Con gato incluido 18. Toma de medidas
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18. Toma de medidas

—Necesito medir bien —dice Manu el martes—. La humedad del baño toca el tabique de la cocina y, si pico ahí, tengo que saber qué hay detrás.

—¿Y cómo se sabe?

—Midiendo por fuera y midiendo por dentro. Lo que falta es tabique.

Tarda dos horas. Yo tenía que mandar tres presupuestos y mando cero, porque me pongo detrás de él con la libreta a apuntar los números que canta, y a los quince minutos ya no estoy apuntando números: estoy mirando cómo aparece una casa en un papel.

Mide de una manera que no había visto nunca. Yo mido con el láser, que hace pip y te da el número, y así he medido cuatrocientas habitaciones. Él usa el metro de cinta y mide dos veces cada pared, una por arriba y otra por abajo.

—Es que las paredes de esta época no son paralelas —dice—. Si mides solo por un lado, luego te falta un centímetro y medio y el mueble no entra.

—¿Y eso se sabe?

—Se sabe cuando llevas un mueble a una casa y no entra.

Golpea también. Va dando en los tabiques con el nudillo, y en unos suena hueco y en otros sordo, y a mitad del pasillo se para en un punto y da tres veces seguidas.

—Aquí hay una puerta.

—¿Dónde?

—Aquí. Tapiada. —Pasa la mano por el gotelé—. Se nota el marco debajo. Esto daba al cuarto pequeño y lo cerraron para poner un armario.

Y yo miro una pared que llevo cinco semanas cruzando doce veces al día y que hasta este momento era una pared.

La dibuja en una hoja cuadriculada, con lápiz de carpintero, sin regla. Traza el contorno de un tirón, con la mano apoyada en el canto, y va metiendo las cotas dentro con esa letra de mayúsculas rectas que tienen los que escriben en obras.

Y a las doce, cuando ya está el plano entero, con sus noventa y seis metros construidos, sus tres balcones, su galería y su cuarto de la lavadora, pasa lo otro.

—Aquí lo que pasa —dice, y le da la vuelta a la hoja para que yo la vea de frente— es que esta casa está mal repartida.

—¿Mal repartida?

—El office. —Golpea con el lápiz—. Esto era una cocina de servicio, con su office y su galería, porque en el veintisiete cocinaba una persona que no era la que vivía aquí. Por eso está tan lejos del comedor y por eso la galería es tan grande.

—Ya.

—Si quitas el tabique de la galería, que no es de carga, ahí te caben una mesa grande y una ventana entera de sur. —Dibuja una línea de puntos—. Y si abres esto de aquí, entras a la cocina desde el pasillo y no desde el office, y el office se queda como cuarto.

—¿Cuarto de qué?

—De lo que sea. Tú tienes mil cosas.

Yo tengo mil cosas.

Yo tengo cuatro cajas de fundas de cojín, tres jarrones, doce cojines, dos plaids, dos plantas de verdad, una orquídea de plástico, seis bandejas de madera, un juego de vajilla blanca que uso solo en fotos y una maleta de trabajo con ruedas que llevo cuatro años sacando y metiendo del maletero de un coche que ni siquiera es mío, porque es de Renting y lo paga Lares.

Todo eso lo tengo en un guardamuebles de Villaverde por sesenta y ocho euros al mes.

—Aquí cabría el material —digo.

—Aquí cabría el material y una mesa de trabajo. —Sigue dibujando—. Y si un día quieres, en la galería pones un banco corrido debajo de la ventana y ahí montas las fotos con luz natural, que es lo que decías que te falta.

Yo eso lo dije hace tres semanas, un martes cualquiera, mientras él pintaba el radiador y yo hablaba por hablar.

Me quedo mirando el plano.

Está a lápiz, en una hoja cuadriculada de una libreta de obra, y en ese papel hay una casa en la que hay una mesa grande, y una ventana de sur, y un sitio donde caben mis cosas, y un cuarto que no es una habitación alquilada con tres normas escritas con rotulador rojo en la puerta de la nevera.

Y es un plano de mi casa.

Es literalmente un plano de mi casa, con mis metros y mis tabiques, y no es un montaje, y no hay ningún cojín encima, y nadie lo ha hecho para que se venda.

Se me pone algo raro en la garganta y hago lo que hago siempre, que es hablar de dinero.

—¿Y eso cuánto sería?

—Lo de la galería, con la ventana y la instalación, unos siete mil. Lo del paso a la cocina, tres mil quinientos. —Se encoge de hombros—. Pero eso no es de ahora. Eso es de dentro de dos años.

—¿De dentro de dos años?

—Claro. Primero se arregla lo que está mal.

Luego se vive un año, se ve cómo se mueve uno por la casa y qué se usa y qué no, y luego se toca.

—Deja el lápiz—. Las casas hay que habitarlas antes de reformarlas.

Si no, te haces la casa de la revista y luego resulta que desayunas de pie en la cocina todos los días.

