Con gato incluido 24. Habitar(nos)
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24. Habitar(nos)

El episodio se titula «La casa que nos estaba esperando» y dura cuarenta y un minutos.

Lo busco el miércoles por la tarde, mientras doblo fundas de cojín en el suelo del salón, y lo busco a propósito, sabiendo perfectamente lo que hago, como quien se toca un moratón para comprobar que todavía duele.

Empieza con una sintonía de guitarra y una voz que dice: «Habitar(nos). Un pódcast sobre las casas que nos construyen».

Y luego están ellos, con esas voces de haber dormido bien.

— Volvemos del retiro y volvemos con noticias.

— Con noticias grandes.

— Hemos encontrado casa.

Se ríen los dos. Se les oye contentos de verdad, y esa es la primera puñalada, y no es ni la mitad de lo que viene.

Describen la finca durante seis minutos. Un edificio de 1927 en el centro de Madrid —no dicen la calle— con suelo hidráulico en damero, buzones de latón y un ascensor de jaula que Cova describe como «una pieza de museo que todavía funciona».

— Y tiene portería antigua , dice Jaime. La de cuando había portero. Ahora vive alguien ahí.

— Es que el edificio tiene capas , dice Cova. Tiene gente que lleva ahí toda la vida. Eso no lo compras.

— Eso no se compra , repite él.

Y a los veintidós minutos llega la parte del piso.

— El piso está muy trabajado por dentro , dice Cova. Se nota que hay cariño. Pero es un piso de otra época, para otra manera de vivir, y nosotros lo que queremos es una casa que respire.

— Todo lo viejo fuera.

— Bueno, viejo no.

— Viejo no, perdón. Lo que sobra.

— Eso. Quitar lo que sobra para que entre lo demás. Una pausa—. Es que hay casas que están llenas de cosas que ya no son de nadie.

Yo estoy sentada en el suelo de un salón que pulimos a mano un domingo, con una funda de cojín en las rodillas, oyendo a una mujer encantadora explicarle a dos mil doscientas personas que en mi casa hay cosas que ya no son de nadie.

Y tiene razón, además. Ese es el problema. Hay veintidós fotos en una caja de plátanos, un móvil roto que se carga con un cable que no fabrica nadie y un plato de La Cartuja en un aparador, y de todo eso el único dueño está en Bali.

Al minuto treinta y cuatro, Jaime dice, riéndose:

— Ah, y hay un gato.

— Un gato de esmoquin que nos ha vetado , dice Cova. Literalmente. Nos miró, se giró y cerró los ojos.

— Es el ser más elegante que hemos visto en nuestra vida.

— Nosotros lo cuidaríamos, ¿eh? Yo se lo he dicho a Jaime. Pero bueno, eso ya se verá, porque es de la dueña.

— Eso ya se verá.

Paro el episodio en el minuto treinta y cuatro con cincuenta y uno.

Me quedo sentada en el suelo un rato largo con el móvil en la mano y una funda de cojín gris perla doblada en cuatro sobre las rodillas.

Y luego hago una cosa que no tiene ningún sentido: lo pongo otra vez desde el principio, en el altavoz de la cocina, mientras friego dos tazas. Quiero oírlo en esta casa, a ver si suena distinto. Suena igual.

En el minuto seis, cuando Cova está describiendo el ascensor de jaula, Pelayo entra en la cocina. Se sienta delante del altavoz, a un palmo, con las cuatro patas juntas, y escucha unos segundos las voces que salen de ahí.

Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

Lo apago.

—Ya —le digo—. Ya lo sé. No es una aria.

Eso ya se verá.

No es de la dueña. Es del piso. Lo dice un documento de nueve cláusulas que está guardado en el cajón del aparador, lo dijo un señor a las cuatro y doce de la madrugada desde una hamaca, y lo dice, a su manera, un tío de treinta y siete años en un dormitorio a oscuras con la voz espesa.

Y lo que yo estoy a punto de firmar mañana a las once no lo dice en ninguna parte.

Bajo al bajo A a las siete y media sin haberlo decidido.

Bajo con el argumento montado y todo: «Manu, tengo que contarte una cosa». Lo llevo repitiendo desde el cuarto piso. Es una frase de siete palabras y tiene la ventaja de que, una vez dicha, ya no hay marcha atrás, que es exactamente lo que necesito.

Llamo. Abre con un lápiz detrás de la oreja.

—Justo iba a subir —dice.

—¿Ah, sí?

—Pasa, que te enseño una cosa.

Y ahí muere la frase de siete palabras.

El banco de trabajo está despejado, que no lo he visto nunca despejado, y encima hay tres hojas grandes de papel cuadriculado unidas con cinta, con un plano dibujado a lápiz y con las cotas puestas en esa letra suya de mayúsculas rectas.

Es el bajo. Es esta casa, la de abajo, la portería vieja: sesenta y cuatro metros con el techo alto y la ventana a la altura de la acera.

Pero no es como está. Está dibujada de otra manera.

—Aquí está el taller —dice, y señala—. Toda esta parte, que ahora es el pasillo largo, se abre entera y se queda diáfana.

Banco corrido, panel de herramienta en esta pared, aspiración aquí y la máquina en el centro, que es lo que hay que hacer y no lo que hago yo, que la tengo contra la pared y trabajo de lado.

—¿Y esto?

—Eso es la puerta de la calle. La que da al patio de luces, que está tapiada desde el ochenta y nueve. Si se abre, entras el material desde el patio y no por el portal.

—¿Y esto de aquí?

—La casa. —Lo dice deprisa, como quien pasa una hoja—. Un dormitorio, cocina y baño, ahí al fondo. Con eso me sobra.

