27. Última visita
Escribo el guion a las ocho de la mañana, en la libreta de los presupuestos, en la última página, con el bolígrafo bueno.
No lo escribo por cobardía. Lo escribo porque llevo tres meses comprobando que si no llevo las palabras preparadas se me caen por el camino, y esta vez no se me pueden caer.
Son seis puntos y están en orden.
Uno: en septiembre, antes de conocerte, firmé una hoja de encargo con Lares para vender el piso.
Dos: cuando te pedí presupuesto, ya lo sabía.
Tres: cuando me preguntaste si esto era para enseñarlo o para vivirlo, te mentí.
Cuatro: el 20 de noviembre firmé una reserva de seis mil euros con Jaime y Cova.
Cinco: eso fue después.
Seis: lo siento, y no te lo estoy contando para que me digas nada.
Lo leo dos veces. En el punto cinco me tengo que parar.
A las siete de la tarde, cuando termine en Tetuán, se lo digo.
Y luego hago lo que hago siempre antes de una reunión difícil, que es preparar el sitio: quito la caja de plátanos del suelo del salón, pongo las dos sillas de la mesa camilla en ángulo y no enfrentadas, y saco del armario una botella de vino de las buenas, de trece euros, que compré el sábado sin ningún motivo.
Y a mitad de ese movimiento me paro con la botella en la mano.
Porque acabo de montar el escenario de mi propia confesión. Le estoy haciendo el staging a una conversación en la que voy a contarle a un hombre que llevo tres meses mintiéndole.
Devuelvo la botella al armario. Dejo las sillas enfrentadas.
Bea llama a las once y veinte.
—Cendán solo puede hoy a las doce y media.
—No.
—Claudia.
—Hoy no.
—Es media hora. Sube, mide dos cosas del bajante y se va. —Se oye el intermitente—. Es que no es una visita, es un trámite técnico, y esta gente ya ha puesto seis mil euros encima de la mesa.
—Bea, hoy no puede ser.
—¿Por qué?
Y esa es la pregunta, claro. Esa es la pregunta que llevo tres meses sin contestarle a nadie, y esta vez la tengo delante en formato de audio, a las once y veinte de la mañana, con la posibilidad real de decir la verdad a mi principal cliente.
—Porque tengo trabajo.
—Tú hoy no tienes nada, que la agenda me la mandas tú.
Los jueves Manu está en Tetuán hasta las seis.
Los jueves Manu está en Tetuán hasta las seis y hoy es jueves.
—A las doce y media —digo—. Media hora.
El arquitecto se llama Álvaro Cendán, tiene unos cuarenta, gafas finas y un tubo de planos de cartón negro debajo del brazo. Se limpia los zapatos sin que nadie le diga nada, mira el techo tres segundos y dice: «Qué barbaridad de altura».
Jaime y Cova entran detrás con esa cara nueva que tiene la gente cuando entra en una casa que ya es suya.
Es una cara concreta y yo la he visto muchas veces desde el otro lado: no miran la casa, la usan.
Cova va directa a la cocina y abre y cierra un armario, no para verlo sino para ver cómo cierra.
Jaime se para en mitad del salón, se gira ciento ochenta grados despacio y dice «aquí el sofá va a ir mirando al balcón».
—Hemos traído las cosas —dice Cova, y me enseña una bolsa de tela con muestras: dos trozos de microcemento gris, una madera clara laminada y un azulejo blanco rectangular.
Pone la madera laminada en el suelo, encima de la tarima de melis, para ver cómo queda.
Queda mal. Queda evidentemente mal, y no lo digo, porque llevo seis años cobrando por no decir exactamente eso.
—A mí este me gusta más —dice Jaime, tocando el microcemento.
—Es que el otro tiene más calidez.
—Bueno, calidez.
Despliegan los planos sobre la mesa camilla.
Son tres. El primero es el estado actual, levantado de las medidas que tomó Cendán en octubre, y es raro ver mi casa así: exacta, limpia, sin una sola cosa dentro.
El segundo lleva impreso en la esquina inferior derecha, en el cajetín, junto a la fecha y la escala:
PONZANO 41, 3.º IZQ — ESTADO REFORMADO
Y el tercero, encima de los otros dos, con las líneas gruesas en rojo tachando tabiques y la cenefa marcada con una trama:
PONZANO 41, 3.º IZQ — DEMOLICIONES
Pelayo baja del arcón. Cruza el salón, se sienta al lado de la mesa camilla y levanta la cabeza hacia el papel extendido, y durante unos segundos los cuatro nos quedamos mirándolo a él, que es lo que pasa siempre en esta casa.
Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.
—Otra vez —dice Cova, encantada—. Jaime, otra vez.
—Es que es un señor.
Cendán levanta la vista de las cotas medio segundo, no entiende nada y vuelve a las cotas.
—El bajante es lo único que me preocupa —dice—. Si es común, hay que pedir autorización, y una comunidad con una ITE en curso te dice que no por sistema. Si podemos resolverlo con un desvío por dentro de la vivienda, nos ahorramos la junta entera.
—¿Y la cenefa? —dice Jaime.
—La cenefa es interior. Eso es tuyo. Se pica en dos días.
