22. Estado de cargas
Noviembre entra en esta casa con un frío que no se nota en la calle y sí en el pasillo, y con el primer radiador de fundición encendido por primera vez desde que yo vivo aquí.
—¿Es normal?
—Es que está trabajando —dijo él.
Pica el baño un martes por la mañana y a las once y veinte me llama desde el pasillo con una voz distinta.
—Claudia. Ven.
El rodapié está fuera y hay medio metro cuadrado de pared abierta hasta el ladrillo, con el yeso desmenuzado en un cubo. El ladrillo, en la parte de abajo, está oscuro. No mojado: oscuro, con una franja blanquecina por encima, como una marca de marea.
—Esto no es el bajante —dice.
—¿No?
—El bajante lo he tocado y está seco. —Mete la mano y raspa con la uña—. Esto sube. Es capilaridad. Viene del muro que da al patio.
—¿Y eso qué es?
—Que el muro chupa el agua del terreno y la va subiendo por dentro, como una vela. —Se limpia las manos en el pantalón—. Es de la finca. Lleva pasando desde el veintisiete.
—Tú esto lo pusiste en el presupuesto de septiembre.
—Yo puse sanear la esquina. Eso son cuatrocientos euros y es lo que se hace cuando la humedad viene del bajante.
—Señala la franja blanquecina del ladrillo—.
Esto no viene del bajante. Esto es otra cosa y es otro precio, y si te lo hubiera presupuestado en septiembre sin abrir la pared te habría estado engañando.
—¿Y por qué no se ve?
—Porque en esta casa lleva cuarenta años tapado con yeso, y encima del yeso hay pintura plástica, que no deja respirar, y por eso se abomba y se cae. Alguien lo picó, lo tapó y lo pintó. Y luego otro alguien.
Se sienta en el borde de la bañera.
—Hay dos maneras.
Ya me sé esta parte. Ya sé exactamente cómo va esta parte.
—Dime.
—Una: sellas con un producto de estos que hay ahora, das dos manos de pintura antihumedad y masilla el rodapié. Trescientos ochenta euros con material. Se ve perfecto.
—¿Cuánto dura?
—Depende del invierno. Dos años. A veces tres.
—¿Y la otra?
—La otra es hacerlo bien. Picar el metro y medio de abajo en toda esa pared, quitar el yeso hasta el ladrillo, dejarlo secar tres semanas al aire, poner un mortero de saneamiento, que es un mortero poroso que deja salir la sal, y rematarlo con cal.
Y por fuera, en el patio, sanear la base del muro y hacer una regata de ventilación.
—¿Y eso?
—Tres mil cien. Y no lo tienes terminado hasta enero, porque hay que esperar a que seque y no se puede acelerar.
—¿Y lo del patio? Eso es zona común.
—Eso es zona común y eso no lo pagas tú. —Coge la libreta de obra—. Yo se lo digo a Maribel y va a acta. Es un metro de regata en la base del muro y es de la comunidad, como la fachada.
—Maribel te va a decir que ahora no, que con la derrama no hay para nada.
—Maribel me va a decir que ahora no —dice Manu, y hace una raya en la libreta—. Y yo lo hago igual un sábado y no lo cobro, porque son dos horas y porque si no lo hago, lo tuyo de dentro no sirve para nada.
Lo apunta. No lo dice como una queja. Lo apunta.
Y yo miro esa raya en la libreta, que es la raya número no sé cuántas de una lista de cosas que este hombre hace gratis en un edificio en el que nadie le ha invitado nunca a una cena de Navidad.
Tres mil cien euros.
Yo tengo en la cuenta cuatro mil doscientos y una factura de Lares del mes pasado que sigue sin entrar.
Le debo a Manu tres mil ochocientos de la segunda mitad del presupuesto, que se pagan en diciembre.
Y tengo, en el correo, una oferta de quinientos noventa mil euros a la que llevo once días diciéndole «unos días».
—¿Y esto cómo lo lleva el que compra? —pregunto, y me sale sola, con esa voz mía de tasadora que no se apaga.
Manu se encoge de hombros.
—Si esto fuera para vender, se sella, se pinta y ya está —dice—. La casa se enseña perfecta, se firma, y el que la compra se entera en el segundo invierno. Es lo que se hace en el noventa por ciento de los pisos.
—¿Tú lo has hecho?
—Yo lo he hecho. —Se levanta y recoge la paleta—. Trabajé cuatro años en Alcobendas para una empresa que compraba pisos para revender, y yo sellaba y pintaba lo que me decían. Ochenta pisos, igual más.
—¿Y qué pasó?
—Que un día volví a uno a arreglar una persiana y estaba la señora que lo había comprado, con un cubo debajo de la esquina del salón. —Mete el cubo de escombro debajo del lavabo—. Y me preguntó si yo sabía algo de humedades.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
Lo dice sin dramatizarlo nada, con la paleta en la mano.
—Pero como esto no es para vender —añade, y coge la libreta de obra—, te lo hago bien y en enero está.
Y ahí se me para todo.
Se me para en el pecho, muy concreto, muy físico, como cuando bajas un escalón que no estaba.
