20. Oferta por encima de precio
Quinientos noventa mil euros.
Eso es lo que pone el correo que leo a las siete y diez de la mañana, sentada en el borde de la cama del dormitorio grande, con las plantas de los pies todavía manchadas de aceite-cera.
Lo leo tres veces. A la tercera me levanto y voy a la cocina como si tuviera que hacer algo urgente en la cocina, y una vez allí no tengo nada que hacer, así que pongo la cafetera.
Y hago la cuenta.
La hago en la libreta de los presupuestos, con el bolígrafo bueno, en una hoja limpia, como se hacen las cuentas que importan.
Quinientos noventa mil. Menos veintiún mil cuatrocientos diecisiete de Lares con IVA.
Menos nueve mil cuatrocientos de derrama, que se liquida entera en la notaría.
Menos doce mil trescientos de obra, contando lo que le queda a Manu por hacer.
Menos plusvalía, que en una donación de hace dos meses Lore dice que sale poco, pero pongamos dos mil por si acaso.
Quedan quinientos cuarenta y cuatro mil ochocientos ochenta y tres euros.
Escribo la cifra. La miro.
Con esa cifra se compra un dos habitaciones en Tetuán, reformado, sin hipoteca, y sobran ciento cincuenta mil.
Con esa cifra se acaba el guardamuebles de Villaverde, se acaba Merche, se acaba pedirle a Sonia doscientos euros hasta el día 10, se acaba mirar el saldo antes de la compra grande, se acaba decir que sí antes de leer la segunda frase.
Con esa cifra, si el año viene malo, no pasa nada. Con esa cifra no pasa nada nunca más.
Yo llevo treinta y tres años esperando una cifra que sirva para que no pase nada.
Y aquí está, escrita con mi letra, en una libreta de presupuestos, encima de una encimera de formica que imita un mármol que no existe.
Y hay que decir la otra parte, porque si no esto no es una cuenta, es una excusa.
La otra parte es que quedarse cuesta 792 euros al mes de comunidad, derrama e IBI, sin hipoteca y sin contar la luz, y que yo el año pasado facturé 19.
400 euros brutos y este voy peor. Que en la obra llevo gastados 5.
400 de los míos y me quedan 3.800 por pagarle a Manu en diciembre.
Que si no vendo, en enero empieza la derrama a 522 al mes durante dieciocho meses y ese dinero, sencillamente, no está en ninguna parte.
Que la gente de mi familia no se ha quedado nunca con nada porque nunca hubo nada que quedarse, y que a mí me acaban de poner delante quinientos cuarenta y cuatro mil euros por firmar un papel.
Rechazar eso no es romántico. Rechazar eso es lo que hacía mi padre con la gabardina puesta.
Me tomo el café de pie, mirando el azulejo marrón.
LAS SOLVENTES (3)
Claudia , 8:12
590.000
Sonia , 8:12
¿QUÉ?
Sonia , 8:13
Uno: acepta.
Sonia , 8:13
Dos: acepta hoy.
Sonia , 8:14
Tres: quince mil por encima de precio no es una oferta, es un regalo con lazo.
Patri , 8:31
holaaaa
Patri , 8:31
espera
Patri , 8:32
¿y el manitas?
Sonia , 8:32
Patri.
Patri , 8:33
q no, q lo digo en serio
Patri , 8:33
q el domingo me mandó un audio a las 12 de la noche q duraba 6 minutos
Sonia , 8:34
Cuatro: el manitas no computa en la cuenta.
Patri , 8:35
el manitas es la cuenta
Lore , 9:02
Buenos días. Cuestión práctica, que es lo mío.
Lore , 9:03
Claudia: ¿el contrato de reserva lo firmas tú directamente o pasa por la agencia?
Lore , 9:03
Y otra: ¿en qué estado está la obra cuando se escriture?
Claudia , 9:11
la obra estará terminada en diciembre
Lore , 9:12
Ya. No te he preguntado eso.
Lore , 9:12
Te he preguntado si el que la está haciendo sabe para qué la está haciendo.
Claudia , 9:26
tengo que colgar, me entra una llamada
Sonia , 9:26
No te ha llamado nadie.
Bea me llama a las diez menos veinte y habla cuatro minutos seguidos sin respirar: que es una oferta limpia, que ella lleva once años y estas se ven dos veces al año, que Jaime tiene el dinero en la cuenta de la venta de Chamartín y que quieren firmar reserva esta misma semana.
—Yo mañana te llevo el contrato.
—Bea, dame unos días.
Silencio de dos segundos, que en Bea es un grito.
—¿Unos días?
—Cuatro. Cinco.
—Claudia, cariño, ¿qué te pasa?
—Que quiero mirar lo de la plusvalía.
—La plusvalía la mira la gestoría en una tarde.
—Y quiero hablarlo con mi tío.
Y eso sí cuela, porque Bea sabe que la casa era de un señor de setenta y nueve años, y porque nadie en este oficio discute a un señor de setenta y nueve años.
