30. Piso vacío
Lo hago como lo hago todo: con método.
Compro veinte cajas de cartón de doble canal en una papelería de Ríos Rosas, dos rollos de precinto, papel de burbujas y un rotulador grueso.
Hago tres listas en la libreta: QUEDA, VA y DUDAS.
Y empiezo por el pasillo, que es donde no hay nada, y sigo por los dormitorios, que es donde casi no hay nada, y dejo el aparador para el final, que es donde está todo.
En la lista de QUEDA no hay nada.
Eso lo entiendo el segundo día, con la lista delante: que aquí no se queda nada, porque lo que se queda no cabe en una caja.
Se queda el suelo. Se quedan cuatro radiadores con las letras de una fundición de Bilbao.
Se queda la cenefa de hojas, hasta febrero.
Se queda una pared de baño que costó tres mil cien euros y que en marzo estará pintada de blanco.
Todo eso no lo embala nadie. Todo eso se firma.
Así que tacho QUEDA y me quedo con dos listas.
El aparador lo abro el jueves 11 por la mañana.
Es un mueble de 1961 de tres cuerpos, con la puerta central que no cierra bien y que hay que levantar un poco al empujarla.
Dentro está lo que hay en todos los aparadores de todas las casas de este país: la vajilla de las visitas, cuatro copas desparejadas, un mantel de hilo con una mancha, dos manteles de plástico, un juego de café completo con la cafetera y todo, sin usar, con el precio todavía puesto en la base de la azucarera en pesetas.
Y ocho platos hondos de La Cartuja, blancos con el filo verde y el escudito.
Ocho.
Yo llevo tres meses dándole de comer a un gato en uno de ellos y no había abierto nunca el mueble. Nunca se me ocurrió que hubiera siete más. Nunca se me ocurrió pensar de dónde había salido ese plato, porque en la cláusula primera pone «el plato de La Cartuja del aparador» y yo lo cogí y ya está.
Los envuelvo de uno en uno en papel de burbujas y los pongo de canto, no apilados, que es como se embalan los platos.
La lista de DUDAS crece toda la mañana y todas las dudas son la misma duda.
El juego de café sin estrenar con el precio en pesetas: ¿lo tiro, lo dono, me lo llevo a una casa que todavía no existe?
La cafetera italiana, que es de él, que la ha usado cuatro personas en sesenta años y que hace el café mejor que ninguna que yo haya tenido.
El mantel de hilo con la mancha, que es una mancha de vino de una noche de la que no sé nada y de la que ya no queda nadie que pueda contármela.
Y el móvil de la pantalla rajada, que se carga con un cable que no fabrica nadie y que tiene cuarenta y una fotos del mismo gato en el mismo sillón.
Ese no entra en ninguna lista. Ese se queda en el cajón, y el cajón se queda en el aparador, y el aparador tampoco sé todavía a dónde va.
Y llego al noveno, que es el que está en el comedor, en el suelo, junto a la pared, y que tiene un cerco de tres meses de latas y de agua que ya no se va con nada.
Ese lo lavo primero. Lo seco. Lo pongo boca abajo en el escurridor, y lo dejo ahí toda la mañana antes de decidir nada, y a las dos de la tarde lo envuelvo también y lo meto en la caja con los otros ocho, y escribo en el lateral con rotulador grueso: APARADOR — VAJILLA.
Y a las ocho y media abro la lata en la cocina y la sirvo en un plato hondo blanco de IKEA que traje yo de Carabanchel, y lo dejo en el comedor, en su sitio exacto, y me voy a la cocina a contar hasta veinte.
Cuento hasta veinte. Cuento hasta cuarenta. A los sesenta vuelvo.
El plato está entero.
Pelayo está sentado enfrente, a un palmo, con las cuatro patas juntas, mirándolo.
No gira la cabeza. No cierra los ojos. La medalla no suena. Solo se queda ahí, delante de un plato hondo blanco de tres euros con la comida puesta, y espera, con esa paciencia enorme y educada de los que esperan que se arregle algo que no han roto ellos.
Aguanto seis minutos.
Después voy al pasillo, abro la caja que pone APARADOR — VAJILLA, saco el noveno, le quito el papel de burbujas, lo lavo, lo seco, tiro la comida del plato de IKEA a la basura, abro otra lata y se la sirvo en La Cartuja.
Y me voy a la cocina, y cuento hasta veinte, y cuando vuelvo el plato está limpio.
Ochenta y cinco céntimos de lata tirados a la basura. Es la primera vez en mi vida que tiro comida y no me importa.
El sábado 13 termino.
Diecisiete cajas apiladas en el office, precintadas y rotuladas. El armario del pasillo vacío. Las estanterías vacías. La colcha de ganchillo doblada y guardada. La caja de plátanos con las veintidós fotos, cerrada, con PASILLO escrito en el lateral con mi letra de septiembre.
Y entonces, porque soy quien soy, hago lo último.
Coloco.
Saco de mi maleta de trabajo los doce cojines en fundas neutras, los dos plaids, los tres jarrones, la bandeja de madera, las dos plantas de verdad y el cuenco de cerámica vacío.
