33. Desistimiento
Bea me llama a las cuatro y veintitrés, doce minutos después de enviar el correo.
—Dime que es un error.
—No es un error.
—Claudia. —Se oye que ha parado el coche—. Tú sabes lo que estás haciendo, ¿verdad? Que no estás cabreada, ni nerviosa, ni nada.
—Lo sé.
—Dímelo con números, que es como te entiendes tú.
—Doce mil euros de devolución. Nueve mil cuatrocientos de derrama en dieciocho plazos. Un préstamo personal de doce mil a doscientos cuarenta y tres al mes hasta 2030. Y cuatrocientos veintidós euros al mes de por vida a partir de julio del veintisiete. —Respiro—. Y tu teléfono, que deja de sonar.
Silencio largo.
—Joder —dice Bea.
—Ya.
—Es que joder, Claudia.
—Ya.
—¿Y no puedes esperar a enero?
—En enero se firma.
—Ya lo sé. —Se le quiebra un poco la voz y en seis años no se la he oído quebrar—. Es que yo te he metido en esto. Yo te dije que lo enseñaras puesto.
—Bea, tú has hecho tu trabajo perfectamente.
—Ya. Bueno. —Y ahí vuelve, entera, en dos segundos—. Pues nada. Mira, te van a querer ver. Van a querer verte la cara y yo se lo voy a permitir, porque llevan cuatro semanas comprándose muebles mentalmente.
—Cuando ellos digan.
—Mañana a las once —dice Bea—. Y llévalo hecho.
Los doce mil los transfiero a las siete de la tarde del lunes, desde el suelo del salón, con el móvil.
Voy a decir cómo se hace eso, porque en las películas no lo cuentan.
Se hace en cuatro pantallas. Se pega el IBAN que te ha mandado una asesora.
Se escribe 12.000,00. Se pone el concepto —yo escribo «DEVOLUCIÓN RESERVA DUPLICADA — PONZANO 41 3 IZQ», porque he trabajado seis años con inmobiliarias y sé que en los conceptos hay que ser aburrido—.
Y sale un mensaje verde que dice que la operación se ha realizado correctamente.
Tarda cuarenta segundos. No hay ninguna música.
Y el saldo, que a las seis y media eran doce mil ciento ochenta y cuatro euros, pasa a ser ciento ochenta y cuatro.
Los doscientos cuarenta y cuatro que faltaban entraron el viernes: la última factura de Lares, la de Vallehermoso, pagada a sesenta días con puntualidad suiza.
Devuelvo la reserva con el dinero de la agencia a la que acabo de dejar tirada. Estas cosas solo las entiende el que las apunta.
Me quedo mirando esa cifra un rato. Ciento ochenta y cuatro euros y un piso en Chamberí.
Esa es exactamente la clase de frase que mi padre habría dicho en una cena, con la gabardina en el respaldo de la silla, y todo el mundo se habría reído.
La diferencia es que la mía es verdad y está en una aplicación del banco.
La sala de reuniones es la misma. El cuadro del puente es el mismo.
Me siento en la tercera de la izquierda, la que da la espalda al cuadro, que es la silla del proveedor, y no lo pienso hasta que ya estoy sentada.
Jaime y Cova llegan a las once en punto y esta vez no traen tupper.
Traen cara de no haber dormido bien y una carpeta de tela con la copia del contrato, y se sientan enfrente, y Cova se sienta con el abrigo puesto, que es la manera que tiene la gente de decir que esto va a durar poco.
—Buenos días —digo.
—Buenos días.
Y luego lo digo entero, sin adornarlo, que es lo único que se puede hacer en una sala con moqueta a las once de la mañana:
—Retiro el piso de la venta. Lo siento mucho. La transferencia de los doce mil euros la hice ayer a las siete de la tarde a la cuenta que me pasó la asesoría. Está en vuestro banco desde esta mañana.
Jaime asiente despacio, mirando la mesa.
—Ya lo hemos visto —dice.
—No es una negociación. No estoy buscando más dinero ni nada por el estilo. He desistido y he pagado lo que dice el contrato.
—Ya.
—Y sé perfectamente que os he hecho perder cuatro semanas y un arquitecto.
—Cinco semanas —dice Cova—. Y el arquitecto son mil doscientos euros.
—Pasádmelos.
Levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Que me paséis la factura de Cendán y la pago. No entra en el contrato, no me lo podéis reclamar y os la voy a pagar igual, porque el trabajo lo ha hecho.
Se miran. Es un cruce de un segundo y medio y ahí se les nota que son un matrimonio bueno.
—No hace falta —dice Cova.
—Sí hace falta.
—Hombre, hacer falta sí hace falta —dice Jaime.
Y lo dice sin levantar la voz, mirando la mesa, y es la primera frase que le oigo en dos meses que no está pasada por el filtro.
—Jaime.
—No, si yo lo entiendo. —Se pasa la mano por la barbilla—.
Lo entiendo perfectamente. Lo que pasa es que nosotros vendimos el nuestro en septiembre y llevamos desde octubre en casa de mis suegros, en Aravaca, en la habitación de la hermana de Cova, con las cajas en un guardamuebles. Y ahora es diciembre.
—Jaime, por favor.
—Y el arquitecto son mil doscientos, sí, pero el crédito puente son otros mil ochocientos de comisión de apertura ya pagados, y esos no me los pasa nadie. —Levanta la vista por fin—. Así que sí. Perdona, pero hace falta.
Se hace un silencio.
—Tienes toda la razón —digo—. Pásame también lo del crédito.
—No.
—Jaime.
