32. Cargas y gravámenes
Me levanto a las siete y diez. Pongo la aria a las nueve. Y a las nueve y veinte me siento en el suelo del salón con la libreta, el bolígrafo bueno, el portátil, el móvil y un café, y hago lo que llevo tres meses haciendo mal.
Hago las dos cuentas.
VENDER.
Quinientos noventa mil de precio. Menos veintiún mil cuatrocientos diecisiete de honorarios de Lares.
Menos nueve mil cuatrocientos de derrama, que se liquida entera antes de escriturar.
Menos dos mil de plusvalía, redondeando por arriba.
Menos doce mil trescientos de obra, pagados o comprometidos, que no se recuperan pero que suben el precio.
Quedan quinientos cuarenta y cuatro mil ochocientos ochenta y tres limpios el 22 de enero.
Con eso: un dos habitaciones en Tetuán o en Ventilla, reformado, sin hipoteca, entre doscientos cincuenta y trescientos mil. Sobran doscientos cincuenta mil. Sonia diría un fondo indexado y no volver a mirar el saldo antes de la compra grande en toda mi vida.
Al lado escribo lo que cuesta, que es lo que nunca había escrito:
Doce mil por desistir, no. Cero. Vender no cuesta nada. Ese es el problema de vender: que no cuesta nada.
Lo que cuesta es lo otro.
QUEDARSE.
Doce mil euros a Jaime y Cova el mismo día que desista, porque la cláusula cuarta dice duplicada y no dice ni una palabra más.
Los tengo. Los tengo exactamente: seis mil de la reserva, que no son míos y que devuelvo; mil cien que me transfirió Manu de lo no ejecutado; y cuatro mil ochocientos cuarenta de la cuenta, que es todo lo que hay ahí después de tres meses de obra. Suman once mil novecientos cuarenta.
Me faltan sesenta euros.
Miro esa cifra un rato largo, porque es una cifra de humor negro, y luego escribo debajo: «vender la maleta de trabajo, no».
Después, la exclusiva.
Retirar el piso de una hoja de encargo firmada en exclusiva por cuatro meses no tiene penalización económica: lo miró Lore en noviembre y lo confirma esta mañana en dos mensajes. Lares no me puede cobrar nada.
Lares me puede hacer otra cosa, que es más barata para ellos y mucho más cara para mí.
Yo facturé el año pasado diecinueve mil cuatrocientos euros brutos. Nueve mil doscientos, casi la mitad, salieron de Lares: cuarenta y una casas montadas para Bea, cuarenta y una veces subiéndome a un taburete con doce cojines. No tengo contrato con ellos. Tengo un teléfono que suena.
Si retiro este piso a cinco semanas de escriturar, después de que ellos hayan puesto un fotógrafo, un arquitecto amigo, once visitas y una reserva firmada, ese teléfono deja de sonar. No por venganza: porque es lo lógico. Yo en su lugar haría lo mismo.
Escribo: –9.200 al año.
Y debajo: «buscar dos clientes en seis meses».
Miro esa línea un rato. Es la línea más asustada de toda la hoja.
Porque yo llevo seis años sin buscar un cliente. Los clientes me los da Bea. Tengo una web de 2019 que no he tocado, cuatrocientos setenta seguidores y un teléfono que suena. En seis años no he hecho una sola llamada en frío.
Y eso también es una manera de estar de paso.
Debajo de «buscar dos clientes en seis meses» apunto tres nombres: la de la promotora de Guzmán el Bueno, que en marzo me dijo que la llamara y no la llamé.
El fotógrafo Nacho, que trabaja para cinco agencias más.
Y la del cuarto D, que es interiorista y a la que llevo tres meses cruzándome en la escalera.
Nunca he escrito una lista de clientes. He escrito cuarenta y una listas de cojines.
A las diez y cuarenta empieza a vibrar el móvil encima de la tarima y no para en veinte minutos.
PONZANO 41 (EL BUENO) · 10 participantes
Quinto A , 10:41
Señores, ¿quién tiene la llave del cuarto de contadores?
Quinto A , 10:41
Que están ahí las cajas de NAVIDAD 1 y NAVIDAD 2 y hay que sacarlas
Cuarto D , 10:44
la tiene Maribel
Quinto A , 10:44
La tiene Maribel pero Maribel dice que la llave la tiene el Manu
Segundo A , 10:52
El Manu tiene todas las llaves de esta finca desde el año 89. Es lo que hay.
Tercero B (Julián) , 11:02
En NAVIDAD 2 está el belén. En NAVIDAD 1 están los cables, que no valen.
Quinto A , 11:03
¿Y por qué no tiramos los cables?
Tercero B (Julián) , 11:04
Porque son los cables.
Dejo el móvil boca abajo.
Doce personas discutiendo la ubicación de una caja de cartón, un lunes por la mañana, mientras yo estoy sentada en el suelo de un tercero izquierda decidiendo si vendo quinientos noventa mil euros.
Y eso va a seguir pasando exactamente igual el 23 de enero, esté yo o no esté.
Ese pensamiento no computa en ninguna de las dos columnas y sin embargo lo apunto en el margen de la hoja, muy pequeño: «las cajas de Navidad».
La derrama.
Nueve mil cuatrocientos en dieciocho plazos de quinientos veintidós, primer plazo en enero.
A las once y media entro en la oficina de mi banco de la calle Bravo Murillo, la de al lado de la ferretería, y pido cita con la chica que me llevó lo del cambio de titularidad del recibo de la luz. Se llama Noelia y tiene una mesa con una foto de un perro.
