Epílogo. Visitas
Mayo.
El andamio se quitó el jueves pasado, después de cuatro meses de lona verde, y llevo cinco días redescubriendo a qué hora entra el sol en este salón. Entra a las ocho y veinte y llega hasta la pata de la mesa camilla a las once.
Maribel me paró el martes en el portal para decirme que ella votará que sí, que lo ha estado pensando, y que quiere que conste que lo ha decidido ella sola.
En el office hay una mesa de trabajo. Todavía no hay ventana a sur.
Son las diez y siete de la noche.
Estoy en el suelo del salón con el portátil y una hoja de cálculo, poniéndole precio a un montaje de la promotora, y en el sillón de orejas hay un gato de esmoquin con la pechera intacta que lleva dormido desde las nueve y media.
Llaman a la puerta.
Dos golpes con el nudillo, a la misma altura de siempre.
Manu tiene llave de esta casa desde antes que yo.
La tiene por la cláusula sexta de un documento que su abuelo político no firmó y que un notario de la calle Génova me dijo que no vale nada de los que él puede certificar.
La ha tenido en septiembre, en octubre, en noviembre, en las cuatro semanas en que no me dirigió una frase de más de nueve palabras y en las que subió a esta casa dos sacos de mortero de veinticinco kilos y los dejó separados de la pared para que no cogieran humedad.
Y llama igual.
Llama con el nudillo, dos veces, y espera fuera, en el descansillo, con el juego de llaves en el bolsillo, porque él es así y porque esto sigue siendo mi casa y él eso no lo va a discutir nunca.
—¡Está abierto! —digo.
Y entonces Pelayo se levanta del sillón.
Baja, cruza el pasillo con ese paso suyo de andén y llega al recibidor antes que yo, y se para en el sitio exacto de siempre, a un metro del umbral.
Son las diez y siete de la noche. Pasan siete minutos de las diez.
Durante nueve meses he visto a este animal cumplir la cláusula tercera con la puntualidad de un funcionario: a las diez en punto se acaban las visitas, y quien llega después se encuentra un felpudo con supervisor, una espalda o cuatro pisos de escalera y ningún interés.
Y no lo hace.
No se sienta delante del felpudo. No se da la vuelta. No gira la cabeza cuarenta y cinco grados, ni cierra los ojos, ni suena la medalla.
Se queda ahí de pie, mirando la puerta que se abre, con la cola levantada, y cuando entra Manu con la bolsa de la ferretería y el herraje que ha ido a buscar por tercera vez a Modesto Lafuente, el gato se le pone al lado, a media zancada, a su altura, y los dos cruzan el pasillo juntos hacia la cocina.
Manu no lo mira. No le habla. No le hace ni caso.
Nunca se lo ha hecho.
—Traigo el herraje —dice.
—¿Ese es el bueno?
—Ese es el de origen.
Y deja la bolsa en la encimera de formica, que sigue ahí, imitando un mármol que no existe, porque este año no toca y porque las casas se arreglan en el orden en que se arreglan.
Me levanto del suelo. Voy a la cocina. Le paso los brazos por la cintura desde atrás mientras saca el herraje del papel de periódico, y él se queda quieto un segundo, como se queda él, y luego sigue desenvolviéndolo.
En el aparador del salón hay un móvil con la pantalla rajada, enchufado a un cable que ya no fabrica nadie.
En el pasillo hay veintidós fotografías, y la primera que se ve al entrar es una mujer con una rebeca clara apoyada en la barandilla de este balcón en 1971.
Y en el cajón de ese aparador, dentro de una funda de plástico transparente, hay tres folios grapados con nueve cláusulas y un folio suelto, escrito a mano, con la letra que me sale cuando nadie me mira:
«Tercera. Se reconoce a don Manuel Prada, del bajo A, derecho de paso en esta vivienda después de las diez de la noche, por no tener la condición de visita.»