Con gato incluido 15. Covadonga
38%

15. Covadonga

Llegan el veintidós a las doce en punto, que ya dice algo de ellos, y suben andando porque han leído en algún sitio que el ascensor de las fincas antiguas es parte de la experiencia y prefieren no cogerlo el primer día.

Ella lleva un abrigo de lana cruda y unas zapatillas blancas impolutas. Él, un jersey de punto grueso y una libreta de tapa dura con una goma elástica. Los dos tienen esa piel de la gente que duerme bien.

—Jaime —dice él.

—Cova —dice ella, y me da dos besos, cosa que en una visita no hace nadie.

Bea entra detrás con la carpeta y esa energía suya de bombero que va a apagar el fuego antes de que empiece.

Se limpian los zapatos en el felpudo sin que Pelayo tenga que hacer nada, porque los dos son de esa clase de gente que se limpia los zapatos, y a mí eso, no sé por qué, me pone en guardia más que lo contrario.

—Ay —dice Cova en el recibidor, y se para—. Ay, qué luz.

—Es este —dice Jaime.

—Es este.

Lo dicen mirándose. Llevan dentro de mi casa once segundos.

Y luego recorren el piso despacio, tocando las cosas con la yema de los dedos, que es una manera de tocar que yo no había visto nunca en una visita, y hablando en un idioma que tardo dos habitaciones en identificar.

—Es que aquí se puede habitar de otra manera —dice Cova en el salón—. ¿Tú notas cómo cambia el cuerpo al entrar?

—Sí —dice Jaime.

—Yo lo he notado en el pasillo.

Se llaman «Habitar(nos)». Me lo cuentan en la cocina, con toda naturalidad, mientras Jaime abre y cierra la ventana del office: tienen un pódcast con dos mil doscientos suscriptores sobre cómo las casas nos construyen a nosotros.

Hicieron un episodio sobre el ruido de las tuberías.

Otro sobre por qué guardamos cosas en el trastero.

—Vendimos el de Chamartín porque era una casa que no nos escuchaba —dice Cova.

Yo asiento con la sonrisa de tres cuartos.

—Y este sí —digo.

—Este grita.

En el salón, Jaime abre la libreta de tapa dura, y ahí es donde empieza lo otro.

—Esto de aquí lo abriríamos —dice, y señala el tabique del office con un lápiz—. Cocina abierta al salón, de obra vista. Una isla de microcemento, un banco corrido debajo de la ventana.

—Y las molduras —dice Cova.

—Las molduras yo las quitaría.

—Yo también.

Se giran los dos hacia el techo a la vez, y miran la cenefa de hojas de escayola que recorre los cuatro lados, la que está entera, la que en esta finca tiraron en casi todos los pisos en los ochenta.

—Es que recarga —dice Cova, con muchísima suavidad—. Nosotros buscamos una casa que respire. Cuando hay tanta cosa arriba, el techo te viene encima.

—Es de origen —digo.

Y me sale así, de golpe, con las palabras exactas de otro, y noto perfectamente el momento en que Bea me mira desde el marco de la puerta.

—Ay, seguro —dice Cova—. Y es preciosa, ¿eh? Preciosa. Pero nosotros vamos a vivirla, no a museizarla.

Museizarla.

Recorren el resto. En el dormitorio grande, Jaime se para delante del radiador de fundición decapado hasta el hierro, con las letras en relieve de la fundición de Bilbao y el año a la vista, y dice: «Esto lo quitamos y ponemos suelo radiante, que es mucho más silencioso».

En el baño, Cova toca la manta doblada con la cesta de mimbre encima y no pregunta qué hay detrás.

—¿Esto es húmedo? —dice Jaime, señalando el rodapié de la esquina con el lápiz.

—Hay una humedad —digo.

Y lo digo, así, sin adornarlo, sin decir «un poco de» ni «una cosa mínima», y me sorprende oírmelo tanto como si lo hubiera dicho otra.

—¿Es de la fachada?

—Es del bajante. Está localizada.

—¿Y la vas a arreglar?

—Se está arreglando.

—Ah, muy bien —dice Jaime, y lo apunta en la libreta con dos palabras, y sigue.

Bea, desde el marco de la puerta, no dice nada, pero yo he trabajado con Bea seis años y sé perfectamente qué cara pone Bea cuando una vendedora señala una humedad que estaba tapada por una cesta de mimbre.

Y luego vuelven al salón y se quedan los dos de pie en el centro, cogidos de la mano, mirando el balcón, callados, mucho rato.

—Aquí seríamos felices —dice ella.

Y lo peor de todo —lo peor, lo que me revienta— es que probablemente sea verdad.

Porque no son malas personas. Son dos personas de treinta y ocho años que llevan ocho meses buscando casa, que han vendido la suya, que tienen la financiación resuelta y que se han enamorado de mi salón en once segundos.

Yo los he visto cien veces desde el otro lado.

Yo he sido la que colocaba el eucalipto para que a gente como ellos les pasara exactamente esto.

Y encima Cova me cae bien. Ese es el problema. Me cae bien.

Se van a la una menos veinte. En la puerta, Cova se agacha.

—¿Y este señor?

