31. Las Solventes (presencial)
La cena de Navidad de las Solventes es siempre el segundo domingo de diciembre y siempre en casa de Sonia, y este año la organizo yo sin darme cuenta de que la estoy organizando: escribo «¿venís aquí?» un miércoles y las tres dicen que sí en cuatro minutos, que es un récord.
Vienen a Ponzano.
Es la primera vez en cuatro años que quedamos en mi casa, porque yo no tengo casa. Yo tengo una habitación con un imán de nevera que dice «no animales» y una silla que hace de mesa.
Patri llega la primera, a las ocho y cuarto, con dos botellas y un ramo de flores envueltas en papel de periódico.
—Ay —dice en el recibidor. Y luego, cuando entra en el salón—: Ay, Claudia.
—¿Qué?
—Que es preciosa.
—Es que está montada.
—¿Cómo que está montada?
—Que está puesta para enseñar. Los cojines son míos de trabajo. El eucalipto lo compré el sábado.
Patri me mira con esa cara suya que no sabe disimular absolutamente nada.
—Vale —dice—. Pues está preciosa igual.
Sonia llega a las ocho y media con una carpeta de plástico, cosa que registro y no comento. Lore, a las nueve menos veinte, con una bandeja de croquetas de un sitio de Vallehermoso y su bolso enorme de gestora.
Cenamos en el suelo del salón, porque la mesa camilla está desmontada y de canto contra la pared del office, envuelta en una manta. Cuatro mujeres de treinta y tantos sentadas en una tarima recién encerada, con los platos en las rodillas y las copas en el suelo, en una casa perfecta y vacía.
Pelayo hace su ronda a los diez minutos.
Sale del pasillo, cruza el salón sin prisa, y las tres se callan a la vez, cosa que pasa siempre. Patri hace un ruidito. Pelayo pasa de largo. Lore alarga la mano y él se para, la huele y se sienta a metro y medio de ella, mirándola, con esa cara de estar tomando declaración.
—Ay, me ha elegido —dice Lore.
—Es que llevas croquetas.
—No es por las croquetas. Es que le doy respeto.
Y luego se levanta, va hasta el ramo de flores que Patri ha traído, que está en el suelo apoyado contra la pared con su celofán y su lazo de rafia dorada, lo huele por el papel de periódico y se vuelve a su sitio sin más trámite.
—¿Le ha gustado? —dice Patri.
—Le ha gustado el periódico.
Y ahí empieza a pasar lo que pasa cuando la gente se ve.
Porque en el chat somos tres funciones muy claras: Sonia numera, Patri se emociona y Lore corrige. Llevamos así once años. Es cómodo y es rapidísimo y no sirve absolutamente para nada cuando estás sentada en el suelo con una copa en la mano y alguien te ve la cara.
—Estás fatal —dice Sonia, a los veinte minutos.
—No estoy fatal.
—Estás fatal, Claudia. Llevas veinte minutos hablando de la humedad de un baño.
Y me pongo a llorar con un plato de croquetas encima de las rodillas, que es exactamente lo que no iba a pasar en esta cena.
Se lo cuento entero. Desde septiembre.
La hoja de encargo firmada el día de la valoración.
El presupuesto de nueve mil doscientos elegido para que no sospechara.
Los dos calendarios. El biombo de cañizo.
El domingo del suelo. La reserva firmada cuatro semanas después.
El portal, el tubo de planos, los dos sacos de veinticinco kilos subidos igual. La puerta abierta veinte centímetros.
Tardo cuarenta minutos. Nadie me interrumpe, ni siquiera Sonia, que es lo más impresionante que ha hecho Sonia en once años de amistad.
Cuando termino, Patri se pone a llorar también, y Lore le da una servilleta a cada una, en silencio, como quien reparte formularios.
—A ver —dice Sonia—. Trae la libreta.
—¿Qué libreta?