Porque acaba de decir «como esto no es para vender» con la naturalidad con la que se dice «como mañana es martes», y lo ha dicho porque yo se lo dije en septiembre, en esta misma casa, sentada en la mesa camilla, con dos manos libres y una boca perfectamente disponible.
—Hazlo bien —digo.
—Son tres mil cien.
—Ya te he oído.
—Es mucho dinero, Claudia. Y no lo va a ver nadie nunca. Es una pared de un baño.
—Que lo hagas bien.
Me mira dos segundos.
—Vale.
Le hago la transferencia esa misma tarde, mil quinientos a cuenta, desde el móvil, sentada en el suelo del salón. Concepto: «obra baño».
Y me quedo mirando el saldo, que se queda en dos mil setecientos y pico, con una sensación rarísima que tardo un rato en identificar y que cuando la identifico me da la risa: es la sensación de haber comprado algo.
Yo no compro cosas para mí. Yo compro cosas para las casas de otros y las factura Lares.
Acabo de gastarme tres mil cien euros en una pared que va a quedar exactamente igual que ahora, en una casa que voy a vender en enero, para que dentro de cuatro inviernos, en el salón de otra persona, no haya un cubo en una esquina.
Y es lo primero que hago en esta casa que no se puede fotografiar.
Bea me llama a las cinco y media, que es cuando llama Bea.
—Claudia.
—Bea.
—Llevo once días. Once. —Se oye el manos libres del coche—. Y Jaime me llamó ayer y me preguntó, muy educado, si hay algo que ellos deban saber. ¿Sabes lo que significa eso?
—Que se están mosqueando.
—Que se están mosqueando y que en dos semanas se enamoran de otro piso, porque esa gente lleva ocho meses buscando y tienen el dinero en una cuenta corriente sin hacer nada. —Un claxon—. ¿Qué te falta?
—Estoy arreglando una humedad del baño.
Silencio.
—¿Qué?
—Que hay una humedad estructural en el baño y la estoy arreglando bien. Tres semanas de secado y mortero de saneamiento.
—Claudia, cariño, escúchame. —Ha bajado la voz, y cuando Bea baja la voz es que va a decir algo verdadero—.
Nadie hace eso. Nadie. Esa pared se sella, se pinta y se declara lo que haya que declarar, y si el comprador quiere garantías que pida un informe.
Te estás gastando tu dinero en la casa de otro.
—Ya.
—¿Y aun así?
—Y aun así.
—Vale. —Suspira—. Pues entonces dime una cosa y te dejo en paz: ¿tú quieres vender ese piso?
Y ahí, con el móvil en la oreja, de pie en un pasillo que huele a tierra mojada, me oigo decir en voz alta, por primera vez desde septiembre y con toda la firmeza del mundo:
—Sí.
Porque es verdad. Porque las cuentas son las cuentas. Porque quinientos cuarenta y cuatro mil euros es dejar de tener miedo, y yo llevo treinta y tres años teniendo miedo de una manera muy bien decorada.
—Pues el viernes te llevo el contrato de reserva —dice Bea— y esto se acaba.
—El viernes.
—El viernes.
Cuelgo, y miro el metro y medio de ladrillo desnudo del veintisiete, que va a estar secándose al aire hasta enero, y que va a costarme tres mil cien euros, y que lo he encargado yo esta misma mañana.
Las dos cosas son verdad a la vez y las dos las he dicho yo.
Se lo cuento a las Solventes esa noche, porque no aprendo.
Sonia , 22:41
A ver si lo entiendo.
Sonia , 22:41
Uno: te ofrecen 590.000.
Sonia , 22:42
Dos: no has contestado.
Sonia , 22:42
Tres: te acabas de gastar 3.100 € en una pared que el comprador no va a ver.
Claudia , 22:44
la pared está mal
Sonia , 22:44
La pared lleva mal desde 1927.
Patri , 22:51
yo lo entiendo perfectamente
Sonia , 22:51
Patri, tú entiendes cualquier cosa que tenga un manitas dentro.
Lore , 23:06
Discrepo, y esta vez con argumentos.
Lore , 23:07
Claudia: si vendes con la humedad tapada y sale en dos años, eso es un vicio oculto. Se puede reclamar. Hay sentencias.
Lore , 23:07
Así que técnicamente lo que has hecho es blindarte.
Claudia , 23:12
gracias Lore
Lore , 23:13
De nada.
Lore , 23:15
Aunque tú y yo sabemos que no lo has hecho por eso.
A las doce y media apago la luz del salón.
En el baño, la pared abierta huele a tierra mojada y a ladrillo viejo, y va a oler así tres semanas, y en tres semanas es diciembre.
Pelayo está sentado en el pasillo, enfrente del hueco, mirando el metro y medio de ladrillo desnudo del veintisiete, con esa quietud suya de aparejador.
Y no hace nada.
No gira la cabeza, no cierra los ojos, la medalla no suena. Se queda ahí mirando una pared rota, y luego se levanta, entra en el baño, huele el mortero que hay en el cubo y se vuelve a sentar.
—Ya —le digo—. A mí también me parece bien.