16. Café de obra
El collar se cepilla los domingos. Cláusula séptima.
Lo he hecho cuatro domingos seguidos y los cuatro han salido regular, pero el quinto sale directamente mal: en cuanto le paso el dedo por debajo de la hebilla, Pelayo se levanta, cruza el salón y se sienta encima del arcón con la barbilla alta, en la postura exacta de un señor que ha dado por terminada la reunión.
Le hablo. Le enseño el cepillo. Le pongo la aria. Nada.
A la media hora estoy sentada en el suelo del pasillo con un cepillo de cerdas suaves en la mano, un domingo a las once de la mañana, negociando con un animal que no negocia.
Y entonces hago una cosa que llevo cinco semanas evitando hacer, que es bajar cuatro pisos y llamar a una puerta un domingo para pedir ayuda.
—¿Estás liado?
Manu abre con una taza en la mano. Lleva una camiseta que no le he visto y el pelo sin peinar, y detrás de él, en el banco de trabajo, hay una radio encendida con un programa de esos que dan los domingos por la mañana y en los que la gente llama para hablar de cosas antiguas.
—Dime.
—Es el collar. Que hay que cepillarlo y no se deja.
Me mira dos segundos.
—Ahora subo.
Sube con la taza.
Y funciona a la primera, claro, porque Pelayo se baja del arcón en cuanto lo ve entrar y se pone en medio del salón, y Manu se sienta en el suelo con la espalda contra el sofá, deja la taza a un lado y no lo mira.
Le pone una mano encima del lomo, sin ceremonia, como se apoya la mano en el capó de un coche, y le suelta la hebilla con la otra.
—Ya está.
—¿Ya?
—Sujétalo tú.
Y así es como acabamos los dos sentados en el suelo del salón de mi tío abuelo un domingo por la mañana, con un gato de esmoquin tumbado entre nosotros, yo sujetándole el pecho con las dos manos y él cepillando una tira de terciopelo verde botella con un cepillo de cerdas suaves que compré en Santa Engracia.
Debajo del collar, el pelo del cuello está aplastado, más claro, con esa marca que dejan las cosas que se llevan puestas mucho tiempo.
—¿Esto lo hacía Fermín?
—Todos los domingos.
—Con lo que le costaría agacharse.
—Se sentaría en el sillón —digo, y lo veo perfectamente, y me tengo que callar un momento.
Manu limpia la medalla con el borde de la camiseta. Es redonda, dorada, del tamaño de una moneda de dos euros, y pone PELAYO en unas versales que ya están gastadas por arriba.
—Esto se lo hicieron en la cerrajería de Alonso Cano —dice—. La misma que hacía las llaves de la finca.
—¿Tú cómo sabes eso?
—Porque fui yo con él a recogerla.
Y ahí, con el cepillo en la mano y sin ninguna intención de contar nada, me cuenta la mitad de su vida en cuatro frases, que es como la cuenta él.
Su padre fue el último portero de Ponzano 41.
Veintinueve años en el bajo A, cuando el bajo A era portería y no una vivienda con banco de trabajo.
Manu nació en esa casa. Aprendió a andar en ese portal.
Bajaba la basura de doce pisos a los nueve años por veinte duros a la semana que le daban entre todos, y en el ochenta y nueve suprimieron la plaza de portero, como en toda la calle, y le ofrecieron a su padre quedarse en el bajo a cambio del mantenimiento.
—Y se quedó.
—Se quedó veintidós años más. Hasta que se murió.
—¿Y tú?
—Yo me fui a los veinte. Estuve nueve años fuera, en una empresa de reformas, en Alcobendas. —Le da la vuelta al collar—. Y volví.
—¿Por qué volviste?
—Porque se murió él y alguien tenía que arreglar las cosas.
Lo dice sin peso, con el mismo tono con el que dice que el aceite se carga las cerraduras.
—Yo a Fermín lo conocía desde que tengo memoria —añade—. Él fue el único de la finca que fue al entierro de mi padre.
Yo aprieto un poco más al gato contra el suelo, porque no sé qué otra cosa hacer con las manos.
—¿El único?
—Bueno. Y doña Reme.
—Manu, son doce pisos.
—Ya. —Termina la hebilla, sopla el terciopelo, lo mira a contraluz—. Es que la gente no va a los entierros de los que arreglan las cosas.
Se lo pone. Pelayo se levanta, se sacude entero, la medalla suena dos veces seguidas —que no es la campanada, que es solo una hebilla mal asentada— y se va al recibidor.
Nos quedamos los dos sentados en el suelo.
—¿Café? —digo.
—Son las doce y diez.
—¿Y?
—Que el café es a las once y diez.
Lo dice serio. Lo dice completamente serio, y yo me río, y él se levanta y va a la cocina a hacerlo él, y desde el pasillo le oigo decir que la italiana la lleno demasiado y que por eso sale amargo.
Nos lo tomamos de pie, apoyados en la encimera de formica, mirando el azulejo marrón.
—Esto habría que picarlo —digo.