—Que no. —Y ahí se le ve incómodo, porque este hombre no está entrenado para esto y se le nota en las orejas—. El arquitecto sí, porque es un trabajo que has usado tú. Lo otro es riesgo mío y lo asumo yo.
Y esa es, con diferencia, la cosa más elegante que se dice en esta sala en toda la mañana, y la dice el que acaba de perder los papeles.
Bea, desde el otro lado de la mesa, no dice absolutamente nada y no me quita ojo.
Y entonces Cova, que lleva todo este rato con las manos quietas encima de la carpeta de tela, hace la pregunta.
—¿Es por el gato?
Lo dice sin ninguna ironía. Lo dice con una esperanza rarísima, casi con ilusión, como quien busca una explicación que le permita irse de esta sala pensando bien de todo el mundo.
—Porque si es por el gato, nosotros lo hablamos —añade deprisa—. Nos lo quedamos. En serio. Yo se lo dije a Jaime desde el primer día, que ese animal es de esa casa. Nos lo quedamos y le ponemos su comida y su música y lo que haga falta.
—Cova.
—Que lo digo en serio, Claudia.
Y lo dice en serio. Ese es el problema desde octubre: que esta mujer lo dice en serio, y me cae bien, y en su casa de Ávila hay un terreno enorme donde los animales viven fenomenal, y las dos cosas son verdad a la vez, y ella no ve ninguna contradicción porque no la hay en su cabeza.
—No es por el gato —digo.
—¿Entonces?
Y aquí tengo que decirlo bien, porque a esta gente le debo por lo menos eso.
—Es por todo lo que es del piso.
—No te entiendo.
—El gato es del piso. La cenefa es del piso.
El suelo, los radiadores, una pared del baño que no vais a ver nunca, un plato de La Cartuja, una lista de reproducción en un móvil roto.
— Junto las manos encima de la mesa—. Y yo lo iba a vender todo junto y a llevarme el gato como quien se lleva un souvenir.
Cova me mira sin parpadear.
—Eso es muy bonito —dice—, pero nosotros nos hemos quedado sin casa.
—Sí.
—Y en tu piso yo ya sabía dónde iba a poner el árbol de Navidad.
—Lo siento mucho —digo—. De verdad.
Y luego digo la única cosa útil que se me ocurre en toda la mañana, porque llevo seis años en esto y hay algo que sí sé hacer.
—El de Modesto Lafuente 22 sale en febrero.
Jaime levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Una finca de 1931, tercero exterior, ochenta y cuatro metros, molduras y una galería a un patio grande. La dueña se muere por venderlo y no se lo ha dado a nadie porque no quiere carteles. —Cojo el móvil—. Le monté un piso a su hija hace dos años. Si queréis, la llamo esta tarde.
—¿Y eso a ti qué te aporta? —dice Cova.
—Nada.
—Entonces por qué.
—Porque llevabais ocho meses buscando —digo— y porque a mí me acaban de dar una casa gratis.
Jaime se levanta y le pone la mano en el hombro a Cova, y ella se levanta también, y se ponen los abrigos que no se habían quitado.
En la puerta de la sala, Jaime se para.
—Oye —dice—. El del suelo.
—¿Qué?
—El que te ha hecho el suelo. ¿Nos pasas el contacto? —Se encoge de hombros, un poco avergonzado—. Vamos a seguir buscando y va a haber que arreglar lo que sea que encontremos.
—Se llama Manuel Prada —digo—. Os paso el teléfono. Pero solo trabaja en este barrio.
—¿Solo en este barrio?
—Solo en este barrio.
El correo de Lares entra a las seis y doce de la tarde.
Es de la asesoría, con copia a Bea y a dirección, y tiene dos párrafos.
El primero acusa recibo del desistimiento y de la transferencia, confirma la resolución del contrato de reserva y da por finalizada la hoja de encargo, con efectos inmediatos.
El segundo dice, literalmente:
«Asimismo, le comunicamos que causa baja en nuestro listado de proveedores de servicios de preparación y ambientación de inmuebles con fecha de hoy. Agradecemos los servicios prestados durante estos años.»
Lo leo dos veces.
Está escrito por una asesora que redacta esto tres veces al mes y no tiene nada personal, y aun así la última frase es la más elegante que he visto en mi vida para decir «hasta nunca».
Nueve mil doscientos euros al año. Cuarenta y una casas. Seis años de taburetes.
Bea me escribe por privado a las seis y veinte, un mensaje suelto, sin saludo:
«El correo no lo he escrito yo.»
Y a los dos minutos, otro:
«Lo del arquitecto que les pagues me ha parecido bien. Es lo que habría hecho un profesional.»
Y a los cinco minutos, el último:
«Cuando esto se me pase, que se me va a pasar en unos meses, te llamo para tomar algo. No para trabajar. Para tomar algo.»
No contesto a ninguno, porque no se me ocurre nada que no suene a otra cosa. Le pongo el corazón al último, que es como decimos gracias ahora.
Después dejo el móvil boca arriba encima del aparador, con el correo de Lares todavía abierto en la pantalla, y me voy a la cocina a por agua.
Cuando vuelvo, la pantalla se ha apagado sola y encima del aparador solo hay un móvil negro, una sopera y un frutero de cristal.
Seis años caben en una pantalla que se apaga a los treinta segundos.
A las ocho y media abro la lata en la cocina y la sirvo en el plato de La Cartuja, en el comedor, y me voy a contar hasta veinte.
En el saldo de la cuenta hay ciento ochenta y cuatro euros.
Ciento ochenta y cuatro euros, un préstamo aprobado a expensas de firma, una casa de noventa y seis metros construidos en Chamberí sin hipoteca, una derrama que empieza en enero y ningún cliente.
Cuando vuelvo, el plato está limpio.