho de paso en esta vivienda después de las diez de la noche, por no tener la condición de visita. Este derecho no caduca, no se revoca y no depende de que se acepte lo que sigue.
Cuarta. Queda vigente el Protocolo Pelayo en sus nueve cláusulas, en particular la novena.
Firmado: Claudia Soto.
Y en el segundo folio, el otro documento, que ese sí lo escribo como se escriben estas cosas.
ENCARGO DE ObrA N.º 2 — PONZANO 41, 3.º IZQ
Cliente: Claudia Soto. Contratista: Manuel Prada.
Objeto: 1) Pintura de la pared saneada del baño, a partir del 5 de enero. 2) Sustitución del herraje inferior de la ventana del office. 3) Apertura del tabique de la galería, con ventana a sur, según plano a lápiz de 4 de noviembre.
Importes: 1) 320 €. 2) 90 €. 3) 7.000 €.
Anticipo: 0 €. El cliente no puede pagar anticipo. El cliente tiene hoy ciento ochenta y cuatro euros y firma el 8 de enero un préstamo personal de doce mil a cinco años, de los cuales nueve mil cuatrocientos van a la derrama.
Calendario de pago propuesto: los puntos 1 y 2, el 15 de enero. El punto 3, en cuotas de trescientos euros a partir de marzo, sin ninguna garantía de que no haya un mes malo: el cliente ha perdido esta semana la mitad de su facturación anual.
Plazo de ejecución: el que decida el contratista.
Observaciones: el punto 3 no es urgente y puede esperar dos años. El cliente ha entendido que las casas hay que habitarlas antes de reformarlas.
Firmado: Claudia Soto. 18 de diciembre.
Bajo a las ocho y diez de la tarde.
En el segundo, la puerta de doña Reme está entornada y no hay televisión detrás. En el primero, alguien ha colgado la guirnalda de luces de pilas en el pasamanos.
La puerta del bajo A está cerrada y por debajo se ve la línea de luz encendida y se oye, muy bajo, un programa de radio.
No llamo.
Y no llamo porque llevo tres meses montando escenas, y si estoy delante cuando lo lea, lo que él conteste no será lo que piense: será lo que se pueda contestar con una persona delante.
Doblo los dos folios por la mitad, los meto juntos por la rendija, empujo con dos dedos hasta que el papel desaparece del otro lado, y subo los cuatro pisos sin esperar a oír nada.
En el segundo escalón me paro un segundo, porque se oye una silla dentro.
Sigo subiendo.
Arriba pongo la aria, aunque son las ocho y veinte y no es la hora.
Pelayo entra antes del segundo compás y se sube al sillón de orejas, que ya está en su sitio, orientado hacia el aparador, y encima del aparador está el móvil de la pantalla rajada con el cable puesto, y en el pasillo hay veintidós fotografías colgadas de sus clavos.
Y esta casa, por primera vez desde que yo llegué, no se puede fotografiar para nada.