Con gato incluido 19. De origen
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19. De origen

El salón se vacía un jueves.

Todo fuera: el sofá al dormitorio grande, el arcón al pasillo, la mesa camilla desmontada, el sillón de orejas de canto en el office con una manta encima, las cajas de plátanos apiladas en la galería.

En dos horas el salón de esta casa es una habitación de veintiséis metros con tres balcones y nada dentro, y suena a otra cosa: las voces rebotan, los pasos hacen eco, y en el techo, sin muebles debajo, la cenefa de hojas se ve entera y de golpe.

—Sale mejor así —dice Manu, mirando arriba.

—Es que sin nada debajo se lee.

—Ajá.

Acuchilla el viernes. La máquina hace un ruido de motor de barco y él la lleva en pasadas largas siguiendo la veta, tres pasadas: la primera con grano grueso, que se lleva cuarenta años de todo; la segunda para igualar; la tercera, casi una caricia.

Cuando termina, la tarima está desnuda, clarísima, de un rubio que no había visto nunca en un suelo, con los nudos oscuros repartidos como pecas.

—Esto lleva ochenta años debajo de una capa de mugre —dice, quitándose la mascarilla—. Y estaba aquí.

El sábado da el aceite-cera. Dos manos, con espátula, esperando cinco horas entre una y otra, y ese día la casa entera huele a lino y a naranja, un olor limpio y espeso que se mete en el pelo y que a las nueve de la noche todavía está.

Y el domingo hay que pulir.

—Con paño y a mano —dice—. Descalzos, que con calcetines resbalas y con zapatos marcas.

—¿Cuánto?

—Dos horas. Tres.

Empezamos a las cinco de la tarde por los dos extremos del salón, cada uno con un paño de algodón doblado en cuatro, de rodillas, haciendo círculos.

Es un trabajo idiota y es un trabajo precioso.

El aceite se calienta con el roce y la madera empieza a coger un brillo que no es brillo de barniz, que es otra cosa: es como si el suelo se pusiera a devolver la luz por su cuenta.

Vamos avanzando en diagonal, cada uno por su lado, y a las seis y media nos encontramos en el centro y nos reímos porque ninguno de los dos ha visto venir al otro.

Mientras tanto hablamos de tonterías, como se hace cuando se trabaja con las manos.

Me entero de que hace la compra los martes porque los martes reponen. De que estuvo cuatro años con una chica de Alcobendas y que se acabó, según él, «porque yo volví aquí y ella no volvía a ningún sitio». De que no tiene coche, tiene furgoneta, y de que la furgoneta se llama la furgoneta.

—¿Y tú no sales? —le digo.

—Los sábados, a veces. Con dos de la obra.

—¿Adónde?

—A un sitio de Cuatro Caminos donde ponen las bravas malísimas.

—¿Y por qué vais?

—Porque llevamos quince años yendo —dice, como si eso fuera una respuesta.

Y es una respuesta. En esta finca, en esta casa y en este suelo, llevo seis semanas descubriendo que eso es siempre una respuesta.

A las siete y cuarto ya no hablamos. Solo se oyen los dos paños y la calle.

A las ocho menos veinte se acaba la luz de los balcones y encendemos la del pasillo, que entra en cuña, y el suelo, con esa luz rasante, parece agua.

—Ya está —dice él.

Nos levantamos. Nos quedamos los dos de pie, descalzos, en el centro exacto de veintiséis metros de tarima de melis del veintisiete recién encerada, y no hay ni un mueble, ni un cojín, ni una lámpara vintage de ciento cuarenta euros, ni un jarrón con eucalipto, ni una sola cosa que yo haya comprado en toda mi vida.

Y está mejor que cualquier salón que yo haya montado.

—Está muy bien —digo, que es todo lo que me sale.

—Está como estaba.

—Manu, esto no estaba así.

—Estaba así —dice, y se pone en cuclillas y pasa la mano abierta por la veta, muy despacio, del nudo hacia fuera—. Lo único que hemos hecho es quitarle lo de encima.

Y luego, con dos dedos, toca una junta.

—Esto es de origen.

Yo llevo desde septiembre oyéndole decir esa frase. Se la he oído decir de una cerradura, de una moldura, de un radiador y de un rosetón. Es una frase técnica y en su boca es la frase más cariñosa que hay.

—Bajo a por unas cervezas —dice.

—No.

Lo digo demasiado rápido y él se para en mitad del salón, descalzo, con el paño en la mano.

—Quédate un momento —digo—. Que quiero enseñarte una cosa.

Voy al aparador del pasillo y cojo el móvil de la pantalla rajada, ese que se carga con un cable que ya no fabrica nadie, y lo enchufo al altavoz de la cocina, y me tiembla un poco el pulgar en la pantalla, cosa que registro y decido no mirar.

—Esto es de mi tío —digo—. Es lo único que se podía poner en esta casa antes de las diez de la mañana. Y él la ponía de noche.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Que ya lo sé —dice Manu—. Cuando yo era pequeño, mi padre cerraba el portal a las once y desde el patio se oía el tercero izquierda. Todas las noches. Cuarenta años.