Cova está en el balcón, mirando la calle, con las manos en la barandilla.
—Es que me da un poco de pena —dice, sin volverse—. La cenefa.
—Cova.
—Ya lo sé, ya lo sé. Que respire. Que respire.
Se quedan cuarenta minutos. Cendán mide el office, mira debajo del fregadero, hace fotos con el móvil y le da golpecitos al tabique con el nudillo, y lo hace mal, sin escuchar, seguido, como se llama a una puerta.
Y a las una y diez, mientras enrollan los planos, Cova me dice:
—Ah, y lo del gato lo tenemos resuelto por si acaso, ¿eh?
—¿Cómo?
—No, que como tú te lo llevas, pues nada. Pero que si en algún momento no pudiera ser, mis padres tienen una casa en Ávila, en un pueblo precioso, con un terreno enorme. —Sonríe—. Ahí los animales viven fenomenal.
—Ya.
—Que estaría cuidadísimo.
—Ya —digo otra vez.
Y eso es todo lo que digo. Ni «no va a hacer falta», ni «no se va a ninguna casa de campo», ni «hay un papel con nueve cláusulas en el cajón de ese aparador y la novena dice que este gato no se traslada».
Ya.
Y bajamos.
Bajamos los cuatro por la escalera, porque el ascensor sigue bloqueado con el cartel escrito a rotulador, y Cendán va delante hablando de plazos, y Jaime detrás con las muestras, y Cova a mi lado.
Y en el portal, con la puerta de la calle abierta y la furgoneta blanca aparcada en doble fila encima del paso de cebra, hay un hombre entrando dos sacos de mortero de saneamiento de veinticinco kilos.
Los jueves Manu está en Tetuán hasta las seis.
Los jueves Manu está en Tetuán hasta las seis, salvo cuando el proveedor de Cuatro Caminos le dice que si no lo recoge antes de la una se queda sin.
Deja los sacos en el suelo, junto a los buzones de latón, y se aparta para dejarnos salir.
—Gracias —dice Cendán.
Y ahí es donde pasa. Y pasa en once segundos.
Cendán, que tiene el tubo de planos debajo del brazo y ya ha visto un mono de trabajo y unos sacos de mortero, hace lo que hace la gente de su gremio en los portales, que es hablar con el del mono.
—Perdona, ¿tú eres el del mantenimiento de la finca?
—Sí.
—Ah, mira, qué bien. —Se cambia el tubo de mano—. ¿Sabes si el bajante del patio interior es original o está renovado?
—Está renovado en el ochenta y siete hasta el tercero. Del tercero para arriba es el de origen.
—Perfecto. Justo lo que necesitaba. —Cendán se ríe—. Eres más útil que la administradora.
—¿Para qué es?
—Para el tres izquierda. Vamos a abrir la cocina y hay que desviarlo.
Silencio.
Un silencio de portal, con eco de mármol y latón.
Manu no me mira. No mira a nadie. Mira el tubo de planos negro que Cendán lleva debajo del brazo, y en el tubo, pegada con celo, está la etiqueta impresa que le pone la copistería a los rollos para no confundirlos:
PONZANO 41, 3.º IZQ — DEMOLICIONES
—Bueno, pues muchas gracias —dice Cendán.
—Nada.
Jaime y Cova me dan dos besos cada uno. Cova me dice que está deseando que llegue enero. Jaime me dice que le mande el contacto del que ha hecho el suelo, «que ha quedado muy bien, aunque lo vamos a levantar».
Y se van.
Y en el portal de Ponzano 41 quedamos dos sacos de mortero de veinticinco kilos, un buzón de latón con un pósit encima, un hombre y yo.
—Manu.
Se agacha, coge un saco, se lo carga al hombro.
—Manu, escúchame.
—Ahora no —dice.
Y no lo dice mal. Lo dice como dice todo: sin subir la voz, con las palabras justas, mirando la escalera.
—A las siete —digo—. Iba a decírtelo hoy a las siete.
Se para en el primer escalón, con el saco al hombro, dos segundos.
—Ya —dice.
Sube los cuatro pisos con veinticinco kilos encima, deja el saco en el pasillo de mi casa, en el sitio donde va, apoyado contra el rodapié y separado de la pared para que no coja humedad.
Baja a por el segundo.
Lo sube igual.
Y luego se va sin decir nada más, y a las siete de la tarde no llama a la puerta, y a las ocho tampoco, y a las nueve menos cuarto, cuando bajo la basura, la puerta del bajo A está cerrada del todo por primera vez desde septiembre.
Yo tengo, encima de la mesa camilla, una libreta abierta por la última página con seis puntos escritos en orden y con el bolígrafo bueno.
El punto uno dice: «en septiembre, antes de conocerte».
A las diez y veinte le escribo: «¿Puedo bajar?».
A las diez y veintiséis sale el «visto».
A las once sigo mirando el móvil boca arriba encima de la libreta, y no baja nada, y no sube nadie, y en el pasillo hay dos sacos de mortero de veinticinco kilos apoyados contra el rodapié y separados de la pared para que no cojan humedad, colocados así por un hombre que ya lo sabía.
Eso es lo que no me deja dormir. No que se haya ido.
Que subió los dos sacos igual.