Yo saco el portátil y abro, sin pensarlo mucho, el catálogo de la marca de cocinas con la que trabajo, esa de las islas de microcemento que a mí me encantan y que salen en todos los reportajes que hago.

—Mira, esto es lo que se lleva ahora.

Giro la pantalla. Isla central, microcemento gris, taburetes altos, un frutero con tres limones.

Pelayo, que estaba en el arcón, baja, cruza el salón, se sienta delante de la mesa camilla y mira la pantalla del portátil.

Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

—Es una cocina premiada —le digo.

Manu ni la mira.

—Los taburetes altos no los usa nadie —dice—. Yo he montado catorce y he vuelto a nueve casas a arreglar otra cosa, y en las nueve estaban los taburetes en el trastero.

Y ahí es donde se me suelta la lengua, no sé por qué, o sí lo sé: porque llevo cinco semanas en esta casa y esta es la primera conversación en la que no estoy vendiendo nada.

—Mi padre era como el catálogo —digo.

Manu levanta la vista.

—Mi padre era un tío que lo contaba todo de maravilla.

Todo. Tenía una gabardina buenísima y unos negocios que nunca existieron, y cuando en casa no había para pagar la luz mi madre compraba el pan en la panadería cara para que no se notara.

—Cierro el portátil—. Eso es lo que yo aprendí. A que no se note.

—¿Y por eso lo tuyo?

—Lo mío es literalmente eso, Manu. A mí me pagan por que no se note. Yo entro en la casa de una señora que se está separando y le pongo un jarrón donde estaba la foto de la boda.

Él se queda callado unos segundos, que en él no es incomodidad, es que está pensando de verdad.

—Ya —dice—. Pues yo soy el contrario y tampoco es tan estupendo.

—¿Qué quiere decir eso?

—Que a mí me llaman cuando algo se rompe.

—Recoge el metro de cinta, lo suelta, lo vuelve a recoger—.

En esta finca me conocen todos desde que nací.

Yo he estado en doce cocinas de esta casa.

Sé qué pastillas toma el del cuarto porque le he puesto el mueble del baño y sé lo que gana el del quinto porque le hice la reforma entera.

—Ya.

—Y en veinte años no me han invitado a nada. Ni a una cena de Navidad, ni a una comunión, ni al grupo ese del WhatsApp. —Lo dice sin ninguna pena, que es lo que lo hace mucho peor—. Y no pasa nada, ¿eh? Es lo que hay. Pero es que la gente no te ve. Ve la avería.

—Manu.

—Que no lo digo por decirlo. Lo digo porque tú y yo hacemos lo mismo desde los dos lados. Tú tapas y yo destapo, y ni a ti te miran a ti ni a mí me miran a mí.

Y entonces se levanta a por la caja, y yo me levanto también, y quedamos los dos de pie a los dos lados de la mesa camilla, con un plano a lápiz entre nosotros.

—Yo te veo —digo.

Sale así. Sale entera, en voz baja, sin haber pasado por ningún sitio antes.

Manu no contesta.

Se queda muy quieto con la caja en la mano, mirándome, y esta vez no baja los ojos ni cambia de tema ni dice nada de un rodapié, y el salón entero se pone a la misma temperatura, y yo pienso, con esa parte del cerebro que no se apaga nunca: dos pasos y medio. Están a dos pasos y medio.

Y no los doy.

No los doy porque en la mesa camilla, debajo del plano a lápiz, está mi móvil boca arriba, y el móvil se ilumina, y desde donde estoy se lee perfectamente la primera línea de la notificación:

BEA — LARES: «El arquitecto de Jaime y Cova pide venir el vie...»

Pongo la mano encima de la pantalla. Con la palma abierta, del revés, como se tapa un vaso.

Y él ve el gesto. No lee nada, estoy segura de que no le da tiempo a leer nada, pero ve el gesto perfectísimamente, porque a metro y medio se ve todo.

—Tengo que contestar a la agencia —digo.

—Vale.

—Es de un piso de Vallehermoso.

—Vale.

Coge la caja. En el umbral se limpia los zapatos al revés, saliendo, que no lo había hecho nunca, y dice:

—El plano te lo dejo.

Y se va, y el plano se queda en la mesa camilla, a lápiz, con una galería que tiene una mesa grande y una ventana de sur, y con dos huellas redondas de gato encima que llevan ahí desde las doce y cuarto.

Contesto a Bea a las tres y veinte, después de comer de pie en la cocina, que es exactamente lo que él ha dicho que le pasa a la gente con las islas de microcemento.

«El viernes a las 10 me va bien. ¿Cuánto tardan?»

«1h máximo. Van a medir para el proyecto.»

Van a medir para el proyecto.

Leo esas cinco palabras en la pantalla un rato largo, porque son las mismas cinco palabras que he tenido delante toda la mañana y no significan nada parecido.

Guardo el plano de Manu en el cajón del aparador, junto al móvil de la pantalla rajada.

No lo tiro. No lo cuelgo. Lo guardo en el sitio donde en esta casa se guardan las cosas que funcionan solas.