Con gato incluido 17. Junta ordinaria
44%

17. Junta ordinaria

El punto cuatro del orden del día se llama «Determinación del sistema de pago de la derrama aprobada» y lleva cincuenta y cinco minutos abierto.

Hay tres posturas y ninguna se mueve.

—Yo lo que digo —dice Julián— es que setecientos ochenta y tres euros al mes es más de lo que costaba esta casa entera en un año.

—Julián, que son quinientos veintidós si son dieciocho.

—Pues quinientos veintidós.

Maribel golpea la mesa camilla con los nudillos, dos veces, sin fuerza.

—Vamos a votar y se acabó.

—Es que no está claro qué votamos —dice la administradora, que hoy ha traído dos carpetas y una cara de haber salido de otra junta hace cuarenta minutos.

Yo tengo el orden del día delante y las tres opciones apuntadas en el margen con mi letra de márgenes.

Doce plazos: 783 al mes. Dieciocho: 522. Veinticuatro: 392.

Y debajo, la cuenta que me interesa de verdad y que no le interesa a nadie más en este local: que si el piso se vende en enero, la derrama entera se liquida en la notaría de una sentada y a mí me da exactamente igual el número de plazos.

Que yo estoy sentada en una junta de propietarios votando un calendario de pagos que no voy a llegar a pagar.

Levanto la mano cuando toca. Voto como si fuera a estar aquí en junio.

—Votamos plazos —dice Maribel.

—¿Cuántos?

—Todos. Votamos todos los plazos y gana el que gane.

Y ahí es donde se levanta, dice que se ha dejado arriba la carpeta azul de la ITE, que sin la carpeta azul no se puede votar nada, y sale del local del bajo B.

Y coge el ascensor.

Lo oímos todos: la puerta de tijera, el chasquido, el zumbido del motor y ese quejido que hace la jaula al arrancar y que en esta finca lleva sonando desde 1954.

Y después lo oímos parar.

Y después ya no oímos nada.

Pasan quince segundos. Pasan treinta. Y entonces, desde el hueco de la escalera, con la reverberación de mármol y latón que tiene ese portal, llega la voz de la presidenta de la comunidad de propietarios de Ponzano 41 diciendo, muy despacio, con una dignidad que no le voy a discutir a nadie:

—Se ha parado.

Salimos todos.

Doce personas en un portal de tres metros de ancho, mirando hacia arriba, hacia una jaula de hierro que está detenida entre el segundo y el tercero, con los pies de Maribel visibles por el hueco de abajo y su carpeta azul asomando entre los barrotes.

—¡No fuerce la puerta! —grita Julián, que lleva treinta años preparándose para este momento.

—¡No estoy forzando nada!

—¡Que no la fuerce!

—¡Julián, que no la estoy tocando!

El del quinto A ya tiene el móvil en alto.

La del cuarto D dice que llame alguien a los bomberos y la administradora dice que a los bomberos no, que hay que llamar a la empresa de mantenimiento, y busca el número en la carpeta, y el número está en el contrato, y el contrato está en la otra carpeta, que es la que sube y baja con Maribel dentro del ascensor.

—Hay un teléfono de emergencia dentro de la cabina —dice la administradora.

—¡No funciona! —contesta la cabina.

—¿Desde cuándo?

—¡Desde el año pasado! ¡Está en el acta!

Yo estoy en el segundo escalón. Y en el cuarto escalón, sentado, con las cuatro patas juntas, la cola alrededor y la pechera blanca perfectamente visible desde el portal, está Pelayo.

Mirando la operación.

No a Maribel: la operación. Los doce vecinos, la administradora con la carpeta, el móvil del quinto A. Todo el conjunto, desde arriba, como se mira una obra desde un andamio.

Manu llega a los cuatro minutos, con el mono puesto y sin correr.

—Buenas.

—¡Manu! —dice medio portal a la vez.

Lo primero que hace es callarse. Se pone debajo de la jaula, mira la posición, sube al primero, mira desde arriba, baja otra vez. Después abre el cuadro que hay detrás de la puerta del ascensor con una llave de las suyas y se queda un rato mirando un relé.

—Maribel.

—Dime.

—¿Has cerrado bien la puerta de tijera al entrar?

Silencio de dos segundos.

—Yo he cerrado como cierro siempre.

—Vale. —Ni un gramo de reproche—. Es el contacto de la puerta, que se le ha ido el ajuste. No es el motor. Voy a bajarte a mano, ¿vale? Se llama maniobra de socorro. Vas a notar un golpe y luego un movimiento lento, y no te asustes cuando se apague la luz de dentro, que se apaga.

—¿Se apaga?

—Se apaga tres segundos. Cuento yo en alto.

Y cuenta en alto.

Sube al cuarto de máquinas del entresuelo, aparta una tapa, engancha un volante en un eje, suelta un freno con una palanca y empieza a girar despacio, y va diciendo «uno, dos, tres» cuando se va la luz, y desde dentro la carpeta azul asoma otra vez entre los barrotes, y la jaula baja veinte centímetros, y otros veinte, y otros veinte, y al final la puerta queda a la altura del suelo del primero.