Yo me quedo mirando el plano.

Está hecho con el mismo lápiz de carpintero, en el mismo papel y con la misma letra que el plano de mi galería con la mesa grande y la ventana de sur, que está guardado en el cajón del aparador cuatro pisos más arriba.

—Manu, esto es una reforma entera.

—Es que no es una reforma. —Se apoya en el banco—. Es que quiero comprarlo.

—¿Comprar el bajo?

—El bajo es de la comunidad. Era la vivienda del portero y cuando suprimieron la plaza se quedó como elemento común, y desde el ochenta y nueve lo ocupa mi padre primero y yo después a cambio del mantenimiento. Yo aquí no pago alquiler, pero aquí tampoco soy nada.

Coge un vaso, lo llena de agua del grifo y no se lo bebe.

—Si la comunidad me lo vende, dejo de ser el chico que arregla las cosas y paso a ser un vecino. Y el mantenimiento se lo cobro como se cobra, con factura, como cualquiera.

—¿Y eso se puede?

—Se puede. Es un acuerdo de la junta. La desafectación de un elemento común y la venta requieren unanimidad, o eso me dijo el abogado que consulté hace cuatro años.

—Unanimidad.

—Los doce.

Los doce.

Yo soy uno de los doce.

—¿Y tienes el dinero? —pregunto, con la voz de tasadora, porque es lo único que tengo a mano.

—Llevo desde 2017. —Se encoge de hombros—. Tengo ciento cuarenta y dos mil. Sesenta y cuatro metros de bajo interior sin ascensor, con la humedad que tiene y sin salida directa a calle, valen eso o menos. Lo tengo mirado.

Ciento cuarenta y dos mil euros ahorrados céntimo a céntimo, en ocho años, por un tío que cobra veinte euros por arreglar una cerradura y que sube a las tres de la mañana por un latiguillo de seis noventa sin facturar.

Y aquí es donde miro el bajo A por primera vez con los ojos con los que miro las casas.

El banco de trabajo es magnífico. El panel perforado, magnífico. Y el resto es un colchón sobre un somier sin patas, dos sillas que no hacen juego, una bombilla desnuda en el pasillo y una cocina de dos fuegos con una sartén.

—¿Tú aquí no has puesto nada en ocho años?

—Aquí no soy nada. ¿Para qué voy a poner?

—Una lámpara.

—Una lámpara son treinta euros.

—Manu, tienes ciento cuarenta y dos mil euros.

—Tengo ciento cuarenta y dos mil euros porque no compro lámparas —dice, y lo dice con un tono que no le he oído nunca: seco, sin humor, casi ofendido—.

Yo no me he ido de vacaciones desde el dos mil dieciséis.

No tengo coche, tengo furgoneta. La tele es la de mi padre.

Y todos los meses meto lo que sobra en una cuenta que no toco.

—Vale.

—Y me lo llaman de todo, ¿eh? Los de la obra me llaman rata.

—Yo no he dicho eso.

—Tú has dicho «una lámpara». —Enrolla un poco el plano y lo vuelve a estirar—. La gente que dice «una lámpara» es la que llega a los cuarenta pagando un alquiler.

Y ahí, por primera vez desde septiembre, me da la sensación de estar hablando con alguien capaz de ser bastante desagradable si se le toca donde no es.

Que además tiene toda la razón, que es lo que lo empeora: yo llego a los treinta y tres pagando un alquiler.

—¿Y por qué no lo has propuesto ya?

—Porque necesito los doce y no los tengo.

—Da un trago por fin—. Maribel dice que un elemento común no se vende, por principio.

El del quinto B dirá que sí si le arreglo cosas gratis un año.

El cuarto B no aparece nunca. Y Julián tiene que morirse tranquilo pensando que esto sigue siendo una portería.

—Ya.

—Y luego estaba Fermín.

Ahí levanta la vista del plano y me mira.

—Fermín me dijo en 2019, en el portal, con esas palabras: «El día que lo pidas, mi voto lo tienes». Y me dijo también que era el único que lo tenía claro y que había que ir uno por uno.

Y ahora ese voto es mío.

Ese voto está en una escritura de donación con un protocolo grapado, y desde mañana a las once, cuando yo ponga mi firma en una cláusula tercera, ese voto pasará a ser de una pareja encantadora que va a vivir aquí y a la que este hombre le habrá arreglado, para entonces, el suelo, los radiadores, las ventanas y una pared que nadie va a ver nunca.

—¿Y cuándo lo vas a proponer? —digo, y la voz me sale casi normal.

—En la ordinaria de la primavera. —Enrolla el plano con las dos manos, con cuidado, empezando por el canto—. Ahora no, con la derrama recién aprobada, que nadie quiere oír hablar de dinero.

En la primavera.

—Manu.

—¿Qué?

Y se queda quieto con el rollo de papel en las manos, esperando, con esa disponibilidad suya absoluta que no le he visto a nadie en mi vida.

—Que está muy bien el taller —digo.

Subo los cuatro pisos.

En el descansillo del tercero, delante de mi puerta, sentado encima del felpudo con las cuatro patas juntas, hay un gato de esmoquin esperando a que llegue alguien.

Me limpio los pies. Entro. Y a las once y cuarto de la noche, en la mesa camilla, saco del cajón de la mesilla cuatro folios grapados y leo, por tercera vez, la cláusula tercera y la cuarta, y hago la única cuenta que me queda por hacer.

Doce mil euros por desistir mañana.

Ciento cuarenta y dos mil que lleva ahorrados un tío desde 2017.

Y un voto de doce.