23. Días de vino y silicona
Doce días.
Doce días es un plazo administrativo. Es lo que tarda un banco en darte una tasación, lo que tarda una gestoría en pedirte otra vez el DNI que ya le mandaste. En doce días no pasa nada.
En doce días pasa esto.
Así que se pone con la cocina.
Pica el azulejo marrón hasta la altura de la encimera y aparece debajo, en la esquina de al lado de la ventana, un trozo de alicatado antiguo de veinte centímetros: baldosín blanco pequeño con una cenefa verde de dos rayas.
—Esto es de origen —dice, con los dos dedos encima.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora nada. Ahora se mira un rato.
Y lo miramos un rato. Los dos, de pie en la cocina, un martes a las doce y media, mirando veinte centímetros de pared que llevaban cuarenta años debajo de un azulejo marrón.
El jueves quita la moldura de plástico dorado del mueble alto. Tarda, efectivamente, cinco minutos: espátula, agua caliente, y sale entera, con la silicona pegada por detrás como una tripa.
—Ya está.
—Cinco minutos.
—Es que son cinco minutos —dice, y tira la moldura al cubo—. Lo que pasa es que ahora vas a querer el tirador.
Quiero el tirador.
Las cenas empiezan porque una noche son las nueve y media y él sigue con la ventana del office desmontada en el suelo, y no se puede dejar una ventana desmontada, y para cuando la monta y la ajusta y comprueba que cierra, son las diez y veinte.
—¿Has cenado?
—No.
—Hay huevos.
Hay huevos, y hay pan, y hay una lata de pimientos, y cenamos en la mesa camilla a las diez y media con las manos sucias de sellador.
La segunda noche compro vino.
La cuarta noche compra él el vino y trae también una silicona neutra para el fregadero, y la deja encima del aparador junto a la botella, y esa imagen —una botella de tinto de siete euros y un cartucho de silicona translúcida, los dos de pie sobre un aparador de 1960— es lo más parecido a una postal que ha habido en esta casa desde que yo llegué.
—Esto ya no es una visita —digo, la quinta noche, mirando el reloj del microondas: las once y cuarto.
—No.
—Es que la norma es que a las diez no entra nadie.
—Yo no entro. Yo estoy.
Y lo dice con la boca llena, sin ninguna solemnidad, y ninguno de los dos mira al gato al decirlo.
Eso es lo importante y lo sé perfectamente mientras está pasando: que hay un animal de siete kilos en el sillón de orejas, a cuatro metros, y que ni él ni yo giramos la cabeza para comprobar nada.
La sexta noche descubro también cómo cena este hombre.
Cena como quien termina una tarea: rápido, todo, sin dejarse nada en el plato, y luego se queda quince minutos con la espalda en la silla sin hacer absolutamente nada, ni móvil, ni tele, ni hablar. Mirando la pared.
—¿En qué piensas?
—En la ventana.
—¿En qué ventana?
—En la del office. Que la he ajustado hoy y cierra bien, pero el herraje de abajo es de otra época y algún día habrá que buscarle uno.
—¿Y eso te preocupa?
—No me preocupa. —Se rasca la ceja—. Es que me gusta pensarlo.
Y yo, que llevo seis semanas y media dedicando ese mismo cuarto de hora del día a repasar mentalmente lo que he dicho y lo que no he dicho y a quién, me quedo mirando a un tío de treinta y siete años sentado en una silla pensando en un herraje.
Le tengo una envidia enorme. Envidia limpia, de la que no muerde.
El teléfono le suena a las nueve y diez de la mañana del viernes, mientras desayunamos de pie en la cocina, que es exactamente lo que él dice que le pasa a la gente con las islas de microcemento.
Lo coge con el altavoz porque tiene las manos con azúcar.
—Dime.
—¡Manu! Que soy Alberto, del quinto B.
—Dime, Alberto.
—Nada, una tontería. Que se me ha quedado floja la manilla de la puerta del baño, ¿sabes? Es que la aprietas y se cae. Es un apañito de nada.
—Cuarenta euros.
—¿Cuarenta euros por apretar un tornillo?
—Es un cuadradillo. Hay que cambiarlo entero. Cuarenta con la pieza.
—Hombre, Manolito, que es un momentito.
Yo tengo la taza a medio camino de la boca y me quedo así, mirándole la cara, que no cambia absolutamente nada.
—Ochenta —dice.
—¿Cómo que ochenta?
—Ochenta euros.
—Pero si acabas de decir cuarenta.
—Y ahora son ochenta.
Silencio de tres segundos en el altavoz.
—Es que no lo entiendo, Manu.
—Ya —dice él—. Bueno, cuando lo entiendas me llamas.
Cuelga. Se lame el azúcar del pulgar. Sigue desayunando.
Y yo me tengo que dar la vuelta hacia el fregadero, con la taza en la mano, porque no me sale la risa por ningún sitio que no haga ruido.