Tarda once minutos. Once minutos en los que nadie del portal dice absolutamente nada, que en esta finca es un récord histórico.

Yo los paso en el segundo escalón, con la espalda contra la barandilla, mirando hacia el entresuelo, donde por el hueco de la puerta del cuarto de máquinas se ve un antebrazo girando un volante muy despacio y parándose cada cuarto de vuelta para escuchar.

Eso es lo que hace: girar y escuchar. Girar y escuchar.

Y me acuerdo, sin buscarlo, de mi padre en el salón de casa el año que la empresa de las persianas se fue al garete, explicándonos a mi madre y a mí, con la gabardina todavía puesta, que estaba a punto de cerrar una operación importantísima con unos señores de Zaragoza.

Lo explicaba de maravilla. Lo explicaba mejor que nadie en esa mesa, mejor que el telediario, con las manos y con datos, y a mí a los once años me parecía que aquello era ser un hombre que sabe hacer cosas.

Nunca hubo señores de Zaragoza.

Y aquí hay un tío en un entresuelo girando un volante, y no lo está contando nadie, y si yo no estuviera en este escalón no lo sabría ni yo.

Abre la tijera desde fuera con la llave de emergencia y Maribel sale.

Sale con la carpeta contra el pecho, muy recta, con el pelo exactamente igual que cuando entró, y lo primero que hace es alisarse la falda con las dos manos.

—Gracias, Manu.

—Nada.

—¿Puedo usarlo?

—No. Hasta que no venga la empresa a ajustar el contacto, no. Yo lo dejo bloqueado y pongo un cartel. —Cierra el cuadro—. Es lo que va en el punto dos de la derrama, esto.

Y esa frase, dicha así, sin subrayarla, con el destornillador todavía en la mano y once minutos de volante en el brazo, hace más por la votación que las cincuenta y cinco minutos de junta.

Porque nadie vuelve al local del bajo B.

La junta se termina ahí, en el rellano del primero, de pie, entre el ascensor bloqueado y la barandilla, y es la administradora la que dice, abriendo el portátil encima de la barandilla como quien apoya un libro en una valla:

—Señores, votamos. Dieciocho mensualidades, quinientos veintidós euros al mes, primer plazo en enero. ¿A favor?

Se levantan las manos.

Y aquí es donde hay que decir dónde está cada uno, porque en el rellano del primero, en el momento de la votación, la gente está repartida en dos lados: los que están del lado de la escalera que sube y los que están del lado de la puerta del primero.

En el lado de la escalera están el quinto A, el cuarto D, doña Reme, la del cuarto A y yo. Todos con la mano arriba.

Y en el tercer escalón, dentro de ese grupo, a la altura de las rodillas de doña Reme, sentado con las cuatro patas juntas, está Pelayo.

—¡Y el gato! —dice el quinto A.

—El gato no vota —dice Maribel.

—El gato está en el sí.

—El gato está sentado.

—El gato está sentado en el sí.

Sale aprobado por ocho votos a favor, dos en contra y una abstención.

PONZANO 41 (EL BUENO) · 9 participantes

Quinto A , 21:02

[Imagen]

Quinto A , 21:02

Once minutos girando un volante a mano. ONCE.

Cuarto D , 21:04

yo he llorado un poco no lo voy a negar

Segundo A , 21:06

Ha estado muy bien. Y no le ha dicho nada a Maribel de la puerta, que la ha forzado, que lo he visto yo desde el descansillo.

Quinto A , 21:07

[Imagen]

Quinto A , 21:08

Y esta es la votación

Quinto A , 21:08

Miren dónde estaba el gato

Cuarto D , 21:09

NO

Cuarto D , 21:09

está en el sí

Quinto A , 21:10

Dieciocho plazos aprobados porque el gato se sentó del lado del sí

Quinto A , 21:10

que conste en acta

Tercero B (Julián) , 21:22

Que conste.

A las diez menos cuarto llaman dos golpes con el nudillo, a la misma altura de siempre.

Manu me devuelve la espátula que se dejó el domingo en la encimera, porque la necesita mañana, y no entra: se queda en el umbral, con Pelayo sentado a un metro exacto del otro lado.

—Ha estado bien lo del ascensor —digo.

—Es una maniobra normal.

—Once minutos.

—Es que hay que ir despacio. Si vas rápido, la cabina coge inercia y el freno la pilla de golpe, y ahí sí se hace daño la gente. —Se encoge de hombros—. Con lo pesada que es Maribel y lo poco que pesa Maribel.

Se ríe él, esta vez. Media exhalación.

Y luego mira el ascensor por encima del hueco de la escalera, con el cartel de MANIObrA BLOQUEADA que ha escrito él a rotulador, y dice una cosa muy suya y muy corta:

—Ese ascensor, si se hace bien, dura otros setenta años.

Se va.

Pelayo cruza el rellano, se sienta en el descansillo, delante del ascensor bloqueado, y se queda mirando el cartel escrito a rotulador.

Se queda ahí un rato largo. Y no hace nada, que en este animal es lo más parecido que hay a un informe favorable.

—Ya —le digo—. Lo ha arreglado él.