Traigo el sofá del dormitorio grande, empujándolo yo sola por el pasillo, y lo pongo en su marca de cuarenta años.
Doblo el plaid en diagonal sobre el brazo, con el pico cayendo dos palmos.
Pongo la lámpara de latón envejecido de ciento cuarenta euros en el rincón del sillón de orejas y la enciendo.
Compro eucalipto en la floristería de Ríos Rosas. Once euros.
A las siete de la tarde del sábado 13 de diciembre, el piso de Ponzano 41, tercero izquierda, está perfecto.
Está mejor que en las fotos de Nacho. Está mejor que ninguna casa que yo haya montado en seis años, y he montado cuarenta y una: la luz cae en diagonal sobre una tarima de melis pulida a mano, la cenefa se lee entera, el radiador de fundición está en su sitio con el hierro caliente haciendo tic, y encima del aparador vacío hay un jarrón alto con eucalipto que dice, en el idioma en el que yo hablo, «casa cuidada».
Me planto en el recibidor, mirándolo.
Y no reconozco absolutamente nada.
No es que esté distinto. Es que esta no es la casa.
Esta es una casa preciosa que se parece mucho a la casa, hecha por una profesional, con cojines de la profesional y la planta de la profesional y la lámpara falsa de la profesional, y en ella no hay ni un solo objeto que haya estado aquí antes de septiembre.
Aquí se sentaba un señor con las manos encima de una mesa camilla que ahora está desmontada y apoyada de canto contra la pared del office, envuelta en una manta.
Y esto es lo que yo hago. Esto es exactamente lo que yo hago y por lo que me pagan cuatrocientos veinte euros de media: entro en la casa de alguien, quito lo que era suyo, pongo lo mío, y la dejo tan bonita que se vende.
Lo llevo haciendo seis años en casas ajenas.
Y esta noche, de pie en un recibidor a las siete y cuarto de la tarde, me doy cuenta de que lo llevo haciendo treinta y tres años en la mía.
Que a los diecinueve me fui de casa con una maleta y una lista de lo que no iba a contar de mi familia.
Que a los veinticuatro puse un jarrón donde tenía que haber una conversación.
Que a los treinta llevaba cuatro años en una habitación alquilada con dos tazas que no eran mías, diciendo que estaba de paso, con veintitrés cajas en un guardamuebles de Villaverde por sesenta y ocho euros al mes, porque un guardamuebles es un sitio donde uno guarda su vida entera para que no se le note en el salón.
Yo no he vivido en ningún sitio. Yo he estado enseñándome.
Sonia me llama el sábado por la noche, mientras estoy sentada en el suelo del office, entre diecisiete cajas precintadas.
—¿Ya lo tienes todo?
—Ya.
—Bien. Ahora escúchame, que he estado mirando.
—Se oye cómo pasa páginas—. Uno: el dinero de la venta no lo dejes en la cuenta corriente ni un mes.
Dos: si compras en Tetuán, mira el barrio de noche antes de firmar nada.
Y tres, que es lo importante: ¿dónde vas a vivir del 22 de enero al día que compres?
—No lo he pensado.
—Claudia.
—No lo he pensado, Sonia. Llevo diez días metiendo platos en cajas.
—Pues piénsalo, porque a Merche ya le dijiste que te ibas en enero. —Silencio—. Te puedes venir a casa. Está el cuarto de Nico y Nico se va a Erasmus en febrero.
—Con el gato no.
—Con el gato sí. Marcos es alérgico, pero si el gato está en el cuarto y ventilamos...
—Sonia.
—Que se puede, Claudia. Se puede hacer.
Y se puede. Se puede perfectamente. Es lo que hace la gente que se organiza: un cuarto, un ventilar, un antihistamínico y siete kilos de animal viviendo en catorce metros cuadrados en Móstoles, sin balcón, sin aparador, sin sillón de orejas y sin nadie que lije puertas cuatro pisos más abajo a las diez menos veinte de la mañana.
—Gracias —digo.
—No has dicho que sí.
—He dicho gracias.
No duermo en la cama.
Cojo el edredón del dormitorio grande, un cojín de los míos, y lo pongo todo en el suelo del salón, en el centro exacto de los veintiséis metros, encima de la tarima que pulimos a mano un domingo de octubre.
Apago la lámpara de ciento cuarenta euros.
Por los balcones entra la luz naranja de la farola de Ponzano, que a esta hora hace en el techo, justo en la cenefa de hojas, una franja que llega hasta la mitad de la habitación.
El suelo está duro y huele a lino y a naranja, todavía, dos meses después.
A la una y cuarto de la madrugada, Pelayo cruza el salón, se echa a treinta centímetros de mi cabeza, se hace una rosca y apoya la barbilla en el borde del edredón.
Y ahí, a oscuras, en el suelo, con siete kilos de gato pegados a la coronilla y una casa perfecta alrededor que no es mi casa, me pongo a llorar como no he llorado en cuatro años, sin ruido, con la cara contra un cojín en funda neutra de mi propia maleta de trabajo.