—El viernes te llamo —dice—. Y el viernes me dices que sí.
Cuelgo.
No llamo a mi tío.
Los siguientes cuatro días son los mejores días que he tenido en muchísimo tiempo, y eso es lo que me va a costar caro.
El lunes Manu sube a las nueve y trabaja hasta las dos, y a las once y diez tomamos el café, y cuando se lo doy me coge la muñeca con la mano libre y me tiene ahí tres segundos, sin decir nada, y luego se toma el café apoyado en el marco de la puerta como siempre.
El martes se queda a cenar.
El miércoles no baja a dormir a su casa, y a las siete y cuarto de la mañana descubro que hay una manera de que esta casa suene todavía distinta, que es con dos personas moviéndose por ella a la vez, buscando cada una sus cosas.
Y descubro también que tiene el sueño de la gente que se levanta temprano, y una cicatriz de doce puntos en el antebrazo izquierdo de una radial en 2014, y que le da miedo el mar.
—¿El mar?
—El mar entero.
—¿Y eso?
—Que no se ve el fondo. —Se encoge de hombros, boca arriba, mirando la cenefa de escayola—. Yo necesito ver dónde apoya todo.
El jueves por la mañana hace café él, sin preguntar, y lo hace mejor que yo, y me deja la taza en la mesa camilla al lado del portátil, y sale al pasillo y desde ahí grita, con la boca llena:
—¡La italiana la sigues llenando demasiado!
Y Pelayo, que ha dormido las cuatro noches a los pies de la cama por primera vez desde septiembre, entra en el salón detrás de él.
Los cuatro días caben en una frase muy corta: es fácil.
Es que es fácil. Eso es lo que no me esperaba.
Yo tenía toda la teoría montada sobre que las cosas buenas cuestan y esto no cuesta nada: se levanta uno, hay café, hay ruido de herramientas al fondo, se come a las dos y media lo que hay, se discute quince minutos sobre si el office debería ser un cuarto, se cena, se apaga la luz.
Lo único que cuesta es el portal.
El miércoles bajo a por el pan a las nueve y media y doña Reme está barriendo el felpudo de su puerta, cosa que no requiere hacerse a las nueve y media ni ningún otro día.
—Qué bien se te ve.
—Estoy igual que siempre.
—Ya, ya. —Da dos escobazos—. Oye, ¿y al final lo de la caldera?
—¿Qué caldera?
—La que tienes puesta en el calendario del recibidor —dice, sin levantar la vista de la escoba—. Que subí a traerte lentejas el viernes y no estabas, y me quedé leyéndolo mientras te esperaba, que una es muy cotilla.
Y sigue barriendo un felpudo perfectamente limpio.
Yo subo los cuatro pisos con la barra de pan debajo del brazo, y en el recibidor, colgado del clavo que lleva ahí desde antes que yo, está el calendario de papel de la ferretería de Bravo Murillo. En la casilla del viernes pasado, a las diez, pone REVISIÓN CALDERA con mi letra de márgenes.
En esta casa no hay caldera. Hay un calentador de gas.
Y de eso, en esta finca, hay exactamente una persona que se ha dado cuenta y no ha dicho nada.
El jueves por la noche, sentados en el suelo del salón porque el sofá sigue en el dormitorio, con la lámpara vintage encendida en el rincón y una pizza de la calle Alonso Cano entre los dos, me dice:
—En enero, cuando acabemos el baño, te quito la moldura de plástico del mueble alto.
—Son cinco minutos.
—Ya. Pero yo esto lo quiero hacer en orden.
En enero.
Escritura antes del 31 de enero, dice la oferta.
Y aquí estoy yo, con un trozo de pizza en la mano, en el suelo de mi salón, oyendo a este hombre planificar el mes de enero de una casa que estoy a punto de vender por quinientos noventa mil euros a una pareja que quiere picar la cenefa que tenemos encima de la cabeza.
—Manu.
—¿Qué?
Y se gira, y tiene el gesto ese suyo de estar disponible del todo, sin prisa, esperando lo que le vaya a decir con la misma cara con la que espera a que hierva la cafetera.
—Nada. Que tienes tomate en la barbilla.
Se limpia con el dorso de la mano.
Y esa es la tercera vez que tengo la ocasión servida, con las dos manos libres, y esta vez ni siquiera son once palabras. Esta vez es «me han hecho una oferta», que son cinco.
A la una y media, cuando ya está dormido, me levanto sin hacer ruido y voy al salón.
Abro el correo. Escribo a Bea: «El viernes hablamos». Lo borro. Escribo: «Dame hasta el lunes». Lo borro.
Cierro el portátil y me quedo sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando el mismo suelo que pulimos a mano el domingo, que a esta hora y con la luz del pasillo tiene ese brillo bajo que no da ningún barniz.
Pelayo entra desde el pasillo. Se sienta enfrente de mí, a un metro, con las cuatro patas juntas.
Y luego mira el portátil cerrado que tengo al lado, en el suelo.
Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.
—Ya lo sé —le digo—. Ya lo sé.