29. Puertas
Los días siguientes esta casa se convierte en un piso.
No suena nada. No hay lija, ni radio de fondo, ni ese ruido de destornillador que llevaba yo tres meses oyendo sin escuchar. No hay dos golpes con el nudillo a las nueve. A las once y diez no pasa absolutamente nada.
Y no hay uñas en la tarima.
Pelayo sube. Sube todos los días, eso hay que decirlo: aparece a las ocho y media, se come la lata en el plato de La Cartuja, se lava, y a los veinte minutos está en el recibidor sentado delante de la puerta cerrada, mirándola.
Y cuando abro, baja.
La primera vez pensé que era casualidad. La cuarta vez ya no.
Chema viene el martes. Es un tío de cincuenta y pico, simpatiquísimo, con un acento de Lugo que se le nota en las erres, y hace el trabajo bien: raspa lo que hay que raspar, amasa el mortero de saneamiento en un capazo, lo aplica en dos capas y me explica que hasta enero no se puede pintar.
—¿Y esto quién lo abrió? —dice, mirando la pared.
—Manu.
—Ya. —Alisa con la llana—. Se nota, porque está picado hasta donde hay que picar y ni un centímetro más. Aquí la gente pica de menos y luego vuelve.
Le pago seiscientos cuarenta euros. Se va a la una y media.
Y esa tarde me doy cuenta de una cosa que no había previsto: que la pared va a quedar perfecta, que en marzo nadie sabrá que hubo nada ahí, y que la única prueba de que esa pared existió serán tres mil cien euros en un extracto bancario y dos personas que ya no se hablan.
También me doy cuenta de otra cosa, y esta tarda tres días más en llegarme.
Que llevo desde septiembre midiendo esta casa en euros —comunidad, IBI, derrama, honorarios, testigos a 6.100 el metro— y que la cuenta que nunca he hecho es la de las horas.
Las hago un miércoles por la noche, con la libreta, porque no sé estar sin hacer una cuenta.
Doce semanas. Cinco mañanas por semana a cuatro horas y media. Los domingos del collar. Las noches del office. La avería del latiguillo. Suman, redondeando por lo bajo, doscientas ochenta horas.
Doscientas ochenta horas es más tiempo del que he pasado con nadie en los últimos cuatro años.
Y de esas doscientas ochenta, en unas cuarenta le estuve mintiendo mirándole a la cara.
Bajo el jueves a las ocho.
Bajo con una excusa preparada, que es la de siempre en esta finca desde hace doscientos años: el gato.
La puerta del bajo A está cerrada. Llamo con los nudillos, dos golpes, imitándole sin darme cuenta, y me oigo hacerlo y me da vergüenza.
Tarda.
Abre veinte centímetros. No cuarenta, ni la mitad: veinte, con la mano en el canto y el cuerpo tapando el resto, que es como se abre una puerta cuando no se va a dejar pasar a nadie.
Detrás, en el suelo, se ve un trozo de manta doblada.
—Vengo a por Pelayo.
—Está durmiendo.
—Ya, pero...
—Sube él —dice—. Come arriba a las ocho y media. No le des de comer aquí, que se acostumbra.
Y cierra.
No cierra de golpe, que sería más fácil. Cierra normal, con el picaporte sujeto para que no dé el portazo, con el mismo cuidado con el que hace todo, y ese cuidado es lo que me tiene despierta hasta las dos.
El sábado la finca funciona como funciona la finca.
Doña Reme sube con un tupper de lentejas que no le he pedido y se queda doce minutos hablando del tiempo, de la ITE, de una prima suya de Cuenca y de absolutamente nada más, y cuando se va, en la puerta, con el tupper ya entregado, dice:
—Tu tío me llamó ayer.
—Ya.
—Y me dijo que no te dijera nada.
—Ya.
—Pues eso —dice, y baja.
En el chat de la finca, el del quinto A pregunta el domingo si alguien sabe algo del ascensor, y contesta la administradora, y no contesta Manu, que nunca ha estado en ese grupo.
Nadie escribe nada más en tres días. Es la primera vez desde octubre.
Bea llama el lunes 1 por la mañana, contenta.
—Cendán ya tiene el visto bueno para el desvío del bajante por dentro, así que no hay que pasar por junta. Notaría el 22 de enero, ¿te va bien?
—Me va bien.
—Y una cosa: Jaime pregunta si les puedes dejar las llaves una tarde antes de la firma, para que entre el pintor a ver colores.
—¿Antes de la firma?
—Es una tontería, media hora.
—No.
—Claudia.
—Que no, Bea. Hasta el 22 esa casa es mía.
Silencio.
—Vale —dice, y lo apunta, y se le nota que lo apunta.
Cuelgo y me quedo con el móvil en la mano en mitad del salón vacío, sorprendida de mí misma. En seis años trabajando para Lares no le he dicho que no a Bea ni una sola vez.