—¿Te va a llamar? —digo, cuando puedo.
—Me llamó en marzo por una persiana y tardó dos días.
—¿Y pagó?
—Ciento sesenta. —Se encoge de hombros—. La persiana eran ochenta.
El sábado voy a Villaverde a por una caja.
Solo una. Me lo digo en el coche y me lo repito en el guardamuebles, delante de mis veintitrés cajas apiladas en un cubículo de cuatro metros cuadrados por el que pago sesenta y ocho euros al mes desde hace cuatro años: una caja.
Cojo la que pone LIbrOS 2.
Son libros de la carrera, dos de fotografía, una novela que releo cada dos años y un álbum de fotos de cuando mis padres todavía se hacían fotos.
En el fondo hay una taza de cerámica marrón con una C hecha a mano, que me regaló mi abuela y que llevo cuatro años sin usar porque en la habitación de Merche solo caben dos tazas y las dos son de Merche.
La subo a Ponzano. La dejo en el suelo del salón.
Y ahí acabo, plantada, con una caja de cartón a los pies, en el salón vacío más bonito en el que he estado nunca, sabiendo que el jueves 20 firmo una reserva de seis mil euros.
Saco la taza. La lavo. La pongo en el escurridor, boca abajo, que es como las deja él.
Los libros los dejo en la caja.
El martes por la mañana entra el contrato.
Llega en PDF, adjunto a un correo de la asesoría de Lares con copia a Bea, y se llama «CONTRATO DE RESERVA — PONZANO 41 3 IZQ — SOTO / VILLAR-MARCHENA».
Son cuatro páginas. Lo leo entero en la mesa camilla con el segundo café, marcando cosas con el dedo en la pantalla como si yo entendiera de contratos, que no entiendo, que para eso está Lore.
Cláusula tercera: la parte compradora entrega en concepto de reserva la cantidad de seis mil euros (6.000,00 €).
Cláusula cuarta: si la parte vendedora desiste, devolverá dicha cantidad duplicada .
Doce mil euros. Eso es lo que cuesta cambiar de opinión a partir del jueves. Lo apunto en la libreta, en la columna del debe, con la letra pequeña.
Imprimo el contrato en el locutorio de Bravo Murillo por ochenta céntimos y lo dejo encima de la mesa camilla, boca abajo, debajo de la libreta.
Cuando vuelvo de la cocina, Pelayo está sentado encima del taco de folios, en el centro exacto, con las cuatro patas recogidas y esa cara de estar ocupando un sitio por derecho.
—Es un trámite —le digo, y lo levanto con las dos manos para sacarlo de debajo.
Pesa siete kilos y se deja levantar como quien no discute con una autoridad inferior.
Me llevo el contrato al dormitorio, al cajón de la mesilla, debajo de dos camisetas.
El domingo por la tarde, cepillando el collar a cuatro manos, me dice:
—El cinco destapo el baño y le doy el mortero. Y para Reyes eso está seco.
—Vale.
—Y el tirador te lo pongo la semana que viene, que hay uno en Alonso Cano igual que el de origen. Diecisiete euros.
—Vale.
—Y en enero, la galería.
—En enero la galería.
Lo digo yo. Lo digo yo entero, con mi voz, sin que me tiemble nada, un domingo por la tarde con un gato entre las rodillas.
La caja de herramientas se queda en el pasillo la noche del lunes porque el martes empieza pronto.
Es una caja de plástico gris con asa, la de siempre, y él la deja abierta con la bandeja de arriba sacada, la de los destornilladores y las brocas.
A las doce y media de la noche salgo a por agua y me la encuentro ocupada.
Pelayo está dentro. Dentro del hueco grande de abajo, hecho una rosca, con las patas metidas debajo del pecho, la barbilla apoyada en el borde de plástico y la pechera blanca contra el gris. Encima de una lija a medio usar y un rollo de cinta de carrocero.
Duerme. Duerme de esa manera absoluta en la que duermen los animales que no tienen ningún plan.
Lo miro más rato del que corresponde. En seis semanas y media este gato ha dormido en el sillón de orejas, a los pies de la cama y en el arcón. Nunca en el suelo. Nunca en una caja.
Vuelvo al dormitorio y me meto en la cama, y Manu se da la vuelta a medias, sin despertarse del todo.
—¿Qué pasa?
—Que tu gato está durmiendo en tu caja de herramientas.
Y él dice una cosa, con la voz espesa, que tarda tres segundos en llegarme entera:
—No es mi gato.
—Ya.
—Es del piso.
Se duerme otra vez.
Y yo me quedo con los ojos abiertos en la oscuridad, a las doce y treinta y cinco de la noche del lunes 17 de noviembre, haciendo la cuenta que sé hacer: que quedan tres días, que la reserva son seis mil euros, y que en esta casa hay ahora mismo un hombre dormido, un gato dormido en una caja, una taza con una C en el escurridor y una pared abierta que no puede tocarse hasta el cinco de diciembre.