Le explico lo que necesito: doce mil euros a cinco años.
Me pregunta por ingresos. Le enseño las tres últimas declaraciones y los modelos trimestrales.
—Autónoma con ingresos irregulares —dice, tecleando—. ¿Tienes propiedad?
—Tengo un piso.
—¿Con hipoteca?
—Sin hipoteca.
Levanta la vista de la pantalla.
—Pues eso lo cambia todo. —Teclea otro rato—. A ver, a cinco años, doce mil, con un tipo del 7,95, te sale la cuota en doscientos cuarenta y tres euros. Y si lo alargas a siete años, en ciento ochenta y ocho, pero pagas mil doscientos más de intereses.
—Cinco años.
—Cinco años. —Imprime una simulación—. Te lo dejo aprobado a expensas de la firma. Lo tienes disponible cuando quieras.
Salgo con un papel doblado en el bolsillo del abrigo.
Doscientos cuarenta y tres euros al mes hasta diciembre de 2030.
Vuelvo andando por Ríos Rosas y hago la suma final en la cabeza, que es la única suma que importa:
Comunidad 205. IBI 65. Suministros 130. Seguro 22. Derrama 522, dieciocho meses. Préstamo 243, sesenta meses.
Total hasta junio de 2027: 1.187 euros al mes.
De julio de 2027 a diciembre de 2030: 665 euros al mes.
A partir de 2031: 422 euros al mes, para siempre.
Contra 628 de habitación y guardamuebles.
Contra 1.400 y 1.900 de facturación irregular, a los que ahora hay que quitarles nueve mil doscientos al año.
Los primeros dieciocho meses son inviables sobre el papel y perfectamente posibles si no me gasto nada y si consigo dos clientes nuevos, y esas dos cosas dependen enteramente de mí y de nadie más.
Eso es todo. No hay más cuentas. Sonia tenía razón: no hay ninguna cuenta escondida por ningún lado, ni buena ni mala.
Subo a casa a la una y media y me siento otra vez en el suelo del salón.
Y aquí es donde tengo que ser muy honesta conmigo misma, porque llevo tres meses sin serlo y he visto lo que cuesta.
No me voy a quedar por Manu.
Eso primero, y lo escribo en la libreta para no engañarme luego: si me quedo por él, esto se acaba en dos años, y entonces me habré quedado sin dinero y sin casa y con la culpa además. Él mismo lo dijo en el pasillo, con la caja en la mano, y no lo dijo por elegante: lo dijo porque es verdad.
Y tampoco me voy a quedar por el gato.
Un gato de doce años puede vivir en catorce metros cuadrados en Móstoles con una ventana a un patio. Vivirá peor, y me dará pena, y comerá en su plato porque el plato me lo llevo yo. Eso no son quinientos cuarenta y cuatro mil euros. Eso es una pena.
Y no me voy a quedar por mi tío abuelo, que es la trampa más fina de todas y la que llevo tres días rondando.
Fermín no me pidió nada. Fermín me lo dio todo pagado, impuestos incluidos, precisamente para que no fuera una deuda.
Me dijo por audio, a las cuatro y pico de la madrugada y con reguetón de fondo, que si lo vendo lo vendo y que el que diga algo que le llame a él.
Quedarme por él sería convertir un regalo en una obligación, y eso es exactamente lo que él se pasó marzo entero pagando para evitar.
Me quedo por el radiador.
Por un radiador de noventa kilos con las letras de una fundición de Bilbao en relieve, que llevaba cinco capas de pintura blanca encima y que un tío tocó con dos dedos y dejó un día entero sin pintar para que yo lo viera.
Eso es todo lo que tengo. No tiene ninguna traducción a euros y no cabe en la hoja.
Y si el 22 de enero firmo, me llevo quinientos cuarenta y cuatro mil euros y un dos habitaciones en Ventilla que voy a montar exactamente igual que monto los de los demás.
A las cuatro de la tarde escribo tres correos en el móvil, sentada en el suelo, sin levantarme.
El primero es para Bea y tiene tres líneas:
«Bea, retiro el piso de la venta. Desisto de la reserva y devuelvo los 12.000 esta semana. Sé perfectamente lo que esto significa para vosotros y para mí, y lo siento de verdad.»
El segundo es para la asesoría, con copia a Bea, comunicando el desistimiento de la parte vendedora conforme a la cláusula cuarta del contrato de 20 de noviembre y solicitando número de cuenta para la devolución.
El tercero es para Lore y tiene dos palabras: «lo hago».
No le doy a enviar a ninguno.
Los dejo en borradores y me voy al baño a lavarme la cara, y al levantar la cabeza me encuentro conmigo misma en el espejo del mueble de aglomerado del noventa y uno: treinta y tres años, el pelo recogido con un boli, una sudadera con manchas de aceite-cera en el puño y los ojos de haber dormido cuatro horas.
Y hago lo que hago siempre.
Junto las palmas y doy una palmada.
Pero no me sale seca. No me sale con la barbilla arriba. Me sale floja, sin ruido casi, una palmada de nada en un baño de cuatro metros, y lo que digo detrás no lo digo hacia fuera ni para que nadie se levante.
—Pues ya está.
Lo digo bajito. Sin exclamaciones.
Vuelvo al salón, cojo el móvil, abro los borradores y le doy a enviar a los tres, en orden.
Son las cuatro y once minutos de la tarde del lunes 15 de diciembre.
Y en el sillón de orejas hay un gato durmiendo que no ha tenido absolutamente nada que ver con esto.