Pelayo, que está en el arcón, mira el móvil que tengo en la mano y luego me mira a mí, y no hace nada más, y yo me quedo esperando un veredicto que no llega como una idiota.
Esa misma tarde bajo otra vez.
Bajo sin excusa, que es peor, y bajo a las siete y media, y esta vez llamo al timbre.
Abre. Veinte centímetros.
—Manu, ¿podemos hablar cinco minutos?
—¿De qué?
—De todo. De lo que sea. De la pared.
—La pared la ha hecho Chema y la ha hecho bien —dice—. Se lo he preguntado.
—¿Se lo has preguntado?
—Le he llamado el martes para decirle que no te cobrara la mano de obra del capazo, que ese material lo tenías ya pagado.
Y se me cae encima toda la conversación de golpe, porque es exactamente eso: que este hombre lleva doce días sin dirigirme una frase de más de nueve palabras y llamando por teléfono a un tío de Lugo para que no me cobren de más.
—Deja de hacer eso —digo.
—¿El qué?
—Cuidarme desde ahí detrás.
Se queda quieto. Y por el hueco de veinte centímetros veo, detrás de él, el banco de trabajo con el panel perforado y la silueta dibujada de cada llave, y encima del banco, enrollado y de pie dentro de un tubo de cartón, un plano.
—Espera —dice.
Cierra. Se oyen sus pasos, y luego otro sonido, y vuelve.
Y abre la puerta un poco más, lo justo, con las dos manos ocupadas.
Trae a Pelayo.
Lo trae como se traen los gatos que se dejan traer: con una mano debajo del pecho y la otra por detrás, sujetando el peso, contra el hombro. El animal viene entero, tranquilo, con la pechera blanca y la medalla colgando quieta.
Y me lo pone en los brazos, en el descansillo del bajo, delante de una puerta que sigue sin abrirse del todo.
—Toma.
—Manu.
—Es tuyo.
—No es mío. Tú mismo lo dijiste, que es del...
Y me paro, porque me acabo de oír, y porque él ya está diciendo lo que va a decir, muy despacio y sin ninguna intención de hacerme daño, que es lo que hace que duela como duele:
—Las cosas del piso, con el piso.
Y ahí está.
Ahí está todo, en seis palabras, dicho por un tío en un descansillo con un mono de trabajo: que si el piso se vende, se vende con la cenefa y con el radiador de fundición y con el suelo de melis y con la pared que nadie va a ver, y con el plato de La Cartuja, y con un gato que come a las ocho y media, y con las noches de octubre, y con un plano de una galería con una mesa grande y una ventana de sur.
Todo va con el piso.
Y todo se firma el 31 de enero delante de un notario, en una sala con moqueta, en tres ejemplares y con la letra pequeña que me sale cuando me miran.
—Manu, escúchame un momento —digo, con siete kilos en los brazos.
—Claudia. —Y esto lo dice muy suave—. Yo estoy bien. De verdad. Vete a tu casa.
Cierra la puerta.
Subo los cuatro pisos con el gato al hombro.
En el segundo, la puerta de doña Reme está cerrada y detrás no se oye ninguna televisión, lo cual, en esta finca, es una manera de estar escuchando.
Entro. Me limpio los pies en el felpudo, descalza, y lo dejo en el suelo del recibidor.
Y esta vez no se va a la puerta.
Cruza el pasillo, entra en el salón, se sube al sillón de orejas, se acomoda con las patas debajo del pecho y se queda quieto, mirando la nada, exactamente igual que la miraba mi tío abuelo con las manos encima de la mesa camilla.
Se queda.
Me siento en el suelo, enfrente, con la espalda contra la pared.
—Ya —le digo—. Ahora te quedas.
Lo miro un rato largo, y me acuerdo de un audio de las cuatro y treinta y nueve de la madrugada que escuché una sola vez y que no he vuelto a poner: ese animal siempre se ha puesto donde va a hacer falta.
Doce días durmiendo abajo, con un hombre que lija puertas y no habla con nadie.
Y hoy, arriba.
No sé qué se supone que tengo que hacer con esa información.
No sé si un gato sabe algo o si soy yo, que llevo tres meses aprendiendo a leerle un solo gesto y ahora le leo hasta los que no hace.
Pero está aquí, en el sillón de mi tío abuelo, a las ocho menos cuarto de la tarde, en una casa donde no queda nadie más.
Son las ocho menos cuarto de la tarde del lunes 1 de diciembre. Faltan cincuenta y dos días para la escritura. En la cuenta tengo seis mil euros que no son míos y en el cajón del aparador hay tres folios grapados con nueve cláusulas, un móvil con la pantalla rajada y un plano a lápiz.
Y en esta casa, por primera vez desde septiembre, están todas las puertas abiertas y no hay absolutamente nadie al otro lado de ninguna.