28. Vicios ocultos
Sube a las nueve.
Eso es lo peor de todo y lo entiendo enseguida: que sube a las nueve, como todos los viernes, con la caja y con el mono, porque tiene dos sacos de mortero en mi pasillo y una pared abierta que hay que cerrar el cinco.
Dos golpes con el nudillo, a la misma altura de siempre.
Se limpia los zapatos en el felpudo.
—Buenos días —digo.
—Buenos días.
Y se va al baño y se pone a lo suyo.
Yo me quedo en la mesa camilla con el portátil abierto en una hoja de cálculo que no estoy mirando, oyendo cómo abre la pared, cómo pasa la mano por el ladrillo, cómo raspa. Cuarenta minutos. En cuarenta minutos no dice nada y yo tampoco, y cada minuto que pasa me cuesta más caro que el anterior.
A las nueve y veinte se me ocurre que a lo mejor no lo ha entendido, y que si yo ahora me callo, esto sigue.
Es un pensamiento de cuatro segundos y me da un asco enorme.
A las nueve y media pongo la cafetera y luego la apago sin llenarla.
A las nueve y cuarenta sale al pasillo, se seca las manos en el pantalón y se apoya en el marco de la puerta del salón.
—El calendario del recibidor —dice.
—Manu.
—El viernes 10 pusiste revisión de caldera. —Lo dice tranquilo, casi como quien recita un albarán—. Esta casa no tiene caldera. Tiene un calentador de gas de 2011 que te miré yo en octubre.
—Ya.
—Y el viernes 24 pusiste otra vez revisión de caldera.
Cierro el portátil.
—¿Me lo cuentas tú o te lo cuento yo? —dice.
Y no lo dice con maldad. Ese es el problema. Lo dice como quien te ofrece hacer él el trabajo sucio para ahorrarte el mal rato, que es lo que ha hecho este hombre con todo el mundo de esta finca durante veinte años.
—Te lo cuento yo.
Tengo la libreta ahí mismo, abierta por la última página, con los seis puntos escritos en orden y con el bolígrafo bueno.
La cierro. No la voy a leer. Si la leo, es otra vez una escena montada.
—En septiembre firmé una hoja de encargo con Lares para vender el piso —digo—. En exclusiva, cuatro meses, fuera de portales. La firmé el día que hicieron la valoración, antes de conocerte.
—Vale.
—Cuando bajé a pedirte presupuesto ya la había firmado. Y cuando me preguntaste, en esta mesa, si esto era para enseñarlo o para vivirlo, yo te dije que para vivir y te estaba mintiendo. Y escogí el presupuesto de nueve mil doscientos para que no sospecharas.
Manu no se mueve del marco.
—Sigue.
—Las visitas las he ido metiendo en tus huecos. Los viernes de diez a once, cuando descargas. Los martes que tú tenías obra fuera. —Tengo la boca seca y sigo—. Tengo dos calendarios en el móvil. Uno se llama Disponibilidad.
—¿Cuántas visitas?
—Cinco.
—¿Cinco?
—Unos inversores, dos veces la pareja, el arquitecto en octubre y el arquitecto ayer.
Asiente muy despacio, una sola vez, como quien apunta una medida.
—La sesión de fotos —dice.
—La sesión de fotos era para el anuncio. —Trago—. El biombo de cañizo lo puse para tapar tu obra. La cesta de mimbre del baño la puse encima de la humedad. Y el sofá lo moví cuarenta centímetros para que el gran angular no cogiera el rodapié que faltaba.
—Yo te dije que ahí tapabas el enchufe.
—Sí.
—Y lo volviste a poner en su sitio.
—Cuando te fuiste.
Se queda callado un momento, mirando la puerta del salón, que es por donde se ve, desde aquí, la marca de cuarenta años en la tarima.
—¿Y el 20 de noviembre? —dice.
Y ahí es donde me tiembla, no antes.
—¿Cómo sabes lo del 20?
—Porque volviste de Lares a mediodía y no comiste. —Se encoge de hombros—. Y porque doña Reme sabe todo lo que pasa en esta finca y hace tres días que no me mira a la cara.
—El 20 firmé un contrato de reserva. Seis mil euros. Quinientos noventa mil. Escritura antes del 31 de enero.
—Después.
—¿Qué?
—Que eso fue después —dice—. Del domingo del suelo.
—Sí.
—Vale.
Y esa es la única vez en toda la conversación en que le pasa algo por la cara. Un segundo. Después vuelve a la mandíbula que tiene siempre.
—Manu, iba a decírtelo ayer. Tenía escrito lo que te iba a decir. Está aquí, en la libreta.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes?
—Me escribiste a las siete y dieciséis de la mañana que tenías que contarme una cosa. —Se mira las manos—. Estuve todo el día en Tetuán pensando qué era.
Se hace un silencio en el que se oye la calle, y un coche, y a alguien bajando la basura por el patio.
—¿Y las tres semanas de la pared? —dice.
—¿Qué pasa con la pared?
—Que te gastaste tres mil cien euros en una pared que no se ve, sabiendo que ibas a vender. —Levanta la vista—. Eso es lo que llevo desde ayer sin entender. Lo demás lo entiendo perfectamente.
—Yo tampoco lo entiendo.
—Pues es lo único que me importa —dice.
Y se va a por la caja.
No grita. No dice ni una palabra de más. Recoge como recoge todo: por orden y sin ruido.
Primero el baño: la espátula, la paleta, el cubo de escombro, la bolsa de mortero abierta que cierra doblando el pico dos veces. Después el pasillo. Los destornilladores van a la bandeja de arriba en su orden de tamaño.