—La de los presupuestos, que la tienes en el aparador. Te he visto sacarla dos veces esta noche.
La traigo.
Sonia abre por una hoja limpia, saca de su carpeta un bolígrafo de cuatro colores y escribe arriba, con mayúsculas, dos palabras.
QUEDARSE. CUÁNTO.
—Espera —digo—. Sonia, tú me has dicho desde el primer día que venda.
—Y sigo pensando que vender es lo sensato. —Le quita el capuchón al bolígrafo—. Pero es que llevo tres meses haciéndote una sola cuenta y esa cuenta está mal hecha, porque solo tiene un lado. Así que vamos a hacer la otra y la miras, y luego decides tú.
Y la hace. En azul, en columna, número a número, y me la va leyendo en alto como si fuera un acta.
Comunidad: 205 al mes. IBI: 65 al mes. Derrama: 522 durante dieciocho meses. Suministros: 130. Seguro: 22. Total mensual hasta junio del año que viene: 944 euros. A partir de julio, sin derrama: 422.
—Cuatrocientos veintidós euros —dice, y lo subraya—.
Ese es el número que no has mirado nunca.
Tú te has quedado con los novecientos cuarenta y cuatro porque los novecientos cuarenta y cuatro dan miedo.
Pero eso es dieciocho meses. Después esta casa cuesta cuatrocientos veintidós euros al mes, sin hipoteca, para siempre.
—Yo pago quinientos sesenta en Carabanchel.
—Tú pagas quinientos sesenta en Carabanchel —repite—. Y sesenta y ocho de guardamuebles. Seiscientos veintiocho.
Se queda mirando la hoja.
—Los dieciocho meses malos son el problema —dice—. Nueve mil cuatrocientos de derrama con lo que tú facturas no salen. Y esa es la única razón de verdad para vender.
—Ya.
—Y esa razón tiene solución y no te va a gustar: un préstamo personal de doce mil a cinco años. Doscientos veinte al mes. Lo firmas en enero, cubre la derrama y lo que te queda de obra, y en 2031 estás limpia.
—Doscientos veinte al mes.
—Doscientos veinte. —Cierra el bolígrafo—. Es lo que gastamos tú y yo en cenas como esta al año, más o menos.
Y luego dice, y esto lo dice mirando el eucalipto:
—Que conste que si me lo preguntas otra vez, te vuelvo a decir que vendas.
Porque doce mil euros de deuda con tus ingresos es un riesgo de verdad y a mí me revienta el estómago.
—Se encoge de hombros—. Pero riesgo no es lo mismo que error.
Y llevo tres meses dejándote que lo confundas porque me convenía.
A las once y media, Lore saca del bolso enorme una funda de plástico transparente.
Dentro hay tres folios grapados. Están impresos, no fotocopiados: los imprimió ella del PDF que le mandé en septiembre.
—Lo llevo encima desde octubre —dice—. Por si acaso.
—Lore, ese papel no vale nada.
—Ya lo hemos hablado. —Se pone las gafas—. Voy a leerlo en alto, que estas dos no lo han oído nunca.
Y lo lee. Entero. Con esa voz suya de gestora que lee las cosas exactamente como están escritas, sin ironía y sin ternura, que es la única manera de leer un documento como ese.
Primera, la comida. Segunda, la música. Tercera, las visitas. Cuarta, los diminutivos. Quinta, el felpudo. Sexta, don Manuel Prada, del bajo A, conserva juego de llaves y potestad alimentaria en ausencia de la propietaria. Séptima, la medalla. Octava, dónde duerme.
Y la novena.
—«Novena» —lee Lore—. «Pelayo no se vende, no se dona y no se traslada: se queda. Quien compre el piso, compra con gato.»
Silencio.
Patri se ríe. Se ríe sola, con la copa en la mano, y dice «madre mía, tu tío», y luego se calla porque nadie más se está riendo.
