Con gato incluido 25. Reserva
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25. Reserva

La oficina de Lares está en Bravo Murillo, encima de una óptica, y tiene una sala de reuniones con una mesa ovalada, seis sillas de polipiel negra y un cuadro de un puente que llevo seis años intentando que quiten.

Llego a las once menos cinco con una carpeta y el DNI.

Conozco esta sala. He estado aquí cuarenta veces, esperando a que un cliente firmara mi factura o a que Bea me presentara al de una promotora, y siempre me he sentado en la misma silla, la tercera de la izquierda, la que da la espalda al cuadro del puente.

Hoy me siento en la de enfrente, porque la tercera de la izquierda es la silla del proveedor y hoy soy la parte vendedora.

Se ve peor. Desde aquí se ve el puente entero.

Jaime y Cova llegan a las once en punto, porque son de esa clase de gente, y traen un tupper.

—Es bizcocho de zanahoria —dice Cova—. Lo hacemos nosotros. Lleva sin azúcar tres años.

—Lleva sin azúcar tres años —repite Jaime.

Bea lo abre y se come un trozo de pie y dice que está buenísimo, y está buenísimo, y todo el mundo se ríe, y así es como empieza la mañana en que vendo la casa de mi tío abuelo.

La asesora lee el contrato en voz alta, porque hay que leerlo en voz alta, y su voz es la única cosa neutra que hay en esta habitación.

Precio: quinientos noventa mil euros. Reserva: seis mil, que se imputarán al precio. Plazo para elevar a público: 31 de enero. Si desiste la compradora, pierde la señal; si desisto yo, la devuelvo duplicada.

—¿Alguna duda?

Nadie tiene ninguna duda.

Jaime hace la transferencia desde el móvil ahí mismo, girando la pantalla hacia mí para que vea el concepto, que pone «RESERVA PONZANO 41 3 IZQ», y en veintitrés segundos yo tengo seis mil euros más y una casa menos.

Firmamos. Tres ejemplares. Yo firmo con la letra pequeña que me sale cuando me miran.

Y entonces Cova, mientras guarda su copia en una carpeta de tela, dice:

—Oye, ¿y el gato?

La sala se queda en ese silencio administrativo que se hace cuando alguien saca un tema que no está en el orden del día.

—¿Qué pasa con el gato? —dice Bea, con la voz demasiado ligera.

—No, nada, que me quedé pensando. —Cova se ríe, cierra la carpeta—. Es un animal muy especial y no sé si está muy hecho a la casa, ¿no? Porque nosotros por nosotros no habría ningún problema, ¿eh? A mí me encantaría.

—Es que nosotros viajamos mucho —dice Jaime.

—Bueno, viajamos.

—Viajamos bastante.

Y los dos me miran, esperando, con esa educación suya que no tiene ni un gramo de mala intención, y yo tengo el bolígrafo de Lares todavía en la mano y la tinta de mi firma sin secar en tres ejemplares.

—Me lo llevo yo —digo.

Sale limpio. Sale sin una sola vacilación.

—¡Ah, pues perfecto! —dice Cova, y se le nota el alivio en los hombros—. Mira, mejor. Es que se le veía muy tuyo.

—Muy suyo —dice Jaime.

—Muy mío —digo yo.

En la habitación que alquilo hay tres normas escritas con rotulador rojo en un imán de la nevera y la segunda dice «no animales».

Y no voy a volver a esa habitación, porque con quinientos cuarenta y cuatro mil euros no se vuelve a una habitación.

Y en el piso de dos habitaciones de Tetuán que voy a comprar con ese dinero, un piso que todavía no existe, que no he visto, que no tiene ni portal ni número, cabe perfectamente un gato.

Todo eso es verdad y todo eso lo pienso muy rápido, en orden, como se ordenan las cosas para que quepan.

Nos levantamos. Hay besos, hay «qué ilusión», hay «cualquier cosa nos escribimos», hay una fecha aproximada para la firma en notaría a mediados de enero.

Y en la puerta de la sala de reuniones, con la carpeta debajo del brazo y las llaves ya en la mano, hago lo que hago siempre.

Junto las palmas y doy una palmada seca, una sola.

—¡Pues ya está!

Y no pasa nada.

Cova sigue metiendo el tupper vacío en el bolso. Jaime está leyendo algo en el móvil. Bea le está diciendo a la asesora que le pase la copia escaneada esta tarde. La asesora está apilando folios y dando dos golpecitos con el taco contra la mesa para igualarlo.

Nadie se levanta. Nadie se mueve. Nadie me mira.

Cinco personas en una sala de nueve metros cuadrados y ni una sola ha oído nada.

Me quedo tres segundos con las manos todavía juntas, delante del pecho, como una imbécil.

—Claudia, ¿te vas? —dice Bea, sin levantar la vista.

—Sí.

—Te llamo luego.

Bajo por las escaleras y salgo a Bravo Murillo a las once y cuarenta y cinco de la mañana de un jueves de noviembre, con seis mil euros en la cuenta y un frío en las manos que no es de la calle.

Me meto en una cafetería y pido un café con leche que no me apetece.

Claudia , 12:04

firmado

Sonia , 12:04

¡¡¡ENHORABUENA!!!

Sonia , 12:05

Uno: bien hecho.

Sonia , 12:05

Dos: hoy no mires nada, ni pisos, ni fondos, ni nada. Hoy se celebra.