Los dos sacos de veinticinco kilos los deja donde están.
—Esos están pagados —dice, cuando ve que los miro—. Y los necesitas el cinco.
—¿Y quién va a...?
—Te paso el teléfono de Chema, que trabajó conmigo. Es bueno y no te va a cobrar de más. Lo llamas y le dices que va de mi parte y que es un mortero de saneamiento con tres semanas de secado, que él ya sabe.
—Manu, no quiero a Chema.
—Ya.
Coge la libreta de obra del alféizar, esa donde apunta las cosas de la finca que hace gratis los sábados, y se la mete en el bolsillo de atrás.
—Del presupuesto llevas pagados seis mil cien y ejecutados unos cinco mil —dice—. Te devuelvo la diferencia esta tarde.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—Manu, por favor.
Y se para. Se para en mitad del pasillo, con la caja en la mano, y se gira, y por primera vez en toda la mañana levanta un poco la voz, que en él es hablar como habla todo el mundo.
—¿Sabes lo que me jode? —dice—. Que yo esto lo habría entendido en septiembre.
—Lo sé.
—Que si tú me llegas a decir el primer día «Manu, esto lo voy a vender, ponme el suelo bien para que se venda mejor», yo te lo hago igual y te lo hago bien, y te cobro lo mismo, y nos tomamos el café a las once y diez igual.
—Lo sé.
—Yo he sellado ochenta paredes para que se vendan pisos. Ese es mi oficio. —Cambia la caja de mano—. Lo que no me habría gastado son tres meses.
Y entonces empieza otra frase.
Empieza con «es que tú», y le sale con una voz distinta, más baja y más rápida, y llega hasta «te ibas a ir de aquí con medio mi…».
Y se para.
Se para en seco, cierra la boca, aprieta un poco la mandíbula y mira el rodapié del pasillo durante tres segundos largos, y en esos tres segundos yo veo perfectamente lo que hay debajo: que él se queda, que él siempre se queda, que a él la vida no le ha ofrecido nunca la posibilidad de irse de ningún sitio con medio millón de euros, y que eso, dicho en voz alta, sería lo más cruel que se puede decir en este pasillo y sería verdad.
No lo dice.
Se lo traga entero, delante de mí, y yo preferiría mil veces que lo hubiera dicho.
—Y ya que estamos —añade, cuando vuelve a hablar—, te digo otra cosa, que me la llevo callando desde septiembre.
—Dime.
—Que el día que subí a darte el presupuesto, yo ya sabía que tú eras uno de los doce votos del bajo.
Levanto la cabeza.
—¿Qué?
—Que lo sabía. Que Fermín me lo había dicho en 2019 y que yo, cuando me llamaste para la cerradura, lo primero que pensé no fue «esta chica necesita ayuda». —Se encoge de hombros—. Fue «se ha muerto un voto y ha nacido otro».
—Manu, eso es normal.
—Ya sé que es normal. Pero no te lo dije, y llevo tres meses subiendo aquí todos los días sin decírtelo, y ahora resulta que el limpio de esta casa iba a ser yo. —Coge aire—. Pues no.
Y ahí es donde me rompo yo, que es lo más injusto que podía pasar en este pasillo.
Él espera. Espera de pie, con la caja, sin acercarse y sin irse, hasta que me sale la voz.
—¿Tú qué quieres que haga? —digo.
—Yo no quiero que hagas nada. —Y esto lo dice suave—. Esa es la parte que no te va a gustar. Yo no te voy a pedir que no vendas, Claudia. Es tu casa y es tu dinero y tú sabrás lo que necesitas. Eso lo decides tú sola.
—Manu.
—Es que si te lo pido yo, dentro de dos años me odias. —Se pasa la mano por la nuca—. Y si no te lo pido, en enero te vas igual. Así que es lo mismo.
Va al recibidor. Pelayo está sentado a un metro exacto del umbral, con las cuatro patas juntas y la pechera intacta, y se levanta cuando lo ve llegar y se le pone al lado, a media zancada, a su altura.
Manu abre la puerta.
Y entonces hace una cosa que le he visto hacer cincuenta veces desde septiembre, en esta casa, en la del cuarto, en el portal: para en el umbral, levanta la mano y toca el marco de castaño con dos dedos, muy suave, como quien comprueba la fiebre de alguien que duerme.
Lo toca dos segundos.
Y no dice nada.
Baja las escaleras. No se oye la puerta del bajo A, porque a esa hora, un viernes por la mañana, ese hombre no se mete en su casa: se va a trabajar a otra.
Yo me quedo en el recibidor, con el felpudo delante y dos sacos de mortero en el pasillo.
Pelayo baja detrás de él.
A las siete y media de la tarde me entra una transferencia de 1.100 euros con el concepto «DIFERENCIA PRESUP. NO EJECUTADO».
A las siete y treinta y uno, un mensaje con un número de teléfono y un nombre: Chema.
Y nada más.
Doy una vuelta por la casa contando lo que hay: un suelo acuchillado a mano, cuatro radiadores decapados, un tirador de latón que hace clac, veinte centímetros de baldosín con cenefa verde que él dejó al aire porque había que mirarlo un rato, y dos sacos de mortero separados de la pared para que no cojan humedad.
Doce mil trescientos euros de presupuesto y una casa que vale quince mil más que en septiembre.
Me siento en el suelo del salón, debajo de la ventana, en el sitio donde iba la mesa grande.
Y por primera vez desde que firmé la donación, en la notaría de la calle Génova, un martes a las once y cuarto de la mañana, no hago ninguna cuenta.