Yo me acuerdo perfectamente de la primera vez que leí esa cláusula. Fue a las dos y media de la madrugada de mi segunda noche aquí, sentada en el sillón de orejas con las piernas cruzadas debajo del cuerpo, y me reí con esa risa fea de nariz que me sale cuando algo me hace gracia de verdad.
Ahora no me río.
—¿Y qué pasa con el gato? —dice Lore.
—Me lo llevo yo.
—¿A dónde?
—A Tetuán. Cuando compre.
—¿Y de enero a Tetuán?
—A casa de Sonia. Al cuarto de Nico.
—Marcos es alérgico —dice Sonia.
—Ya.
—Que se puede hacer, Claudia, ya te lo dije. Pero es un cuarto de catorce metros con la ventana a un patio y el gato ahí dentro, y Marcos estornudando en el pasillo, y eso son cuatro meses o seis, o los que sean.
Y entonces Patri, que no ha dicho nada en veinte minutos, hace la pregunta.
—¿Y ellos qué te dijeron del gato?
—¿Quiénes?
—Los que compran.
Y aquí es donde tengo que decirlo en voz alta, en mi propio salón, delante de tres personas que me conocen desde la universidad.
—Que si yo no podía, sus padres tienen una casa en Ávila. Con un terreno enorme. Que ahí los animales viven fenomenal.
Se hace un silencio de esos que tienen textura.
—¿Y eso cuándo te lo dijeron? —dice Lore.
—El día que vino el arquitecto.
—O sea, hace tres semanas.
—Sí.
—¿Y qué contestaste?
—«Ya.»
—¿Ya?
—Dije «ya» dos veces —digo—. Y luego bajamos.
Y me oigo decirlo, y es entonces cuando se me cae encima del todo, en el suelo de mi salón, a las doce menos veinte de la noche de un domingo de diciembre: que yo eso lo oí perfectamente.
Que lo entendí perfectamente. Que sabía, desde el día veintitrés de noviembre, que hay una casa en el campo esperando en Ávila para un gato de doce años que come a las ocho y media en un plato concreto y que hasta hace tres meses no había salido de un piso de Chamberí.
Y que no dije nada. Y que no lo apunté en ninguna lista. Y que lo tapé, como se tapa una humedad: sellador, dos manos de pintura y una cesta de mimbre encima.
Lore me pasa la funda de plástico con los tres folios grapados.
—Toma —dice—. Que es tuyo.
Se van a la una menos cuarto.
En el recibidor, mientras se ponen los abrigos, Sonia me deja la hoja de la libreta abierta encima del aparador, con su letra azul y sus columnas, y pone el dedo encima de un número.
—Cuatrocientos veintidós —dice—. Y doce mil de préstamo. Eso es todo lo que hay. No hay ninguna otra cuenta escondida por ningún lado, ni buena ni mala.
—Vale.
—Y ahora te digo lo que pienso yo, que es distinto de las cuentas. —Se sube la cremallera del abrigo hasta arriba—. Tú llevas cuatro años diciendo que estás de paso. Cuatro. Y hoy nos has hecho cenar en el suelo de un salón y no se nos ha ocurrido a ninguna quejarnos.
Patri me abraza dos veces y me dice al oído que le escriba a la hora que sea.
Lore, en la puerta, se pone la bufanda y dice lo último, con toda la naturalidad de quien apaga la luz al salir:
—Por cierto, para desistir tienes hasta el 22 de enero. Devuelves doce mil y se acabó. No hay penalización adicional ni indemnización ni nada, lo tengo mirado desde noviembre. —Se ajusta el nudo—. Buenas noches, cariño.
Cierro la puerta.
Y me quedo sola en un recibidor a la una menos cuarto de la madrugada, con una funda de plástico transparente en una mano y una hoja de cuadros con la letra azul de Sonia en la otra, y con un gato de esmoquin sentado encima del felpudo, dentro de casa, mirándome a mí.