Sonia , 12:06

Tres: te invito a cenar el sábado y no se discute.

Patri , 12:19

enhorabuena cari 🎉

Patri , 12:19

¿y estás contenta?

Claudia , 12:31

sí

Patri , 12:33

vale

Lore , 12:40

Enhorabuena. Mándame el contrato firmado cuando puedas, que lo miro por si acaso.

Lore , 12:41

Y una cosa administrativa: ¿pusisteis algo del gato en el contrato?

Claudia , 12:44

no

Claudia , 12:44

me lo llevo yo

Lore , 12:52

Ah, muy bien.

Lore , 12:52

Entonces lo del papel de tu tío ya está resuelto.

Y no contesto a eso, porque en la mesa de mármol de una cafetería de Bravo Murillo, a las doce y cincuenta y tres de la mañana, con un café con leche que no me apetece, lo único que se me ocurre contestar es una cláusula entera que me sé de memoria y que no vale nada de los que se pueden certificar.

Manu está en mi casa cuando llego, porque es jueves y los jueves trabaja por la mañana.

Está en la cocina, montando el tirador nuevo del mueble alto, el de Alonso Cano, el de diecisiete euros, igual que el de origen.

—Mira —dice, y lo abre y lo cierra dos veces para que yo oiga el ruido—. Ahora cierra bien.

Cierra bien. Hace un clac pequeño y perfecto.

—¿Dónde has estado?

—En Lares. Una reunión.

—¿De un piso?

—De un piso.

Y sigue con lo suyo, con el destornillador, sin más preguntas, porque este hombre no hace más preguntas de las que hacen falta, y esa es una de las cosas que más me gustan de él y hoy es exactamente el peor rasgo que puede tener una persona.

Comemos a las dos y media lo que hay. Se va a las cuatro a una obra de Tetuán.

Yo me quedo sola en la casa, con el contrato escaneado en el correo y el tirador nuevo cerrando bien.

A las ocho y media abro la lata en la cocina y la sirvo en el plato de La Cartuja, en el comedor, y me voy a contar hasta veinte contra el mueble alto.

Cuando vuelvo, el plato está entero.

Es la primera vez en dos meses.

Recorro la casa habitación por habitación llamándolo, con la voz esa aguda que sale sola. No está en el sillón de orejas, ni en el arcón, ni encima de la cama, ni en el marco de ninguna puerta, ni en la caja de herramientas, que está en el pasillo con la bandeja de arriba sacada.

Miro los balcones. Están cerrados.

Bajo cuatro pisos en calcetines.

La puerta del bajo A está entornada, como siempre a esta hora, y dentro suena la radio y una lija, y en el suelo, delante del banco de trabajo, encima de una manta doblada que no había visto nunca, está Pelayo.

Tumbado. Con las patas cruzadas y la cabeza alta.

—Ah —digo—. Está aquí.

—Lleva desde las seis —dice Manu, sin levantar la vista de la puerta que está lijando—. ¿Lo subo luego?

—No, ya me lo llevo yo.

Me agacho y lo cojo, y por primera vez desde septiembre este animal hace algo que no había hecho nunca: se pone rígido. No araña, no bufa, no se retuerce. Se pone rígido, con las cuatro patas tiesas, del modo en que un cuerpo dice que no sin hacer ninguna escena.

Lo dejo otra vez en la manta.

—Se ha puesto tonto —dice Manu.

—Sí.

—Déjalo, que sube él. Sube siempre.

—Ya.

Y me estoy un momento de pie en la puerta de la portería vieja, mirando a un gato tumbado en una manta que alguien ha doblado para él, en un suelo que huele a serrín, con la radio puesta.

Espero a que gire la cabeza. Lo estoy esperando: los cuarenta y cinco grados, los ojos, la campanada. Llevo dos meses aprendiendo a leer un solo gesto y hoy vengo a que me lo hagan.

No lo hace.

Me mira sin más y luego mira otra vez la puerta que está lijando Manu, y ahí se queda.

Subo los cuatro pisos.

A las once y media, antes de acostarme, pongo la aria en el salón, alto, con el móvil de la pantalla rajada enchufado al altavoz de la cocina, y me quedo de pie en el hueco donde no cabe nadie, dos personas y media como mucho.

No sube.

La canción dura cuatro minutos y tres segundos y hay cuarenta seguidas en esa lista, y yo dejo que se acaben cinco.

Veinte minutos de pie en un salón vacío.

En algún momento me siento en el suelo, con la espalda contra la pared, debajo de la ventana, en el sitio donde va la mesa grande del plano que está guardado en el cajón del aparador.

Esta casa, sin el gato, suena distinta. Lo he descubierto esta noche: hay un sonido de fondo que yo creía que era la calle y que en realidad es un animal moviéndose por una casa. Una uña en la tarima. Un peso que cambia de sitio en un sillón. El tintineo cada vez que se sacude.

Sin eso, esto son noventa y seis metros construidos y ochenta y nueve útiles.

Apago la música a la sexta y me llevo el móvil de la pantalla rajada al dormitorio, y lo dejo en la mesilla enchufado al cable que ya no fabrica nadie, y miro el techo hasta que se hace de día.

Y hago la cuenta, que es lo que hago cuando no quiero sentir nada.

Seis mil euros de reserva. Doce mil por desistir. Quinientos noventa mil en enero.

Un plato entero en el comedor.