—Solo hasta la encimera. Lo de arriba se pinta con esmalte y ni se nota.
—¿Y el mueble alto?
—El mueble alto está bien. Lo que está mal es la moldura de plástico dorado, que se quita con una espátula y agua caliente. —Bebe—. Cinco minutos.
—Cinco minutos llevas diciendo tres semanas.
—Es que son cinco minutos. —Deja la taza—. Lo que pasa es que si te lo quito ahora, luego quieres la puerta nueva, y luego el tirador, y en tres días estamos cambiando la cocina entera. Las casas van así. Se empieza por una moldura.
—Pues quítala.
Y él me mira, y deja pasar dos segundos, y luego junta las palmas y da una palmada seca, una sola, y dice:
—¡Pues ya está!
Lo hace igual. Lo hace exactamente igual: el gesto, el tono, la barbilla un poco arriba. Lo hace tan bien que me veo a mí misma desde fuera por primera vez en treinta y tres años, y lo que veo es a una señora dando órdenes con las manos y creyendo que está siendo simpática.
Y tendría que ofenderme.
Tengo el enfado montado y todo, tengo la frase preparada —«no lo hago para mandar, lo hago para cerrar»— y no la digo, porque lo que ha hecho no lleva ni una gota de mala idea dentro. Lo ha hecho como se imita a alguien a quien has estado mirando.
—¿Yo hago eso?
—Todo el rato.
—¿Todo el rato?
—Lo hiciste el primer día, en la escalera, con las bolsas en la mano. —Coge la espátula del bolsillo de atrás, porque lleva una espátula en el bolsillo de atrás—. Y funciona, ¿eh? La gente hace lo que dices.
—Eso es horrible.
—A mí no me lo parece.
Y se queda ahí, con la espátula en la mano, apoyado en la encimera, a medio metro.
A medio metro, que en esta cocina es la distancia normal entre dos personas que están hablando, y sin embargo llevamos cuatro segundos sin decir nada y ninguno de los dos se ha movido.
Le miro la boca. Es un movimiento de ojos de un centímetro y me pilla haciéndolo, y no aparta la vista, y hay un momento —hay un momento entero, con su principio y su mitad— en el que el aire de esta cocina se pone completamente quieto y yo pienso, con una claridad absurda: la moldura de plástico dorado, el azulejo marrón, un domingo.
Él baja un poco la barbilla.
Yo no me aparto.
Y entonces, desde el salón, suena una campanada.
Una sola.
Los dos giramos la cabeza a la vez, que es lo más ridículo que hemos hecho en cinco semanas.
En el salón, encima de la mesa camilla, está la lámpara que compré el jueves en una tienda de Malasaña: una lámpara de sobremesa de latón envejecido con pantalla de opalina, «vintage industrial», ciento cuarenta euros, que imita exactamente las lámparas que había en las porterías de los años cincuenta.
Y delante de ella, a un palmo, está Pelayo, con la cabeza girada exactos cuarenta y cinco grados y los ojos cerrados.
Manu la mira. Después la coge, le da la vuelta y le lee la etiqueta de la base.
—Esto es nuevo.
—Es de estilo antiguo.
—Ya. —La deja en su sitio, con cuidado, y no dice nada más, porque no hace falta que diga nada más, porque en el bajo A, encima del banco de trabajo, hay una lámpara exactamente igual que esa y que es de verdad y que era de la portería de su padre.
—Me voy —dice—. Que tengo que mirar una persiana del cuarto.
—Es domingo.
—Ya.
Y se va.
Yo me quedo en la cocina, con dos tazas y una espátula que se ha dejado encima de la encimera, y con la moldura de plástico dorado todavía pegada al mueble alto, en su sitio, sin quitar.
La lámpara la compré el jueves por la tarde, en una tienda de la calle Velarde donde todo tiene una etiqueta escrita a mano y un cartel que dice REEDICIONES.
La compré porque en el reportaje de Nacho el rincón del sillón de orejas salía apagado y porque la pantalla de opalina, con la bombilla de filamento, da esa luz cálida y baja que en las fotos hace que un salón parezca una casa.
Es un truco. Es un truco buenísimo. La tengo fichada desde hace dos años y la he usado en once pisos ajenos.
Ciento cuarenta euros por una lámpara nueva que finge ser una lámpara vieja, en un piso lleno de cosas viejas de verdad, para vendérselo a una pareja que quiere quitar las molduras porque recargan.
Voy al salón y la enciendo, para verla.
Da una luz preciosa. Da exactamente la luz que yo sabía que iba a dar.
Pelayo se ha ido al recibidor y está sentado delante de la puerta, mirándola, como hace todos los domingos por la mañana desde hace cuatro semanas.
La apago.
Y me quedo un rato de pie en mitad del salón, en calcetines, sobre una tarima acuchillada y sellada por un hombre que subió cuatro pisos un domingo con la taza en la mano porque se lo pedí, pensando una cosa muy sencilla y muy fea: que si esa lámpara la hubiera comprado para mí, no la habría comprado nueva.