Pelayo está en el recibidor, sentado a un metro exacto del umbral, con la pechera blanca y las cuatro patas juntas.

—Pelayo —digo.

—Pelayo. —Se ríe—. Es un nombre de notario.

Y no dice «michi». No dice «gatito». Alarga la mano despacio, a la altura correcta, sin invadir, con la palma hacia arriba y quieta, que es exactamente como se le ofrece la mano a un gato y que casi nadie sabe hacer.

Pelayo mira la mano. Después mira la libreta de tapa dura que Jaime lleva abierta contra el pecho, con el plano del salón dibujado a lápiz y una línea gruesa cruzando el sitio donde está la cenefa.

Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

Cova retira la mano y se ríe, encantada.

—Le he caído fatal.

—No es eso —digo.

—¿Y qué es?

—Nada. Que es muy suyo.

Bajan. Yo me quedo en el rellano escuchando cómo Bea les habla en la escalera de la derrama y de las calidades de la finca, y cómo Cova dice, dos pisos más abajo y con la voz de quien no sabe que se le oye todo: «Jaime, es este».

En el segundo, la puerta de doña Reme está abierta de par en par y ella está en el umbral con la rebeca puesta, colocando algo que no necesita colocarse.

—Buenos días —dice.

—Buenos días. Cova.

—¿Cova de Covadonga?

—De Covadonga, sí. Pero Cova.

—Ah —dice doña Reme.

Y eso es todo lo que dice.

A las ocho y media de la tarde, mientras le pongo la lata en el plato de La Cartuja, empieza el chat.

PONZANO 41 (EL BUENO) · 9 participantes

Segundo A , 20:14

Han venido a ver el 3.º izquierda una pareja. Ella se llama Covadonga.

Quinto A , 20:16

¿Y qué tal?

Segundo A , 20:17

Muy educados. Han subido andando.

Segundo A , 20:18

Quieren quitar las molduras.

Cuarto D , 20:19

NO

Cuarto D , 20:19

las molduras del 3 izq son las únicas que quedan enteras en toda la finca

Tercero B (Julián) , 20:24

En el quinto las tiraron en el 86. Yo lo vi bajar en cubos.

Quinto A , 20:26

¿Y el gato qué ha dicho?

Segundo A , 20:27

El gato ha hecho lo del gato.

Quinto A , 20:28

😂😂😂

Quinto A , 20:29

Pelayo 1 – Covadonga 0, como en el 722

Cuarto D , 20:30

JAJAJAJAJAJA

Cuarto D , 20:30

no puedo más

Tercero B (Julián) , 20:41

Muy bueno.

Leo el chat sentada en la mesa camilla y me río sola, y luego me quedo con el móvil en la mano y la risa se me va cayendo de la cara despacio, como se cae el maquillaje al final de un día largo.

Porque en ese grupo hay nueve vecinos celebrando que un gato ha vetado a la mujer que va a comprar esta casa.

Y la que la va a vender soy yo.

A las nueve y cuarto Bea me llama.

—Claudia, esos vienen. Esos vienen con todo.

—¿Tú crees?

—Yo lo sé. —Se oye la tele de fondo—. Van a hablar con su arquitecto y en diez días te hacen oferta. Y te la van a hacer buena, porque saben que en esa zona no hay nada así y porque él tiene prisa por decidir y ella tiene prisa por decidir por él.

—Vale.

—Y ahora escúchame, que esto es lo importante. —Baja la voz—. Cuando vengan con el arquitecto, y van a venir, tú el piso me lo enseñas sin obra. Sin plásticos, sin cajas, sin nadie dentro. Esa gente tiene que ver el piso, no tu reforma.

Cuelgo y abro el calendario.

El gris y el otro.

Y hago lo que sé hacer: bloqueo los martes y jueves por la mañana, que son las horas de Manu; bloqueo lunes y miércoles a partir de las seis; dejo abiertos los viernes de diez a once, que es la franja de la descarga, y los sábados hasta las dos.

Cuando termino, el calendario gris tiene seis huecos disponibles a la semana. Once horas en total. Y todas ellas, sin excepción, están elegidas para que un hombre que trabaja en esta casa no coincida nunca con la gente que va a comprarla.

Le pongo nombre al calendario nuevo por segunda vez. Antes ponía «Personal».

Ahora escribo: «Disponibilidad».

Es una palabra mucho mejor. Es la palabra que usamos en el sector.

Es una palabra que significa «horas libres» y que no significa nada más, y por eso funciona: porque si mañana alguien me coge el móvil de la mesa camilla y ve un calendario gris que se llama «Disponibilidad», no verá una mentira. Verá a una autónoma organizándose.

Eso es lo que se me da bien a mí. No mentir. Ordenar la verdad de manera que no se lea.

Cierro el móvil. En el sillón de orejas, Pelayo está sentado con las patas debajo del pecho, mirando la puerta del pasillo por la que se han ido esta mañana dos personas encantadoras que quieren derribar el tabique del office y a las que este animal, en el momento exacto en que ha visto el plano, ha girado la cara.

—A ti te tendría que dar igual —le digo.

Son las diez y veinte de la noche y llevo tres semanas hablándole en voz alta a un gato todos los días.

Le pongo la canción.