—¿Y sabías lo de Rosario?

—Yo a Rosario no la conocí. —Se apoya en el marco del balcón—. Pero cuando murió, mi padre estuvo dos semanas escuchando desde el patio a ver si volvía a sonar.

—¿Y sonó?

—A las dos semanas justas.

Yo tengo que sentarme un momento en el alféizar del balcón.

Porque el viernes de la semana pasada, a las diez de la mañana, en esta misma habitación —con los muebles todavía puestos, con el plaid en el brazo del sofá y una taza de café mía enfriándose en la mesa camilla— había un arquitecto de treinta y pocos con un medidor láser y una tablet, midiendo la altura del techo y explicándole a Jaime que la cenefa se pica en un día si se hace con cuidado, y a Cova que la galería es «un espacio con muchísimo potencial», y que todo depende de si la comunidad autoriza tocar el bajante.

Estuvieron cincuenta minutos. Se fueron a las once menos cinco.

Manu subió a las once y cuatro con una plancha al hombro y yo le abrí la puerta con la taza en la mano.

—Claudia.

—¿Qué?

—Que si le doy al play.

—Dale.

Le doy yo.

Empieza el fagot. Después el arpa. Y después entra la voz, y en un salón vacío de veintiséis metros con el techo a tres sesenta y sin una sola cosa que amortigüe, esa voz suena como no ha sonado nunca en las seis semanas que llevo viviendo aquí.

Pelayo entra antes del segundo compás.

Cruza el salón desnudo, sin muebles, sin sillón de orejas al que subirse, y se sienta en el centro, a dos metros de nosotros, con las cuatro patas juntas y la cola alrededor.

Y no hace nada.

No gira la cabeza. No cierra los ojos. La medalla no suena. Se queda ahí sentado, mirándonos a los dos, con la pechera blanca y esa calma suya de mueble antiguo, y en seis semanas yo he aprendido a leer exactamente un solo gesto de este animal y lo que estoy leyendo ahora es su ausencia.

—Tu gato no dice nada —dice Manu, en voz baja.

—Ya.

—¿Eso es bueno?

—Eso es lo mejor que hace.

Y ya no hay nada más que hacer en esta habitación.

No hay muebles que colocar, no hay paño que pasar, no hay presupuesto que revisar, no hay ninguna tarea entre él y yo, y esa es la primera vez desde septiembre que eso ocurre.

Doy un paso.

Está descalzo sobre un suelo que ha acuchillado él, con los vaqueros manchados de aceite en la rodilla derecha y el paño todavía en la mano, y huele a lino y a naranja y a trabajo de todo el fin de semana, y me mira venir sin moverse, que es la manera más difícil de esperar a alguien.

—Claudia.

—¿Qué?

—Que lo digas tú.

—¿Que diga qué?

—Lo que sea que vas a hacer —dice—. Dilo tú.

Y en toda mi vida, en treinta y tres años y en cuatro relaciones y en dos casas y en cuarenta pisos ajenos, nadie me había pedido nunca que dijera nada.

En mi familia las cosas se enseñaban, no se decían.

Yo llevo desde los once años montando la escena para que la otra persona haga el movimiento y no tener que arriesgar yo.

—Te voy a besar —digo.

—Vale.

Y lo beso.

Le pongo la mano en la mandíbula, que está áspera de todo el domingo, y él suelta el paño —lo oigo caer al suelo, un ruido pequeñísimo— y me pone las dos manos en la cintura, con esa firmeza que tiene para todo, sin prisa ninguna, como quien sujeta algo que sabe que pesa.

Sabe a cerveza que no nos hemos tomado. Sabe a estar de rodillas dos horas. Hace un ruido con la garganta cuando le paso la mano por el pelo y yo pienso, con la última parte de mi cabeza que sigue funcionando, que llevo seis semanas sabiendo esto.

Estamos descalzos en el centro de veintiséis metros de tarima recién encerada, con un aria del cincuenta y nueve puesta en un móvil roto, en la casa donde un hombre bailaba como un armario todas las noches.

Y en el hueco donde no cabe nadie, dos personas y media como mucho, sí cabemos.

Nos separamos un centímetro. Él tiene la respiración de alguien que ha subido escaleras.

—Se va a acabar la canción —dice.

—La pongo otra vez.

—Es que hay cuarenta seguidas.

—Ya lo sé.

Y nos volvemos a besar, y en el suelo, a dos metros, la medalla no suena ni una sola vez.

Y entonces, desde el pasillo, desde el aparador, desde debajo del plano a lápiz de una galería con una mesa grande y una ventana de sur, vibra mi móvil.

Vibra dos veces, que es como vibra el correo.

Yo no lo cojo.

Yo no lo cojo, y él tampoco lo oye, o hace como que no lo oye, y la canción sigue, y son las ocho y veinte de un domingo de finales de octubre, y en mi bandeja de entrada hay un correo de Beatriz Ordóñez, de Lares Inmobiliaria, con el asunto en mayúsculas:

JAIME Y COVA QUIEREN HACER OFERTA